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Reseñas

Hola, aquí Bono, ¿cómo están las cosas?

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All That You Can’t Leave Behind - U2
Interscope Records
49’41”
2000

Bono, el cantante de U2, parece haber cedido a la tentación de creerse Dios. Ya no le basta con pasearse por Graceland —la mansión de Elvis Presley—, ni con haber grabado canciones junto a Frank Sinatra, B. B. King, Lucciano Pavarotti, Lou Reed o Bob Dylan, ni con dedicarles canciones a las madres de los desaparecidos, la lucha contra el apartheid, Billy Holiday o Aung San Suu Kyi —la prisionera más célebre de Birmania—, ni con invitar al escenario a Salman Rushdie, ni con llamar por teléfono —en pleno concierto— a Clinton, ni con emprender una cruzada para pedirles a los líderes de la economía mundial que condonen la deuda de más de 100.000 millones de dólares que los 40 países más pobres les deben, ni con poner a su servicio los talentos de Brian Eno, Daniel Lanois, Steve Lillywhite o Howie B, ni con elevar la palabra marketing a la categoría de obra de arte. Como si fuera poco, Bono desea ahora “hallar una melodía decente para cantarla en mi propia compañía”. Gulp. ¡Dios quiere tener sello propio!

Al menos eso es lo que canta el hombre de los ojos azul metálico en “Stuck In A Moment You Can’t Get Out Of”, el segundo corte de All That You Can’t Leave Behind, el más reciente trabajo de U2. All That You Can’t... es el décimo trabajo en estudio del más famoso cuarteto irlandés en la historia del rock y el primero que aparece bajo la batuta de Interscope Records, empresa que pertenece a ese “ardiente demócrata” (según la revista Fortune) que es Frederick Field.

El álbum que nos ocupa es casi una obra perfecta; cerca de cincuenta minutos de música espléndida, pero no ya en la tradición del mítico The Joshua Tree de 1987 sino en la onda del Achtung Baby de 1991, en donde nuestro hombre ya sentía sobre sus hombros todo el peso de la celebridad y cantaba acerca de un aguafiestas que, en medio de la rumba, se ponía a hablar del fin del mundo (Until The End of the World). No esperen, entonces, reediciones de himnos como “Sunday Bloody Sunday”, tampoco como “With or Without you”, y ni siquiera como “One”: esos días pertenecen al siglo pasado; bienvenidos a una paleta de colores más restringida, menos explosiva, más cuarentona, acaso más cínica. Y es que Bono y sus socios de aventura (el guitarrista The Edge, el bajista Adam Clayton y el baterista Larry Mullen) saben escoger sus amistades, saben cuál es el sendero a transitar, saben a qué palo se arriman; si en los años ochenta la idea era proyectar una imagen de rockeros conscientes, católicos practicantes, genuinamente interesados en el futuro de las selvas amazónicas y los conflictos centroamericanos, ahora en el 2000 la meta es reconocer la “mid life crisis” (Bono tiene 39 años) en una ciudad como Nueva York en “donde te perdí” (“New York”) o saludar la visión que se tiene (¿desde la nube en que vive?) de los campos petrolíferos y las fogatas que dejan a su paso las caravanas de beduinos (“Beautiful Day”).

Algunos han creído oír en este álbum un regreso a los años ochenta, es decir, al clásico U2 que colmaba estadios, que provocaba espasmos, que esparcía la fe necesaria para sobrevivir a los dictados de Reagan, la Thatcher y Belisario, que apostaba, con dignidad, por todas las causas perdidas. No; en All That You Can’t... no hay espacio ya para las lágrimas ni las conversiones: prepárense para mirar todo desde bien arriba, el avión de Dios parte del aeropuerto Charles de Gaulle...

Con todo, celebremos su capacidad para reinventarse a sí mismos (no hay ni sombras de la inmersión en la música discotequera que supuso su anterior álbum, Pop), festejemos la aparición de canciones como “Wild Honey” o “Walk On”, celebremos que sigan instando a sus seguidores a escribirles a todos los déspotas del mundo en procura de la liberación de algún preso político (esta vez el turno fue para el presidente de Sierra Leona, Ahmad Tejan Kabbah), que insistan en apoyar a entidades libres de toda sospecha como Amnistía Internacional, Greenpeace, War Child, the Burma Campaign y Jubilee 2000 Coalition. Bueno, y también que no hayan decidido bautizar este trabajo con el nombre de una de las canciones más lánguidas que recuerde un seguidor de la banda, “Peace On Earth”. (De más está decir que en ella Bono interpela al mismísimo... ¡Jesús!).

Son varias las menciones que se hacen a lo largo del álbum al hecho de haber vivido, sentido y visto demasiado. Llegado ese momento en la vida de los hombres, no es extraño que se hable de cosas que se pueden dejar atrás y de cosas que no se pueden abandonar. Así, no es raro que Bono se lamente por la suerte de aquella última estrella del rock en la época en que el hip hop viaja en los grandes carros (“Kite”) o que se pregunte qué es lo que uno ve cuando mira el mundo (“When I Look At The World”).

Achaquemos esos arrebatos a la edad, a los múltiples compromisos, a la inseguridad que debe sentir quien ya ha tocado una parte del cielo con ambas manos, al deseo de hacer su voluntad aquí en la Tierra. Lo interesante del asunto es que Bono no está solo en su afán mesiánico. En una mezcla insólita de ingenuidad política y exhibicionismo, algunas de las más brillantes estrellas británicas de la música pop y rock han optado también por enarbolar la bandera de la campaña Jubilee 2000 y han adoptado como suyo el lema “¡Drop the Debt!”. Bono, hábil en eso de dejarse ver y oír en el momento adecuado, lidera el movimiento que cuenta con adeptos tan sensibles al dolor de terceras personas como lo son David Bowie, Radiohead, Don Luciano P., Annie Lenox, Oasis, Peter Gabriel, Robbie Williams y (¡créanlo o no!) Whitney Houston. Según algunos informes de prensa, en Bilbao, España, los últimos jueves de cada mes, “la plataforma de la deuda convoca a los ciudadanos y ciudadanas a pasearse con bolsas de basura cargadas a la espalda por la calle donde se encuentran los principales bancos de la ciudad, mientras aprovechan para recoger firmas e informan sobre el problema de la deuda en el mundo”. Bono debe estar feliz con la noticia.

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Carlos Patiño Millán

Es profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social en la Universidad del Valle.

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