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Reseñas

Consideraciones sobre un clásico desaparecido

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Smile - The Jayhawks
Columbia CK69522
53’23”
2000

¿Qué tal que recientemente se haya grabado un disco clásico del rock y hasta el momento nadie se haya dado cuenta? La pregunta la formulaba hace unos meses el periódico New York Times en su sección de música y, claro, saber que, a menos de un mes de haberse lanzado el disco del "Sargento Pimienta", en 1967, ya aparecían artículos loando sus innovaciones y anunciando como un oráculo su destino de gloria.

La escena del rock actual es, en comparación, muy diferente. No solamente esta música ha tenido un descenso en ventas en los últimos diez años (13 por ciento, según cifras de la Asociación de la Industria Discográfica en Estados Unidos), sino que el ritmo de producción se ha hecho vertiginoso. Así las cosas, es imposible seguirles la pista a todos y cada uno de los grupos nuevos, más sabiendo que en su mayoría son casi tan efímeros como esas mariposas cuya vida entera acontece en un día. Un grupo que hoy quiera hacer un álbum inteligente, interesante y de calidad se enfrenta, por ende, al peligro de no ser escuchado debido al ruido que lo rodea.

En estas circunstancias apareció la periodista musical Karen Schoemer clamando, en el New York Times, que ya existía al menos uno de esos álbumes dotados de las características de los clásicos, pero que nadie había determinado en un principio. El disco se llama Smile y el grupo responsable The Jayhawks. Cabe decir, a favor de esta semidesconocida banda de Minnesota, que Smile es ya su sexto álbum y que su sonido fue capaz de interesar a Bob Ezrin —el responsable del sonido de The Wall de Pink Floyd— al punto de convertirlo en su productor. Pero lo que definitivamente ha llamado la atención sobre los Jayhawks es el entusiasmo y la firmeza con que el diario neoyorquino los exalta. Para la muestra una frase suelta: “Smile es uno de los discos más hermosamente ambiciosos del rock, un álbum exquisito en lo melódico y lo literario”. Y, si aún hay dudas, va otra de similar calibre: “(...) un disco artístico, en donde cada instrumento y cada palabra han sido calculados con cuidado y conciencia”.

Ahora resulta que un grupo de rock que apenas era familiar para un pequeño círculo de seguidores, ha multiplicado el número de adeptos a su música —o, al menos, curiosos— y el disco ha pasado a generar reacciones que van del culto a la controversia. Pero, ¿estamos de veras ante un álbum que promete seguirles hablando a las generaciones venideras? Quién sabe: respuestas de ese tipo sólo las fragua el paso del tiempo. Incluso quienes alabaron de entrada al “Sargento Pimienta” estaban apostando, tenían más instinto que certeza. Valdría la pena, entonces, empezar aclarando las premisas, el concepto de “clásico” que maneja el New York Times.

Smile ha sido ubicado en una lista al lado del Pet Sounds de los Beach Boys, el Revolver de los Beatles y el Astral Weeks de Van Morrison. Lo que tienen estos tres discos en común es el haber sido grabados en la década del sesenta y responder a inquietudes temáticas distintas a las de la norma. Hay, además, un esmero por lograr cierta homogeneidad, cierto sello en el sonido que hace que, sin llegar al extremo de proclamarse como álbumes conceptuales, puedan identificarse inequívocamente las piezas como pertenecientes a una misma banda y a un solo disco. En ese sentido, la grabación de los Jayhawks cabe sin inconvenientes en la lista. Pero ello no se debe sólo al mérito de haber logrado un sonido inconfundible sino, sobre todo, a que el disco está plagado de efectos en el sonido, armonías en la música y cierta ingenuidad en las letras que hacen que a oídos inexpertos les pueda parecer estar escuchando un grupo de los sesenta.

Se entiende entonces por qué esta grabación pasó desapercibida durante sus primeros meses de vida. Los críticos musicales, los discjockeys, los engranajes de la gran maquinaria industrial del rock andan muy ocupados a la caza de un sonido innovador e impactante. No tienen tiempo para detenerse en discos de factura demodé, mucho menos de escuchar uno de esos registros de principio a fin para notar que todo responde a una opción de lenguaje musical y no a la simple explotación de la nostalgia. Por eso la revista especializada Spin, que se precia de cubrir la vanguardia en el rock, ignoró deliberadamente el trabajo de los Jayhawks. Ese silencio, sin embargo, puede ser más honroso que la ambigua descalificación con que apresuradamente recibió el disco la revista Rolling Stone. Otorgándole un puntaje de dos estrellas —sobre un máximo de cinco—, despachó en tres líneas el sonido de la banda cuando dijo que “los Jayhawks han valorado lo minucioso y sincero por encima de todo lo demás; pero la originalidad ha sido para ellos como un pariente pobre”.

