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Poesía

Cómo, cuándo y dónde leer poesía

Traducción de Juan Carlos Garay

Incluso algunos voraces lectores encuentran dificultades para meterle el diente a la lírica. Puede no tratarse de un asunto de género, sino de momento y lugar. Al menos así es para el novelista que firma este ensayo.

Ilustración de Bea Crespo

 

Si usted entrara a la sala de mi casa un fin de semana por la noche, le resultaría miedoso. Aun antes de que yo me levantara y le preguntara qué está haciendo en mi casa, vería un sillón de cuero negro que, ya me han dicho, es demasiado grande para el lugar. Yo, por mi parte, estaría de traje y corbata, leyendo poesía.

Nunca tuve los problemas que la gente dice tener con la poesía: que les parece aburrida, que no la comprenden. Como lector voraz, gasté mi niñez leyendo cosas de adultos y aprendí rápido a encontrar la paz estática de la literatura. Cuando uno ha leído El arco iris a los catorce años (oí decir que D. H. Lawrence era sucio), un poema de Robert Hass parece cargado de acción. Y hasta donde llega mi comprensión, la poesía no tiene más misterio que muchas otras cosas. Esta mañana, en la estación de buses, un pequeño letrero electrónico anunció que mi bus llegaría en dos minutos, luego en un minuto, luego anunció: “Llegando”, aunque la calle permaneció vacía. Luego se fue. Había perdido un bus que nunca llegó. Ninguna frase de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, podría acercarse a aquel sentimiento de confusión pura y completa.

Mi problema con la poesía era que no sabía cuándo leerla. Me refiero a leerla por placer. Sé cómo leer poesía cuando la estoy estudiando: a John Donne lo recitaba en voz alta cuando estaba en la universidad, y mi novia fingía interés. Sé cómo leer poesía cuando intento escribir: copié tanto de las obras completas de Elizabeth Bishop que debieron darle a ella el Premio de Poesía Estudiantil de Connecticut en 1992, no a mí. Y sé cómo leer poesía cuando estoy escribiendo una reseña: en tres largas tandas en el bar de la esquina, con el bourbon induciendo mis opiniones críticas. Cuando soy mi seudónimo, Lemony Snicket, sé cómo devorar Las flores del mal de Baudelaire mientras escribo novelas para niños. Pero, hasta hace un par de años, tenía problemas tratando de descubrir cuándo leer poesía por e...

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