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Breviario

Elegía al reloj de pared

Breviario

© Estudio Caligari

El vasto mecanismo del tiempo posee, como es sabido, una serie de atributos tan perfectamente articulados entre sí, que le impiden descomponerse jamás. No hablo, por supuesto, del Tiempo con mayúscula, del Tiempo absoluto, eterno, que permanece inalterable en su perfecta inmovilidad, que no tuvo principio ni tendrá fin; ese tiempo supracósmico que Occidente imaginó por intermedio de los antiguos filósofos griegos y, en particular, por uno de los más brillantes de todos ellos: Platón.

No: del tiempo del que hablo aquí y ahora es del tiempo cronológico, sucesivo; del tiempo cuya naturaleza consiste en la miseria de la duración; del tiempo que fluye y cuya más antigua y cabal metáfora, por tanto, es el río (el insistente —río del tiempo— que, con las modulaciones más diversas, ha recorrido la historia de la poesía). En una palabra: me refiero al tiempo cotidiano de los hombres, al tiempo avaro de los coitos y de la música, al dadivoso de las montañas y de los mares, y al ya harto generoso de las estrellas y las galaxias. El tiempo que echó a andar con el big bang. El que Eduardo Carranza llamó “el enemigo” y cuyo paso callado, soterrado, obsesionó tanto a su maestro Francisco de Quevedo, ese monstruoso reo de la temporalidad.
Este tiempo, repito, nunca falla. De ahí que su funcionamiento nunca se altere un ápice, que su movimiento no se interrumpa un instante y que mantenga por siempre esa fuerza bruta, brutal, inexhausta, que hace colapsar corazones, borrar memorias, marchitar músculos, atascar huesos, para después triturarlos y reducirlos a un triste puñado de polvo, separar las más apasionadas compañías interponiendo entre ellas el infinito, romper hasta nunca jamás los lazos del amor, ensombrecer ojos hasta hundirlos en la tiniebla definitiva, sembrar moho y nostalgia en las almas, enterrar sueños e ilusiones, abrir zanjas en los rostros más bellos, secar toda la sangre del torrente de la vida; poner, en fin, punto final a todas las historias.
Cumple, a propósito, este trabajo de un modo tan eficiente, tan constante, incluso tan avasallador, que hasta el viejo reloj de pared de la sala de la casa, al que varias generaciones de la familia vieron seguirle el paso con precisión, marcando con minuciosa vigilancia ca...

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Joaquín Mattos Omar

(Santa Marta, 1960) Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado, entre otros libros, De esta vida nuestra (1998).

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