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Política

La decisión de Bahía de Cochinos

Documentos desclasificados en los últimos años dejan al descubierto las intrigas y manipulaciones que rodearon uno de los momentos críticos de la política exterior estadounidense. Aquí un recuento de esos meses de zozobra.

John F. Kennedy y Richard Nixon, durante el debate presidencial del 21 de octubre de 1960 • © Bettman | Corbis 


Eran las nueve de la noche del 21 de octubre de 1960. Por primera vez en la historia, el debate electoral por la presidencia de Estados Unidos estaba a punto de ser transmitido por televisión y no cabía una sola persona más en el estudio de la ABC en Nueva York. La presencia del joven, apuesto y bien vestido candidato demócrata, John F. Kennedy, daba un aire cinematográfico al debate, en contraposición con la cara habitual de la política, encarnada por Richard M. Nixon, el entonces vicepresidente de Dwight Eisenhower.

 

La curiosidad de los asistentes se transformó en tensión cuando Kennedy propuso intervenir en Cuba. Todos los estadounidenses quedaron asombrados. A esas alturas, en el cuarto y último debate electoral, Nixon se sintió acorralado y no tuvo otra salida que tildar la propuesta de invadir a Cuba como “la más peligrosa, irresponsable y temeraria que jamás haya hecho candidato presidencial alguno”. Detrás de este ataque, Nixon pretendía dar la espalda a un plan que él mismo estaba coordinando junto al director de la CIA, Allen Dulles, y el jefe de operaciones encubiertas, Richard Bissell.

La noche de este debate, Kennedy vislumbró la posibilidad de su victoria, y el aluvión de llamadas que recibió al día siguiente así lo confirmó. Era una propuesta audaz que representaba el intenso deseo de derrotar el comunismo. Además, estaba planteada en términos de un desafío al poderío de la nación entera: “Es una batalla que está perdiendo el pueblo más próspero de la historia... El equilibrio de poder está volteándose en contra de Estados Unidos”, afirmó Kennedy, y luego añadió: “Esa es la realidad, cuya tensión estallará tarde o temprano si no se detiene a tiempo... Yo he deseado que de este debate resulte algo concreto y que el país sepa que no habrá en el gobierno hombres pusilánimes ante el peligro”.

La palabra “liberación”, que tanto ansiaban los exiliados cubanos, tampoco quedó sin ser pronunciada. El giro a la izquierda que había dado Fidel Castro, ajeno al espíritu reformista del Movimiento 26 de Julio, fue catalogado por Kennedy como una estrategia geopolítica del comunismo internacional, liderado por la Unión Soviética y China.

El 8 de noviembre de 1960, 69 millones de estadounidenses salieron a votar. Kennedy derrotó a Nixon por un estrecho margen, escasamente superior a los 100.000 votos. Al invocar la posibilidad de la guerra, sepultó la imagen de debilidad que arrastraba su partido desde los tiempos de Adlai Stevenson, y pudo sustituirla por una de fuerza vigorosa. Él mismo no podía creer que una idea tan sencilla fuera la estrategia indicada para ganar las elecciones. La expectativa de darle un vuelco a la política exterior pesaba sobre el presidente electo, pero ninguna promesa resultaría más decisiva, o le costaría más cara, que la ofrecida en el último debate.

Desde entonces han pasado 52 años y hace apenas unos pocos se han desclasificado documentos con detalles de esos días de tensión, que extendieron su sombra a lo largo de décadas, condicionando buena parte de la política exterior estadounidense. A partir del contenido de esos documentos, se ha hecho esta reconstrucción de los juegos de poder y las difíciles decisiones políticas y militares que rodearon la invasión a Bahía de Cochinos.

 

Los directivos de la CIA 

Richard Bissell, jefe de operaciones encubiertas de la CIA, se encontraba en un estado de exaltación quizá apenas comparable con el del presidente electo, cuando le escribió a un amigo diciéndole que aguardaba con ilusión el nuevo gobierno, pues Kennedy estaba rodeado de hombres mucho más conscientes de la grave crisis que estaban viviendo.

