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Crónica

La vida secreta de los maniquíes

Traducción de Andrés Hoyos
En esta crónica, publicada en el New York Times en 1960 y traducida al castellano por primera vez en esta edición, el autor explora el exótico mundo de las vitrinas neoyorquinas y las pasiones inesperadas que en ellas pululan.

© Corbis

A las cuatro de la mañana la Quinta Avenida de Nueva York está desierta, salvo por unos cuantos paseantes insomnes, algunos taxistas que no se detienen y un grupo de damas sofisticadas que permanecen de pie en las vitrinas de los almacenes durante toda la noche (y el día), con sus sonrisas frías y perfectas, sonrisas compuestas por labios de arcilla, ojos de vidrio y mejillas que brillarán hasta que se les pele la pintura.

Estos maniquíes hacen fila como centinelas en la Quinta Avenida, con sus cabezas ladeadas y sus largos dedos de los pies; buscan, con sus estilizadas manos, cigarrillos que no están ahí. A las cuatro de la mañana algunas vitrinas parecen un extraño reino de las hadas lánguidas, todas ellas congeladas en el proceso de salir a las volandas para una fiesta, de saltar a una piscina o de subir contoneándose hacia los cielos envueltas en una vaporosa negligé azul.

Aunque tan salvajes ilusiones derivan en buena parte de la imaginación desbocada, también se deben a la habilidad de los empresarios de este país. Ellos están fabricando hoy maniquíes que parecen tan naturales, con sus uñas, sus maquillajes especiales y sus rasgos faciales individuales, que tienen un aire peligrosamente vivo, y casi respiran. De hecho, en un almacén hay una criatura que sí “respira”. El almacén ha equipado a este maniquí con un aparato de bombeo y en ocasiones lo pone a “respirar” en la vitrina.

Y no sólo son naturales los maniquíes, sino que tienen personalidades humanas diferentes. Por ejemplo, los maniquíes vendidos a Peck & Peck deben tener un aire juvenil y recatado, mientras que en Lord & Taylor han de ser más mundanos y ventilados. En Saks son dignos y refinados, al tiempo que en Bergdorf tienen la elegancia agresiva de la riqueza segura de sí misma.

“Nosotros preferiríamos, sin embargo, que todos los maniquíes que ahora tenemos en los almacenes de Nueva York dieran la impresión de ser buenas chicas”, dice una fabricante de maniquíes, Mary Brosnan, en su fábrica de Long Island, que más parece un campo nudista. “No nos importa su moralidad, pero sí queremos que parezcan bien educadas”.

No obstante, parecer “bien educadas” no es la característica de la mayoría de los maniquíes que Miss Brosnan vende a los almacenes que no están en el área de Nueva York. “Los maniquíes que enviamos a Miami Beach o a Las Vegas tienen un aire glamuroso y un poco demasiado maquillado”, dice. “Y los maniquíes que enviamos a California siempre son rubios y están profundamente bronceados. También vendemos unos cuantos en Inglaterra y en Europa, pero no tantos. A la mayoría de los almacenes de por allá no les gusta el look americano. Prefieren que sus maniquíes parezcan striptiseras”.

“Los maniquíes en Italia deben ser hoscos y deschavetados”, dice Tom Ellery, un inglés experto en vitrinas que trabaja para Saks. “En Francia parecen prostitutas. En Inglaterra tienen cuerpos gruesos y carecen de refinamiento. Pero desde que estoy en Estados Unidos finalmente aprendí a considerar a los maniquíes como algo más que colgaderos de ropa. Aquí les meten realismo. Hasta me han asustado. A ciertas horas de la noche, cuando estoy en la vitrina y un poco cansado, tal vez los toco por accidente o ellos me tocan y pienso que son reales. Otras veces les hablo. Cuando visto a alguno, a lo mejor le digo: ‘Hoy te ves muy bella’ o ‘perdón, pero en esta ocasión tendré que usar a otra’ ”.

Aunque el transeúnte que mira casualmente las vitrinas quizá no lo sepa, detrás de ellas existe un fascinante mundo de simulaciones, un mundo donde todo es chic, donde siempre hace sol y donde decoradores en calcetines andan en puntillas alrededor de estas rígidas efigies de la feminidad. Uno casi diría que está en un teatro. La vitrina es un escenario exquisitamente iluminado por luces azules, verdes y ámbar que brotan desde ángulos diversos y bañan la escena de sombras suaves, pero que se enfocan de forma brillante sobre la estrella: el maniquí.

