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El Malpensante

Música

El paseo de Escalona y Rojas Pinilla

En los años cincuenta, el célebre autor de “La casa en el aire” le compuso una sentida pieza a ritmo de paseo al dictador boyacense. Esta es la historia. 

Este artículo hace parte del dossier Músicas prohibidas.

 

Rafael Escalona, botella en mano, en una foto de 1954 • © Nereo López | Images from Half Century | Editorial Campana

 

Antes de que el general Gustavo Rojas Pinilla se tomara el poder en 1953, viajaba mucho al Cesar, a Chiriguaná, donde se quedaba en una finca llamada Siria, propiedad de Amín Malkún Tafache, un prominente ganadero libanés o sirio (no estoy seguro porque aquí en la costa a todo el que habla enredado le decimos turco). La cosa es que el hombre tenía algún negocio de ganado con Rojas Pinilla y por eso recibía visitas del general. En una de esas reuniones, Rojas Pinilla coincidió con Rafael Escalona, quien también frecuentaba a don Amín por cuestiones de parranda. Así comenzó la relación entre el militar y el compositor, y los recuerdos que aquí narro dejan claro que llegaron a ser muy buenos amigos.

En ese momento, Escalona ya era reconocido en todo el país. Ya había cantado sus canciones Guillermo Buitrago, ya había grabado “La casa en el aire”, ya tenía un lugar importante en la música de nuestra región. Sin embargo, aunque era todo un personaje y hacía parte de la crema y nata patillalera, Escalona no tenía estudios superiores, ni tierras, ni sembraba algodón, ni había comprado el Chevrolito para ir a Maracaibo a negociá, ni nada. Mi teoría es que Rojas Pinilla, ya siendo presidente, le dio un nombramiento, una corbata para ayudarlo.

 


Como en esa época no había ninguna cosa cultural en la que pudiera meterlo, lo puso como agente especial de seguridad. Según me contaron Roberto “el Turco” Pavajeau y Fausto Cotes, quienes se lo encontraron una vez por esos días en Medellín, Escalona decía que él era “una especie de detective ambulante”. Lo que hacía principalmente era acompañar a los familiares y hombres de confianza del presidente, en especial al general Duarte Blum, mano derecha de Rojas, gozando de ciertos privilegios al lado de estos personajes.

El presidente no solo le había dado ese cargo por no tener dónde más acomodarlo y para tenerlo a mano en caso de alguna de las muchas parrandas, sino también por gusto y quizá por elección del propio Escalona. Es que por esa época trabajar como detective en la región no significaba ser ningún venido a menos. Era una cosa de mucho prestigio: no usaban uniforme, iban siempre de civil, muy elegantes pero armados, y tenían cierto halo de poder y hasta de adivinos, la gente se sorprendía cuando los detectives descubrían quién había hecho tal o cual cosa.

Por eso se veía a Escalona andando por todo lado lleno de orgullo, siempre con un cinturón canana en el que llevaba una soberbia pistola 45 con sus iniciales en la chapuza y una labrada hebilla de plata, obsequio personal del presidente. Aunque estoy casi seguro de que Escalona nunca llegó a disparar esa arma, sí supo en qué momento y cómo usarla.

Conozco la anécdota porque en esos años –por 1955, creo–, mi papá, Julio César Oñate Rodríguez, era el agente de Avianca en Valledupar, el encargado de recibir y despachar los vuelos. Y mi mamá, Clara Martínez, era prima de Rafael Escalona Martínez. Esa noche, mi papá llegó del aeropuerto a la casa, nos reunió a todos en la sala y le dijo a mi mamá: “Mira la gracia que hizo el primito tuyo”.

Resulta que Escalona estaba en Valledupar cuando recibió una llamada urgente del general Rojas Pinilla ordenándole trasladarse de inmediato a Bogotá para un especial festejo en palacio, al que estaban invitadas un montón de personalidades. Apenas recibió esa llamada, Escalona se botó de una vez corriendo para el aeropuerto Alfonso López Pumarejo. Eran otras épocas, imaginen el aeropuerto de Valledupar en los años cincuenta, no se pensaba en reservas ni nada de eso. Escalona obviamente no había comprado pasajes, y cuando llegó, el vuelo estaba lleno. La señorita del despacho le dijo que no se podía hacer nada y que tenía que esperar hasta el día siguiente. Escalona no le paró bolas, se fue hasta la puerta de embarque, esperó al piloto al lado del avión y le dijo:

–Mire, señor, yo soy Rafael Escalona y necesito irme para Bogotá ya mismo porque acabo de recibir una llamada urgente del mismísimo general Gustavo Rojas Pinilla.

–Yo sé perfectamente quién es usted. Pero no puedo hacer nada. El avión está completamente lleno, la Aeronáutica no permite que lleve gente de pie y aquí no hay silla adicional ni nada de eso...

–Bueno, maestro, usted póngame cualquier banquito en la mitad del corredor, o saque a un guacharaco de esos que tiene de encargados en la cabina, o me baja algún cachaco de los que van allí montados, o si quiere quedarse usted se queda y yo manejo el avión, pero yo necesito estar hoy mismo en Bogotá.

–Me da mucha pena, señor Escalona, pero yo no puedo poner en riesgo la seguridad del avión con sobrecupo.

La cosa se complicó. Escalona sacó la 45 y, con pistola en mano, le dijo al piloto:

–Mire, como usted llegue a prender ese motor yo le espicho las llantas a punta de plomo. De aquí no se va nadie si no me voy yo. Y si va con sobrepeso y se cae el avión pues también me caigo yo, pero aquí no me quedo.

El tipo vio el arma y con esa vehemencia de Escalona... se dio cuenta de que en verdad le iba a pegar un tiro a las llantas si no lo montaban. Entonces se fue al despacho y al rato regresó al dc-3 con una banquita en la mano. En medio de la protesta de los pasajeros azotados por el calor dentro del avión, el mismo piloto subió la silla a la nave y allí acomodaron a Escalona, de gratis, en el pasillo al lado de la cabina.

Y yo estoy seguro de una vaina: si no montan a Escalona en ese avión, le hubiera pegado un tiro a las llantas. Con semejante poder; en cierta forma tenía una “orden presidencial” para llegar a Bogotá “como fuera”. Había motivos de sobra para haberlo encarcelado por el secuestro de un avión, pero, ¿quién le ponía el cascabel al gato si  era el amigazo del presidente?

Esa estrecha relación afectiva fructificó en una canción a ritmo de paseo, que Escalona compuso como homenaje a Rojas Pinilla.

Cada vez que esta nación
ve su libertad en peligro,
interviene el ser divino
y manda un libertador.

Colombia sentía amargura
y Rojas Pinilla llegó
a borrar con su ternura
sangre que otro derramó.

A Colombia Rojas Pinilla
le acabó la pesadilla,
desde aquel 13 de junio
acabó el gran infortunio.

La canción fue recibida con alborozo por allegados y subalternos de Rojas, quienes planearon que fuera grabada con bombos y platillos por los mejores músicos y en los mejores estudios del país. Inclusive intentaron montarla con una gran orquesta sinfónica dirigida por el maestro Antonio María Peñaloza. Pero finalmente nada de eso se concretó. Parece que Escalona le dio vueltas al asunto y al final viajó de regreso a Valledupar sin haber grabado, como intentando, inteligentemente, dispersar y dilatar el asunto.

En ese momento había mucha división en el país, y así como había entusiastas conservadores, mucha gente no quería a Rojas, por el tema partidista en algunos casos, pero más que todo por la forma en que se había tomado el poder. Había mucho rechazo, muchos detractores, en especial un grupo de notables de Bogotá que llegaban con frecuencia a Valledupar. Entre ellos estaban varios amigos de Hernandito Molina, muy allegados a Rafael Escalona. Belisario Betancur, Fabio Lozano Simonelli, Pacho Herrera, Fabio Echeverri Correa y Miguel Santamaría Dávila hacían parte de la cofradía de cachacos de sentir vallenato que no dejaron de reprocharle y censurarle a Escalona ese canto compuesto para el presidente. Desde que se enteraron de la canción estuvieron muy molestos. Eran opositores y estaban ofendidos porque ¿cómo podía atreverse Escalona a comparar al dictador con un libertador?

Entre los inconformes había uno que aparecía en la letra de la canción. En varias composiciones anteriores, Escalona había hecho mención de Pedro Castro Monsalvo, quien fuera gobernador del Magdalena. Castro siempre recibió con beneplácito esos saludos, excepto este:

Visitó Chiriguaná
y los llanos de Casanare,
es muy justo general
que también visite al Valle,
y le cuente a sus ministros
lo que aquí en el Valle ha visto,
y lleve un recuerdo grato
de la tierra de Pedro Castro.

El ex gobernador tenía unas relaciones tensas con Rojas Pinilla y le dijo que no le hacía ninguna gracia figurar en la canción, así que Escalona tuvo que modificar ese verso por otro que rimara:

...y lleve un recuerdo grato
de todos los vallenatos.

Lo más probable es que haya sido la presión de esos amigos influyentes lo que frenara a Escalona de hacer esa grabación.

Como es sabido por todos, al ser depuesto del solio presidencial, Rojas Pinilla se fue del país de inmediato. Por su lado, Escalona sepultó en los campos del olvido el canto dedicado al general. Jamás volvió a chiflarlo ni por equivocación. Pero, antes de la caída de Rojas Pinilla, Escalona trajo a Valledupar un acetato artesanal donde la canción era interpretada por el acordeón de Víctor Soto, uno de los grandes parranderos de Cañaverales, Guajira, y quien lo acompañaba siempre en sus visitas a Bogotá. Ese fue el único registro que quedó del polémico homenaje, y las agujas de las vitrolas lo deterioraron rápidamente.

 

"Escalona y Rojas Pinilla" no fue la única canción del compositor que despertó revuelo. También en esa época, a mediados de los cincuenta, Escalona había compuesto para su amigo Tite Socarrás la canción “El Almirante Padilla”. Mucha gente la conoce, pero no piensan en lo complicado de la letra.

Allá en la Guajira arriba, donde nace el contrabando,
el Almirante Padilla barrió Puerto López y lo dejó arruinado.
Barco pirata bandido, que Santo Tomás me crea,
Prometí hacer una fiesta cuando un submarino lo voltee en Corea.

Las Fuerzas Militares, el comandante de la Armada y toda la gente que estaba allá trepada en el Almirante Padilla, defendiendo el tricolor patrio, vieron esa canción como un atropello a la soberanía nacional, una ofensa a la dignidad de la Armada y un irrespeto a las leyes colombianas en contra del contrabando. Y no era para menos: el público pensando en los soldados colombianos que peleaban allá en Corea, y Escalona, por defender a su amigo contrabandista, deseando que le pegaran un torpedazo al barco insignia de la Armada Nacional.

La otra composición que armó mucho escándalo fue “La custodia de Badillo”, de finales de los cincuenta. Pero esa no fue polémica por razones políticas, sino por meterse con el tema religioso, y más en una época en que la Iglesia tenía tanto ascendiente.

En Valledupar hubo un movimiento de la curia para rescatar ciertas joyas coloniales que eran recolectadas por las iglesias de los pueblos y las mandaban a Europa. Así se llevaron varias reliquias. Cuando llegaron a Badillo se llevaron un cáliz y lo reemplazaron por una réplica más barata y liviana, y el original lo devolvieron a España. En el pueblo se armó el alboroto y Escalona denunció lo que estaba pasando a través de esta canción:

Se ha visto que el pueblo de Badillo se ha puesto de malas,
de malas porque su reliquia le quieren cambiar.
Primero fue un San Antonio, lo hizo Enrique Maya,
ahora la cosa es distinta, les voy a contar.

En la casa de Gregorio bien segura estaba
una reliquia del pueblo tipo colonial.
Era una custodia linda, bien grande y pesada,
ahora por otra liviana la quieren cambiar.

Se la llevaron, se la llevaron,
se la llevaron ya se perdió.
Lo que pasa es que la tiene un ratero honrado,
lo que ocurre es que un honrado se la robó...

Había otras líneas de esa canción dedicadas a Colás Guerra, que era el encargado de cuidar, como una especie de guardián en la iglesia de Badillo:

Al compadre Colás Guerra cuando tenga fiesta
oiga que abra bien los ojos para vigilar.
Ponga una cuarenta y cinco en la puerta’e la iglesia
y que a nadie con sotana me lo deje entrar.
Y al terminar la misa que se pongan
del cura pa’bajo a requisar.

En la iglesia armaron un escándalo inmenso por esta canción y cuando Lorenzo de Alboraya, uno de los curas involucrados en el asunto, se enteró de que Escalona estaba en Patillal parrandeando, fue a buscarlo donde andaba y lo increpó:

–Vea, señor Escalona, yo voy a llevar el caso hasta la Santa Sede, y voy a conseguir que a usted lo excomulguen porque usted ha pisoteado la honra de la Iglesia católica.

Escalona soltó la risa y le dijo:

–¡Usted qué carajo me viene a hablar a mí de excomunión si yo nunca he comulgado! ¡¿Qué viene usté a amenazarme con esa vaina?!

Las reliquias de Badillo nunca aparecieron, cayó Rojas Pinilla, se acabó la Guerra de Corea, murió Rafael Escalona. Y sin embargo, más allá de la polémica, y a veces gracias a ella, la música del patillalero sigue viva y sonando.  

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Julio Oñate Martínez

Es autor del libro 'El abc del vallenato'.

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