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Cine

Marilyn Monroe a medio camino

 El 7 de agosto de 1962, días después de la muerte de Marilyn Monroe, el periodista uruguayo publicó este texto en el diario El País de Montevideo. En vísperas del quincuagésimo aniversario del fallecimiento de la actriz, recuperamos este escrito que, aún hoy, conserva intactas su penetración y frescura.

Ilustración de Álvaro Tapia Hidalgo

 

Es muy probable que haya sido un suicidio. Veinte años antes ya había intentado suicidarse, después de contratiempos muy personales, y ya se sabe que los suicidas son reincidentes, aunque procuran no serlo. Y mucho después de aquel intento, Marilyn fue la personalidad dividida y convulsa, que no tenía coherencia en sus ideas, y que podía vivir alternadamente en dos personalidades muy contrarias: una estrella bellísima, famosa y rica, que posa de diva y que llega tarde a todos lados, y una mujer seria y preocupada, que un día resuelve largar la fama, encerrarse durante meses en las bibliotecas públicas de Nueva York y estudiar actuación en el Actors Studio, aunque realmente no hubiera conseguido más fama o más dinero por ser una actriz más consciente. En la pregunta de si la actuación arruinaría su personalidad más querida, el periodista Pete Martin basó el título de un reportaje famoso que terminó por publicarse como libro en 1956 –Will acting spoil Marilyn Monroe?– y que presentaba justamente esas dos líneas contrarias de una estrella que era apreciada por otras líneas distintas. Variantes de esa lucha interior hacen explicable una crisis. Como Judy Garland, como Brigitte Bardot, como Elizabeth Taylor, también Marilyn quería tener una vida privada enteramente suya y quería construir una carrera propia en la que pudiera tener alguna iniciativa, aparte la normal de productores y agentes. Igual que a ellas, una agitada vida de divorcios y pequeños escándalos la iba inclinando a ser una figura pública, un material de prensa. Entre los caprichos propios y la resonancia feroz de cada uno de sus pasos, Marilyn terminó en el desconcierto y la crisis. En junio había sido suspendida por la 20th Century Fox y sustituida por Lee Remick en el elenco de Something’s Got to Give (dirección de George Cukor, con Dean Martin), un filme para el que ya había posado un desnudo que pronto fue reproducido por semanarios del mundo entero. Sería el último de sus muchos conflictos con el estudio. En la noche del 4 de agosto apareció muerta, por dosis excesiva de barbitúricos. Es inevitable razonar que quiso esa muerte.

Marilyn nació el 1º de junio de 1926 en Los Ángeles, hija ilegítima, con el nombre de Norma Jean Baker. Sus abuelos maternos eran enfermos mentales y también lo fue su madre. En su niñez fue transferida de una familia a otra, siempre en un bajo nivel económico, y en un principio vivió con familias marcadamente puritanas. Se le han computado hasta doce hogares distintos entre su nacimiento y su adolescencia, y a esa circunstancia se atribuye que su certificado de nacimiento la identifique como Norma Jean Mortenson. De su niñez se ha sabido que abusaron de ella a los seis años de edad (“un amigo de la familia”, especificó ella más tarde), y que sufrió tartamudez y otras anomalías psíquicas. A los dieciséis años, en 1942, se casó con Jim Dougherty, se separó en 1943 y se divorció finalmente en 1946. Durante esa época tuvo un intento de suicidio, un complejo de inferioridad y lo que fue descrito como “pánicos, ansiedades y alucinaciones”. Durante la guerra trabajó en una fábrica de aviones, posó ocasionalmente para fotógrafos, llegó a ser modelo. Así, en 1946 atrajo la atención de la 20th Century Fox, donde su parecido con Jean Harlow la hizo especialmente atractiva para los fotógrafos y donde Ben Lyon la bautizó con el nombre de Marilyn Monroe. Su actuación cinematográfica fue mínima, sin embargo. En 1949 la necesidad económica la llevó a aceptar una oferta del fotógrafo Tom Kelley, para quien hizo dos poses desnudas; una de ellas ingresaría luego en un almanaque de circulación universal, apreciado por miles de observadores (exceptuado un observador uruguayo que en 1956 reaccionó con la frase: “Pero este almanaque está atrasado...”). Un segundo contrato con la Fox, hacia 1950, le dio un medio de vida, pero también intensificó su trabajo a un tren de cuatro filmes por año. En poco tiempo se hizo famosa y se convirtió en estrella de primera línea.

