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Una distracción al volante

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La bandera amarilla de precaución ya lleva seis vueltas vigente y fue causada por un espectacular trompo que dio en pleno tráfico el brasileño Gil de Goyes a la entrada de la curva seis, la primera que hay pasando los pits. Gil no logró recobrarse y estrelló su máquina contra la barrera protectora dejando los añicos desparramados por toda la pista. Los dos bólidos que iban inmediatamente detrás, un MacLarenMercedes y un Williams-Renault, fueron inutilizados por los escombros, pero él, que no alcanzó a ser advertido del peligro por radio ni tampoco tenía sobre el escenario una buena visual, merced a su olfato de veterano logró eludir la chatarra de lo que apenas unos instantes atrás era un artefacto para andar a velocidades de vértigo, y pudo mantenerse en carrera. El joven brasileño salió ileso del percance y ya se irá a su hotel a cenar con su mujercita, no como otros que están obligados a terminar las ciento cincuenta y ocho vueltas del circuito.

Hablamos, claro está, de Carlos Maturana, el piloto que en este momento va de segundo en la carrera y que no puede acelerar su monoplaza porque todavía está vigente la bandera amarilla. Carlos conduce un bólido exactamente igual al que acaba de ver destrozado a la salida de la curva seis —Gil es su compañero de equipo—, y estando en ello, conviene aclarar que no es odio lo que Carlos siente por Gil. No, ésa es una pasión exquisita reservada para un grupo selecto de adversarios tenaces, sino un cierto desprecio. Carlos Maturana es bajito, fornido, buen bailarín, tiene el cabello rubio claro (no parece nativo de su país) y mira al mundo desde unos ojos de azul insípido, derivados de un mestizaje cuyos antecedentes ignora. La nariz afilada, los labios carnosos, la barba cerrada, el cabello que ha comenzado a caérsele y ese gran lunar que sobresale de su siempre bien afeitada mejilla izquierda dan a su imagen un signo distintivo que se ha hecho célebre en las revistas de automovilismo.

Tal vez si no se vistiera como se viste, con chaquetas de cuero y camisetas de lino estampadas con el logotipo de la escudería, sino con casaca de alamares, gorjeras de seda, calzones bombachos y espada al cinto, no sería un piloto de carreras sino un condotiero italiano de los que pintaba Andrea del Sarto. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que dos semanas atrás, recién cumplidos los 37 años, Carlos Maturana sumó los puntos necesarios para coronarse campeón mundial de Fórmula Uno por tercera vez, igualand...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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