 Bissell ocupaba un lugar central en la intimidad de la política exterior estadounidense. Su acaudalada familia tenía raíces coloniales, y uno de sus antepasados había cumplido misiones de espionaje para el general George Washington. Al igual que Allen Dulles, quien procedía de una familia de secretarios de Estado y financistas internacionales, Bissell sentía un interés patrimonial por Estados Unidos. En el curso de la campaña presidencial reaccionó lleno de entusiasmo por la agresiva postura internacional de Kennedy, a quien veía como su igual: un líder joven y brillante, inconforme con el statu quo global, que intentaría hacer retroceder los avances del comunismo no solo blandiendo la gran amenaza nuclear, como había hecho Eisenhower, sino enfrentándose a los soviéticos mediante múltiples formas de lucha contrainsurgente y diversas modalidades de espionaje, más adecuadas al mundo de las guerras modernas. Tenía buenas razones para pensar que aquellos alardes de fuerza del presidente no eran meros artificios retóricos.

Durante el gobierno de Eisenhower, Dulles y Bissell utilizaron el mundo como el patio de recreo de sus juegos de espías, y sus agentes se desplazaban con entera libertad de Irán a Guatemala, y desde Indonesia hasta el Congo. Con Kennedy en el poder, el hábito de ocultar, la costumbre de informar falsedades y la libertad de actuar por su cuenta prometían un mayor desenfreno. Kennedy no ignoraba que sería difícil gobernar con ellos, pero sabía también que resultaba imposible hacerlo sin ellos.

El director de la CIA había establecido un sistema de poder dentro del poder, desde los inicios de la guerra fría, cuando el presidente era Harry Truman (1945-1953). Desde la sombra no solo había promovido la complicidad entre el Departamento de Defensa, los jefes del Estado Mayor y el FBI, sino que defendía la política diseñada por el secretario de Estado de Eisenhower, su hermano John Foster Dulles, montada sobre la doctrina de combatir el comunismo. Su desafío al liderazgo del nuevo presidente se hacía más flagrante cuando se trataba del tema cubano. Allen Dulles nunca había aceptado tener un jefe, y Kennedy no sería la excepción.

Dulles se veía compitiendo frente a frente con Moscú por la lealtad de millones de personas. Sentía un apremio irresistible por divulgar la idea de una guerra santa contra el comunismo ateo. Estaba convencido de que Estados Unidos debía hacer todo lo posible por tumbar aquellos regímenes neutrales, antiimperialistas, anticolonialistas y nacionalistas.

En 1954, él y Bissell no habían sentido el menor escrúpulo al planear el derrocamiento de Jacobo Árbenz, el presidente de Guatemala, elegido democráticamente. Consideraban que su gobierno nacionalista de reformas sociales era demasiado izquierdista y hostil frente a la permanencia del reinado de la United Fruit, coloso corporativo representado por el despacho de abogados de Wall Street que antes había sido propiedad de los hermanos Dulles. No es casualidad que para la operación de Bahía de Cochinos, Bissell, principal artífice del golpe contra Árbenz, pensara en reunir otra vez a los miembros claves del equipo de Guatemala: Tracy Barnes, David A. Phillips, Howard Hunt y David Sánchez Morales. Pensaron que en Cuba podían repetir el mismo esquema, pero con un gran operativo por aire, mar y tierra.

 

La tensión internacional

El desembarco podía tener delicadas implicaciones en la relación con los soviéticos. En particular, hacía peligrar las posibilidades de una negociación en torno a Laos, una nación pequeña, fronteriza con Vietnam. Allí, facciones comunistas y no comunistas se enfrentaban en una lucha encarnizada por el control del país, con amplios alcances geopolíticos.

El primer ministro soviético, Nikita Kruschev, amenazaba a Estados Unidos con lanzar una ráfaga mortífera de misiles si intervenía en Cuba. Pero no se detuvo allí. Ratificó su intención de ayudar a la Revolución Cubana para que expulsara a Estados Unidos de la base naval montada en la Bahía de Guantánamo desde 1898. Además, para que nadie tuviera dudas, proclamó que la Doctrina Monroe estaba muerta. Era tanto como gritarles en la cara. A esto se sumó un discurso en el que describía los procesos históricos de Cuba, Vietnam y Argelia como guerras de liberación nacional, que consideraba justas, y exhortaba a los revolucionarios del tercer mundo a que les dieran su apoyo irrestricto. Su intervención no solo definía la posición soviética ante la situación de Cuba; también daba respuesta a las críticas chinas, según las cuales los soviéticos no hacían lo suficiente por la revolución mundial.

