Google+ El Malpensante

Artículo

De un posible Joseph Conrad en Colombia

 Esta historia comienza como muchas otras con un joven que abandona su tierra en busca de aventuras.

El lunes 10 de julio de 1876 el velero Saint-Antoine, de tres mástiles y 432 toneladas de peso, salió de Marsella con destino al puerto de St. Pierre en la isla caribeña de Martinica. Los registros del puerto de Toulon muestran que a bordo del Saint-Antoine se embarcaron 16 tripulantes al mando del capitán C. Escarras. Entre ellos se encontraba Konrad Korzenieowski, un aristócrata polaco de escasos dieciocho años que había abandonado su patria dos años atrás con el firme propósito de convertirse en marino. Éste era el tercero de sus viajes. Un año atrás, Konrad había cruzado dos veces el Atlántico a bordo del Mount-Blanc, un mercante pequeño y maltrecho muy a pesar de su nombre, y había escuchado “por primera vez con la curiosidad de [sus] años mozos el susurrar acompasado del viento contra el velamen del navío”, según confiesa en El espejo del mar, uno de sus tantos textos autobiográficos.

El Saint-Antoine arribó a St. Pierre el viernes 18 de agosto, después de 39 días de mal viento y buena mar. El 25 de septiembre abandonó la ciudad e inició su largo camino de regreso hacia Marsella, que lo llevó primero a St. Thomas y luego a Por-tau-Prince. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de la vida del joven Konrad entre el 18 de agosto y el 25 de septiembre de 1876. Pero si Joseph Conrad pisó alguna vez los Estados Unidos de Colombia, probablemente lo hizo en este lapso.


Primera conjetura

Entre los más de cien biógrafos de Conrad, Jerry Allen es sin duda quien ha aportado más detalles sobre las aventuras de Korzenieowski en su tercer viaje por el Caribe. Cuenta Allen que al otro día de su llegada a St. Pierre, el Saint-Antoine salió rumbo a los puertos colombianos de Santa Marta, Sabanilla, Cartagena y Aspinwall (Colón), deteniéndose de paso en los puertos venezolanos de Puerto Cabello y La Guayra. El principal y tal vez único propósito del viaje era entregar un cargamento de armas a las guerrillas conservadoras que, acaudilladas por el general Joaquín María Córdova, combatían por aquellos días contra el gobierno liberal de don Aquileo Parra. Allen conjetura, además, que las armas entregadas por Konrad y sus secuaces a los rebeldes conservadores fueron usadas en la batalla de los Chancos, librada el 31 de agosto de 1876 en lo que es hoy el departamento del Cauca.

Valga decir que estas conjeturas no resisten el más mínimo escrutinio. Es sencillamente imposible que unas armas entregadas a finales de agosto en Cartagena hayan sido usadas el 31 del mismo mes en una batalla que tuvo lugar a más de mil kilómetros de distancia tierra adentro. De igual modo, no es factible que en escasos 35 días el Saint-Antoine haya ido y vuelto de St. Pierre a Colón, haciendo tres paradas en puertos colombianos y dos en puertos venezolanos. Ello implicaría recorrer 4.000 kilómetros en algo más de 20 días, lo que excede la velocidad de los veleros de la época. La cronología propuesta por Allen no parece entonces consistente con los ritmos decimonónicos, lo que arroja serias dudas sobre la verosimilitud de su narrativa.

Lo que sí parece plausible es que el cargamento de armas, si es que en verdad existió, hubiese estado destinado para las fuerzas rebeldes del general Córdova. El dueño del Saint-Antoine, monsieur Delestang de Marsella, era un banquero con conocidas inclinaciones monárquicas, dispuesto a apoyar las causas reaccionarias dondequiera que florecieran y por ende un probable simpatizante de los rebeldes conservadores que buscaban desbancar al gobierno secular de Aquileo Parra. Cabe señalar, además, que el tráfico de armas hacia Colombia era bastante común por aquellos días. La llegada de mercantes cargados de armas a Cartagena y Colón se anunciaba en los diarios sin ningún disimulo. Las armas que llegaban a Cartagena eran enviadas al interior del país por el Magdalena y las que llegaban a Colón eran transportadas por tren hasta Ciudad de Panamá, desde donde eran llevadas por barco hasta Buenaventura. Todo esto se hacía abiertamente, con la anuencia del gobierno y la complacencia de los generales.


