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Literatura

El estante de abajo

Traducción de Alejandra Algorta

En la literatura, como en la vida, se puede discriminar sutilmente. La autora de The Wife explora el tenue entramado que relega a un segundo plano la ficción escrita por mujeres.

Ilustración de Bea Crespo

 

Me pregunto si la novela de Jeffrey Eugenides, The Marriage Plot, con ese título y con ese anillo de bodas en la cubierta, habría recibido la misma atención literaria de haber sido escrita por una mujer. ¿O esta novela (que por cierto amé) habría sido relegada al pequeño estante de abajo, el de la “ficción femenina”, donde los libros sobre las relaciones y la vida íntima de las mujeres son usualmente desterrados? Se esperaba que The Marriage Plot, la primera novela de Eugenides desde que le concedieron el Premio Pulitzer por Middlesex, recibiera una considerable atención de la crítica a pesar de su tema. Pero la protagonista femenina, el tono a veces nostálgico, la gracia de la prosa y el énfasis que hace el libro en las relaciones recalcan el hecho de que muchas novelas de primer nivel escritas por mujeres, sobre vidas de mujeres, no encuentran la forma de escapar a la categoría “ficción femenina”. Solo dan el salto al estante de arriba cuando, al ser escritas por hombres (y también por ciertas mujeres, de las que hablaré más adelante), son ampliamente difundidas y admiradas.


Es un asunto delicado. Traer a colación la pregunta sobre lo femenino –me refiero a la pregunta sobre la literatura femenina– es como mencionar la deuda externa durante un evento social. Algunos se molestarán e insistirán en que al respecto se ha hablado mucho pero sin profundidad; otros pensarán que es un tema de mucha importancia. Cuando me refiero a la llamada “ficción femenina”, no uso el rótulo como ha sido usado muchas veces: para describir un tipo de novela de lectura rápida, escrita exclusivamente para un público de mujeres acostumbradas a ese tipo de libros. Hablo de literatura que casualmente ha sido escrita por mujeres; porque algunas personas, sobre todo algunos hombres, ven estos libros como algo que no tiene nada que ver con ellos.

Hace algún tiempo, en una gala social, un hombre se enteró de que yo era escritora y me preguntó: “¿Habré oído de ti?”. Le dije mi nombre con timidez y como no me reconoció –está bien, no soy tan famosa– le hice una sinopsis de mis novelas. “Ya sabes, son sobre cosas contemporáneas, a veces tratan sobre matrimonios, familias, sexo, deseo, hijos y padres”. Después de algunos minutos él llamó a su esposa anunciando que era con ella, que “lee ese tipo de libros”, con quien yo debía hablar. Al recordar ese encuentro siento que perdí una oportunidad. Cuando alguien pregunta: “¿Habré oído de ti?”, muchas novelistas estarían tentadas a responder: “En un mundo más justo sí”.

La verdad es que las escritoras, por lo general, se ven a sí mismas inmersas en un mundo injusto (a pesar de que muchas jóvenes solteras ganen más que los hombres en la mayoría de ciudades norteamericanas y de que la educación superior en Estados Unidos tenga un claro sesgo femenino). VIDA, una comunidad literaria femenina, mostró en su segundo balance anual de estadísticas que las mujeres reciben muy poca atención como críticas y sus libros no son objeto de análisis en muchas publicaciones prestigiosas. Encontraron además que, de todos los autores mencionados en las publicaciones, cerca de tres cuartas partes eran hombres. No es una sorpresa que solo hablemos de hombres cuando queremos mencionar a los principales novelistas –aquellos que despiertan pasión e interés, cuyos lectores pertenecen a ambos sexos–.

Buscando en Amazon encontré una categoría llamada “ficción femenina”, en la que aparece mi nombre junto al de Jane Austen, Sophie Kinsella, Kathryn Stockett, Toni Morrison, Danielle Steel y Louisa May Alcott (sobra decir que Amazon también nos clasifica en otras categorías). Si hay un tema o un estilo común entre nosotras, es difícil de encontrar. Amazon también ubica de vez en cuando a un hombre dentro de esta categoría. Tom Perrotta está ahí, y también Jonathan Franzen (con la edición de Libertad del Club de Lectura de Oprah), lo cual debería proporcionar más razones a aquellos que se quejan de su ubicuidad. Ambos hablan sobre relaciones y la vida en los suburbios. ¿Será por eso que están ahí?

Amazon tan solo está tratando de ayudar a los lectores a encontrar los títulos que quieren. Pero cualquier categorización de escritores por su sexo, o por un supuesto tema femenino, no solo es discriminatoria sino que también aleja a las escritoras de encontrar un público mixto, o de entrar en el amplio y más influyente campo de juego. Ocurre todo el tiempo, y no solo con extraños en reuniones sociales, o con libreros que no tienen problema en reducir complejas novelas escritas por mujeres a la categoría de “ficción femenina”. La misma editorial puede hacer parte de un proceso de segregación vago y efectivo, así como de un impremeditado menosprecio. Tan solo hay que mirar algunas de las cubiertas de novelas escritas por mujeres: ropa colgada en una cuerda, una pequeña niña inmersa en un campo de flores silvestres, un par de zapatos en una playa, un columpio vacío en el porche de una vieja casa amarilla.

Comparemos esto con la cubierta, pletórica de letras, de El arte de la defensa, de Chad Harbach, o con los enormes caracteres de Las correcciones, de Jonathan Franzen. Esas portadas, según un publicista de libros con el que hablé, les dicen a los lectores: “Este libro es importante”. El anillo de bodas de Eugenides puede parecer una excepción, pero tiene una abstracción geométrica: la cinta de Moebius sugiere que en el fondo hay un rompecabezas irresoluble tipo Escher. La ilustración pudo haber sido más convencional y haber incluido los finos dedos de una mujer, si no hubieran pensado en el libro como un éxito literario.

Tomé clases de semiótica en la Universidad de Brown, en el mismo apogeo deconstructivista en el que surgió la novela de Eugenides (él y yo asistimos juntos a un taller de escritura). No necesito recordar nada de significantes para entender que, así como las masculinas letras en negrilla, las cubiertas femeninas constituyen un código. Ciertas imágenes, ya sea que sinteticen algún tipo de pobreza nostálgica tipo Walker Evans o echen un vistazo a una domesticidad acolchada, están orientadas hacia mujeres tanto como lo están las propagandas de calcio y vitamina d. Bien podrían tener un letrero enorme con las palabras: “¡Aléjense, hombres!, ¡mejor vayan a leer a Cormac McCarthy!”.

A veces pienso si la longitud de los libros señala a los lectores la supuesta importancia de una novela. Algunos novelistas que han alcanzado altos perfiles literarios, como David Foster Wallace, Haruki Murakami y William T. Vollmann, han publicado libros muy largos, de más de mil páginas en los casos de Wallace y Vollmann. Con notables excepciones, las mujeres no han publicado muchos libros que puedan servir de trancapuertas y hayan tenido algún reconocimiento desde El cuaderno dorado de Doris Lessing. Vivimos no solo en la era del déficit de atención sino en la era del club de lectura, cuyos miembros suelen tolerar un estricto límite de páginas. Aun así, el mercado, sutil y paradójico, parece susurrar a los oídos de algunos hombres: “Claro, amigo, escribe tanto como quieras, solo siéntate y redacta todas tus ideas sobre Estados Unidos”, lo que en algunos casos extremos puede llamarse “El enorme y largo libro acerca de mí”. ¿Será que las mujeres se editan (o se dejan editar) con más severidad, dando a luz apretadas novelas que los miembros de los clubes de lectura encontrarán accesibles? ¿O simplemente ellas no convierten la longitud del libro en un fetiche? (Y en ese sentido, ¿los hombres que escriben libros gruesos dirán que solo estaban dejando que el contenido encontrara su forma?)

Todo esto no es para decir que los megalibros son mejores; en su profusión tal vez es más factible que sean peores. Pero en definitiva hacen más ruido. Por décadas, las grandes obras arquitectónicas de la literatura han sido emprendidas generalmente por hombres, mientras que los “trabajitos manuales” han sido el campo de las mujeres. No sorprende que la precisión de las historias breves permita a los críticos celebrar los logros femeninos con comodidad, incluso celebrarlos con entusiamo, como en el caso de Alice Munro. Pero en general una colección de cuentos es considerada un animal más silencioso que una novela, y es a veces juzgada por algunos como el trabajo de alguien que carece de la desbordante confianza de un novelista.

Tengo la sensación de que, así como la mayoría de los hombres, la mayoría de las mujeres escriben tan largo como quieren escribir, aunque no siempre reciben la misma recompensa. Hombres como Ian McEwan y Julian Barnes han escrito, en años recientes, libros muy cortos, que han sido leídos y apreciados por un gran público. Si una mujer escribe algo corto hoy en día, más aún, si es sobre mujeres, se arriesga a que ello sea considerado un trabajo menor. Aunque, por otro lado, si una mujer escribe un libro muy largo, lleno de asociaciones libres sobre la vida y el amor, la infancia y la guerra, chistes, recetas e incluso una novela dentro de la novela, o cualquier cosa que pueda caber dentro de esa infinita membrana elástica, se arriesga a ser etiquetada como indisciplinada y autoindulgente.

Claro, En la corte del lobo, de Hilary Mantel, es un libro enorme, pero sospecho que los trabajos históricos –los que enseñan al lector sobre determinado tema (en este caso a un lector masculino)– se aceptan con más facilidad al ser escritos por una mujer, que, digamos, ese tipo de novela larga de “sentimientos” escrita con frecuencia por hombres. Julia Glass, ganadora de un National Book Award en 2002 por su novela Tres junios, dijo: “Muchos lectores preguntan por qué escribo casi siempre desde un punto de vista masculino. Tengo teorías al respecto, pero en realidad no lo sé. No dirijo mis libros a una audiencia masculina, aunque el punto de vista pueda ayudar a su aceptación. Creo que los hombres son más receptivos a mi libro de lo que serían si el punto de vista fuera femenino”.

Los personajes importan mucho, y las novelas que involucran padres y niños pequeños parecen considerarse, en una primera instancia, como potencial provincia sentimental de una mujer. Excepto, por supuesto, cuando esos padres e hijos son hombres, como en el caso de La carretera de Cormac McCarthy o Tan fuerte, tan cerca de Jonathan Safran Foer, dos libros en los que el dúo padre-hijo ha sido celebrado con entusiasmo por lectores de ambos sexos.

Algunas de las más aclamadas novelistas han escrito sin arrepentimiento y con autoridad acerca de mujeres. Pero el ambiente debe ser receptivo a esa autoridad, debe reconocerla y celebrarla para que la novela funcione. No parece una coincidencia que algunas de las más estimadas escritoras hoy en día –Toni Morrison, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Doris Lessing, Marilynne Robinson– alcanzaran notoriedad en un momento inusual de la historia en el que el movimiento de mujeres podía sentirse en todas partes. Historias largas y cortas, sobre vidas de mujeres, de repente importaron en las conversaciones culturales. Este período, entre los setenta y ochenta, generó una realidad completamente diferente para las escritoras de ficción. Los hombres estaban interesados en leer sobre las vidas privadas de las mujeres (o tal vez algunos solo pretendieron estarlo) y recibieron reconocimiento moral por hacerlo. Mientras que antes era poco probable que una mujer fuera aceptada en el “equipo de los hombres”, las literatas empezaron a recibir una gran cantidad de crítica y a convertirse en más que una anomalía. Pero, a pesar de que esta ola de excelentes autoras ayudó a las mujeres que siguieron, con el paso del tiempo fue muy difícil alcanzar la meta. Como dice Katha Pollitt, la poeta y crítica literaria: “Creo que siempre hay espacio para una Toni Morrison o una Mary McCarthy, pero no más de una a la vez. Por cada mujer, hay espacio para tres hombres”.

Entre las tormentosas disputas y las instancias de oposición, de las que siempre vamos a tener un montón, Jhumpa Lahiri y Zadie Smith son dos ejemplos. El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan, ganó tanto un premio del National Book Critics Circle en 2010, como un Premio Pulitzer en 2011, y ha sido comentado con entusiasmo por críticos de los dos sexos. En 2009, Elizabeth Strout ganó un Premio Pulitzer por Olive Kitteridge, una colección que los clubes de lectura aman y las mujeres han regalado más de una vez a los hombres de sus vidas, quienes algunas veces, para su propia sorpresa, la han apreciado. Y en ocasiones se ha creado una verdadera polémica alrededor de una novela escrita por una mujer; tal es el caso de la reciente novela de Téa Obreht, La esposa del tigre.

Estas excepciones pueden llevarnos a pensar que tal vez nos estamos dirigiendo hacia algún tipo de idilio literario en el que hombres y mujeres se sienten al sol bajo los árboles, coman higos y discutan pasajes de Kiran Desai o Jeanette Winterson. Pero justo cuando las mujeres están peleando por el acceso a la anticoncepción, las estadísticas de VIDA sugieren que las escritoras continúan luchando para que su trabajo sea tomado en serio y tenga tanto cubrimiento como el de los hombres. La Academia Norteamericana de Artes y Letras cuenta con solo 33 mujeres entre sus 117 miembros literarios. Al mismo tiempo, los principales premios no parecen generar un cambio en la visión de las cosas; en los últimos tres años, más de la mitad de los galardones del National Book Critics Circle han sido para mujeres, y en los últimos años el National Book Award en la categoría de ficción se lo llevaron las escritoras Jaimy Gordon y Jesmyn Ward. Sin embargo, hasta ahora ninguno de esos libros ha provocado un estallido cultural. “Creo que los premios para hombres solo subrayan algo que ya está ahí para ellos”, dice la novelista y cuentista Lorrie Moore. “En muchos casos los premios mismos pueden no tener tanto nivel de independencia como poder corroborativo”.

Jane Smiley, quien ganó un Pulitzer en 1992 por Heredarás la Tierra, añade: “Creo que mi trabajo está situado en medio de dos campos. Esto a veces es bueno y a veces es malo –no hacer la plata que Jodi Picoult está recibiendo o alcanzar el estatus de Franzen o Wallace–. Sin embargo, una de las grandes cosas de nuestra generación de escritoras es la libertad que sentimos al escribir sobre cualquier tema que queramos escribir. ¿Somos menos innovadoras que los hombres? No lo creo. Pero si los hombres no tienen el hábito de leer a las mujeres, entonces no importa qué tan innovadoras seamos”.

 

Quién lee a quién, y cómo, fueron algunos de los asuntos tratados en el brillante ensayo de Francine Prose, “Scent of a Woman’s Ink”, publicado en Harper’s Magazine en 1998. Allí se hizo un experimento para probar que cuando apartas la etiqueta del género no es tan fácil identificar al autor por su sexo. “La ficción femenina sigue siendo leída de forma diferente, con el usual prejuicio y las preconcepciones”, escribió. Al hacerlo, ilustró el continuo sesgo crítico en contra de las mujeres. “Desearía poder decir que las cosas han mejorado drásticamente desde mi pieza en Harper’s”, me dijo Prose, “pero no es cierto”.

No hace mucho, cuando la novelista Mary Gordon habló en un colegio masculino se enteró de que los estudiantes no conocían a las hermanas Brontë, a Austen o a Woolf. Sus maestros argumentaron que estaban buscando textos con los cuales los estudiantes pudieran relacionarse. Pero en el colegio de mujeres que queda enfrente, dijo Gordon, “nadie soñaría siquiera con sacar Las aventuras de Huckleberry Finn o Moby Dick del programa de clases. Como escritora te dan puntos si incluyes el mundo masculino en tu trabajo, pero pierdes puntos si lo omites”.

Lorrie Moore añadió: “Una académica me dijo alguna vez: ‘En general, conozco lo que las mujeres piensan. Me interesa más leer libros escritos por hombres’. El problema con esta afirmación sale a la luz si la inviertes. Si un hombre dijera: ‘Ya sé lo que los hombres piensan, me interesa más leer libros escritos por mujeres’, nadie creería que está hablando en serio. Aunque no exista la ‘escritura femenina’ o la ‘escritura masculina’, el que haya un énfasis distinto entre escritoras y escritores no significa que las inquietudes y preocupaciones de las mujeres sean inferiores o menos esenciales. A las novelistas, sin duda, les puede ir muy bien sin lectores masculinos, incluso algunos escritores han admitido sentir envidia de las mujeres por su comunidad lectora (y compradora), una comunidad que, desde mi propia experiencia con clubes de lectura y lectores individuales, es atenta y apasionada”.

La gente te recordará que las mujeres son las principales consumidoras de ficción en este país, y algunos añadirán que incluso deberíamos olvidarnos por completo de los hombres como lectores de ficción. Sin embargo, conozco a más de un hombre que se sentiría ofendido, con razón, ante esta sugerencia, y no solo describiría su club de lectura de Proust o de Pynchon, sino también su muy masculino grupo de lectura de Edith Wharton, o su admiración por Tierra de caimanes de Karen Russell. Espero que esos hombres ayuden a divulgar estas ideas y que también recomienden a otras escritoras brillantes como Carol Anshaw, Bonnie Nadzam, Rivka Galchen, Lauren Groff y Susan Choi, por nombrar solo algunas de las muchas, muchas, que hay.

Sin embargo, la esfera más alta de la ficción literaria –donde el aire es rico y la vista es grandiosa, y donde un libro entra tanto al imaginario del público como a las conversaciones actuales– tiende a ser percibida como peculiar y desproporcionadamente masculina. ¿Cambiarán los hábitos literarios de esta cultura cuando los lectores juveniles asuman el control? ¿Más escritoras podrán persuadir a sus editores para que la foto de la jovencita del vestido veraniego y el pelo largo sea reemplazada por ilustraciones neutrales y letras en negrilla? ¿Mejorarán las estadísticas de VIDA? Y, en definitiva, ¿se superará por completo la absurda categoría de “ficción femenina”? Tal vez, en un mundo más justo.

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Meg Wolitzer

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