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El éxito poético

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La poesía es imprevisible: cansada de corrección, buenos modales y formas convencionales unánimemente aceptadas, puede llegar a proponer la perdición, el camino equivocado, la derrota. Pero, más que imprevisible, impone su naturaleza rebelde: en oposición a la idea de belleza adoptada por la gran masa, ella puede engendrar modelos que produzcan horror y repulsión. La poesía carece, en todo caso, de un carácter complaciente y, por tal razón, ocupa un lugar adelante y no detrás del gusto imperante.

Su preeminencia en la sociedad, además, explica su función profética. El verdadero poeta procede como un adelantado, en ningún caso como cronista o como notario de la sensibilidad pública. Así que cuando todos esperan de la poesía la salvación, ella, la verdadera, puede abrir las puertas a un nuevo extravío. Al fin de cuentas, su propósito no consiste en competir con la técnica, ni con la política, ni con la teleología. A este nuevo poeta, debatiéndose entre incontables embaucadores, corresponde una pugna continua e inevitable contra una sociedad que lo desprecia, o que le promete, en caso de ceder, atractivas formas de triunfo y de reconocimiento. En esta lucha, que es también, y sobre todo, contra sí mismo, nadie se encuentra más solo que él. Puesto que debe recorrer el camino sin seguridades ni ayudas, rodeado de una oscuridad nueva, termina por transformarse en un vidente. Es probable, no obstante, que su camino no conduzca a ninguna parte, o que desfallezca antes de cruzar alguna meta. También resulta probable, como sucede en la mayoría de las oportunidades, que lo aniquile el método de búsqueda. En el caso más excepcional, es decir, cuando haya logrado retornar del averno, su locura podrá convertirse en el objetivo de otros, simples seguidores, aunque a él ya no le importe, o ni siquiera continúe vivo o en condiciones para comprobarlo.

La insania, el desvarío, la escritura con sangre y, en general, todas las formas conocidas de autoinmolación, serán frecuentadas por estos seguidores, cuyo objetivo consistirá en poner lo inalcanzable al alcance de todos. Estos perdidos —innumerables, por lo demás— mueren sin conocer su propio camino, pues se trata de simples seguidores. Alcanzan a perderse, es cierto, pero no se encuentran jamás a sí mismos, pese al patetismo conmovedor de la búsqueda.

Cuando esta idea de la poesía se haya generalizado, con seguridad aparecerá un nu...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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