En 1952 se hizo pública la noticia de que había posado desnuda para el almanaque en cuestión. La estrella y la Fox resolvieron admitir el hecho y dar su explicación económica real. Esto dio lugar a un primer escándalo de prensa, a la famosa contestación de Marilyn a un periodista (“¿Pero usted no tenía nada puesto?”, “Oh, sí, tenía la radio puesta...”) y al comienzo de una serie de frases que durante los años siguientes se convertirían en una nueva doctrina Monroe. Algunas, por ejemplo, sobre su forma de caminar: “No sé lo que me quiere decir. Aprendí a caminar cuando tenía diez meses y he estado caminando así desde entonces”; sobre el dinero: “No me importa el dinero. Solo quiero ser maravillosa”; sobre su prescindencia de piyamas y qué se ponía entonces para dormir: “Chanel Nº 5”; sobre un escote: “No me di cuenta de que hubiera un escote objetable de mi parte. Noté que la gente me miraba durante todo el día, pero pensé que estarían mirando mi insignia de gran mariscal”; sobre la personalidad propia: “Una de las cosas buenas que tenía dejar Hollywood y venir a Nueva York para asistir al Actors Studio es que siento que me permite ser yo misma. Después de todo, si yo no puedo ser yo misma, me gustaría saber quién puedo ser”.

Marilyn comenzó a ser ella misma hacia 1953, cuando entró en los primeros conflictos con la 20th Century Fox por los papeles que le adjudicaban. Y fue de otra manera ella misma cuando llegó a su segundo casamiento, esta vez con el popularísimo jugador de béisbol Joe DiMaggio, una unión que solo duró algunos meses (del 14 de enero al 4 de octubre de 1954) y que fue recordada durante años. En 1955 Marilyn ya estaba en conflicto abierto con la Fox y formó, en sociedad con Milton H. Greene y Frank Delaney, la firma Marilyn Monroe Productions, una de las muchas sociedades de producción independiente que en aquel momento se formaban alrededor de intérpretes conocidos. Entonces anunció que su deseo era interpretar a Grushenka en una versión de Los hermanos Karamazov de Dostoievski, abandonó California y se concentró en Nueva York, donde hizo dos tareas muy privadas y voluntarias: leer en las bibliotecas de Manhattan y asistir como estudiante al Actors Studio, con la aparente intención de ser en el futuro no ya una belleza sino también una actriz consciente. En su nueva personalidad de productora, Marilyn anunció en 1956 que su empresa había comprado los derechos para adaptar The Sleeping Prince, una obra teatral de Terence Rattigan con la que Laurence Olivier había triunfado en Londres. Aunque John Huston fue anunciado como director, el mismo Olivier terminó por dirigir a Marilyn en el filme definitivo, El príncipe y la corista, hecho en Londres. Sobre esa pareja observó el director Joshua Logan que era “la mejor combinación que se ha inventado después del blanco y negro”.  

