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Coda

Libros y salchichas

¿Qué hacen las librerías si los lectores no compran? ¿Y qué hacen los lectores si las librerías cierran? El asunto no merece tantas lágrimas como risas.

Ilustración de John Joven

 

Soy un consumidor de libros y los compro donde los vendan, en las librerías “independientes”, en las cadenas de hipermercados al lado de los detergentes, en las librerías tradicionales y en las tiendas de aeropuerto. De un tiempo para acá me he dejado llevar también por Amazon y ese vórtice enviciador que empieza con un “si le gustó este libro, probablemente le gusten estos...”, y de ahí, libro tras libro tras libro hasta el infinito. Nunca antes en mi cruzada consumista había tenido acceso a tantos y tan variados títulos, o a la posibilidad de meter en una misma canasta un libro de crónicas, tres morcillas y una crema de dientes.

Por motivos que desconozco, hace algunos días tres librerías de Bogotá liquidaron sus saldos y cerraron sus puertas. Su cierre provocó reacciones entre los intelectuales bogotanos que no se resisten a ver cómo un pequeño templo de la cultura es reemplazado por una charcutería, o por una tienda de carteras, o por cualquier cosa en donde no se vendan libros o se organicen tertulias. Los réquiem por estas librerías muertas –como podía esperarse– estuvieron cargados de lamentos y anhelos por un pasado que no conocí. Un pasado lleno de libros, revistas con nombres en griego y gente cultísima que invertía en libros antes que en cubiertos con mangos de marfil.

Es posible –siguiendo el lamento– que para el bien general de la República, el cierre de algunas librerías sea catastrófico. Bogotá se alejará tres pasos de París, los poetas no podrán comprar sus poemas favoritos a la vuelta de la esquina, la juventud morirá inculta y alienada y, por último, los que leemos para entretenernos tendremos que jodernos o leer a Paulo Coelho. El acabose.

No estoy seguro de si el cierre de una librería sea más importante que el cierre de un expendio de salchichas alemanas, o si la quiebra de una sociedad comercial sea más trágica porque los socios vendían “bienes culturales” en vez de tornillos. Ese debate dejémoselo a los charcuteros y a los libreros, que tendrán ambos buenos argumentos para defender su ramo. Lo que sí puedo hacer es hablar sobre la manera en que me afecta a mí como consumidor habitual de libr...

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Alejandro Peláez Rojas

Columnista de la revista online La Silla Vacía.

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