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El Malpensante

Breviario

Desear, poseer y enloquecer

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Dice la leyenda que un día Gerbert d’Aurillac, o sea Silvestre II, el Papa del año Mil, consumido por su amor por los libros, compró un inhallable códice de la Farsalia, de Lucano, a cambio de una esfera armilar de cuero. Gerbert no sabía que Lucano no había podido terminar su poema por culpa de Nerón, que lo había invitado a cortarse las venas. De tal manera que, al recibir el precioso manuscrito, lo halló incompleto. Todo buen amante de los libros, después de haber cotejado un códice, si lo encuentra incompleto, no hace sino devolverlo al librero. Gerbert, para no privarse al menos de la mitad de su tesoro, decidió mandarle a quien le había entregado el códice, no la esfera entera, sino la mitad. Para mí esta historia es admirable, pues nos dice claramente qué es la bibliofilia. Gerbert, por cierto, quería leer el poema de Lucano —y esto ya nos dice mucho del amor por la cultura clásica en esos siglos que nos empeñamos en considerar oscuros—, pero si ése hubiese sido su único deseo, habría pedido prestado el libro. Él, en cambio, quería poseer esos folios, tocarlos, olerlos quizás cada día y sentirlos como algo propio. Y cuando un bibliófilo, tras haber tocado y olido, se percata de que su libro es manco, por más que le falte sólo el colofón o una simple hoja de errata, tiene la sensación de un coitus interruptus. Que el librero le mande de vuelta el dinero (o acepte la mitad de la esfera armilar) no remedia, sin embargo, su dolor. Él sabe que podría haber tenido en sus manos la primera edición, con márgenes amplios y sin manchas ni hojas apolilladas; su sueño se desvanece; sus manos sostienen un libro discapacitado, mutilado; ninguna indulgencia al politically correct podrá convencerlo de que debe amar a esa criatura desventurada. La bibliofilia es ciertamente el amor por los libros, aunque no necesariamente por su contenido. Claro que hay bibliófilos que coleccionan por temas e incluso leen los libros que adquieren. Pero para leer todos esos libros hay que ser un ratón de biblioteca. El bibliófilo, aun cuando se interese por el contenido, desea ante todo el objeto y, si es posible, el primero que haya salido de los tórculos de la imprenta. Hasta tal punto que hay bibliófilos (a quienes, pese a comprenderlos, desapruebo) que, teniendo en sus manos un libro intonso, no cortan sus hojas para no violar el objeto que han conquistado. Para ellos, cortar las hojas a un libro raro sería como, para un relojero, romper ...

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(Alessandria, 1932) Ensayista, novelista y profesor universitario italiano. Entre sus últimos libros se encuentra Historia de la fealdad publicado por Lumen en 2007.

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