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Cine

Combate del cineasta con el arquitecto

Nagisa Oshima, director de El imperio de los sentidos y Furyo, entre otras recordadas películas, murió el pasado 15 de enero a los ochenta años. En las páginas que siguen un buen amigo perfila su endemoniado carácter.  

 Nagisa Oshima, fotografiado en París en 1986 • © Isabelle Weingarten | Sygma | Corbis

 

Habíamos llegado temprano para discutir lo que íbamos a decir. No tuvo lugar, de todos modos, ninguna discusión. Tanto Oshima como Nobuhiko Obayashi le habían entrado al whisky. Ya tenían las lenguas pesadas y las sílabas se arrastraban.

Se suponía que iban a hablar del cine moderno desde el punto de vista del director. Yo estaba ahí como crítico, y para darle cierta aura internacional al acto. Era una mesa en un gran congreso sobre arte y había ya bastante más de 500 personas que esperaban sentadas en el auditorio.

 

Les sugerí que fuéramos yendo al escenario. Obayashi movió la cabeza en señal de asentimiento pero Oshima frunció los labios y cerró los ojos. Quería otro trago.

“Quizá podríamos ponerlo en la tetera”, dije. “En toda mesa redonda hay una tetera y tazas. Así que si están sedientos, todo el mundo pensará que están bebiendo té”.

Oshima sonrió ampliamente, los ojos todavía cerrados, y golpeó la mesa en señal de aprobación.

Llenamos la tetera sin vacilar. Me ofrecí a llevarla al escenario y colocarla frente a ellos. Obayashi hizo amablemente una reverencia, y trazó una floritura con la mano. Oshima hizo una genuflexión.

Había visto muchas veces borracho al famoso director de cine. Era un buen bebedor. El whisky le resultaba un elemento tan natural como el agua a un pez. Aunque bastante sobrio cuando trabajaba, para Oshima el whisky era relajante. Sin embargo, sin importar cuánto hubiera bebido, sin importar cuánto se le enredara la lengua y le resbalara lo que profería, su inteligencia se mantenía aguda y crítica.

Sobre todo crítica. Entre la gente que conozco, es la única persona que lo ha sido consistentemente. Lo normal es que hasta el más intransigente ceda en algún momento, pues llegar a un entendimiento es una necesidad imperiosa; pero en Japón, Oshima era el único que no lo haría.

Habiendo sido él mismo un radical –uno de los intelectuales de la Universidad de Kioto–, se volvió luego contra los radicales, como se volvió también contra los comunistas, convirtiéndose en uno de sus críticos más severos. Trabajó para una gran compañía cinematográfica y se volvió contra la compañía. Escribió para una revista liberal de cine y se enfrentó a los liberales.

En todo esto uno reconoce un mismo principio, un principio noble, raro en todos lados y aquí sencillamente inaudito: una renuencia a pertenecer a lo que fuera, la más fuerte de las aversiones a ser un miembro.

Junto con esto, una concepción no menos decidida de lo que significa ser humano. Un ser humano es solitario, y esto tendría que respetarse; tiene fallas, lo cual requiere tolerancia; es distinto, tiene muchos colores, formas y tamaños, cada uno de los cuales tiene una razón de ser.

Oshima es un humanista, un relativista, un pluralista. Todas estas cualidades son raras. Me he preguntado muchas veces de qué manera alguien como él puede sencillamente surgir. Una vez más, mientras lo seguía por el corredor, llevando la tetera, mirando cómo doblaba la esquina, me maravilló que fuera japonés.

Lo cual también es relativo. En cualquier caso, las generalizaciones también son posibles. El rechazo de Oshima a participar en el juego a la manera japonesa ha tenido como resultado el que pueda filmar menos de una película al año, y en estos tiempos más de una solo consiguiendo fondos no japoneses. No recurrirá a la red de viejos conocidos, aunque está conectado, siendo ex alumno de la Universidad de Kioto. No jugará al compadreo. No consentirá en el quid pro quo, otro pasatiempo favorito, y dirá lo que piensa sin tomar en cuenta a quién afecte.

En su obra, en la televisión, en la prensa, ha atacado a la derecha, a la izquierda, al gobierno mismo. Se ha manifestado enérgicamente a favor de los derechos de personas nacidas en Japón con antepasados coreanos pero que siguen siendo tratadas como extranjeros. Ha criticado a los militares, a los políticos, y aun la estructura social del Japón. Es muy valiente.

Y, dicho todo lo anterior, muy borracho.

Un leve tropezón y estábamos en el escenario, detrás del telón; al otro lado, el rumor de un público inquieto. Luego el telón se levantó, las luces se encendieron y la multitud se calló.

Puesto que no habíamos decidido qué decir ni cómo empezar, el silencio se prolongó hasta que Oshima, sonriendo, comenzó. “Quizá”, dijo, “han venido con la esperanza de oír hablar de cine, pero hay cosas más importantes”. Y procedió a hablar largamente sobre cómo aprender a decir lo que uno quiere, cómo expresar aquello en lo que uno cree.