Smile se abre en tono optimista con una invitación al oyente: “Despiértate, ponte los zapatos, respira una bocanada del aire del norte, refriégate esos ojos, haz una genuflexión bajo los cielos estrellados”. Comienzo óptimo. Pareciera que los Jayhawks llamaran a atender con todos los sentidos a un álbum que ha sido hecho con ese mismo espíritu, apreciando cada detalle. A partir de allí comienzan varios relatos de viajes y sensaciones que, de manera muy coherente, se sitúan en coordenadas cercanas. Uno podría ubicar en el mapa las ciudades y pueblos mencionados a lo largo del disco, trazar una ruta y descubrir que en ningún momento las canciones se han alejado del “aire del norte” que nos llaman a respirar: la amplia frontera entre Estados Unidos y Canadá, a veces de un lado y a veces del otro.

Pero tal vez esa apreciación de los textos responda a una desmesurada búsqueda de sentido por parte del comentarista. Lo que en cambio es irrebatible es una sonoridad que hace inmediata la analogía con los discos de rock que se produjeron a mediados de los sesenta. No los complejos álbumes conceptuales ni los experimentos sonoros hippies, sino lo que estaba sucediendo justo antes: el descubrimiento y consecuente asombro ante las vastas posibilidades del estudio de grabación, un equilibrio musical entre la intención de hacer algo sin precedentes y la inocencia aún no desvanecida del todo.

A estas alturas, entonces, algunos insistirán en la pregunta: ¿Puede ser Smile un álbum clásico del rock? Sin duda lo habría sido de haber aparecido en 1965. El disco comparte con Pet Sounds, con Revolver y con Astral Weeks una riqueza melódica inusual, pero carece de un ingrediente que hizo de la escucha de aquellos álbumes una experiencia de peso: ya no suena novedoso. El problema, si así queremos definirlo, es que los referentes sonoros de los Jayhawks están en el pasado y por tanto hay poca cabida para el asombro. El mismo New York Times ha dicho que “Smile se mueve en campos y tonos tan retro que se siente como si estuviera prensado en vinilo”. Y una frase en una de las canciones, “¿Puedes guardar un secreto? Estoy enamorado de ti”, es casi idéntica a un estribillo aparecido en el primer disco de los Beatles.

Pero esto no se dice para desdeñar la creación de los Jayhawks, como lo hizo con cierta altanería la revista Rolling Stone. Es posible que lo que hayan hecho los Jayhawks no sea un disco retrógrado, sino un llamado a volver a fijarse en aquello que alguna vez fue importante y que hoy parece perderse en medio del ruido. En tiempos en que el rock bueno y viejo se ahoga en un mar de ritmos que aturden, superestrellas de corta vida y transacciones millonarias, volver a los Beatles no es ser obsoleto sino buscar la mejor inspiración para reencauzar la música y devolverle su espíritu original.

En los años ochenta el rock se dejó arrastrar por la frivolidad, a tal punto que hoy los historiadores musicales se refieren a esta época como “la década perdida”. Los noventa fueron, entonces, una reacción vehemente: al darse cuenta de lo que había sucedido, los grupos juveniles le devolvieron al rock su condición de grito rebelde. Pero, dada cierta inexperiencia por la cual nadie los culpa, olvidaron que el rock es música a más de grito. Es en ese sentido, en el contexto de los tiempos actuales, que debe entenderse el aporte de los Jayhawks. Tal vez lo importante no es si Smile es un clásico que ha pasado inadvertido o un prescindible ejercicio de imitación. Hay que entenderlo, más bien, como un disco que rescata la melodía y la vuelve a ubicar en primer plano, como antaño lo hicieron esas grabaciones que hoy son clásicas sin refutación posible.

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Juan Carlos Garay

Autor de la novela 'La nostálgia del melómano'. Es actualmente el realizador del programa radial 'La Onda Sonora'.

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