Google+ El Malpensante

Música

A mí no me consuela nadie

Una buena dosis de nostalgia se respira en los aires caribeños. Con este sentimiento, mientras mira a través de su ventana en el DF, el autor retorna a los festivales de la Leyenda Vallenata que marcaron sus años de juventud en el Cesar.

Alejo Durán, primer rey vallenato © Archivo de Náfer Durán

 

Mis padres llegaron a Valledupar en los años sesenta, cuando los políticos locales pulseaban por la creación de un nuevo departamento y los cultivos de algodón se expandían por las llanuras del Magdalena Grande. Mi papá y mis hermanos mayores trabajaron durante un buen tiempo como jornaleros en fincas de la zona, y desde que nací, las historias de parrandas vallenatas interminables y las anécdotas sobre la vocación de arrogante, parrandero y mujeriego de Rafael Escalona no me fueron ajenas. En casa, los días eran ambientados con los aires vallenatos que salían de una vieja radiola y el Festival de la Leyenda Vallenata fue siempre una referencia para la familia. Sin embargo, desde 1991, año en que dejé de vivir en Valledupar, y a pesar de que suelo volver a la ciudad con cierta frecuencia, nunca he regresado al festival. Por eso esta nostalgia trasnochada y esa terquedad de la memoria en conservarlo intacto, como era en esa época, a pesar de saber cuánto ha cambiado en todos estos años.

El primer recuerdo que tengo del festival es la figura de Alfredo Gutiérrez con una camisa roja y un pantalón blanco saludando al público desde la tarima Francisco el Hombre, en 1982. Yo tenía diez años y mi padre me llevó a pie desde las calles pedregosas del barrio Los Fundadores hasta la Plaza Alfonso López. Sabía quién era Alfredo Gutiérrez porque había sido rey del festival en dos ocasiones, pero sobre todo porque cada domingo Lucho Copete, un vecino que se ganaba la vida vendiendo cacharros en los barrios populares de Valledupar, amenizaba las borracheras con su música. Gutiérrez no concursaba en esa versión pero era el músico de moda. El 18 de noviembre de 1981, en Venezuela, la Guardia Nacional lo había agredido por atreverse a tocar el himno venezolano con su acordeón. Cuando regresó a Colombia no tuvo ningún pudor en mostrar ante cámaras las nalgas con los hematomas de los golpes recibidos. Tuvo más recato al grabar la canción que se convirtió en éxito: “Con las tapas morá, me mandaron pa’ acá”, repetía eufemísticamente el coro.

Cada año, el festival heredaba el calor abrasador de...

Página 1 de 2

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Javier Ortiz Cassiani

Junio de 2012
Edición No.131

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores