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Cine

Barbet Schroeder en Colombia

¿Cuáles son los lazos que atan a Barbet Schroeder con Colombia? Noches de juerga en Caliwood, piscinazos en Cartagena y cine en Medellín tejen la respuesta a lo largo de varias décadas, hasta la conquista final de su película colombiana.

© Eduardo "la Rata" Carvajal

 

Los caminos del cine son largos y culebreros y, en el mejor de los casos, conducen a Cannes. Digo esto para explicar que a Barbet Schroeder lo conocí por triangulación. En el festival de 1978 coincidimos trece colombianos y todos nos hicimos pasar por periodistas o productores cuando en realidad éramos una pandilla de jóvenes cinéfilos que nos habíamos descolgado desde París para caer en la Costa Azul con poco dinero y muchas ganas de ver cine. Aprovechando que Rainer Werner Fassbinder estaba en Cannes presentando Desesperación, el fotógrafo Hernando Guerrero y el programador del Festival de Cine de Cartagena, Víctor Nieto jr., no tuvieron ningún reparo en llegar a la puerta de su habitación del Hotel Martinez, quizá porque conocían la debilidad del director alemán por cierto producto colombiano. Tocaron y abrió el propio Rainer Werner envuelto tan solo en una toalla y fumando, desde luego. Apenas dijeron que eran colombianos, los hizo seguir y los invitó a tomarse unos tragos y quién sabe qué otras cosas. Más tarde, Hernando y Víctor me contaron lo sucedido y me dijeron que estábamos todos invitados a celebrar el cumpleaños de Fassbinder en París. Llegó el 31 de mayo y, en compañía de la artista Karen Lamassonne y Víctor jr., me dirigí hacia el lugar de la celebración: un restaurante muy chic, no recuerdo en cuál barrio de París. Entramos y no había nadie. Nos sentamos y nos sirvieron copa tras copa de un vino exquisito mientras iban llegando los invitados del cumpleañero bávaro, que brillaba por su ausencia. Fassbinder finalmente se presentó cerca de la medianoche; por casualidad se sentó a fumar y a beber en nuestra mesa mientras cenábamos. Él, desde luego, no comió nada y solo se expresó en monosílabos. Sentado a mi lado estaba un hombre alto y corpulento con pinta de oficial prusiano. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo: Barbet Schroeder.

Inmediatamente su nombre me remitió a las películas que había visto dirigidas por él: More (1969), La vallée (1972) y Général Idi Amin Dada: Autoportrait (1974). Y, por supuesto, a las películas de Rohmer y Rivette que había producido. Por alguna razón yo sabía que él había vivido en Colombia, lo que dio pie a que continuara la conversación. Me contó que vivió aquí de los siete a los once años porque su padre, un geólogo suizo, había conseguido trabajo en nuestro país. Al poco tiempo de haber llegado estallaron los sangrientos sucesos del 9 de abril de 1948. El recuerdo más inolvidable de su niñez en Bogotá es el de haber visto por la ventana a dos hombres que habían saqueado un almacén y cargaban una nevera. De pronto, otro hombre los alcanzó y le cortó la cabeza a uno de ellos con un machete. El descabezado siguió unos pasos más sin soltar su botín hasta que cayó muerto. Bienvenue en Colombie


Seis años después me volví a encontrar con Schroeder en la piscina del Hotel Caribe durante el Festival de Cine de Cartagena, al cual había sido invitado con su esposa Bulle Ogier para presentar la película Tricheurs (1983). Me dijo que la última vez que había estado en esa piscina fue cuando sus padres lo trajeron de niño. A lo que yo le respondí: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero sí en la misma piscina”. Le conté que el negocio de mi padre había sido el de las piscinas y que su eslogan era: “Si piensa en piscina acuérdese de Ospina”. Barbet se rió con esa risa que lo caracteriza, entre traviesa y perversa.

Al reencontrarse con el país de su infancia Schroeder fue recuperando el español perdido y comenzó a venir a Colombia casi todos los años en la década de los ochenta. Cada Feria de Cali venía a ver los toros pues era un afiebrado de la tauromaquia. También gozaba de nuestras rumbas frenéticas en que no se dormía nunca, cuando el grupo al cual yo pertenecía filmaba sin parar, hasta el punto de que nos autodenominamos Caliwood para hacer rabiar a los envidiosos. La gran virtud de Barbet, entre muchas otras, es su curiosidad. No es de extrañar, pues, que cuando el diario Libération hizo la encuesta “¿Por qué filma usted?”, él respondió con un escueto “Para saber más”. Es esa curiosidad la que le ha llevado a aproximarse a sus películas de ficción como si fueran documentales. En Colombia se interesaba por todo: la fiesta brava, la fiesta sin fin, la locura colectiva, el humor negro, el clima, el sancocho, la salsa de Richie Ray y hasta las canciones típicas de Silva y Villalba. Pareciera como si Barbet necesitara de Colombia para ser feliz. Decía que se sentía colombiano de corazón a pesar de haber nacido en Teherán y de tener un pasaporte suizo y nacionalidad francesa. De hecho cuando estuvimos en el Festival de Cannes apoyando a nuestro amigo Víctor Gaviria, que presentaba Rodrigo D. (1990) en la Selección Oficial, Schroeder entró como parte de la delegación colombiana.

En 1985, Barbet regresó al Festival de Cartagena con el crítico Serge Daney, quien quedó maravillado con la ciudad y con una retrospectiva de Cantinflas que se proyectó en el inmenso y cavernoso Teatro Cartagena. Decenas de murciélagos revoloteaban sobre nuestras cabezas y, cuando cruzaban el mágico haz de luz del cine, proyectaban sus sombras de vampiros en la pantalla. Confirmación contundente para Daney del “gótico tropical” que proponíamos los cineastas de Cali. Yo no pude acompañar a Barbet y a Serge a Cali pero allá fueron recibidos por el fotofija de todos nuestros rodajes, Eduardo “la Rata” Carvajal, quien los llevó en un periplo desde el Café de los Turcos a las lomas convulsionadas de Siloé, pasando por el distrito negro de Aguablanca hasta terminar en el “culo del mundo”: el puerto de Buenaventura. Daney consignó sus impresiones de Colombia en Libération mediante un artículo que tituló “Cartagena resucita”. El entusiasmo que sentía Schroeder por Cali se le contagió a Daney: “Cali no tiene ningún complejo frente a Bogotá; se siente orgullosa de su pequeña cinemateca (La Tertulia), de su café intelectual (los Turcos), de un bar gay muy alegre (el Pine Manor), de una tradición en cuanto a revistas de cine (desde Ojo al Cine hasta Caligari), de la belleza de sus mujeres y de su manera artística de vivir la vida (es decir, de rumbiar, de construir la vida). Se puede leer en los muros ‘Cali, la sucursal del cielo’ y en camisas estampadas ‘Caliwood’… Sería exagerado hablar de un ‘cine colombiano’, pero es posible hablar del Grupo de Cali”.

De izquierda a derecha: Myron Meisel, Barbet Schroeder, Luis Ospina y Karen Lamassone • © Eduardo Carvajal

 

Los años decisivos que vivió en Colombia y el retorno a su remoto pasado impulsarían a Barbet Schroeder a soñar con hacer una película en nuestro país. Por eso vino ese mismo año en compañía del guionista y crítico Myron Meisel para investigar y terminar el guion inicialmente escrito por el director y por Pascal Bonitzer, titulado Machete, un drama familiar ambientado en el mundo del narcotráfico y la guerrilla. Recorrieron los Llanos Orientales y llegaron a mi casa en Cali azotados por la plaga de las “coloraditas”, ácaros impertinentes y pertinaces que incrustan sus huevos debajo de la piel. Me parece ver a Barbet y a Myron en calzoncillos en la sala de mi casa aplicándose una solución de benzoato de bencilo, único remedio eficaz contra el temible insecto. 


Para llevar a cabo la reescritura del guion acondicionaron el cuarto de los chécheres de mi casa como oficina, donde pasaban horas hablando y escribiendo a máquina en ropa interior a causa de las picaduras y del calor caleño. Las noches eran para la fiesta con mis amigos del Grupo de Cali. Todo para nosotros era motivo de celebración: celebrábamos porque comenzaba un rodaje, porque estábamos en rodaje, porque terminaba un rodaje. Mientras nosotros nos enrumbábamos, el país se derrumbaba. La década de los ochenta quizá fue la más convulsionada y violenta de la historia de Colombia: la toma del Palacio de Justicia por el grupo guerrillero m-19, la tragedia de Armero, el asesinato de tres candidatos presidenciales, el exterminio de la izquierda, el imperio del narcoterrorismo y el apogeo de los carteles de Medellín y de Cali. La Rata, con quien Schroeder había entablado una amistad muy cómplice, oficiaba como cicerone del alto y del bajo mundo para nuestros ilustres visitantes. En una de sus incursiones nocturnas, la Rata los llevó a conocer un burdel que se preciaba de tener un gran Buda de yeso con la barriga astillada por un tiro. Barbet no podía de la risa cuando las alegres prostitutas, que habían proscrito al Buda contra un rincón por no darles suerte, lo golpeaban en la cabeza con cucharas de palo para castigarlo.

A los pocos meses Barbet regresó con una retrospectiva de sus películas, acompañado por sus colaboradores, el sonidista Jean-Pierre Ruh y el gran camarógrafo Néstor Almendros, quienes dictaron sendos talleres en Bogotá. Luego Barbet y Néstor viajaron a Cali. En la cinemateca La Tertulia pudimos apreciar copias prístinas provenientes de Les Films du Losange. Especialmente memorable fue la proyección de esa obra maestra del documental de la crueldad que es Général Idi Amin Dada: Autoportrait, con los comentarios y anécdotas desopilantes de su director y su camarógrafo.

Por esos días yo me encontraba filmando en la hacienda El Paraíso el documental En busca de “María”, sobre la primera película muda colombiana, codirigida en 1921 por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro, representados respectivamente por Carlos Mayolo y yo. Schroeder y Almendros vinieron de visita a la locación. Debo confesar que me sentí un poco intimidado por la presencia de ambos, sobre todo porque comenzaba a llover y yo no sabía qué hacer al respecto. Néstor me tranquilizó y me dijo que algunas de sus mejores escenas las había filmado cuando comenzaba a llover, que si la lluvia no se ilumina no se ve en la pantalla. Yo seguí su consejo y efectivamente se salvó la escena porque la lluvia nunca apareció en el material filmado.

La Rata y yo acompañamos a Barbet y a Néstor a buscar locaciones para Machete por todo el Valle del Cauca, al que jocosamente llamábamos, haciéndole homenaje a Schroeder, la Vallée du Coca. La Rata todavía conserva una notica que nos dejó Néstor Almendros antes de partir:

Anoche mientras ustedes veían Conducta impropia, yo leía fascinado a (Andrés) Caicedo en la torre del museo. Era la pieza que faltaba del bello rompecabezas; en un breve tiempo he tenido el privilegio de asomarme por un balcón a un mundo casi perfecto. Consérvenlo. No lo estropeen. ¡Suerte!

Néstor

Meses después supe que la “película colombiana” de Schroeder se había caído por esas razones inconcebibles por las que se caen los proyectos cinematográficos.

En 1987, Karen Lamassonne y yo visitamos a Barbet en Los Ángeles cuando se encontraba en plena preproducción de Barfly, película que estuvo en desarrollo casi siete años y que varias veces estuvo a punto de cancelarse por diversos motivos. Entre ellos el litigio que sostuvo con el impredecible productor israelí Menahem Golan, pues este quería vender los derechos del guion original de Bukowski. El diferendo se arregló después de que Barbet hiciera huelga de hambre frente a Cannon Films y amenazara con cortarse la falange del dedo meñique con un cuchillo eléctrico Black & Decker. Cuando nosotros llegamos el filme peligraba porque su estrella Mickey Rourke insistía en que su personaje debía usar unas ridículas gafas Christian Dior a las cuales les había hecho poner una palmerita de coco en cada extremo. Una vez superado este impasse, Schroeder pudo rodar la película y se convirtió en un prestigioso director de Hollywood.

Aunque vivía entre Los Ángeles, Nueva York y París, Barbet siguió viniendo casi todos los años a Cali para ver los toros. La última vez que lo vi en Cali fue en diciembre de 1989, cuando vino con la artista Sophie Calle, también aficionada a los toros (y a los toreros). Para cerrar con broche de oro la década de los ochenta, el Grupo de Cali alquiló una mansión con piscina como la de Sunset Boulevard y realizó tremendo rumbón, al cual asistieron Barbet y Sophie en compañía de una cuadrilla de toreros y banderilleros. Los excesos no conocieron límite, la fiesta de Caliwood Babylon se prolongó hasta las dos de la tarde del día siguiente y quedaron como finalistas en la piscina los cineastas Carlos Mayolo y Carlos Palau, cubriendo sus desnudeces con los manteles blancos de la fiesta, como si fueran un par de senadores romanos después de una orgía.

A Barfly (1987) siguieron Reversal of Fortune (1990), Single White Female (1992), Kiss of Death (1995), Before and After (1996) y Desperate Measures (1998). Las visitas de Barbet a Colombia se hicieron cada vez más esporádicas, aunque nunca abandonó la idea de hacer una película en el país. Cuando yo pasaba por París o por Nueva York trataba de verlo y salíamos a cenar para ponernos al día sobre nuestras vidas y nuestros proyectos cinematográficos. En uno de esos encuentros le comenté a Barbet que acababa de salir la traducción al francés de La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, pensando que ese podría ser el escritor que el director francés había estado buscando durante años para hacer su “película colombiana”. A los pocos días recibí una llamada de Schroeder desde París. Le pregunté cómo le había parecido el libro. Y me contestó en español: “¡Fantástico!”, expresión que tanto él como Vallejo usan cuando algo les parece magnífico o sensacional. Después me preguntó cómo hacía para contactar a Vallejo. Le sugerí que mi amigo cinéfilo Enrique Ortiga, quien también vivía en Ciudad de México, podría presentárselo. Barbet inmediatamente tomó un avión y se dio el encuentro.

Con Fernando Vallejo, en el parque Bolívar de Medellín • © Eduardo Carvajal

 

Fue una atracción a primera vista, tal como había pasado en el encuentro de Schroeder y Bukowski unos años atrás. Dos almas afines con un mismo sentido del humor y una visión desgarrada de la humanidad. Se reunieron varios días y finalmente escogieron La Virgen de los sicarios, entre todas las obras de Vallejo, para adaptarla al cine. Claro está que antes de que Vallejo emprendiera la escritura del guion hubo que hacer una negociación. Según Barbet, en la novela había demasiados asesinatos, lo que en la literatura puede ser verosímil pero en el cine no. Vallejo entendió y accedió a bajarle a la matanza. Así mismo decidieron no conservar la primera persona de la narración de la novela. Una vez llegaron a este acuerdo, Vallejo, en su encierro de la calle Ámsterdam, se sentó a escribir el guion manteniendo estrecho contacto con el director. Schroeder logró el milagro de convencer a Vallejo de regresar al cine. Este, como muchos de su generación, tuvo el sueño de hacer cine porque pensaba que era el gran lenguaje, el gran arte. Por eso abandonó su amada Colombia para estudiar en el Centro Sperimentale de Roma, donde dice que no aprendió nada porque los profesores no sabían nada. Regresó lleno de planes a su patria pero las autoridades locales le prohibieron hacer su película. Y es aquí donde comienza el largo exilio de Fernando Vallejo. Con mucho esfuerzo y muchas contrariedades logró filmar tres largometrajes en México, dos de ellos con tema colombiano, y abandonó el cinematógrafo por considerarlo “un embeleco del siglo xx que no va a durar mucho”.

Schroeder de nuevo se aproximó a la ficción a través del documental. Así como había hecho con Bukowski unos años atrás, comenzó a grabar al escritor con una cámara de video en México y luego en Medellín. También grabó todos los cástings y los ensayos con los actores. Todo quedó documentado. El propio Barbet escribió un diario de rodaje que tituló “Fin de siglo en Medellín” publicado por la revista Número y traducido por Playboy como “Colombia: Land of Death”.

Dada la experiencia que la Rata había adquirido durante la filmación en Medellín de La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, de nuevo fue el cicerone de Barbet y el productor asociado de La Virgen de los sicarios. A los pocos días de haber llegado Barbet a Medellín con un par de franceses de la producción, les tocó presenciar varios asesinatos en vivo. Los franceses huyeron a París despavoridos diciendo que no filmarían ahí ni muertos. Barbet, entonces, se rodeó de colombianos para rodar su película colombiana. La mayoría del personal reclutado por Schroeder y por el productor Jaime Osorio había sido parte del equipo de mi película Soplo de vida (1999). Fui invitado una semana al rodaje con el fin de grabar algunas escenas para el making of. Dada la tensión que se vivía en la ciudad y el peligro que corría un extranjero filmando en Medellín una película escrita por el siempre inconveniente Fernando Vallejo, el rodaje tuvo que ser semiclandestino; había dos versiones del guion, una para presentar a las autoridades y otra para el rodaje. A menudo se usaron dos unidades: una falsa para despistar a los curiosos y otra real a pocas cuadras para poner en imágenes el explosivo guion.

Acompañé a Schroeder y a Vallejo al estreno mundial de La Virgen de los sicarios (2000) en el Festival de Venecia. La rueda de prensa con el director y el guionista fue memorable. Vallejo, conocedor de la lengua italiana (en más de un sentido), aprovechó la oportunidad para despotricar en italiano contra Dios, contra el papa, contra las mujeres embarazadas, contra los políticos y contra TODO. Una corresponsal de L’Osservatore Romano vociferó en latinajos y abandonó el recinto indignada.

La Virgen de los sicarios se volvió un succès de scandale no solo en Venecia sino también en Colombia. Saltaron a la palestra los eternos defensores de la imagen colombiana, los que creen que pueden tapar el sol con un dedo en el país más violento del mundo. Uno de ellos fue el periodista Germán Santamaría, quien en tono inquisidor escribió: “Vamos a decirlo de manera directa, casi brutal, hay que sabotear, ojalá prohibir, la exhibición pública en Colombia de la película La Virgen de los sicarios”. Quizá lo que más ofendió a los habitantes de Medellín fue la profanación de ese sepulcro santo que es orgullo de todos: el metro. No le perdonaron a Schroeder y a Vallejo que hubieran tenido la osadía de grabar una escena de asesinato dentro del metro. Vallejo se defendió brillantemente ante los medios y, después de ser un escritor relativamente desconocido, se volvió una figura mediática polémica e incómoda para el país.

Todo esto me llevó a pensar que me gustaría hacer una película sobre Vallejo. Lo primero que hice fue llamar a Barbet a ver si él tenía intenciones de terminar el documental que había estado grabando sobre el escritor. Me dijo que no y que con mucho gusto me proporcionaba todo el material grabado por él. Enseguida llamé a Vallejo a México y le dije sin más ni más: “Fernando, quiero hacer una película sobre vos”. Y él, muy amablemente, me dijo: “Luis, si eso es lo que quieres entonces por qué no te vienes a vivir a mi casa”. Compré un tiquete aéreo a Ciudad de México y me instalé veinte días en casa de Fernando para grabar todo los días con mi pequeña cámara de video.

Casi tres años después estrené mi documental La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo (2003) en el primer Festival Internacional de Cine de Morelia. El día de la proyección, Fernando me acompañó hasta el teatro pero no entró a la sala. Se retiró discretamente porque dijo que le abochornaría mucho que la gente lo viera en la pantalla y en la sala a la vez. Entré junto con Barbet Schroeder y Werner Herzog, y nos sentamos a ver el documental. Pero esa ya es otra historia.

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Luis Ospina

Co-director del documental 'Agarrando pueblo', director del Festival de Cine de Cali. En 2010 obtuvo el Premio Nacional Vida y Obra, otorgado por el Ministerio de Cultura, por toda una vida dedicada al cine.

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