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Coda

La lección del bloguetariado nacional

Como una sal de frutas, la combativa efervescencia de los blogs en sus primeros días parece haber terminado disuelta en humo, en sombra, en nada. 

Ilustración de John Joven

En 2005, todos hablaban sobre los blogs y los blogueros. Se decía que los medios tradicionales iban a caer de rodillas ante el poder subversivo de los maoístas digitales. Los periodistas colombianos corrieron a reportar y opinar sobre el tema. Escribieron columnas y artículos sobre la etimología de la palabra. Narraron entusiasmados cómo había, mil, dos mil, tres mil blogs en Colombia y discutieron sobre las amenazas de la información en manos de amateurs. La palabra blog asustó a muchos y entusiasmó a otros.

Frente a la amenaza de los ama­teurs, la industria respondió dando un salto adelante y copiando la estrategia de los medios extranjeros. Se abrieron espacios de participación para los lectores: foros virtuales, columnas del lector, blogs, comunidades y mucho “contenido generado por los usuarios”. Si no puedes con ellos, lo mejor es cooptarlos, pensaron.
El asunto es que la amenaza bloguera en Colombia nunca pasó de ser una escaramuza aislada. Los maoístas digitales empezaron con fuerza, uno, dos, tres vietnams. Al cuarto se dieron cuenta de que para conseguir lectores no bastaba con regalar el contenido y quejarse del sistema. Ni siquiera bastaba escribir bien, tener buenas noticias o ser una alternativa frente a los grandes medios. Se necesitaba aplicar técnicas de ventas multinivel o recurrir a prácticas clientelistas para ganar audiencia. Mercantilismo puro y duro.
Muchos blogueros agarraron su maletín y golpearon puertas: “Tu blog es excelente, te invito al mío”; “Linkéame y te linkeo”. Otros optaron por aglomerarse en directorios, incluir contenidos populares en Google o trasladar sus blogs a plataformas comerciales. Los que no abandonaron el barco se agruparon en guetos. El gueto de los que les gusta el fútbol, el gueto literario, el gueto político, el gueto de los paisas, el gueto de los paisas que les gusta el fútbol. Como una matryoshka, el gueto dentro del gueto dentro del gueto.
Un gueto de lectores y su red clientelista no pasa de los veinte miembros y representa un porcentaje cercano al treinta por ciento del tráfico que recibe un blog. El resto de los lectores llega despistado después de una pregunta al oráculo de Google. En el blog que mantengo, varios lectores han llegado despúes de teclear frases como: “nombres afroamericanos de niñas”, “coloquialismos chilenos del 1850” o “¿cuántos taxis tiene Uldarico Peña?”. Ninguno encontró lo que buscaba y siempre vuelven los mismos cuatro comentaristas que ya son amigos de la casa.
Para respiro de los periodistas con sueldo, los blogs no son más (ni menos) que tertuliaderos virtuales para personas con gustos parecidos, y no el fenómeno revolucionario de masas que predicaban los gurúes. De hecho, lo mejor de los blogs está en las discusiones, chismes y peleas que ocupan el segundo plano. He visto discusiones entre gramáticos lunáticos, decanos de economía y matemáticos con postdoctorado que superan de lejos cualquiera de los debates programados por los medios tradicionales. También he participado en apaleadas verbales contra profesores universitarios más entretenidas que cualquier reality. En estos pogroms se ve la sangre y se oyen los gritos del que chilla en las mandíbulas de las bestias. Cuando esto pasa, cuando la red se convierte en arena para el linchamiento verbal, corren los encapuchados a insultar y a pasar la voz. La venganza se propaga con la velocidad de un Sukhoi. El ultrajado no tiene escapatoria, en los blogs llenos de anónimos aburridos, la compasión no existe.
Cuando los blogueros trasladaron sus operaciones a pequeños gulags en los márgenes de la red, los medios tradicionales abrieron sus puertas a la horda dorada. “Su comentario es importante, participe, comente, opine”. Temujin87, OdOaKro y otros lectores siguieron las instrucciones y llenaron los espacios con sus comentarios pasados de tono. Resultó que la mayoría de los usuarios dispuestos a generar contenido eran muy diferentes de los asépticos ancianos que escriben paralas secciones de “Cartas del Lector”.
El ecosistema de los comentaristas virtuales está modelado por la forma en la que son tratados. En los blogs, el dueño atiende a su clientela personalmente y le conversa. En las secciones de comentarios de los grandes medios el dueño nunca aparece y a los visitantes no les queda más que gritar para ser oídos. Los blogs son cafetines amigables y los foros virtuales un gran Disneylandia del insulto.
¿Por qué? Porque en los blogs se atiende y corteja al lector, mientras que en las secciones de comentarios de los grandes medios nadie les pone atención. La falta de atención al lector incentiva el comportamiento antisocial, convierte los foros en alcantarillas y a los lectores en hooligans.
El salto hacia adelante de los medios tradicionales fue un salto al vacío. No captaron que la gente participapara que la escuchen y, sobre todo, le contesten. Un blog o una sección de comentarios donde el autor principal no es capaz de internarse en ladiscusión no tiene sentido. Tampoco lo tiene la creación exponencial de con­tenidos de quinta y sin control editorial bajo el mantra idiota de la participación del usuario. La lección de los blogs no está en su carácter subversivo ni en la “frescura” de su estilo, la lección básica está en tratar bien al que lo visita y se toma el trabajo de escribir tres líneas para comentar. Esa lección no la han aprendido todavía los medios colombianos que tienen vitrina en internet.

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Alejandro Peláez Rojas

Columnista de la revista online La Silla Vacía.

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