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Dos versiones de un régimen caído y La añorada "izquierda" de Gómez Buendía

Los lectores critican, exhortan, aplauden, censuran

Dos versiones de un régimen caído

Me sorprendió encontrar en su último número un artículo sobre la caída del Muro de Berlín.
Mi sorpresa obedece a dos razones. La primera es que hace tres años se conmemoraron dos décadas de ese histórico año 89 y que justo fue ese el momento en el cual todas las publicaciones se ocuparon del tema. Por eso es curioso encontrarlo ahora cuando “la moda” está apuntando hacia otros destinos, una confirmación de que es posible volver sobre temas que podrían parecer agotados y no acabar repitiendo lo que se ha escrito muchas veces, sino darle un enfoque y un tratamiento totalmente distintos.

La otra razón de mi sorpresa es precisamente ese particular enfoque: a veces la gran Historia –esa que la academia suele escribir con H mayúscula– eclipsa todas esas pequeñas historias en las cuales radica su auténtico impacto. En el caso del Muro, nos quedamos con las imágenes conmovedoras, las canciones de rock ochenteras prometiendo vientos de cambio, la transformación del mapa político alemán, la caída de los monumentos y el nuevo rostro de Europa. Detrás de esos grandes titulares transcurren estas pequeñas historias domésticas que revelan con fuerza una verdad: la Historia también le pasa a la gente de a pie, común y corriente, como uno. Esos archivos de la Stasi contienen muchas versiones de lo que pasó y con las cuales podemos alcanzar a sentir una identidad más profunda. Es eso precisamente lo que pasa con los relatos de Eli, Ingolf, Renate y Rainer.

Después de leer los dos textos experimenté una sensación muy similar a la que me causó la extraordinaria película de Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros. También en ella se encuentra el espionaje de Estado y, muy cerca, las vidas de los ciudadanos y sus particulares formas de convivir con la represión y la vigilancia. Años en los que las chuzadas eran no solo conocidas, sino también aceptadas por todos.

La simple idea de un Estado plenipotenciario, con cámaras y micrófonos hasta en nuestros baños, con funcionarios dedicados a revisar uno a uno ya no nuestras cartas sino nuestros correos electrónicos, y con la capacidad de decidir si podemos o no ir a una competencia deportiva, o escoger u...

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