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Ficción

Mediocristán es un país tranquilo

Una reflexión sobre el escritor y su obra. "Soy la cosa que soy, dice el poeta."

Ilustraciones de Santiago Guevara

 

Tu premio será muy grande
Génesis 15, 1

Para Álvaro y Álvaro,
en orden alfabético.

Para Camila, Bruno, Lucas,
Matilda y Alicia,
en orden cronológico.

 

1.

Tener a quien echarle la culpa es casi un derecho fundamental.

Mi abuelo se quejaba de que su padre le había impedido ser lo que quería ser.

Mi padre se quejaba de que yo le había impedido ser lo que podía ser.

Yo, en cambio, no puedo culpar a mi padre de mis elecciones profesionales y ningún hijo vino a importunar los me-jores años de mi juventud.

Soy la cosa que soy, dice el poeta.
  

2.

Ser. Querer ser. Poder ser.

El mayor filósofo existencial de la historia, un predicador anónimo del siglo III a. C., bastante más claro y honesto que sus con frecuencia ininteligibles herederos, ya advirtió que tales cosas carecían de sentido: no hay afán o ambición que no sea vano. Sin importar qué seas y, aún menos, qué hayas querido o podido ser, el final es el mismo para todos: el rey y el mendigo, el sabio y el necio, el probo y el taimado.

Las generaciones pasan. La tierra permanece. La memoria es frágil.

Por desgracia, saber que algo es vano no siempre lo hace menos deseable. E incluso los llamados a proclamar la va-nidad de todo bajo el sol vivimos en un mundo (un mundito, un mundillo) en el que la sabiduría es una competencia por ser el tipo que puede construir más frases de aire erudito (“el mayor filósofo existencial de la historia”, etc.) para sazonar sus perogrulladas.
  

3.

En ocasiones, tener un culpable es la mejor excusa.

Mi abuelo decía que en su época las decisiones las tomaban los padres y eran indiscutibles. Es cierto que había quienes desobedecían a sus progenitores y se marchaban de casa para buscarse la vida, pero esos eran malos hijos cuyo ejemplo habría sido un error seguir. Mi padre, en cambio, decía que el problema de su época era la falta de información. Eso significa, supongo, que mientras tener hijos era una consecuencia natural del instinto, para saber evitarlos se nece-sitaba entonces posgrado. Mi padre a duras penas consiguió terminar la carrera.

Todo eso para llegar al aquí y ahora de los insatisfechos que no fueron ni lo que querían ser ni lo que podían ser, una generación que para tener a quien echarle la culpa ha tenido que abandonar la comodidad del ámbito familiar y tomar un curso rápido de política de cafetería sobre la falta de oportunidades y las mentiras del Estado del bienestar.

La política de cafetería, por desgracia, siempre me quedó grande.
  

4.

El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es fracaso.

Por suerte el fracaso lleva de moda un par de siglos y hoy podemos consolarnos unos a otros recomendándonos novelitas sobre jóvenes prometedores y ambiciosos que se estrellan contra el mundo, magnates moribundos que descubren que el dinero no compra la felicidad y nulidades sumidas en el tedio cuya cotidianidad gris debería hacernos más soportable la nuestra o, en su defecto, enseñarnos que cuando el sol se te mete en los ojos no hay nada mejor que salir y matar a un árabe, las obras cumbres de la literatura universal.

El maestro dice que las palabras son una medida de la vanidad.

En mi mundo, las palabras son una medida del próximo cheque.

Supongo que Fracaso era también mi estación de destino, pero de camino allí me detuve en Mediocristán, y descubrí que era un país tranquilo.

5.

Y Onania no estaba nada mal. Sobre todo cuando tenías buena compañía.
  

6.

Mi padre nunca estuvo muy convencido de que hubiera aprovechado las clases de geografía, pero cuando se enteró de que su único hijo había empezado a estar más cerca de los cuarenta que de los treinta, comenzó a preocuparse por la posibilidad de que tampoco hubiera aprendido nada en clase de biología, una materia en alza.

Mi abuelo lo llamaba sentar cabeza. Y mi padre quería las dos cosas, a saber, ser abuelo y verme sentar cabeza.

–Voy a tener que hacer algo al respecto –me dijo.

Era una amenaza, no un chiste, y pude imaginármelo volando hasta Barcelona para arrastrarme de bar en bar en búsqueda de una pareja en edad fértil.

–Tengo novia, papá –anuncié para zanjar la cuestión hasta la próxima llamada.

–¿Por fin voy a conocer a tu padre? –me preguntó Carmen apenas colgué.


7.

Los hijos son la coartada, no la excusa, de la generación que no tiene a quien echarle la culpa.

En el caso de mis amigos colombianos el pistoletazo de salida lo había dado, con bastante antelación respecto del resto, esto es, por accidente, un compañero filósofo cuando todavía estábamos en la universidad. Lo ocurrido nos pareció algo que era de esperarse en vista de la delantera que el pensador nos llevaba en tantas otras cosas.

Y conociendo esa ventaja a nadie le sorprendió que antes de cumplir los tres años Juanita anunciara que ella era “una razón”. Así como suena:

–Soy una razón.

La frase fue recibida como una consecuencia lógica del exceso de materia gris del padre, del mismo modo que la ausencia de ese ingrediente explicaba las declaraciones menos afortunadas de sus compañeritos de guardería, que apenas podían aspirar a ser hipopótamos, cocodrilos o teletubbies.

Sin embargo, Juanita pronto amplió su repertorio para precisar su condición de razón en frases como “Soy la razón por la que mi papá no se larga” o “Soy la única razón por la que mamá se aguanta a Jorge”.

La pequeña y razonable Juanita probablemente hizo más que la píldora por el destino reproductivo de mis amigos de la universidad, que decidieron que, por el momento, preferían vivir sin razones.

Onania, creo haber dicho, no estaba nada mal.
 

8.

Con el tiempo (siempre hay un “con el tiempo” en estas historias), todos caerían. Puede ser que no quisieran razones, pero digamos que no les sobraban los motivos y, con o sin accidentes, los hijos empezaron a ser bienvenidos. De forma vacilante, al principio. Con auténtica vocación, al final.

Para entonces, quizá por suerte, yo ya estaba en España y en lugar de tirar, follaba.

9.

Hay quienes se consuelan pensando que los miembros de la generación que no tiene a quien echarle la culpa hemos sabido esperar. Para fabricarnos una coartada, se entiende.

La cuestión es sencilla: cuando descubres que el mundo desgraciadamente es real y que tú, desgraciadamente, eres lo que eres, comprendes (me dicen) que ha llegado el momento de pasar el testigo.

Y los hijos, intenta convencerme Miguel desde Bogotá cada vez que tenemos ocasión de conversar vía internet, son una especie de segunda oportunidad.

Porque tal vez lo que te hace especial no sea ser lo que mal que bien has podido ser, léase nada, sino en ser el padre de alguien cuya historia será completamente diferente de la tuya. Una historia esta-vez-sí.

Los cabalistas tienen gólems; los científicos locos, Frankensteins; y los carpinteros seniles, Pinochos; pero el común de los mortales se conforma con tener hijos.

–Se supone que la gente educada no juega a la lotería –digo.

–Es una lotería, de acuerdo –me concede Miguel–. Pero –se apresura a agregar antes de que Alejito empiece a aporrear el teclado y ponga fin a nuestra charla– una que te da grandes satisfacciones.

Se llama reproducción. Y como hemos visto antes, hace nada era una consecuencia natural del instinto. Pero nosotros, una pandilla de descreídos echados a perder por la televisión y la universidad y los supermercados, la hemos convertido en tema de tesis doctoral. Filosofía de la paternidad. Derecho materno. La parte instintiva se resuelve con pastillas. Para ella. Para él. Las hay de varios colores.
 

10.

Cuando también a este lado del Atlántico mis amigos y mis conocidos empezaron a contagiarse uno tras otro, me mantuve firme. Y me construí una fortaleza inexpugnable en Onania.

Y cuando Carmen me dijo que Onania no era para ella, al menos no de forma indefinida, le dije que el porno también valía como buena compañía.

Me dio una cachetada, es cierto. Y estrelló su copa de vino contra la pared. Y me llamó el gilipollas más grande que había conocido.

Pero no se marchó como dijo que haría.

En Onania nos encantan las reconciliaciones.
 

11.

Sherlock Holmes clasifica los problemas por pipas. Hay problemas de una pipa, de dos pipas, de tres pipas y así sucesivamente. Las pipas son una medida del tiempo que tardará en resolverlos.

En Mediocristán procuramos no meternos en problemas: es la mejor forma de no perder inútilmente el tiempo intentando resolverlos. Preferimos los crucigramas, los acertijos verbales, las novelas de intriga, los videojuegos. Los cerebritos como Holmes son unos forasteros graciosos y suelen ser una fuente inagotable de datos curiosos y citas citables para amenizar la sobremesa, pero mientras no encuentren la cura contra el cáncer o cualquier otra cosa digna de Premio Nobel no les hacemos mucho caso.

Yo tengo tan poco de Sherlock Holmes como todos los que sí quieren parecerse a él. En lugar de las pipas y los problemas, lo mío son los cigarrillos y las “conversaciones”.

Las de fútbol son conversaciones de medio paquete, o más.

Las de política, de un cigarrillo y un cenicero muy lejano que pueda usar como excusa.

Las de sexo, de un cigarrillo, máximo dos, y una caja de condones.

Esa tarde después de la llamada de mi padre, cuando Carmen me dijo que necesitaba hablar, yo le dije que tenía un cigarrillo.

Lo desperdició repitiendo lo que ya había tenido que oírle a mi padre.
 

12.

Es un hermoso atardecer en Mediocristán. La tele me confirma que, detrás de las bonitas fachadas de los suburbios estadounidenses, lo que hay es miseria y tedio. No necesito una casa propia de trescientos metros cuadrados para vivir lo que ya vivo en un pisito alquilado de cuarenta y cinco.

Cuando me canso del realismo, cambio de canal y veo un anuncio hermoso y exquisito sobre un coche que nunca podré comprar. Lo importante, sin embargo, no es el coche sino el anuncio, una pequeña obra de arte digna de entrar en el MOMA.

Carmen, la cabeza sobre mis piernas, el cuerpo hecho un ovillo sobre el resto del sofá, me pregunta si estoy enamorado de ella.

Se ha quedado mentalmente sintonizada con el canal de la telenovela.

Suele pasar.

Le digo que quiero una tele plana de cuarenta pulgadas. Vale menos que el coche del anuncio, y el anuncio, sin duda, se verá mucho mejor.
 

13.

La siguiente llamada (relevante) de papá se produjo tres meses después de su amenaza.

Había hecho algo al respecto. No fueron esas sus palabras, pero hubieran podido serlo.

–Vas a dejar de ser hijo único –dijo.

La noticia, como esperaba, me dejó sin palabras, de modo que continuó.

El bebé (o la bebé, como la voz de Noelia, al fondo, insistía en aclarar) nacería a finales de año. Última semana de octubre, primera semana de noviembre a más tardar. A él y a Noelia les encantaría tenerme a su lado. Tenernos, en caso de que para entonces todavía tuviera novia.

Sabía que Noelia podía ser su hija.

Sabía que, técnicamente, Noelia podía ser mi hija.

No deseaba conocer mi opinión sino hacerme partícipe de su alegría. Estaba dichoso y dichoso colgó.

Carmen asegura que al llegar del trabajo me encontró “tocado”.

No mencioné la posibilidad de viajar a Colombia, mucho menos la posibilidad de hacerlo juntos.

Fue ella la primera que se preocupó por que mi madre pudiera estar pasándolo “fatal”.


14.

Mi madre estaba enterada de lo de mi padre.

Me lo dijo después de que yo preguntara cauteloso por la salud de cada uno de sus hermanos y sobrinos, comentara los titulares de prensa de la última semana y manifestara mi preocupación por el pronóstico del tiempo para Semana Santa, lluvias, tormentas, inundaciones.

–Sé lo de Rogelio –la oí decir cuando ya temía haberme quedado sin tema.

Lo peor era que, a pesar de seguir negándose a perdonar una “traición” que se había producido hacía casi treinta años, la noticia le parecía muy comprensible.

E incluso sugirió que tal vez yo tenía la culpa.

Ella, sin embargo, no podía amenazarme con hacer algo al respecto.

15.


Carmen quiere saber si estoy bien.

Mi mutismo la disuade de apuntarse (por ahora) a la teoría de que mi padre ha resuelto volver a sentar cabeza por su cuenta porque yo he sido incapaz de hacerlo abuelo, y se limita a acariciarme los hombros a la espera de una respuesta.

Ha leído que a los hombres les resulta difícil expresar sus emociones, y el silencio, imagino, le parece un testimonio de mi déficit.

El silencio es una fórmula multiusos con un elevado porcentaje de éxito.

El poeta ni siquiera se molesta en llegar al final del renglón, menos aún al final de la página, y todo ese blanco se considera cargado de sentido.

Carmen me da un beso en el cuello y se va a la habitación sin decir nada.

El poeta calla para no deslucir un puñado de palabras afortunadas.

En Mediocristán uno calla porque no tiene nada que decir o no sabe cómo decir lo que quiere decir o porque está concentrado intentando recordar dónde dejó las llaves, a qué hora es el partido, en qué estaba pensando.


16.

Mi padre y mi medio hermano nonato se confabulan para causar un terremoto en Mediocristán.

Los temblores empiezan cuando, harta de mis evasivas, Carmen amenaza con marcharse si no la dejo acompañarme a Colombia en diciembre, y suben de intensidad cuando confieso que no me siento preparado para volver y menos para volver “juntos”.

Le doy (mentalmente) dos cigarrillos para que me exponga sus argumentos. Es el mejor plan de socorro que se me ocurre.

Sus argumentos son, como de costumbre, sólidos. Pero esa solidez siempre ha sido mi principal motivo de alarma. Estoy planteándome la posibilidad de aprovechar la ocasión para dejarla irse y probar otros aires y otras piernas, cuando, a punto de apagar la segunda colilla contra el cenicero, veo que tengo un nuevo mensaje en mi bandeja de entrada.

Es una breve distracción. Un parpadeo. “Encuentro de ex alumnos Colegio San Martín”, alcanzo a leer. Pero ni siquiera llego a tocar el teclado.

Carmen, no obstante, reacciona con violencia: las réplicas, en ocasiones, son más intensas que la sacudida inicial. De un golpe me cierra el portátil y me pregunta, furiosa, su cara a escasos centímetros de la mía, sus ojos enrojecidos clavados en los míos, si esta vez la estoy escuchando.

Yo le digo que sí, que me encanta que quiera venir conmigo a Colombia, que, de hecho, ardo en deseos de presentarle a todos los compañeros de colegio que no veo hace veinte años.


17.

Habían pasado veinte años. Primero me fui a Bogotá, luego a Barcelona, y nunca quise volver a Bucaramanga. En geografía, resulta evidente, no pasé de la B.

Y ahora voy a desandar mis pasos. De vuelta al comienzo.

Y mi madre, que necesitó un año entero para perdonarme el no haber vuelto para el entierro de la abuela, está dichosa.

El regreso no es solo mi padre y la esposa que se echó cuando yo ya me había ido, sino, sobre todo, Bucaramanga y mi madre y su nueva casa. La casa que no era ya la casa de los abuelos y el tío Gustavo y la media docena de perros de mi infancia. La casa que, de hecho, no era ya casa sino apartamento en conjunto cerrado con cancha de tenis y piscina.

Aceptar la invitación de mis ex compañeros es, supongo, una forma de regar todo eso con cerveza y chistes que quizá no hubieran envejecido muy bien, pero que, al menos, seguían siendo chistes.

–¿De verdad se me nota demasiado la barriga? –le pregunto a Carmen al regresar de la playa.

El “demasiado” la hace reírse. Le gusta comprobar que he tomado nota de su advertencia.

Después de hacerme dar varias vueltas semidesnudo en medio del salón, Carmen concluye que la respuesta a mi pregunta es no: no tengo “demasiada” barriga.

Mi no demasiada barriga y el culo de Carmen, mis principales armas para combatir el contraataque del pasado y cualquier mariconada proustiana que lo acompañe.


18.

Noche de viernes. Madrugada de sábado.

Hay una cosa que los habitantes de Mediocristán compartimos con Sherlock Holmes: el amor por la cocaína.
No obstante, entre nuestro hábito y el suyo hay diferencias significativas.

Holmes asegura que se droga para mantener su mente ocupada entre caso y caso. Incluso en plan recreativo el tipo es un cerebrito.

En Mediocristán, en cambio, la coca sirve para que continúe la fiesta y ya está. En ese sentido, es un buen sustituto de casi todo, desde la filosofía hasta el sexo. Una raya o dos y durante los próximos veinte minutos eres el tipo más listo en seis metros a la redonda. Suficiente para mis necesidades. Aunque no siempre para las de Carmen.

Lo sé apenas regreso del baño y veo su cara de reproche y hastío en la mesa, las manos alrededor de su cerveza sin alcohol.

No se está divirtiendo, me dice.

Es la única que no lo está haciendo, le digo.

Quiere irse.

Le digo que no puedo abandonar a mi auditorio.

Los cinco mediocristaníes que nos acompañan aplauden mi fidelidad al grupo: eres el mejor, el puto amo.
Y Carmen se larga.


19.

Amenaza de tormenta en Mediocristán.

Los coches avanzan veloces por la autopista.

Carmen no para de hablar de lo encantadora que le ha parecido la bebé de Montse y Antonio.

Yo callo.

No acostumbro fumar mientras conduzco y sabe que me tiene a su merced.

Dice que quiere uno. Mío. Suyo. De los dos. Las manos sobre su inexistente barriga, a lado y lado de su ombligo perfecto (aún).

Le digo que ya conoce mi respuesta.

Carmen no dice nada.

Me pone una mano sobre el muslo.

Enciende la radio.

Nino Bravo canta que más allá del mar habrá un lugar en el que el sol cada mañana brillará.

El bólido del anuncio me adelanta por la izquierda y pronto se pierde de vista.


20.

Extiendo mi mano hacia la mesa de noche, pero no logro dar con la caja de condones.

Le digo a Carmen que los condones han desaparecido.

Me corrige diciendo que los condones se habrán acabado.

No me parece el momento adecuado para discusiones semánticas y enciendo la luz de la lamparita para rebuscar
en el cajón.

Han desaparecido, insisto.

Carmen me abraza por la espalda y me dice al oído que estoy paranoico.

Intento llegar hasta su mesa de noche, pero ella me obliga a tenderme en la cama y me planta el coño en la cara.

La oigo decir que doña Polla no sabe de paranoias.

A doña Polla le gustan los labios de Carmen. La tetas de Carmen. El coño de Carmen. La espalda de Carmen. El culo de Carmen.

El orgasmo llega acompañado por el temor de que las autoridades estén organizando una evacuación masiva de Onania sin previo aviso.

La boca de Carmen sabe a semen. La boca de Carmen me susurra que el acuerdo entre ella y doña Polla es total.

21.

Mi padre y Noelia llaman ahora todas las semanas.

Hablan con Carmen.

A ella le gusta hablar con ellos.

Hacen planes.

Demasiados para que pueda sentirme cómodo. Técnicamente sigue siendo la novia a la que no dejé marcharse para no presentarme solo en la reunión de ex alumnos. Y me importa un bledo si doña Polla tiene otra opinión.

Carmen y Noelia debaten la lista de nombres para el bebé.

Desde el sofá sugiero bautizarlo “El Deseado” o, en su defecto, “Estoy viendo el partido”.

Carmen me arroja un cojín y se lleva el teléfono a la habitación.

Messi entra al área, se libra del portero y marca un gol. ¡Un golazo!

¿Se puede ser más feliz gratis?


22.

Cuando realizo excursiones fuera de Mediocristán, escribo libros.

Las excursiones son muy ocasionales y nunca duran lo suficiente para acabar los libros que empiezo, pero eso no es inconveniente porque al final siempre hay alguien que termina escribiéndolos por mí y el resultado suele ser bastante mejor de lo que yo hubiera conseguido.

Hace un par de años, por culpa de una fiesta cancelada, empecé a escribir un libro titulado El dinero y la mierda, un tratado, entre otras cosas, sobre el arte, el fútbol y la gastronomía como religiones del Estado ateo. Había más, estoy seguro, pero al final de la tarde estaba igual de borracho que si la fiesta no se hubiera cancelado, de modo que decidí regresar a Mediocristán e invitar a cenar a Carmen. La parte sobre la gastronomía me había abierto el apetito.
Hace un par de años, he dicho.

Pues bien, hoy estoy de suerte: según leo en el periódico, un profesor alemán por fin ha terminado mi libro. Su versión se titula El dinero y las heces (Über Geld und Fäkalien). Lo de alemán me ahuyenta un poco, y el tipo, un tal Ludwig Hederich, tiene nombre de director de campo de concentración, pero la reseña es positiva.

Me digo que quizá sea una buena lectura para el avión.


23.

El Atlántico parece interminable.

La parte sobre el fútbol de El dinero y las heces no es, en mi humilde opinión, tan ingeniosa e incisiva como habría podido ser mi versión.

La soberbia, y los dos whiskies que me ha servido el personal de vuelo, me ayudan a redactar mentalmente un par de párrafos magníficos sobre la identificación con el equipo y la incondicionalidad del hincha.

Al ver que he dejado de leer, Carmen me interrumpe.

Quiere hablar, me dice.

Le señalo el anuncio de prohibido fumar y vuelvo al hincha.

Joan Gaspar, uno de los mayores pensadores catalanes de la última década, me proporciona el epígrafe perfecto que andaba buscando: “A mí no me gusta el fútbol, me gusta que gane el Barça”.

¡A tu salud, Joan!

La idea de que mi padre sigue siendo hincha del Atlético Bucaramanga me devuelve a la tierra o, para ser precisos, a las incomodidades de mi silla a diez mil metros de altura. El que en otra época fuera mi equipo del alma vuelve a estar en segunda división en un país donde todo es de segunda división. O de tercera.

Durante las próximas tres horas, me informa una pantallita, la tierra seguirá siendo el Atlántico interminable.


24.

Estamos en un piso diecinueve.

Desde el ventanal, Bogotá no parece la ciudad que hace diez años me desvelaba.

Carmen me abraza por la espalda y me dice que la vista es preciosa.

–Las apariencias engañan –digo en voz muy baja, casi para mí.

Carmen me pregunta si estoy contento de haber regresado.

Le digo que no lo sé.

Le digo que estoy esperando a que me dejen fumar.


25.

Cuando Alejito por fin se duerme, Miguel me invita a encerrarnos en su estudio, abrir la botella de brandy que le he traído y fumarnos un cigarrillito. El subrayado es suyo.

Ahora es un padre responsable, me dice para explicarse.

Se trata de una frase que desde hace tres años se repite con frecuencia en nuestras charlas en el ciberespacio.

–Es muy bonita –dice. Y sin esperar confirmación por mi parte, formula la pregunta más original que puede plantear un padre responsable y esposo feliz como él–: ¿van en serio?

Quiero decirle que las apariencias engañan, pero me contengo.


26.

La ciudad ha cambiado mucho, nos explica Miguel mientras lucha por avanzar entre un enjambre de autobuses, pero los coches siguen siendo un problema. El subrayado, de nuevo, es suyo.

El primer “coche” se me escapó en el aeropuerto. Pero hoy he vuelto a dejar escapar uno y me lo está cobrando. Decir “coche” en lugar de “carro” es para mi amigo la prueba de que ahora soy español: ¡joder!

–La seguridad ha aumentado –dice para continuar con su exposición de la nueva Bogotá.

Seguridad. Antes hablábamos de violencia. Antes: cuando no sabíamos de hijos ni de préstamos hipotecarios ni, mucho menos, de esos planes de pensiones de altísima rentabilidad y mínimo riesgo que son el último mantra de nuestro anfitrión.

Mirando a Carmen ver pasar “mi” ciudad por la ventana (buses, puentes, atascos, carteles en inglés, indigentes, ¡vacas!) me asalta el tópico de que ella y yo no vemos la misma ciudad. Para ella todo es nuevo y, me temo, un poco exótico. Para mí, en cambio, las novedades son un mero barniz.

Quería a esta ciudad, me digo: quería, en pasado.

–Sí –se reafirma Miguel a modo de conclusión–: ahora uno vive más tranquilo.

Gabriela, su esposa, la madre de Alejito, confirma el diagnóstico señalando que su única preocupación “real” es el violador que merodea en el barrio. Ya ha atacado a doce muchachas.
 

27.

Día de fiesta en Mediocristán.

El asado de bienvenida es un éxito.

Un viejo amigo de la universidad cuya cara, nombre y costumbres alcohólicas había olvidado casi por completo, lleva media hora persiguiéndome para contarme de forma detallada sus andanzas de estos años. Antes (resumo) era profesor de colegio y vivía medio borracho, ahora es escritor y vive totalmente borracho.

Le digo que me alegra saber que hay progreso.

Mi amigo, o “colega”, como no deja de llamarme, recompensa la atención que le he prestado interesándose por mi situación actual.

–¿Y tú en qué andas? ¿Sigues escribiendo? Me contaron que estabas de traductor o algo así –me pregunta.

–Soy un farsante –le digo.

La pausa que precede a su carcajada quizá sea producto del aguardiente.

Mi respuesta, para mi sorpresa, solo sirve para confirmarle que no he cambiado.
 

 

28.

Nuestras cómodas certezas son cómodas, pero no certezas.

La tentación de abandonar Mediocristán suele manifestarse así, con una frase más o menos ingeniosa que no puedes creer que no se le haya ocurrido a nadie antes.

O bien con lo que en otra época llamábamos un proyecto, un vago deseo de viajar o retirarte a un pueblo de pescadores o cambiar de trabajo o aprender un nuevo idioma. Esas cosas que te hacen creer, que si bien no estás al nivel de Sherlock Holmes, tal vez sí estés de verdad ese poquito por encima de la media en el que cree estar la mayoría de los encuestados (sobre cualquier cosa).

La mayoría de los conductores maneja un poco mejor que la media.

La mayoría de los bebedores controla el alcohol un poco mejor que la media.

La mayoría de las pollas son un poco más grandes que la media.

Si puedes terminar una frase sin cometer errores, quizá también estés un poquito por encima de la media.

Si consigues dos, ya puedes celebrarlo.

Y si además tienen sentido, ¡macho!, estás hecho un crack.

Mientras mi amigo el escritor trata de coquetearle a Carmen, hojeo el ejemplar firmado de su última novela que me ha regalado.

En la primera página hay una errata que paso por alto como consecuencia inevitable de la autoedición. Las tres primeras páginas se ocupan de un tipo cagando. El tipo, nos informa el narrador después de describir el estado de las uniones de los baldosines, se complace en el olor de su propia mierda. La escena parece prolongarse durante varias páginas más. Supongo que a esto era lo que se refería cuando afirmó que había escrito una obra inaceptable para el sistema.

El poeta pone a un tipo a cagar y prueba la inexistencia de Dios.

Mi “colega” pone a un tipo a cagar y solo consigue una mierda que tiene el mismo hedor que cualquiera de sus zurullos.

Cuando me decido a rescatar a Carmen, le cuento al genio transgresor que conocemos a una mexicana convencida de que tiene un admirador secreto que persigue sus cagadas de un baño público a otro por todo Barcelona.

Mi amigo se maravilla de la amplitud de horizontes que da el vivir en una ciudad cosmopolita.

Mi ley de vida es: si no puedes hacerlo mejor, quédate en Mediocristán. La cerveza, al menos, es más barata.


29.

Excepto por el escritor y yo, el asado es un reencuentro de desalojados de Onania.

Los niños corretean.

Las parejas se miman.

Los diminutivos se reproducen de forma escandalosa.

Los hombres hablan de trabajos, de oficinas, de horarios.

Las mujeres también trabajan, pero no quieren hablar de eso el fin de semana. No el domingo, por favorcito. En su lugar quieren hablar de hijos y embarazos y ejercicios de estimulación temprana.

Carmen parece sentirse a gusto entre ellas. Me mira desde el grupo de las mamás (las madres) y me envía una sonrisa desprovista de coquetería o alusiones.

Pienso que esta escala bogotana tal vez no haya sido una buena idea.

Pienso que no me di cuenta en qué momento empezó con la cerveza sin alcohol.

El paso de los años no ha borrado el afecto y mi no demasiada barriga es motivo de algún chiste, pero me resulta imposible pasar por alto que el único que de verdad se emborracha es el autor coprófilo.

Antes de fundirse por completo, el tipo me dice que le ha encantado verme y comprobar que no he cambiado la literatura por los pañales.

No sé qué me jode más: si el que semejante cretino se sienta identificado conmigo o si el que semejante cretino sea el único de los invitados con el que puedo identificarme.

Esa misma noche, bajo las sábanas, Carmen le cuenta a doña Polla que se ha enterado de que antes era el señor Pipí. Doña Polla vuelve a demostrar, como de costumbre un poquito mejor que la media, que el cambio de género no ha afectado su desempeño.

En Onania siempre es verano. En Onania siempre hace sol.


30.

En el vuelo hacia Bucaramanga me encuentro con Quiroga, Quincy para los amigos, doctor Quiroga para pacientes, colegas e internos, el único compañero de colegio con el que he mantenido algún contacto después de graduarme: el responsable del correo electrónico que me ha puesto en ese avión.

Como yo, Quiroga viaja para asistir al encuentro de ex alumnos de nuestra promoción y visitar a su familia, pero él lo hace acompañado por su esposa y sus dos hijos.

Una hora es insuficiente para ponernos al día en más de diez años de chismes. Le sorprende, por supuesto, que ahora tenga un hermano, pero tampoco le parece tan extraño.

–¡Encarguen para que sepan lo que es bueno! –dice palmeándome la espalda a mí, pero mirando a Carmen.

Carmen no me pide traducción.

Después del espectáculo que Alvarito y Martica han montado en cabina, la recomendación me parece un chiste.

Carmen piensa que ambos son encantadores.
 

31.

Mi padre, Noelia y Mateo nos reciben en el aeropuerto.

Formamos un cuadro familiar bastante curioso. Cualquiera daría por sentado que Mateo es hijo mío y que Carmen es la joven esposa de mi padre.

A sus seis semanas, Mateíto, el Deseado, mi hermano, es según mi padre una copia fiel de lo que yo había sido a su edad. La frase, muy propia de mi padre, minimiza la intervención de mi madre y de Noelia en el proceso de fabricación de sus hijos, pero nadie le concede mucha importancia. Ninguna sutileza va a arruinarnos el gran día. Además, las miradas están puestas en mí, el ex hijo único, no en mi padre.

Digo que el bebé está bonito, me dejo hacer un par de fotos y paso la pelota.
 

32.

El golpe emocional que mi reducido público estaba esperando no se produce en el aeropuerto, sino en el parqueadero, donde en lugar del viejo Renault amarillo que aparece en mis últimas fotos en Bucaramanga, nos espera el coche del anuncio, una obra maestra de la ingeniería alemana de la que nunca había imaginado que llegaría a estar tan cerca, menos aún dentro.

En una película de ciencia ficción este sería el momento en el que el protagonista descubre que ha despertado en una realidad paralela.

El coche (el carro) consiguió lo que no había logrado El Deseado: dejarme sin palabra.

Ahí estaba papá, con una esposa cuarenta años más joven que él, un nuevo hijo y un vehículo que en mi mundo (mi mundito) era una cosa de otro planeta, la merecida recompensa, me explicaría luego, de un trabajador honrado que ha sabido invertir sus ahorros en la locura bursátil de los noventa y, sobre todo, retirarlos a tiempo.

–¿Te gusta? –oigo preguntar a alguien.

Yo abro la boca, pero las palabras no aparecen.

Que-que-qué iba a decir.

–Está flipando –oigo comentar a Carmen a mis espaldas.

–No puede ser –dice Noelia–: le acabo de cambiar el pañal.

33.

Como había hecho Miguel en Bogotá, papá nos da un rápido paseo en carro para que Carmen conozca “la ciudad bonita”.

Semejante etiqueta hace que el espectáculo de motos, buses y vías contrahechas que nos ofrece sea decepcionante, y de repente yo mismo me siento impulsado a decirle a la forastera que Bucaramanga es mucho más de lo que podemos ver desde las ventanas del coche, yo, el tipo que se había largado de allí veinte años atrás proclamando a diestra y siniestra que a semejante pueblo no volvería (sino de vacaciones).

Papá, que apelando a los años pasados en Barcelona a comienzos de los ochenta había estado repitiendo sin descanso que, lamentablemente, “no hay comparación”, no pasa por alto mis palabras.

–¡Es tu tierra! –dice con orgullo.

Así es. Sin importar que hubiera vivido más tiempo fuera de Bucaramanga que en Bucaramanga, esa seguía siendo mi tierra.

El momento de recordar que nuestras cómodas certezas son cómodas, pero no certezas.


34.

Fracaso era mi estación de destino, he dicho.

No era eso lo que pensaba veinte años atrás, cuando me marché de mi ciudad natal y era un adolescente ambicioso y solitario que recorría arriba y abajo las calles de Onania en busca de compañía.

En esa época, detenerme en Mediocristán habría sido una alternativa inaceptable.

Aparta la tristeza de tu pecho y aleja el sufrimiento de tu cuerpo, recomienda el maestro a los jóvenes.


35.

La voz en el teléfono había hecho hincapié en que el viernes en la noche, en el “prólogo” del encuentro de ex alumnos, me esperaban solo, y había soltado una risita.

“Solo” significaba sin Carmen, una ausencia que creí solventada con creces llegando a la reunión en el auto fantástico.

Convencer a papá de que me lo dejara no fue fácil, pero conté con el inesperado apoyo de Noelia, que tenía la impresión, probablemente justificada, de que para mi padre el coche merecía mucho más el título de El Deseado que Mateíto.

Al volante, acelerando en la avenida a la que en Bucaramanga llaman autopista, sentí que realmente era el mejor, el puto amo, y tuve que concluir que las verdaderas drogas duras nunca están al alcance de los pobres.


36.

El lugar común acerca de las reuniones de ex alumnos es que se planean como grandes ocasiones para el recuerdo y terminan siendo reuniones de borrachos más o menos decepcionantes que nadie quiere repetir en mucho tiempo.

Y aunque el lugar común me preparó bastante bien para el final de la cita, tengo que confesar que el comienzo me sorprendió.

Estaba apenas familiarizándome con la colección de barrigas que llenaba el salón, cuando el autoproclamado maestro de ceremonias anunció que la eucaristía estaba a punto de empezar.

Eucaristía, no misa.

Veinte años habían acabado con mi ateísmo vehemente y militante, y por eso, en lugar de indignarme, opté por cambiar de canal y me fui al bar del hotel a brindar con whisky de consagrar con los despistados que llegaban tarde y no se atrevían a interrumpir la “celebración eucarística”.

Cuando consideré que los rezos se habrían acabado, volví al salón para descubrir que a la misa le seguían varios discursos.

El primero de ellos estuvo a cargo del orador de nuestra promoción, un lameculos que durante casi cuarenta minutos intentó convencernos de que nuestro progreso como hemisferio, país, departamento, ciudad, sociedad e individuos era consecuencia directa de los valores sanmartinianos que tan bien nos habían inculcado en nuestra juventud.

En contra de mi trayectoria indisciplinaria más bien opaca, estaba dispuesto a unirme al comité de abucheos, pero este no se manifestó. En lugar de ello, el auditorio escuchó con aparente interés las grandilocuencias grecosantandereanas de nuestro compañero geopolitólogo y, al final, aplaudió con verdadero entusiasmo la idea de que estábamos allí reunidos para festejar que las promesas y compromisos de ayer eran los éxitos y realidades de hoy (sic).

¡Vengan esos aplausos!

En Mediocristán, me resulta doloroso reconocer, abundan los idiotas convencidos de que viven en otro país, cuando no en otro planeta.

Esto apenas es el comienzo, pensé. Por suerte, acabados los discursos llegó el turno del trago y la comparación de barrigas.


37.

Empecé la parte amena de la noche junto a Quincy, en la mesa de quienes habían sido mis amigos de infancia.
Sin embargo, la mayoría de ellos se habían convertido en padres de familia responsables y con el paso del tiempo resultó evidente que nadie allí se encontraba preparado para la gran juerga que yo estaba buscando. Lo suyo era la memoria, no la amnesia y las lagunas.

De modo que, poco a poco al principio y de forma decidida al final, terminé sumándome al grupo de los solteros y los divorciados, que era donde estaba la fiesta.

Mientras en un extremo del salón la gente se pasaba fotos de la familia, en el otro una máquina del tiempo etílica de cuarenta grados nos mantenía hablando de viejas y carros y fútbol.

Igual que veinte años atrás, anotó alguien.

Y así era: igual que veinte años atrás.

La única diferencia radicaba en que entonces yo era un adolescente con ínfulas trascendentales que pocas veces participaba en ese tipo de conversaciones.


38.

Al final de La educación sentimental, Frédéric y Deslauriers recuerdan su visita a la casa de la Turca. (El episodio es famoso pero en Mediocristán no todos hemos leído a Flaubert, así que tal vez no esté de más resumirlo.) Los adolescentes se acicalan y llegan al burdel provistos de ramos de flores, pero al ver a tantas mujeres juntas Frédéric se asusta y echa a correr, y como es él quien lleva el dinero, Deslauriers no tiene otra alternativa que seguirle. La anécdota, más o menos inocente, más o menos idiota, concluyen los dos protagonistas años después, es lo mejor que les ha pasado en la vida.

Frédéric Moreau, se me ocurre, quizás era ya alguien que no tenía a quien echarle la culpa. Lamentablemente, ahí termina cualquier parecido entre nosotros. Yo no soy Moreau, muchísimo menos Flaubert, y si de algo estoy convencido es que el episodio equivalente en mi poco novelesca biografía no es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Era el último día de colegio de nuestras vidas o, para ser más precisos, la última noche, y varios grupos habíamos coincidido en un parque cercano para despedirnos de los uniformes y las izadas de bandera y los valores sanmartinianos que veinte años después nuestro orador volvería a cacarear con tanto éxito de público. El propósito de todos los grupos era saltar a una fuente o pileta que había en el parque, una fuente o pileta a la que durante años tuvimos terror por ser el lugar al que eran conducidos quienes cumplían años, ganaban concursos o eran objeto de algún honor que necesitara una cura de humillación.

Esa noche, sin embargo, la pileta estaba absolutamente seca.

Tras ver frustrados nuestros planes, quedamos desprogramados, y después de compartir (y agotar) las botellas de aguardiente y vino de manzana que habíamos llevado hasta allí, se formó un único grupo decidido a que, con o sin pileta, esa noche tenía que ser memorable. Se propusieron varias posibilidades, no recuerdo ninguna, y eso dice todo lo que hay que decir sobre el ánimo con el que fueron recibidas.

La noche amenazaba con terminar en ese anticlímax, cuando el “Bojote” Montoya, un tipo al que en su sano juicio nadie habría prestado atención, dijo que él sí sabía cómo hacer que la noche fuera inolvidable. ¿Queríamos una noche inolvidable?

–¡Sí! –gritamos todos, cuarenta o cincuenta, creo, aunque tal vez no fuéramos más de veinte.

–¡Vámonos de putas! –gritó el Bojote.

–¡Sí! –respondimos unánimemente, aunque, acaso, no con el mismo convencimiento.

Ignoro si había en la ciudad un prostíbulo dispuesto a recibir a cuarenta o cincuenta (o veinte) adolescentes medio borrachos. La cuestión es que en los minutos que transcurrieron entre la aceptación efusiva de la propuesta del Bojote y la progresiva aparición de los taxis que debían llevarnos a nuestro destino, algunos optamos por echarnos para atrás.

Los renegados terminamos comiendo perros calientes en un puesto que había en los alrededores del colegio, en silencio, pensando quizás en lo mucho que quienes sí habían abordado los taxis se estarían divirtiendo sin nosotros, repasando cada quien las razones por las que no se había montado en uno.

En ese momento yo no había dudado de mi decisión.

Era un tipo diferente. Un “escritor”, un “ateo”, un “revolucionario”.

Mis experiencias memorables estaban llamadas a ser otras, recuerdo haber pensado.

Pasarían bastantes años antes de que cambiara de idea y empezara a pensar que esa noche, al igual que muchas otras, tal vez no había sido otra cosa que un pobre güevón que se había perdido la fiesta.

Un pobre güevón no muy diferente de los pobres güevones que no se la habían perdido.

39.

El Pasado es el país del que nunca te has ido, el país en el que siempre estás de vuelta.


40.

Como no había asistido a los encuentros celebrados cinco, diez y quince años después de nuestra graduación, no conocía las metamorfosis que probablemente habían sufrido las anécdotas sobre esa noche loca, que, veinte años después, seguía siendo el acontecimiento colectivo más memorable que la mayoría había vivido.

Y como era de esperarse, mis compañeros de sección terminaron secuestrando y sentando entre nosotros al “Bojote” Montoya, que hasta entonces había estado apoltronado en la sección padres de familia.

Lo primero que hizo el Bojote fue corregir las cifras que se estaban manejando en la mesa: no habían sido cuarenta o cincuenta sino sesenta o setenta.

Lo último, exclamar “¡qué carajo!” y proponer que repitiéramos esa “noche mítica”.

–¡Sí! –gritamos todos, para esa hora, poco más de una docena.

Veinte minutos después, al volante del auto fantástico, había vuelto a ser el mejor, el puto amo.

Estaba camino de corregir mi historia yéndome por fin de putas con la pandilla de perdedores obesos que veinte años atrás consideraba la escoria de mi promoción. No obstante, la idea de que había tardado dos décadas en descubrir que era como ellos o en convertirme en alguien como ellos, o lo que fuera como ellos, se abrió paso entre los litros de alcohol en que había intentado ahogarla para golpear en mi cerebro con la fuerza de un martillo neumático.

¿Quién estaba más perdido: el adolescente problemático que se había negado a ir de putas con sus compañeros de colegio, o el cretino derrotado que veinte años después creía que haciendo lo que entonces no había sido capaz de hacer podía ajustar cuentas con su pasado?

La pregunta estaba ahí. Acaso nunca me había abandonado.

Y aunque el volante seguía diciéndome que era el mejor, el puto amo, cuando el semáforo se puso en amarillo, mi pie pisó el freno y el auto fantástico dejó que el resto de mis ex compañeros siguieran de largo.

En eso consiste no tener a quien echarle la culpa. Eres la cosa que eres, y ya está.

Con putas o sin putas.

Con coartadas o sin ellas.

Así debería de haber terminado la que ya no iba a ser mi noche loca, pero el mismo instante de vacilación que me había sacado del camino de los juerguistas me había puesto en la ruta del paseo millonario y el atracador de turno.


41.

En medio del camino de la vida… O algo así. En Mediocristán, la comedia es una película con Ben Stiller.

No sé dónde tenía la cabeza, tal vez sobre el volante, tal vez entre las manos. Solo recuerdo (o creo recordar) que cuando Virgilio me puso el revólver en la sien, el frío del metal me obligó a abrir los ojos y la oscuridad que me rodeaba desapareció.

–¡Arranque hijueputa! –me ordenó.

En lugar de obedecer o pedir piedad, me volví a mirarlo. Quería saber si estaba ante un tipo capaz de matarme cuando así lo decidiera o ante un imbécil que podía matarme por estar más nervioso que yo.

Sus ojos decían que era un tipo capaz de matarme a secas. Y eso me dio miedo.

Con todo, es posible que mis ojos le dijeran que yo era un tipo capaz de hacerse matar a secas, pues sus siguientes palabras fueron conciliadoras.

–Vamos a tranquilizarnos, hermanito. Esto no tiene por qué doler.

Estuve de acuerdo. No tenía por qué doler.

Por desgracia, o por suerte, en mi cabeza el frío del revólver luchaba con la idea de que de nuevo había elegido el camino equivocado, que estaba ahí con Virgilio, el atracador, quizás a punto de morir, mientras Deslauriers y sus compinches continuaban la fiesta en el burdel de la Turca. En algo estaba de acuerdo con el poeta: otro era el camino que me convenía.

–¡Que arranque! –volvió a ordenarme Virgilio.

Y arranqué.

En menos de cien metros el coche había vuelto a decirme que era el mejor, el puto amo, que tenía airbags en la jeta, en el costado e incluso en el culo y que el pobre Virgilio bien podía irse de regreso al Infierno.

–No se me acelere –le oí decir.

El poste parecía resistente.

La calle era salvaje, áspera y fuerte.


42.

Día de reposo en Mediocristán.

Los médicos me dicen que tengo algunas contusiones, pero que donde importa estoy en perfecto estado.
Pregunto por Virgilio.

Me dicen que no tuvo tanta suerte.

Un policía viene a tomarme declaración. Me informa que el positivo en alcoholemia va a darme problemas con los del seguro. Me sugiere que diga que fue Virgilio el que me obligó a conducir en semejante estado. Me felicita por haber actuado con berraquera.

–Un santandereano berraco siempre es un santandereano berraco –dice.

Tras el policía entra Quincy. Se ha disfrazado del doctor Quiroga para que lo dejen entrar.

Me he salvado de una buena, me dice.

Y me he perdido de otra, digo.

Se ríe.

Después de un examen somero que le confirma el diagnóstico de sus colegas, se despide diciendo que va a intentar que dejen subir a mi madre o a Carmen. Promete saludar de mi parte a todos nuestros ex compañeros o, al menos, a los que estén en condiciones de asistir al almuerzo campestre previsto para ese día. Un momento antes de salir de la habitación se vuelve para mirarme desde la puerta.

–Manito, no se desperdicie –dice.

En Mediocristán a veces se nos agotan las réplicas.

En Mediocristán a veces tener la última palabra no significa que no tengas que tragártela.


43.

Mamá, sin dejar de llorar cada vez que recuerda que hubiera podido matarme, y papá, cabreado todavía por haber tenido que venir en taxi, me dejan a solas con Carmen, que no ha dicho nada en toda la tarde.

En el hospital no me permiten fumar.

Me siento indefenso. Pero, se me ocurre, tal vez ella se siente muchísimo más indefensa.

–¿Por qué estás conmigo? –le pregunto.

–Porque te quiero –responde mirándome a los ojos.

Ha estado llorando. Es posible que la respuesta sea sincera.

No me devuelve la pregunta.

44.

Otro de esos libros que escribo cuando, animado por el alcohol o la coca, me doy un paseo fuera de Mediocristán es una exégesis de la parábola de la viga de concreto. De entrada sé que la exégesis nunca será superior a la parábola, así que con independencia del resultado siempre regreso contento.

Había una vez un tipo decente, un padre de familia responsable y trabajador, que un día, de camino a su oficina, está a punto de morir aplastado por una viga de concreto que cae desde un edificio en construcción y se estrella contra el suelo a poco más de un metro de donde él se encuentra. El accidente le parece una señal o un símbolo que durante un instante le revela el funcionamiento real del mundo, a saber, que no existe un orden secreto de las cosas, que el universo está regido por el azar. Y decide que debe abandonar de inmediato su vida actual para vivir de acuerdo con esa revelación.

Cinco años después, el hombre ha cambiado de nombre, de familia, de trabajo e incluso de aficiones, pero su nueva vida no es muy diferente de la que tenía antes de la historia de la viga. Convertido otra vez en el padre de familia responsable y trabajador que era inicialmente, el hombre entiende cada vez menos el mensaje de la viga al aplastarse contra el suelo.

La parábola de la viga de concreto enseña, por un lado, que si Virgilio no se hubiera matado, hubiera seguido siendo Virgilio. Y, por otro, que haberme salvado no me impedirá seguir siendo la cosa que soy.


45.

Huyendo de mi madre y de Sara, una perra ciega y casi paralítica de la que se niega a deshacerse, me he instalado en la piscina.

Bajo una sombrilla, bebo una cerveza que cada sorbo es menos fría.

Desde el agua, Carmen me recuerda que el doctor ha dicho que nadar le hará bien a mi espalda.

Sonríe. Me envía un beso provocador.

En bikini, pienso, toda Carmen es una provocación.

Donde importa, como han dicho los médicos, estoy en perfectas condiciones.

Mi madre llega cargando una caja de cartón y una segunda cerveza. Animada en parte por Carmen, ha estado amenazándome con sus cajas desde que salí del hospital y ahora me ha capturado. El suministro de cerveza fría, entiendo, es una especie de chantaje.

Las cajas contienen todo lo que nunca me llevé y nadie se atrevió a tirar. El periódico del colegio. Los borradores de un par de cuentos sobre jóvenes suicidas. Fotocopias de poemas que había olvidado que me gustaban. Una memoria titulada “Proyecto de vida” que, por desgracia, recuerdo bastante bien. Las cartas que mi padre me enviaba desde España. Una docena de bandas sonoras de los ochenta. Montones de casets con etiquetas escritas a mano: mi banda sonora. Una colección, incompleta y semidestruida, de muñequitos de La guerra de las galaxias... Falta, me doy cuenta, la señorita mayo de 1987. Sobra, en cambio, el álbum de mi primera comunión. Dos indicios de que mi madre ha hurgado en “mis” cajas bastante más de lo que quiere reconocer.

Entre las decenas de bolígrafos y marcadores y portaminas que van apareciendo, encuentro una pluma amarilla, la pluma con la que en décimo grado había escrito mi “Proyecto de vida” para clase de religión y con la que iba a escribir mi primera gran novela, una copia lamentable de Herman Hesse que alcanzó a tener más de un centenar de páginas y no sobrevivió a mi primer semestre en Bogotá.

Cuando trato de probar la pluma en un cuaderno viejo, Carmen se acurruca junto a la tumbona y me pregunta qué escribo.

Me apresuro a responderle que solo estoy probando la pluma.

Solo.

Carmen no me hace caso, pero cuando intento volver al cuaderno no puedo dejar de advertir el avance de la mariconada proustiana, agazapada en mi respuesta defensiva, preparada para atacar con toda su fuerza.

Cambio de planes.

–¡Vamos a la piscina! –digo devolviendo la pluma a la caja con una mano y pellizcándole el culo con la otra.


46.

Carmen me da un beso y me dice que se va a acostar.

Noelia duerme ya desde hace media hora.

Apenas nos quedamos a solas, papá me pregunta si quiero otro whisky (sí quiero) y plantea el tema.

No sabe cómo hacerlo, me dice, pero quiere saber si necesito hablar.

–¿De Virgilio? –le pregunto.

–Si insistes en llamarlo así.

En realidad no quiero hablar de eso, pero, agrego, tampoco creo que sea necesario. Aunque ninguno menciona la palabra “culpa”, es la idea de la culpa lo que inquieta a mi padre. Tal vez, se me ocurre, es él quien necesita que le confirme que estoy bien.

Le explico que sé que fui yo el que dirigió el carro contra el poste, pero que al pobre Virgilio lo mató la mecánica newtoniana, su ignorancia de las normas viales sobre el uso del cinturón de seguridad y, en últimas, una viga de concreto enorme aplastándose contra el suelo. Papá no entiende lo de la viga, pero cuando regresa con mi whisky parece aliviado y cambia de tema.

–Nunca podré perdonarte que te hayas pasado al Barcelona –dice.

Le digo que, puestos a ser hinchas, lo mejor es escoger un club capaz de comprarse a la selección holandesa si hace falta.

 

47.

Papá no se siente satisfecho hasta no conseguir la instantánea familiar que nos ha tenido en el patio toda la mañana y nos ha obligado a cambiar de ropa dos veces.

Carmen y Noelia disfrutan de estas cosas.

A Mateíto y a mí, por el contrario, nos desesperan.

Después de tomar la foto, papá la descarga en el computador para poder compararla, “en todo su esplendor”, con el modelo, una vieja foto en la que los abuelos ocupan el lugar que en la nueva nos ha correspondido a Carmen y a mí, y en la que yo tengo la edad de Mateíto y nada parece indicar que no fuera El Deseado.

En esa foto mi padre, pienso, podría ser mi hijo.

 

48.

Tener quien te justifique es quizás un derecho fundamental.

Mi abuelo decía que mi padre y mis tíos (cuatro tíos, dos tías) eran lo mejor que le había pasado en su vida.

Mi padre mira a Mateo y me suelta que somos lo mejor que le ha pasado en su vida.

En mi memoria, mi abuelo y mi padre son dos personas incompatibles que nunca conseguían ponerse de acuerdo.

Le digo a mi padre que tenga cuidado con lo que dice: en una película reciente un parlamento similar termina con el hijo diciéndole al padre que si él es lo mejor que le ha pasado en la vida, lo único que puede sentir por él es lástima.

Me río para indicar que se trata de un chiste, que aquí no ha pasado nada y todo sigue igual.

Nadie se ríe conmigo.

Nadie en la mesa, incluido mi padre que acaba de sostener que soy lo mejor que le ha pasado en la vida, cree que yo sea el mejor, el puto amo.

 

49.

Es posible que la tentación de abandonar Mediocristán también se manifieste así, como la insistencia en que puedes escapar al programa que te ha impuesto la biología.

El no deseo como meta.

Para ser un buen budista a veces solo se necesita dar con la combinación de drogas adecuada.

El maestro dice que hombres y animales caminamos hacia la misma meta. Asegura que Dios nos pone a prueba para demostrarnos que somos bestias.

 

50.

En el estudio de mi padre hay una foto que me tomó en la oficina del abuelo cuando tenía tres o cuatro años.

En esa foto soy apenas una cabeza de rizos aporreando una Remington.

Carmen me dice que quiere uno así.

No se refiere al marco.

Le digo que uno así puede terminar así.

Me dice que no le importa.

A mí sí, pienso. Pero no se lo digo.

 

51.

Carmen me advierte que únicamente va a decírmelo una vez. Doña Polla está buceando sin traje de neopreno. Solo que ella lo dice sin metáforas de gusto dudoso, robadas a compañeros de lucha en Onania.

–Estamos follando sin condón.

Yo guardo silencio.

Se me ocurre que después voy a querer decir que estaba borracho, que mi polla es sorda o alguna otra idiotez con apariencia de disculpa ingeniosa. Se me ocurre que tal vez podría decir que para eso hemos hecho este viaje, sería bonito aunque ambos sepamos que es mentira.

Prefiero no decir nada.

Yo tampoco quiero metáforas.

Carmen me mira a los ojos y me obliga a verla a los suyos. Tal vez ella ve allí todo lo que yo no puedo ver cuando me miro al espejo.

–No se me acelere –había dicho Virgilio.

–Te quiero –me dice Carmen.

Yo no sé qué quiero, pienso. Y cierro los ojos.

 

52.

Mediocristán es un país tranquilo.

Abundan los frutales y tenemos cerca un parque con conejos para llevar a los niños.

Las mañanas son cálidas y en la tarde la brisa refresca.

Dice mi anónimo maestro del siglo iii a. C. que dos valen más que uno. Luego añade que la cuerda de tres hilos no es fácil de romper.

Yo no creo. Pero me conformo con querer creer. 

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Su comentario

Luis Noriega

Radicado en España desde hace más de 15 años. En 2013, publicó su último libro 'Donde mueren los payasos'.

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