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El Malpensante

Literatura

La india acaba en el Narcissus

Replicar rutas ajenas puede ser un buen modo de viajar doblemente. En este relato, el autor atraviesa la India en tren, copiando los pasos que llevaron a Joseph Conrad a embarcarse en el Narcissus, 117 años atrás.

Ilustración de Julio César Gómez Penagos 

 

Por esos días, mi temporada en Pondicherry, la antigua colonia francesa del sur de la India, estaba tocando a su fin, y había decidido que para volver a Europa no repetiría el trayecto de llegada, porque parecía más bien tonto ver el mismo paisaje dos veces si podía evitarlo. Un mes antes había aterrizado en Delhi y tomado un tren que tardó tres días en llegar a Madrás, en la costa suroriental, para después llegar en taxi a Pondicherry; al regreso no había demasiadas opciones, pero una de ellas me resultaba particularmente atractiva por las razones que se verán después. Tomaría el tren de Madrás a Bombay, cruzando el país de una costa a la otra, y de Bombay volaría a Barcelona. Así que a finales de agosto (el año era 2001: apenas un par de semanas, me parece recordar, antes de los ataques terroristas a las Torres Gemelas) me encontraba allí, en la estación de tren de Madrás, ciudad que ahora hay que llamar Chennai para ser correctos. Después de hacer una fila distinta por ser extranjero, y de discutir con el hombre de la ventanilla sobre los varios trenes que me podían llevar a Bombay (ciudad que ahora hay que llamar Mumbai para ser correctos), acabé esperando en el andén con un tiquete que ponía: “Chennai Central-Mumbai Cst Mail. Train Number 6010”. Saldría, en el caso altamente improbable de su puntualidad, a las 21:55.

Salió pasada la medianoche: apenas dos horas largas de retraso podían considerarse un golpe de suerte. Me sorprendió que el vagón estuviera casi vacío; pero al comenzar el tren a moverse, los paseantes que esperaban tan pacíficos en el andén, bajo los tubos de neón, se transformaron en pasajeros y comenzaron a subir con agilidad increíble, visto que tenían las manos llenas de racimos de bananos o pequeños vasos de té con leche. En ninguna otra parte del mundo he visto que los pasajeros guarden sus lugares, aun si han sido previamente asignados, dejando un pañuelo sobre el asiento. Ahora aquellos pañuelos –invariablemente blancos con diseños azules– comenzaban a ser reemplazados por sus dueños; los cuerpos se rozaban en el corredor estrecho y a veces se empujaban; el inglés hab&i...

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