Segunda conjetura


Otros biógrafos de Conrad, quizás menos dados a sustituir la diligencia por la imaginación, cuestionan los elementos esenciales de la historia de Jerry Allen. Owen Knowles, autor de una nutrida cronología de la vida de Conrad, afirma que la bitácora del Saint-Antoine muestra a las claras que éste nunca abandonó el puerto de St. Pierre entre el 18 agosto y el 25 de septiembre de 1876. Existe, sin embargo, la posibilidad de que Konrad haya abandonado temporalmente St. Pierre para visitar algunos puertos en tierra firme, quizás a bordo de uno de los tantos vapores que por aquellos días iban de puerto en puerto llevando y recogiendo el correo. Y cabe también la conjetura de que Konrad, acompañado por algunos miembros de la tripulación del Saint-Antoine, haya utilizado uno de estos vapores para llevar un cargamento de armas de St. Pierre a Cartagena.

Hans van Marle comparte algunos de los planteamientos de Knowles, pero propone una ruta y una cronología diferentes. Marle sugiere que a los pocos días de la llegada del Saint-Antoine a St. Thomas, el 27 de septiembre de 1876, Konrad se embarcó en un vapor rumbo a Kingston, Jamaica. De allí Konrad probablemente salió hacia Colón, de Colón hacia los puertos colombianos de Cartagena y Sabanilla, de allí a Venezuela y de Venezuela a Port-au-Prince. Mientras Konrad recorría el Caribe, saltando de puerto en puerto, el Saint-Antoine estuvo primero en St. Thomas, luego navegando entre St. Thomas y Por-tau-Prince y más tarde anclado en Port-au-Prince, donde permaneció hasta el 26 de noviembre, día en que partió hacia Marsella. Según esta cronología, Konrad tuvo casi dos meses para completar su periplo por el Caribe y alcanzar a llegar a Port-au-Prince antes de que el Saint-Antoine emprendiera su camino de regreso a Marsella.

La cronología de Marle cobra sentido a la luz de la evidencia recopilada por Zdzislaw Najder, otro de los biógrafos de Conrad, y quien ha hecho énfasis en las conexiones polacas del novelista. Najder encontró una carta fechada el 8 de octubre de 1876 por Tadeusz Bobrowski, el tío y acudiente de Konrad, en la que éste menciona haber recibido otra de su sobrino, proveniente de Martinica, con fecha 10 de septiembre de 1876. Si la fecha y la procedencia de esta última son correctas —y Konrad pudo bien haber mentido acerca de ambas—, ello implicaría que el futuro novelista nunca abandonó el puerto de St. Pierre y que por ende no pudo haber visitado los Estados Unidos de Colombia en septiembre de 1876.

Marle insiste en que dos meses proveen una ventana de oportunidad lo suficientemente amplia como para completar la travesía caribeña que él propone. La bitácora del Saint-Antoine muestra, de otro lado, que todos sus tripulantes aparecen registrados a la llegada y a la salida de cada uno de los destinos caribeños del velero, lo que contradice la afirmación de Marle en el sentido de que Konrad estaba dando vueltas por el Caribe cuando el Saint-Antoine partió de St. Thomas hacia Port-au-Prince. Dado el carácter supuestamente ilícito de este viaje, es posible, sin embargo, que el capitán Escarras haya falsificado la bitácora buscando esconder las actividades de Konrad y sus secuaces.

Es también posible que Konrad haya viajado de St. Thomas hacia los puertos venezolanos de La Guayra y Puerto Cabello, para seguir más tarde hacia Cartagena y Colón y finalmente hacia Port-au-Prince, siguiendo una ruta similar a la sugerida por Marle pero en sentido contrario. Los registros de la época muestran que la mayoría de los vapores que viajaban de las Antillas a Colón hacía primero escala en Venezuela y luego en Colombia. Por ejemplo, el Daily Star & Herald, un diario de Colón, contiene, en su edición del 29 de agosto de 1876, la siguiente nota: “El vapor Bolívar, de la línea de Liverpool, salió de Barbada el 24 del corriente para Colón, con escala en La Guayra, Puerto Cabello I Sabanilla. Se espera en Colón el 3 de septiembre”. La nota que sigue en el diario no viene al caso pero de todos modos es interesante. Dice: “Son frecuentes las quejas que oímos contra las orjías de media noche, en distintos vecindarios de la población. Esto evidencia flojedad en la observancia del último decreto de la policía”.