Lo más sorprendente fue que Kruschev dio otra vuelta de tuerca. Continuó incrementando la presión, pero esta vez sobre Berlín, la ciudad dividida, que desde hacía años era el punto incandescente de la guerra fría. Cuba y Laos habían sido cuestiones marginales hasta ese instante, pero el caso de Berlín podría implicar una guerra nuclear que destruiría buena parte de la civilización occidental. El miedo era real y Kennedy tenía conciencia de que invadir Cuba podía desencadenar el estallido de la guerra. 

Allen Dulles, director de la CIA durante la crisis • ©Bettman | Corbis


La reunión del estado mayor conjunto y el presidente

Entre el 29 de noviembre de 1960 y el 12 de abril de 1961 se celebraron más de una docena de reuniones para discutir la situación cubana. Kennedy sospechaba que la intención del alto mando militar, al solicitarle una audiencia especial, era lograr que él autorizara la invasión a gran escala. Sus dudas para aprobarla surgían no solo del peligro de un enfrentamiento con la Unión Soviética, sino también de que la invasión desdibujara la imagen de Estados Unidos frente al mundo, convirtiendo al país en el despiadado agresor imperialista, tal como les había ocurrido a los rusos tras invadir a Hungría en 1956.

A pesar de todas sus reservas, Kennedy no tuvo otra opción que reunirse el 4 de abril de 1961 con el mando supremo, cuatro comandantes que nunca parecieron tan resueltos. En ese momento comprendió que estaba solo contra ellos. Nunca como entonces había tenido la sensación de que lo menospreciaban. Se trataba de una lucha de poder entre el nuevo gobierno y los jefes de la seguridad nacional, quienes sostenían que la defensa de la nación descansaba sobre todo y en primer lugar sobre sus hombros, sin importar quién ocupara la presidencia. Esos cuatro comandantes personificaban el espíritu de una cultura militar politizada que nació en la Guerra de Corea, que se había apoderado del Departamento de Estado y que se estaba consolidando ya en la Casa Blanca.

Los mismos guerreros del Pentágono que durante la crisis de Berlín, en 1948, habían propuesto iniciar la guerra nuclear con un golpe demoledor ahora pretendían resolver la situación de Cuba con una invasión de gran magnitud. Para los comandantes, la necesidad de que Estados Unidos invadiera era tan diáfana que se preguntaban perplejos por qué dudaba el presidente. La vieja guardia que conformaba el Estado Mayor siempre lo había visto como un hombre débil. Pero ahora incluso Bissell, inicialmente impresionado con su promesa de invasión durante el debate, había dejado de creer en él. Toda la cúpula militar, partidaria de la línea dura, temía precisamente que fuera un filipichín, un pusilánime, un hombre sin peso específico, que pondría en peligro la nación. Un hombre de dudosa moral y salud delicada, cuya victoria había sido comprada por su padre en los bajos fondos de Chicago. 

Desde principios de los años cincuenta, después de asumir la jefatura del Comando Aéreo Estratégico, el comandante Curtis LeMay, presente en la reunión, consideraba ineludible la confrontación con la Unión Soviética. Creía que el objetivo de la ideología comunista era dominar al mundo, y para enfrentarla, Estados Unidos estaba en la obligación de librar una guerra nuclear contra los rusos. En cuanto a la invasión, de acuerdo con la línea dura de LeMay, si la Unión Soviética continuaba apoyando a Cuba no habría alternativa distinta a una solución militar abierta que arrasara con la isla. Para él, Cuba representaba el lugar donde se enfrentaban las fuerzas del bien y el mal.

A los argumentos de LeMay se sumaban las opiniones de Adolf Berle, considerado por muchos como el único asesor del nuevo gobierno que tenía un conocimiento real de América Latina. Berle sostenía que la amenaza comunista actual era mayor que la nazifascista durante el período del presidente Franklin D. Roosevelt, y que soviéticos y chinos habían acordado repartirse América Latina para una toma revolucionaria. “La  CIA  –dijo–  había pronosticado que ocho países latinoamericanos tomarían el rumbo de la Revolución Cubana en los siguientes ocho meses”.