Luego Obayashi empezó a contar una historia sobre un pez que había atrapado la semana pasada.Eso le interesó a Oshima, que respondió con la historia de unas mancuernillas perdidas que había encontrado en el lugar más inusitado. Después Obayashi habló sobre la diferencia entre los sexos, poniendo como ejemplo una película suya reciente.

“Ah, la diferencia entre los sexos”, gritó Oshima, de pie, mirando de frente, las manos a los lados: “Hice una película sobre eso pero no podrán verla aquí en Japón por culpa de la mente sucia de los censores, que convirtió una película pura en un asco”.

Obayashi asintió, llenando las tazas de “té” hasta el borde, y Oshima se volvió subitamente hacia mí: “Tú sabes un montón sobre la diferencia entre los sexos. ¡Di algo!”.

Sonreí y me dirigí al público: “Confío en que no crean que es té lo que hay en la tetera”.

Todos rieron.

La gente en la sala rió obviamente por alivio. La risa de mis vecinos era la de dos muchachitos atrapados con las manos en la masa.

A resultas de lo cual no tuve que manifestarme al respecto.

Oshima, de todos modos, lo hizo: “Hay diferencias”, dijo, “serias diferencias; en otro sentido, sin embargo, no hay ninguna diferencia. Así que está bien que un hombre ame a una mujer, una mujer a un hombre; o una mujer a una mujer, y un hombre a un hombre. No me escandaliza que un hombre ame a un hombre y estoy harto de toda la hipocresía que rodea estos temas. También estoy harto de la hipocresía del mundo en otras cosas. Vean a Japón”, gritó: “Fíjense en el gobierno. Complaciente, anima a la gente a convertirse en máquinas compradoras, manteniéndola sin cerebro con diarias dosis de televisión. Y todo por lucro. Miren cómo planean las ciudades, miren los edificios que construyen. Máquinas para vivir, los llaman. ¡Ja! Erupciones, es como los llamo. Erupciones en el desierto. Es lo que están haciendo ahora”.

El público se había ido poniendo cada vez más inquieto. Los dos oradores estaban francamente borrachos y Oshima gritaba, enrojecido, girando en su silla. Entonces un hombrecito atildado se puso de pie.

–Discúlpeme, senséi.

–Senséi –cacareó Oshima–, vaya payaso.

–Bueno, de acuerdo, pero algunos hemos venido desde una distancia considerable para escuchar estas conferencias, y tenemos el derecho, me parece, de esperar un poco más de seriedad y un poco menos de ligereza de parte de algunos de los participantes. Deberíamos, creo, empeñarnos en una discusión más seria.

–Con que esas tenemos –gruñó Oshima, de pie, alto y enrojecido–. ¿Quién demonios se cree que es, para venir aquí e interrumpir esta conversación perfectamente humana que estamos teniendo?

El hombre atildado sonrió y miró alrededor, señalando al maniático del podio.

–¿Y qué hace usted? –preguntó Oshima, muy agresivamente.

El hombre sonrió como disculpándose, pero al mismo tiempo algo triunfante.

–La verdad es que soy un miembro de esa profesión que usted acaba de denigrar. Soy arquitecto. Mi nombre –aquí la voz descendió con modestia– es Kurokawa.

Tremendo. Era Kisho Kurokawa, el famoso arquitecto, diseñador de muchos edificios premiados, un particular consentido de los medios. Luego, después del alboroto, un silencio cargado. El duelo estaba a punto de comenzar. Una batalla de titanes, ansiedad en sus filas.

Pero no hubo duelo, no hubo escarceos, no se dijeron sus verdades. Oshima simplemente avanzó tambaleándose hasta el borde del escenario, se inclinó precariamente, apuntó con un dedo afilado y gritó: “¡Deberían fusilarlo!”.

Otro estremecimiento de emoción. Luego: “Es la clase de gente como usted la que está destruyendo este país, son ustedes con sus cajitas los que le están negando a este país su humanidad”.

Mientras escuchaba este maltrato extraordinario, pensé lo propio que era de Oshima decir “este país” (kono kuni), cuando cualquier otro hubiera dicho “nuestro país” (waga kuni). Aun borracho perdido y en un pleito recordaba la importancia de esas distinciones.

El arquitecto había esperado quizá un intercambio con el director de cine borracho, que habría arrojado una luz favorable sobre él mismo. No tuvo ninguna oportunidad. La invectiva se derramó como lava. No había manera de equivocarse. Se quedó de pie, el rostro ceniciento, y fue enterrado.

Entonces Oshima eructó ruidosamente y rió, antes de cubrirse la boca con la mano en un gesto tardío de disculpa. Tomando a Obayashi de la mano, procedió a cruzar el escenario con pasos de vals. Me invitaron a unírmeles y, mientras los tres nos escurríamos, cayó el telón.

“¡Más tragos, más tragos!”, gritó Oshima, “¡más teteras! Qué buena idea tuviste con esa tetera”. Me rodeó con el brazo. “Ahora, salgamos a la noche. Imagínate nomás. Podríamos hasta descubrir el sentido de la vida”. Me pellizcó la mejilla, y salimos.

 

Este texto apareció originalmente en Japanese Portraits. Pictures of Different People (2006).

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Richie Donald

Gran especialista de la cultura japonesa y más particularmente del cine japonés.

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