Asimismo es posible, y en mi opinión bastante probable, que el joven Konrad haya emprendido este viaje con el único propósito de conocer lugares exóticos. No es difícil imaginar su emoción al enterarse de que el vapor que lo llevaba a Colombia también llevaba un cargamento de armas para una guerra entre ateos y católicos. Tampoco es difícil imaginar que, en su ingenuidad, se haya sentido protagonista de una acción en la que no jugó papel distinto al de pasivo acompañante. Por supuesto, estas especulaciones deberían complementarse con los testimonios de Conrad al respecto, muchos de ellos desperdigados en unas cuantas cartas y varios escritos autobiográficos.

Infortunadamente, todas las cartas escritas por el joven Konrad a su tío y mentor Tadeusz Bobrowski se quemaron en 1917. Aun se conservan las que Bobrowski escribió a su sobrino, pero éstas arrojan pocas luces sobre las andanzas del joven Korzenieowski. Tal vez lo único que puede inferirse de ellas es que Tadeusz desconfiaba profundamente del buen juicio y de la prudencia de su sobrino. Es la misma historia de siempre: los viejos pidiendo prudencia y los jóvenes contestando con evasivas. “Por favor contesta mis preguntas”, le escribía Bobrowski a Korzenieowski en octubre de 1876, “no te fíes de tu memoria, pues eres bastante distraído y con frecuencia olvidas lo que te he preguntado”.

Las evasivas del joven Konrad se perdieron para siempre, pero se conservan a cambio algunas cartas escritas por Joseph Conrad, el novelista, en las que intenta recordar, a veces en vano, sus aventuras caribeñas. El 22 de julio de 1923, 47 años después de su viaje en el Saint-Antoine y un año antes de su muerte, Conrad le escribió a su amigo Richard Curle que muchos años atrás había pasado doce horas en Puerto Cabello y dos o tres días en La Guayra, donde “escalando una montaña pude divisar Caracas”. En marzo de 1917 Conrad le contó por escrito a Elizabeth Dummet, la novia de Cunninghame Graham, un aristócrata escocés con quien nos toparemos más adelante, que una reciente mención a la ciudad de Cartagena de Indias “me trajo por un momento el sentimiento de mi juventud perdida. Vi aquel lugar por última vez en 1875”. El año correcto se le escapa a Conrad, pero su yerro hace acaso más creíble el recuerdo. Años atrás, en julio de 1903, Conrad le había escrito al mismo Graham acerca de sus esfuerzos por incorporar sus tenues memorias del Caribe en su novela Nostromo: “Todas mis memorias de Centroamérica se me escapan. Sólo tuve una mirada fugaz hace veinticinco años. And that is not enough pour bâtir un roman dessus. And yet one must live” (y eso no es suficiente para construir un libro. Sin embargo, uno debe vivir). Aquí el continente correcto es el que se le escapa a Conrad. La memoria es pasajera y los recuerdos se desvanecen.

Conrad hizo también una breve alusión a su tercer viaje caribeño en su novela autobiográfica La flecha de oro. Según cuenta la novela, durante su tercer viaje a Martinica Conrad participó en varias “experiencias, licitas e ilícitas, que me asustaron un poco y me divirtieron sobremanera”. La novela no menciona cuáles fueron los ilícitos, ni dónde ocurrieron, ni a quiénes involucraron. Todo queda servido para la imaginación de los biógrafos. La misma novela narra, esta vez con exceso de detalles y aventura romántica incluida, otra de sus supuestas excursiones ilegales. A comienzos de 1878, el protagonista de la novela (y álter ego de Conrad) participa en una operación ilegal destinada a entregarles un contrabando de armas a las huestes carlistas que aspiraban a restaurar la hegemonía borbónica en España. Pero como bien lo afirma Zdzislaw Najder, el movimiento carlista fue completamente subyugado a finales de 1876 y era ya cosa del pasado en 1878. La cronología aquí tampoco cuadra, como no cuadra otra versión de los mismos hechos que ofreció Conrad en una colección de impresiones marinas que escribió en 1904 y que publicó algunos años más tarde bajo el título El espejo del mar.

Las cartas de Conrad llenan ocho volúmenes y sus escritos autobiográficos son extensos, pero por más que se hurgue y se esculque, lo que han hecho hasta el cansancio los biógrafos de Conrad robándole a esta actividad cualquier pretensión de aventura, poco más puede encontrarse. La alternativa tal vez sea recurrir a las novelas en busca de paisajes y alusiones que brinden nuevas pistas, así estén trastocadas por el olvido y la imaginación.


