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Poesía

Féretro y más féretro

Un poema de Gonzalo Rojas

© Archivo El Malpensante 

Me acuso mi ataúd de haber sido caballo,
de haber vivido todos estos años como un caballo,
de dormir parado al filo de los 90
y ya en los últimos relinchos del amor de haber 
                olfateado tres
o cuatro míseras equas taimadas, pendencieras, vistosas
más bien de lomo y anca, allá por los potreros frente
                al mar
con toda la ventolera,
me acuso de haber pastado piltrafas de silicona
                en vez de pasto,
por cuncuna de hambre me acuso.
 
No había mujer ni pétalo de mujer, lo que había
eran unos libros grandes de esos que leía Baudelaire,
                pero ¿quién
lee libros hoy?, ¿qué Bucéfalo, qué caballo lee libros,
a qué hora
entre tele y tele y otras náuseas? Me acuso
de vanidad por la celebridad y unos premios
a la podredumbre del ingenio que no da para
                imaginación.
Imago es más que mariposa,
¿o no mi ataúd? cuántica
es amor y no contienda de patas en los hipódromos por
velocísimos que sean, asma, barranco de asma, reventó que
va a estallar
y es que no puedo más con el tajo del respiro, me
falta el aire del otro lado del aire, la fibrosis
pulmonar que me pillaron esa vez en esa clínica no es
                mi fuerte, usted
lo sabe de sobra mi ataúd
mejor que el mismo Einstein: toda galaxia
pide cumbre, ritmo, y no hay que ser Píndaro
                ni Whitman, hombre
hay que ser.
 
Yo tenía 5 años, ya no tengo 5 años, no
soy patético, me empavorece lo patético, mido
esta mesa, ¿cuánto
medirá esta mesa, cuánto raulí medirá esta mesa? Había
una vez una mesa, encima
de ella nada, todo eso en Santiago
Recoleta abajo al sol donde viven los pobres,
                rugosa la mesa
como la realidad y tú cállate Rimbaud, así
era esa mesa en lo más oscuro de esa casa, alguien
que tengo que haber sido yo entraba y disparaba
                corriendo el cuchillo
como quien tira el seso al mar
este mismo cuchillo litúrgico cuya hoja
no es y al que le falta el mango, según
Lichtenberg, pero lo disparaba
cuchillín, cuchillón como un arponazo venenoso y musical
contra las tetas secas de las tablas hasta
que sangrara la corteza gemidora como una violación
para decir el mundo de una vez. Si
tiembla trémula pensaba yo poseso, si tirita más allá
                del filo hasta la punta
y baila flexible es la bailarina que sangra, la escritura
                entra en mí,
si no, adiós
encantamiento.
Bueno, qué feo todo, silicona esquina mortaja,
¿qué querrá decir Apocalipsis?, hartazgo
de Juan de Patmos, pelos ¿qué querrá decir pelos
finísimos de mujer, a un milímetro de útero?
                De ahí sale uno
en cuanto nacedor porque uno es eso y nada más, un
nacedor. Cuídenla: qué bonita palabra nacedor y
tan sin énfasis. Eso no más hay que ser: nacedor
y no Hacedor, déjale eso al Dios.
Todo lo que sabemos es eso, que nacemos.
A ver tú, paisano mío, hijo de Catalina, Emili o Emilián,
como te digo yo, bisnieto mío
Rojas Hauser nacido ayer en Köln, Deutschland,
según ese mail ¿qué es por último
nacer?
 
Otra cosa: la primera que murió
fue Celia la madre y antes
el minero padre, mucho antes, ¿qué será de ésos?:
                ¿andarán
por el puente, los tablones amenazantes, encima
                de ese río?, qué
río enorme ese río
ronco que se mete como el caballo de Alejandro
                en el mar, esos dos
son uno a la vez: oceánicos y fluviales,
carboníferos, hasta que pavorosamente de un hachazo el
viento, el ¡ventarrón!, el toro
como decían la doncellas de la costa allá
por el vigésimo, ése sí
que era oleaje. De ahí vengo yo, de ahí
tengo que estar viniendo todavía.
Es que no se puede hablar sin que aparezcan
                los muertos dicen los niños:
¡los “egipcios”!, para los niños todos los muertos son
                egipcios por el vendaje,
toda parentela. A mí por caballo
me gusta Lautaro que le robó los caballos al invasor,
¿cuál invasor si todos somos invasores en el planeta?
pero se los robó y anduvo en pelo, eso
es lo que más me gusta: que anduvo en pelo con
                los testículos siempre duros y
no se lastimó
y ganó todas las batallas hasta que se lo comieron y lo
mataron en Licantén donde parieron al de Rokha
                y además está lloviendo
desde hace más de cuatrocientos, está lloviendo,
                ¿qué va entonces
ataúd mío a escampar?
 
El otro día anduve en Chihuahua. Quien no ha ido a
                Chihuahua
no ha ido a las estrellas, naiden reempuje a naiden y allí
viven los tarahumaras. Darío
era chorotega pero en primer lugar era tarahumara, si no
fuera tarahumara no sería Darío, Vallejo igual:
mestizo por fuera, tarahumara por dentro, el Rulfo
para qué decir, la Mistrala,
el Huidobro, los dos Pablos de aquí abajo, yo mismo
sin ir más lejos y Renata, mi Renata de oro que
                me entregó las llaves del abismo
de la hermosura y alguna vez me amó, ésa sí que
                me amó, me
desolló, ésa sí que me amó, hombre.

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Gonzalo Rojas

Reconocido poeta perteneciente a la generación de 1938.

Agosto de 2007
Edición No.80

1

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5

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Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

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2

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3

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