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Infiernos de la gloria literaria

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Un buen escritor calcula, una y otra vez, el efecto que cada palabra puede llegar a producir en el lector, pero no le es dado prever la suerte que deparará la posteridad a él y a su obra. Una historia de la literatura que registrara aquello que los escritores anhelaron en vano se convertiría en la mayor obra de ficción. Al elegir el laurel para coronar a los poetas, los griegos querían significar también que la gloria puede marchitarse pronto. La explicación es que los bosques de laurel que rodeaban los santuarios de Apolo permanecían verdes y lustrosos, pero no ocurría igual con las coronas tejidas, y resultaba necesario, por tanto, renovarlas con frecuencia.

En relación con la Belleza, la diosa Fortuna se complace en mostrarse aún más caprichosa y voluble. Jonathan Swift, por ejemplo, el más original y crítico de los escritores ingleses del siglo xviii, recibió como recompensa de su genialidad el dudoso título de autor de literatura infantil. Gulliver corre el riesgo de sobrepujar en gloria a quien escribió: “Aunque el escritor pretenda otra cosa, es evidente que sólo logra la inmortalidad para sí mismo; a Homero y a Virgilio reverenciamos, en ningún caso a Aquiles o a Eneas”. En contra de este dictamen, Gulliver, y no Swift, existe para los niños, mientras los adultos —a excepción de Thackeray— ignoran a ambos, pero en especial al escritor. Los conocidos versos donde Horacio expresa: “Exegi monumentum aere perennius”, es decir, “he levantado un monumento más duradero que el bronce” (OD. III, 30) han pasado a la historia por la extraña coincidencia entre el éxito alcanzado por el autor y el deseo de obtenerlo. En realidad, los poetas mediocres y desconocidos escriben estos mismos versos todos los días. Un renombre momentáneo, a su vez, puede volver más cruel el olvido. ¿Qué queda del más grande escritor de todas las épocas, como se declaró a Anatole France por parte de sus contemporáneos? Tampoco un escritor redescubierto al cabo del tiempo podría sentirse seguro de su inmortalidad, puesto que toda lectura es histórica y, por tanto, temporal.

La gloria, pues, representa un hecho excepcional; lo natural es el olvido. Entre ambas realidades, no obstante, surge la incomprensión, una suerte de gloria indeseable o de olvido con látigo. Góngora y Quevedo, que defendieron con sabiduría ideas estéticas diferentes, y que incurrieron en la ignorancia de criticarse mutuamente, hoy aparecen juntos &m...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

Febrero de 2001
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