Colombia y Nostromo

La vida de Joseph Conrad puede dividirse en tres períodos: los primeros diecisiete años, pasados en Polonia y alrededores; los siguientes veinte años de viaje por los mares del mundo, y los últimos veinticinco, cuando escribió novelas y relatos acerca de sus experiencias e impresiones como marino. Las novelas a menudo ofrecen un testimonio invaluable sobre sus viajes y aventuras, por lo que no es de extrañar que muchos de los biógrafos hayan recurrido a ellas buscando llenar los detalles desconocidos de los años marinos del novelista.

Nostromo es considerada por muchos la obra maestra de Conrad. La novela transcurre en el puerto caribe de Sulaco de la república hispana de Costaguana. Aunque ambos son lugares ficticios producto de la imaginación de Conrad, parecen tener un asidero real claramente identificable. No se necesita ser un lector muy perspicaz (ni un novelista delirante, como bien lo afirma García Márquez en “Las frutas del cercado ajeno”) para reconocer en Sulaco una mezcla de los puertos colombianos de Santa Marta y Cartagena. Tanto Sulaco como Santa Marta están situados al borde de una bahía abigarrada desde donde se divisan las nieves perpetuas de una cordillera. Tanto Sulaco como Cartagena están rodeados de murallas y resguardados del mar abierto por islotes desolados. Para Jerry Allen, los islotes de Sulaco no son otros que Tierra Bomba y Barú; la cordillera de nieves perpetuas no es otra que la Sierra Nevada de Santa Marta y el nombre Sulaco deriva de Turbaco, el barrio rico de la Cartagena de los tiempos del cólera. Sulaco también comparte con Cartagena el abolengo y las historias de piratas; Sulaco, como Cartagena, sufrió los embates del legendario Francis Drake; y Sulaco, como Cartagena, parece haber ya vivido la mejor parte de su historia.

Las descripciones de Sulaco en Nostromo ofrecen una prueba, si no irrefutable, sí convincente de que Conrad visitó alguna vez los principales puertos del Caribe colombiano. El incidente de las armas es harina de otro costal, y Nostromo no aporta ningún detalle al respecto. De otro lado, una lectura atenta de la novela sugiere que Conrad no sólo estaba familiarizado con la geografía de Colombia, sino que también conocía a fondo su historia de guerras sangrientas y revoluciones inanes. Según algunos de sus biógrafos, Conrad realizó un esfuerzo magnífico por informarse sobre el contexto histórico y político del escenario de su novela. En ello fueron instrumentales las experiencias aportadas por dos hombres: Robert Bontine Cunninghame Graham y Santiago Pérez Triana, como bien lo ha señalado el historiador Malcolm Deas.

Cunninghame Graham fue un personaje multifacético: aristócrata, parlamentario, defensor de los oprimidos, escritor y viajero. Sus intereses, en parte por razones familiares, estuvieron siempre en Latinoamérica. Sus biografías de José Antonio Páez y Hernando de Soto son aún hoy consideradas clásicas del género. Y su Portrait of a Dictator es el precursor de un reputado subgénero de la literatura latinoamericana: las novelas de dictadores.

A comienzos del siglo XX, mientras escribía Nostromo, Conrad mantuvo una voluminosa correspondencia con Cunninghame Graham: muchas de sus cartas expresan la inmensa deuda del novelista con su amigo, por aquella época un combativo miembro del Parlamento inglés. En mayo de 1903 Conrad le pedía a su amigo que le perdonara la audacia de haber escogido a Suramérica, una región que desconocía por completo, como el escenario de su nueva novela. En julio de ese mismo año se disculpaba de nuevo y confesaba que “una vez termine la novela no seré capaz de mirarte a la cara otra vez”. Finalmente, en octubre de 1904, habiendo ya completado el primer manuscrito de su novela, Conrad le pedía de nuevo disculpas a su amigo “por intentar escribir una historia de esta clase”; esto es, una historia que le debe su contexto histórico y cultural, más que a las experiencias del mismo Conrad, al conocimiento y los escritos de su corresponsal y amigo.

