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El Malpensante

Arte

Alberto Durero

Retrato del artista como empresario

Traducción de Dennis Peña

Hay semejanzas entre el mundo de hoy y el que conoció el prodigioso Alberto Durero: entonces como ahora, una tecnología transformó el modo de poner en contacto a los artistas con su público. ¿De qué vivía una de las principales figuras del Renacimiento europeo?

© Cortesía Bayerische Staatsgemaldesammlungen, Alte Pinakothek, Múnich

 

En julio de 1521, mientras empacaba para regresar de Amberes a Núremberg, Alberto Durero recibió un mensaje: ¿podría acudir de inmediato para pintar un retrato de Cristian II, rey de Dinamarca, que estaba de paso en la ciudad? Naturalmente dejó lo que estaba haciendo y acudió. Uno no se da el lujo de rechazar a un rey.

Durero trazó la figura de Cristian, de ojos tristes y envuelto en pieles, en un boceto al carbón que aún sobrevive en el Museo Británico. Después el rey le preguntó si lo retrataría al óleo y una vez más Durero contestó afirmativamente, y lo hizo en un tiempo récord: tan solo en un par de días. Al terminar se descubrió con treinta florines en la mano y poco después se fue a casa.

Para Durero, este fue un incidente del todo inusual. Tenía ya cincuenta años y desde hacía tiempo era el artista más famoso en Europa del Norte, pero esencialmente no era un pintor de la corte; él consideraba que tales pintores eran parásitos que merodeaban en torno a los grandes hombres, esperando que de sus labios señoriales cayera algún encargo. Por el contrario, él era un hombre de negocios independiente; no ganaba su dinero humillándose sino vendiendo reproducciones de las xilografías y los grabados que, desde 1495, imprimía en su taller localizado en el centro de Núremberg. Ni siquiera era miembro de un gremio de artistas, pues en la ciudad no había ninguno: era un individuo libre y sin afiliaciones que ganaba su dinero y construía su reputación por sí mismo.

El viaje que realizó entre 1520 y 1521 fue un viaje de negocios más. Los fardos que empacó al salir de Amberes contenían sus grabados y xilografías ya impresos, sueltos o encuadernados, que él o sus agentes vendían, o a veces regalaban, a todo lo largo y ancho de los Países Bajos. Algunos de ellos –Némesis, que representaba a la Gran Fortuna sobre su globo; Melancolía 1, con la Melancolía rodeada de instrumentos prácticos, y San Jerónimo en su gabinete, con el santo concentrado en su celda junto a un perro y un león– ya podían consid...

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