Como cualquier prima donna, los maniquíes son atendidos con primor y, en los horarios no estelares, los decoradores les retocan el maquillaje, les peinan la peluca y les ajustan la brillante bisutería para que en la mañana atraigan la mirada de las consumidoras ambulantes y en forma callada les vendan un vestido o un abrigo de mink, sobre la base posiblemente falsa de que ellas también se verán así de espléndidas.

Pero son raras las mujeres que se pueden ver perfectas porque, con escasas excepciones, los rostros de los maniquíes se modelan a partir de algunas de las mujeres más atractivas del mundo, mujeres como Suzy Parker, quien posó para la fabricación de los maniquíes de Best & Co, y Brigitte Bardot, que inspiró algunos de los maniquíes de Saks. Anita Colby posó para los maniquíes de Bergdorf; Mrs. William Paley, para los de Lord & Taylor; la modelo Sunny Harnett, para los de Bonwit Teller; y en Henri Bendel se inspiraron en Anne Saint-Marie, la modelo que tiene los mismos ojos azabaches de Greta Garbo.

Es esta preocupación actual con la manufactura de maniquíes casi humanos, esta idea de ponerles curvas, la que posiblemente conduce a la fascinación más o menos extraña que ejercen en mucha gente. Debió de ser seguramente una Venus de plástico o de yeso la que llevó al cuentista inglés John Collier a escribir acerca de un tipejo extraño que se fuga con un maniquí en “Special Delivery” [Entrega inmediata]. Y tal vez fue esa misma inspiración la que indujo al narrador americano Philip Wylie, en “The Unloved” [Los despreciados], a sugerir que esas muñecas podrían constituir esposas mejores que muchas mujeres. O tal vez ambos escritores apenas estaban partiendo de Pigmalión, quien se enamoró de Galatea, una estatua de piedra; o quizás estaban haciendo lo que por lo general hacen los hombres: soñar con la mujer perfecta, con la maravillosa mujer sin edad y sin defectos que no existe en carne y hueso, sólo en la imaginación.

Pero sea lo que sea que atrae a los hombres a los maniquíes, ese algo no podía existir hace cuarenta o cincuenta años. En esos días los maniquíes eran monigotes bonachones sin cabeza o muñecas de cera alemanas, construidas como jugadores de rugby, que se derretían con el calor. Los maniquíes de yeso traídos de París entraron en boga en los años veinte, pero pesaban cien kilos. Entonces, en 1931, una dama talentosa llamada Cora Scovil creó un maniquí de tela con coyunturas flexibles, formadas de metal y madera. Sin embargo, hacía falta que llegara un escultor de jabón llamado Lester Gaba para que creara, en 1936, a una mujer maniquí tan real que pudo llevarla a la ópera en el Metropolitan o escoltarla al famoso nightclub neoyorquino El Morocco, acompañada de un chofer. Le puso Cynthia.

Cynthia fue el resultado de una comisión que Gaba recibió de Saks y que le pedía fabricar un maniquí que pareciera una mujer de carne y hueso. Gaba enloqueció. Configuró su molde vacío de yeso a partir de una femme fatale curvilínea que pesaba 55 kilos.

Cynthia resultaba notablemente realista para los años treinta y causó sensación adondequiera que Gaba la llevaba. Salió en la portada de Life en 1937. Fue invitada por las anfitrionas más exigentes de Nueva York. Recibía cartas de admiradores. Alguien escribió un artículo de revista que la describía como una mujer casera. “Yo podía ir con Cynthia en el carro”, recuerda Gaba, “y de repente empezar a sentir yo mismo que Cynthia era una persona real”.

Aunque perdió popularidad durante la Segunda Guerra Mundial, Cynthia volvió por sus fueros en 1953 cuando se presentó a una audición para un programa de televisión. Gaba y unos cuantos amigos invirtieron diez mil dólares de la época, toda una fortuna, cableándola para que sonara, tratando de mecanizar su cabeza y de hacerle mover los labios y los brazos. Algunos operarios le perforaron la espalda y escondieron cables detrás de los trajes de Dior.

“Fueron veinte audiciones de televisión”, dice Gaba, “pero el show no funcionó. Cynthia nunca habló con claridad. Fallaba en los parlamentos. Finalmente me cansé de andar con ella de estudio en estudio, así que un día, cuando ya estaba hasta la coronilla, llevé a Cynthia a casa de un científico loco que hay en Greenwich Village y la dejé en su ático, donde seguramente todavía ha de estar, cubierta de polvo”.

Si el reino de Cynthia no tuvo efectos en el mundo de la televisión, en cambio sí indujo a una pasión por la verosimilitud en la industria del maniquí. Los líderes en este movimiento realista eran dos damas jóvenes que habían trabajado con Cora Scovil hasta que ella se retiró para casarse a mediados de los treinta. Una era Lilian Greneker y la otra Mary Brosnan. Ambas empezaron sus propias fábricas de maniquíes poco después, y hasta que Miss Greneker vendió su compañía hace unos años, libraron una tremenda competencia. Miss Greneker fue la primera en pasarse de los maniquíes de papel maché a los plásticos.

© Corbis

Aunque los sucesores de Miss Greneker todavía son rivales de Mary Brosnan Inc., la mayoría de los expertos en decoración de vitrinas de la Quinta Avenida está de acuerdo en que en la actualidad los maniquíes producidos por Miss Brosnan son los más verosímiles en Estados Unidos.

Miss Brosnan, que no dejó de jugar a las muñecas hasta que cumplió catorce años, ahora manda sobre un grupo de 120 personas que trabajan en una fábrica de dos pisos, repleta con cientos de maniquíes en varios estados de desarrollo. Alineados en los pisos o colgados de las paredes, hay miles de piernas, cabezas, brazos y orejas sueltas. Las orejas son de caucho para que sea posible hacerles el hueco del arete.

La fábrica incluye departamentos de escultura, construcción de moldes, vaciado de yeso, ensamblaje, finalización, fabricación de pelucas, decoración de rostros y envío. Las cabezas de los maniquíes primero son moldeadas en arcilla por la socia de Miss Brosnan, la escultora Kay Sullivan, quien al igual que Goya es incapaz de resistir la tentación de agregar algo de su propio rostro a los rostros que diseña. (No es raro que los fabricantes de maniquíes metan de contrabando algo propio, de su familia o de sus amigos, en la cara del maniquí. Muchos maniquíes niños son modelados según los hijos del fabricante. La maniquí mayor de edad en Saks se parece a la madre del decorador del lugar, Henry Callahan. Algunas veces Callahan ha utilizado a este maniquí en su vitrina para representar a una monja, a una enfermera mayor, a una abuela o a una bruja.)

Mientras Miss Sullivan pule sus cabezas, el resto de los trabajadores está moldeando los cuerpos en arcilla, y con frecuencia hay discusiones, hasta disputas, en esta etapa creativa que se conoce como el período de “gestación” del maniquí. Finalmente, cuando el maniquí de arcilla está formado a satisfacción de todo el mundo, pasa al departamento de moldeado, luego al de vaciado, a la fabricación y demás.

En el entretanto, en otra sección de la fábrica quince mujeres con la cabeza gacha están cosiendo pelucas de crin de caballo que parecen más naturales que el pelo natural. Y todavía en otra parte de la fábrica unos pintores están aplicando a los rostros de los maniquíes sombra de ojos, según lo prescrito. Como cada almacén insiste en que su línea tenga un cierto tipo de expresión, depende de los pintores de rostros de Miss Brosnan que no se mezcle el tipo campestre de Peck & Peck con la mujer totalmente compuesta que va para Bergdorf Goodman.

Todo este proceso, desde la fase embrionaria hasta el envío final, toma casi un mes. Cada semana la fábrica produce cerca de 150 maniquíes que cuestan alrededor de 70 dólares, en el caso de un maniquí de niño, hasta 190, en el caso de otro adulto. Los precios varían, dependiendo de la calidad de la pintura y de la peluca, y según el maniquí vaya equipado o no con ojos de vidrio, que se producen en Pórtland, Oregon, y cuestan 15 dólares el par.

La vida útil de un maniquí es de aproximadamente cinco años. Después de eso, o el maniquí está tan ajado y ajetreado que debe ser recompuesto, o la moda ha cambiado de forma tan drástica que la figura del maniquí debe a su vez cambiar para adaptarse a los nuevos estilos. (En 1930, por ejemplo, los maniquíes eran delgados, para acompañar la moda de la época, e iban empinados porque eso se consideraba atractivo; en 1940 los maniquíes tenían los hombros anchos, como amazonas de busto generoso; en la última década el maniquí se volvió a adelgazar y a engordar.)

Casi todos los maniquíes de Brosnan miden hoy 1 metro con 68 centímetros, tienen unas medidas de 87-57-87 y son decididamente más realistas que los maniquíes masculinos, cuya piel demasiado lisa, escasez de ánimo y aparente desinterés en el sexo opuesto les dan un aire aburrido. Miss Brosnan ahora está experimentando con una barba que ojalá agregue un toque de virilidad a estos pelmazos, pero, según ella, “es muy difícil hacer que los maniquíes masculinos parezcan tan reales como los femeninos. La razón por la cual los femeninos se ven tanto mejor es que el 50% de la belleza femenina es artificial”.

Una vez que los maniquíes llegan a los almacenes, los decoradores de vitrinas les dan sus propios toques de realismo. En Bonwit les agregan rouge en las rodillas, en los dedos de los pies y en los tobillos porque la piel de la gente es más oscura allí. En Lord & Taylor una vez le agregaron a un maniquí un tubo delgadísimo para producir lágrimas que debían caer en un recipiente con forma de lágrima.

Hay algunos maniquíes que, por razones desconocidas o tal vez freudianas, venden rápidamente cualquier prenda que les pongan encima. El decorador apenas tiene que colocar a una de estas reinas especiales en la vitrina para que las consumidoras entren corriendo. Posiblemente las hadas supervendedoras existen porque los decoradores se les dedican con más cuidado y las visten con un gusto más exquisito; de cualquier modo, es un secreto a voces que los decoradores tienen sus maniquíes favoritos, así como los artistas tienen sus modelos favoritas. “Es que los decoradores con frecuencia son artistas frustrados”, dice Gene Moore, el de Bonwit. “Yo, por ejemplo, lo soy”.

El señor Moore cuenta que una vez besó a su maniquí favorito con la intención de saber qué se sentía. “Fue como besar un escritorio”, dice, si bien la experiencia no ha afectado la relación.

La relación entre hombres y maniquíes es muy diferente de la que hay entre las mujeres y los maniquíes. Las mujeres de la industria tienden a burlarse de la supuesta existencia de una relación entre los humanos y los maniquíes posiblemente porque no la sienten o no la quieren sentir. Las mujeres que trabajan en vitrinas con frecuencia afirman que un maniquí es apenas un manojo de pelo y un talego de huesos falsos. Su sentido práctico les dice que un maniquí es apenas un colgadero de vestidos y nada más.

Pero algunos hombres imaginativos en el terreno de la decoración de vitrinas (y también por fuera de él) ven a los maniquíes como si estuvieran vivos a medias, condición similar a la de las reinas del celuloide. Para ellos un maniquí es una criatura que, como cualquier mascota, no resulta inteligible, pero sí comunica; una criatura que, en algún momento místico a medianoche, bien puede de repente regresar de su trance y parpadear.

Existe una política tácita de respeto por el maniquí, y nadie ignora esta política sin luego pagar el precio. El último en intentar burlarse de un maniquí fue Salvador Dalí, y es probable que aún no haya olvidado la experiencia.

Por allá en 1938, Dalí fue contratado para decorar dos vitrinas de Bonwit. Le pareció, por una vez, que era buena idea mostrar a un maniquí sucio y desgarbado. Puso este maniquí descompuesto cerca de una tina forrada de astracán, apiló unos cuantos símbolos freudianos alrededor y se fue para su casa. A la mañana siguiente, docenas de compradoras se sintieron ofendidas por el sucio maniquí y se quejaron furiosas, exigiendo que fuera retirado. Bonwit aceptó.

Cuando Dalí se enteró de que su sucio maniquí había sido retirado, se sintió insultado y, saltando a la vitrina, lanzó la tina forrada de astracán por la ventana. La policía lo arrestó; sin embargo, el almacén no formalizó la denuncia.

Ofender el glamour de un maniquí, como Dalí tal vez entiende ahora, equivale a ofender el glamour de las mujeres. Porque el maniquí es un símbolo de la mujer impecable, de la mujer perfectamente formada, perfectamente vestida y perfectamente arreglada en el sitio perfecto. Mancillar esta escena les parece intolerable. Las mujeres no lo aceptan. Que una mujer aparezca desmelenada en público, vaya y venga. Pero que un maniquí aparezca desmelenado en público, ¡eso jamás!

 

Gay Talese es autor, entre otros clásicos del periodismo norteamericano, de Fama y oscuridad.

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