Muy seguramente fue el mismo Cunninghame Graham quien puso a Joseph Conrad en contacto con Santiago Pérez Triana, por esos días ministro plenipotenciario de Colombia ante España e Inglaterra. Pérez Triana era hijo de don Santiago Pérez, quien había antecedido a don Aquileo Parra en la presidencia de Colombia y quien, por aquellas cosas del destino, había tenido que abandonar el solio de Bolívar y el país de Santander en 1876, el mismo año en que el joven Konrad visitó los puertos colombianos de Cartagena y Santa Marta.

Santiago Pérez Triana, tal como su amigo Cunninghame Graham, también era multifacético: autor de tratados fiscales y cuentos infantiles, experto cocinero y relator de viajes. Su obra más conocida es su relato De Bogotá al Atlántico por la vía del río Meta, cuyo prólogo para la versión inglesa fue escrito por el mismo Cunninghame Graham. Las cartas de Conrad a Graham muestran a las claras que Pérez Triana no sólo compartió con Conrad su holgado conocimiento de la política y la historia de Colombia, sino que también le sirvió de modelo para uno de los personajes de Nostromo, el inefable don José Avellanos, tal vez la mejor personificación literaria de los ilustrados caballeros que gobernaron Colombia antes de que la televisión transformara a nuestros gobernantes de ávidos lectores de novelas en sonrientes lectores de teleprompters.

El 26 de diciembre de 1903 Conrad le escribe a Cunninghame contándole, entre otras cosas, que Pérez Triana se había enterado de su interés por los asuntos suramericanos: “Me ha escrito la más amable de las cartas, ofreciéndome información e incluso una introducción”. Algunos meses más tarde, en octubre de 1904, Conrad le confiesa a su amigo que ha moldeado uno de los personajes de su novela usando a Pérez Triana como modelo. “Estoy avergonzado del uso que he hecho de las impresiones que me ha producido la personalidad del excelentísimo Pérez Triana. ¿Crees tú que he cometido una falta imperdonable? Pero probablemente Pérez Triana nunca sabrá de la existencia de mi novela”. Si en verdad lo supo, es un misterio. Lo que sí se sabe es que, posiblemente como resultado de sus conversaciones con Cunninghame y Pérez Triana, Conrad cobró un denodado interés en los asuntos de Colombia.

Conrad fue particularmente crítico de la intervención norteamericana en la separación de Panamá. “And à propos what do you think of the Yankees conquistadores in Panamá? Pretty, isn’t it? Enfin,” le escribió Conrad a Cunninghame Graham en diciembre de 1903, con esa mezcla de idiomas tan suya y esa resignación ante los designios de los poderosos tan latinoamericana. No coincidencialmente, la intervención norteamericana en Panamá aparece fielmente recreada en Nostromo. En la novela, Sulaco decide separarse del resto de la república de Costaguana en una decisión favorable a los intereses de los Estados Unidos que, tal como ocurrió en la realidad, fue el primer país en aceptar la nueva república y el artífice de su independencia: “Una demostración naval puso fin a la guerra entre Sulaco y Costaguana y el crucero americano, Powhattan, fue el primero en saludar la bandera de la nueva república”. La única diferencia entre ficción y realidad es el nombre del crucero americano: Powhattan en la primera y Nashville en la segunda.

Existe una conexión extraordinaria entre los hechos y lugares de esta historia. En mayo de 1902 la erupción del monte Pelée sepultó para siempre la ciudad de St. Pierre, el pequeño París, refugio de aristócratas y destino favorito de los mercantes franceses en las postrimerías del siglo xix. Por obra y gracia del destino, el Congreso norteamericano se encontraba discutiendo por aquellos días las dos posibles rutas para la construcción de un canal interoceánico: Panamá y Nicaragua. La causa nicaragüense contaba entonces con muchos adeptos y sus enemigos se estaban quedando sin razones al no encontrar mayor eco sus advertencias sobre la comprobada historia de actividad volcánica de Nicaragua. La magnitud de la tragedia de St. Pierre —treinta mil personas fueron sepultadas en cosa de dos minutos— cambió por completo los términos del debate. Los riesgos de una erupción volcánica pasaron de ser una consideración teórica a representar un peligro palpable y aterrador. La opción nicaragüense perdió muchos de sus adeptos y pocas semanas después el Congreso escogió, casi por unanimidad, la ruta panameña, en lo que sería el primer paso de una serie de acontecimientos que terminarían con la separación de Panamá de Colombia, y que unirían para siempre a St. Pierre y a Panamá, el destino caribeño de Konrad y una de las fuentes de inspiración del autor de Nostromo.