No sería sin embargo la más original en la carrera de la actriz. El 29 de junio de 1956, Marilyn se casó con el dramaturgo Arthur Miller, una unión que duró hasta noviembre de 1960, y que se liquidó con un divorcio en enero de 1961. De ese matrimonio se esperó dos veces alguna descendencia, en ambos casos con pérdida de la criatura antes del nacimiento. Quedó sin embargo un filme (Los inadaptados, 1960), el primer asunto que Miller haya escrito directamente para el cine y obviamente un tema consagrado al carácter y a la interpretación de su mujer, que no fue satisfactoria. Desde 1956 hasta ahora, Marilyn agudizó sus conflictos con quienes la rodeaban. En medio de intervalos de ingenio y mal humor, de caprichos e incertidumbres, accedió a trabajar en unos pocos filmes, llegó reiteradamente tarde al estudio y fue inútil incluso su tratamiento psicoanalítico: lo intentó para corregir sus demoras, pero aparecía en las sesiones mucho después de que se había pasado la hora de su cita. Documentos de ese período han quedado frecuentemente registrados en la prensa. Los más crueles son los comentarios del actor Tony Curtis que la odió durante el rodaje de Una Eva y dos Adanes y pronunció la horrible frase: “Es como besar a Hitler”. Los más agudos son los del director Billy Wilder, que al terminar ese mismo trabajo proclamó: “Soy el único director que ha hecho dos películas con Marilyn Monroe. Corresponde que la Asociación de Directores Cinematográficos me otorgue la medalla del Corazón Púrpura”. Ante esa frase Arthur Miller protestó por escrito.

En toda esa personalidad de Gran Diva existía sin embargo un fondo valioso. Como vampiresa insinuante y felina, que no solo era hermosa sino que despedía y pedía sensualidad, Marilyn hizo en cine algunas intervenciones notables en filmes que por otros conceptos podían ser triviales, particularmente en Los caballeros las prefieren rubias, en Cómo casarse con un millonario, en El mundo de fantasía y en La comezón del séptimo año. Quería ser mejor actriz que eso, desde luego, y era muy razonable que aspirara a ser la Grushenka de Los hermanos Karamazov; de esa pretensión mayor se rieron muchos, pero no se ríen quienes leyeron a Dostoievski y saben hasta dónde el personaje es cercano a la personalidad real de Marilyn. Y existía además otro fundado motivo para la rebelión. Desde 1953, la 20th Century Fox estuvo más preocupada de su CinemaScope, de su color y de su espectáculo que de tener libretos apropiados para sus intérpretes bajo contrato: a cierta altura Marilyn podía tener buenas razones para protestar contra el estudio, irse de allí y querer ser alguien por su cuenta. Dicen las crónicas que en abril de 1957 fue muy cruel la conducta de Marilyn cuando despidió de su grupo de producción a su socio Milton H. Greene; en ese momentos ya era una tigresa, empeñada en defender no ya su interés ni su dinero sino la libertad de ser su propia dueña. Estaba en el camino de la independencia, en la formación de su personalidad: “Nunca tuve una oportunidad de aprender nada en Hollywood. Me manejaron demasiado rápido. Me empujaron de una película a la otra”. Quería ser alguien, quería ser una comediante o una actriz dramática antes que una reina del sex-appeal. Por qué no lo consiguió debe ser un problema muy íntimo. En La adorable pecadora y en Los inadaptados estaba haciendo ya la caricatura de aquel encanto femenino que supo mostrar años antes. Una razón exterior de ese triunfo siempre buscado y nunca logrado es la carencia de libretistas que supieran verter a un filme esa mezcla de sensualidad e inocencia, de belleza y de vida interior, que ha asomado en tantos fragmentos de sus filmes y que nunca alcanzó a parecer una personalidad clara y dominante. Una razón interna más misteriosa es el desequilibrio que asomaba en su conducta, ese desequilibrio que la hacía llegar tarde a todos lados, perjudicaba la relación con sus productores e impedía que sus aspiraciones fueran tomadas en serio. Ahora apareció muerta. En medio de la tragedia de su desaparición, mientras unos echan la culpa a los periodistas más escandalosos y otros a los propios demonios interiores de la mujer, queda la incertidumbre sobre los caminos y las causas que la llevaron a ese fin. Se impone la sensación de que Marilyn quiso decidir su propio final, como antes quiso decidir otras cosas. Las suposiciones son ya inútiles, porque solo resta llorarla. 

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