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El Malpensante

Breviario

Un huevo de oro

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En la pasada Feria del Libro de Bogotá, en una mesa redonda sobre narrativa colombiana, el escritor y ensayista antioqueño leyó las siguientes palabras.

Basta mirar las caras y los uniformes de esta mesa para saber que los equipos colombianos de literatura están todos compuestos por un solo jugador. Aquí estamos (jugadores de primera, segunda y tercera división), a los codazos, chutándonos la pelota y quitándonos la palabra, mirándonos por el rabillo del ojo y mostrándonos los colmillos en cada sonrisa, y además diciendo, cada uno a su manera, nuestra propia mentira. El ámbito en el que se mueve la actual narrativa colombiana es, afortunadamente, un ámbito de libertad y de dispersión, más que de escuelas. “Aunque los escritores sueñen en la misma lengua no tienen por qué uniformar sus gustos ni su ropa”, dijo una vez uno de los de este lado de la mesa (rh, según las iniciales de su nombre). El juego de la literatura se ha vuelto un juego casi sin reglas reconocibles (salvo las del idioma), con constantes muy difíciles de percibir, y cada vez que surgen reglas todos las queremos romper o cambiar, así como los matemáticos no repiten los viejos teoremas, sino que buscan nuevas conjeturas y nuevas soluciones. En los períodos clásicos se siguen las escuelas de unos cuantos maestros reconocidos por todos; son largos períodos de feliz imitación; pero nosotros no vivimos en la aparente serenidad de un siglo clásico y no estamos de acuerdo ni en Cervantes. En algo nos parecemos: trabajamos bastante, casi todos, y publicamos mucho, no sé si demasiado.

Los árbitros, críticos aturdidos por el ruido, como no saben qué hacer, no paran de pitar, de manotear y de sacarnos tarjetas: amarilla para tal y roja para mí. También los escritores, a veces, se quitan su camiseta colorida y se visten de negro: terribles gallinazos hambrientos de carroña de compañeros caídos en la desgracia de una publicación. Los estrategas, en las academias, hacen esquemas, proponen nombres, fundan generaciones armadas a la brava, hacen toscos avalúos de los pases, pero ésa es sólo una manera de ganarse el sueldo, porque los resultados de sus pesquisas suelen ser solamente patrañas postmodernas, que a veces suenan bien, pero no quieren decir nada. Tal vez con la perspectiva de los decenios puedan hallarse constantes (la sicaresca antioqueña, por ejemplo, o la obsesión sexual, o las hileras de muertos y amores malogrados), pero desde la miopía del pre...

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