And yet one must live

Basado en sus conversaciones con Cunninghame Graham y Pérez Triana e impresionado por la injerencia norteamericana en Panamá, Conrad compuso en Nostromo una representación de Colombia (y de Latinoamérica, en general) que es al mismo tiempo sorprendente en su precisión y brutal en su clarividencia. Su mensaje no es optimista. Nostromo es, en las palabras de varios de sus críticos, un monumento a la futilidad. Las revoluciones se repiten (y las hay de todo tipo, violentas y pacíficas) y nada cambia en la república de Costaguana.

Primero, Charles Gould, el capitalista a ultranza de Nostromo, trata de fundar una revolución basada en el poder transformador de los intereses materiales. Sus premisas son bien conocidas: “Lo que se necesita aquí es ley, buena fe, orden y seguridad. Ustedes pueden perorar acerca de estas cosas, pero yo fío mis esperanzas en los intereses materiales. Dejen a los intereses materiales echar raíz y ellos impondrán las condiciones que garantizarán su propia supervivencia. Por ello, la búsqueda de utilidades tiene justificación aquí entre el desorden y la anarquía; tiene justificación porque la seguridad que demanda terminará siendo compartida por los oprimidos. Y la justicia vendrá después. Ése es nuestro rayo de esperanza”. Pero los sueños de Charles Gould fracasan de manera estruendosa, quizás porque, como bien lo afirma otro de los personajes de la novela, los intereses materiales carecen de la rectitud y de la fuerza que sólo puede encontrarse en los principios morales.

Desafortunadamente, los revolucionarios que luchan por derrocar el reino de los intereses materiales e imponer un nuevo orden fundado en principios morales no logran nada, salvo revelar la mezquindad que se esconde detrás de sus tan tarareadas virtudes. Así las guerras se repiten y la historia de Costaguana se transforma en una lucha inane por un botín cada vez más pequeño pues todo vestigio de empresa ha sido aniquilado por la sucesión de conflictos. Al final de la novela la futilidad de las utopías de los dueños del capital y de los adalides de la moral es evidente. Y Sulaco se prepara para otra guerra sin cuartel y sin objeto.

Aterrados ante la futilidad de la política, muchos críticos han querido ver en Nostromo una insinuación sobre el poder redentor del amor y otras pasiones privadas. Pero Conrad tampoco tenía muchas esperanzas en el amor: “El amor es sólo una breve suspensión de la razón, una breve intoxicación, cuya delicia uno recuerda con un sentido de pesadumbre, como si se hubiera tratado de un período de profunda tristeza”. And yet one must live.

Epílogo

Konrad Korzenieowski, el joven marino, aparece fugazmente en el último capítulo de El amor en los tiempos del cólera: “Durante una de las tantas guerras civiles del siglo anterior, Lorenzo Daza había sido intermediario entre el gobierno liberal del presidente liberal Aquileo Parra y un tal Josepk K. Korzeniowski, polaco de origen, que estuvo demorado aquí varios meses en la tripulación del mercante Saint-Antoine, de bandera francesa, tratando de definir un confuso negocio de armas”. Aunque algunos de los hechos descritos en la novela no son del todo correctos, es claro que García Márquez trató de presentar una versión de lo acontecido que respetase la evidencia histórica. Se trataba, según sus propias palabras, de rendirle un homenaje a uno de sus autores más queridos.

Pero García Márquez tuvo quizás razones aun más poderosas para rendirle un homenaje al autor de Nostromo. En el capítulo ocho de la primera parte de la novela, Charles Gould y su esposa se ven obligados a pasar la noche en un pequeño pueblo ubicado al pie de la cordillera. Allí son alojados por el alcalde, un ex sargento del ejército, quien, conocedor de las conexiones de Gould con el gobierno, le suplica al capitalista que interceda ante el “gobierno supremo” para que le paguen la pensión que le había sido prometida muchos años atrás por su coraje en la guerra contra los indios. La coincidencia con el coronel de la novela corta de Gabo es evidente, tanto así que no resulta aventurado afirmar que Nostromo, además de todo, le entregó a Colombia uno de los personajes más queridos de su literatura.

Página 1 de 6

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Alejandro Gaviria

Ingeniero y economista colombiano. Es Ministro de Salud y Protección Social desde 2012

Diciembre de 2000
Edición No.27

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores