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Reseñas

Las infinitas variaciones

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Bach: Variaciones Goldberg - Murray Perahia
Sony Classical
73’ 28”
2000

Contaba la legendaria clavecinista Greta Kraus que un día fue a visitarla a su casa un joven de buenos modales, necesitado de su consejo. El joven, que se llamaba Glenn Gould, estaba próximo a grabar las Variaciones Goldberg de Bach en piano pero, como la obra había sido ideada en su origen para el clavecín, le pidió instrucción en cuanto a las técnicas interpretativas de los antiguos teclados. La amable señora se sentó con Glenn Gould al clavecín, le explicó todo acerca de la ornamentación barroca y le hizo varias recomendaciones para una mejor ejecución al piano. Meses después de que el joven se despidiera manifestándole su entero agradecimiento, la señora Kraus pudo escuchar el consabido disco. No es difícil imaginar su indignación al notar que Gould había hecho, en todas y cada una de las partes, exactamente lo contrario de lo que la dama le había aconsejado.

La anécdota puede ser entendida como una de tantas manifestaciones de la irreverencia de Glenn Gould. Pero, más allá, es en verdad una muestra de la gran riqueza que encierra aquella partitura de Bach. Si bien es cierto que en la llamada música clásica no existen interpretaciones que sean definitivas, tal vez es en el caso de las Variaciones Goldberg que uno puede mencionar el mayor número de ejemplos. Grandes artistas, tanto del clavecín como del piano, se han acercado a esta partitura con el fin de interpretarla, es decir, de darle un sentido. Y a la postre cada interpretación ha logrado descubrir detalles nuevos. En eso radican su magia y su misterio.

Johann Sebastian Bach escribió su Aria con diversas variaciones, según cuenta la historia, por encargo del conde Keyserlingk. El noble contactó a Bach en 1742 con una solicitud de lo más curiosa: quería una música que lo ayudara a sobrellevar las noches de insomnio. No estaba requiriendo —como todavía sugieren algunos biógrafos— una composición de efecto soporífero. O al menos no fue eso lo que entendió el compositor, que aprovechó la encomienda para crear un juego musical de inusitado ingenio: una sencilla melodía que se transmuta 30 veces de los modos más imprevisibles, para finalmente volver al punto de partida. El reto para Bach no consistió en poner al conde a dormir, sino en hacer que se olvidara de su desvelo.

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Colabora para varias revistas culturales latinoamericanas.

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