Kennedy era consciente de que en ese momento los movimientos revolucionarios de América Latina, y en general del tercer mundo, trataban de establecer sistemas de colaboración, porque todos compartían un objetivo común al margen de sus diferencias: la revolución. Sabía que con la Revolución Cubana había surgido una mentalidad nueva en el continente, una generación que estaba profundizando en el análisis materialista y dialéctico de la historia, y que veía como única salida el asalto al poder por la vía armada. Una generación convencida de que la vía del voto se había agotado y que exigía claridad frente al orden social burgués, al cual quería destruir para instaurar uno distinto donde desaparecería la propiedad privada, los medios de producción pasarían al control del Estado y los medios de comunicación serían de propiedad colectiva.

Kennedy pensaba que el movimiento revolucionario latinoamericano buscaba, a través de la Revolución Cubana, justicia social, soberanía política y libertad. Sin embargo, creía que estos ideales podían ser alcanzados por medio de la reforma democrática sin necesidad de una revolución armada. Así lo expresó en Bogotá durante una cena ofrecida por el presidente colombiano Alberto Lleras Camargo, en diciembre de 1961, al afirmar su confianza “en el poder inigualable de la democracia para remodelar sociedades, y responder a las nuevas necesidades sin recurrir a la violencia y a la represión”.

 

La decisión de intervenir

En el momento decisivo, Allen Dulles garantizó a Kennedy que con solo dar una orden podía derrotar el comunismo en Cuba. Según él, los datos de inteligencia no dejaban duda alguna de que la invasión funcionaría. Kennedy lo escuchó impasible, pero no pudo debatir la propuesta como hubiera querido, pues no había nadie en el alto gobierno que pusiera en duda las afirmaciones del director de la CIA. Algunas personalidades opuestas a la invasión, como Arthur Schlesinger, historiador y consejero presidencial, el senador J. William Fulbright, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, o Adlai Stevenson, embajador de Estados Unidos ante la ONU, no fueron consultadas.

En su último día en el poder, Eisenhower le había advertido a Kennedy que el plan estaba aprobado, y que lo apoyaba aun en circunstancias que comprometieran públicamente a Estados Unidos. El apoyo del presidente saliente, tan curtido en temas de guerra, era para Kennedy un criterio definitivo a la hora de tomar la decisión. Sin embargo, siguió dudando.

Richard Bissell intentó ser más persuasivo al afirmar que los soviéticos estaban enviando ayuda a Cuba por distintos canales, principalmente a través de personal calificado para enseñar a manejar armas y equipos complejos desconocidos por los cubanos. Recordó que el 18 de noviembre de 1960, el Departamento de Estado había publicado detalles sobre la ayuda entregada a Cuba por el bloque soviético entre enero de 1959 y mediados de noviembre de 1960: 28.000 toneladas de armamento. Además, estaban próximos a sumarse aviones de reacción MIG, con su respectiva dotación de cincuenta pilotos cubanos entrenados en Checoslovaquia. Si llegaban a tiempo, el desembarco sería una carnicería. Así mismo, la temporada de aguaceros torrenciales se acercaba al Caribe, y el suelo guatemalteco en el que entrenaban las brigadas contrarrevolucionarias se convertiría en un lodazal volcánico. Ante lo expuesto, el carácter apremiante de la invasión no parecía un acto impulsivo sino una consecuencia de las nuevas condiciones.

Lo que Kennedy ignoraba era que Bisell le estaba ocultando información. Bissell estaba al tanto de que, enfrentados a un ejército de 60.000 soldados con tanques y artillería, los 1.511 contrarrevolucionarios reclutados, entrenados y financiados por Estados Unidos estaban condenados a la derrota. Un informe presentado a Bisell antes de reunirse con el presidente electo, fechado el 15 de noviembre de 1960, confirmaba que una fuerza de 1.500 a 3.000 hombres también sería vencida. La única alternativa era una intervención conjunta de la CIA y del Departamento de Defensa, una invasión a gran escala.

Bisell también tenía información suficiente para estar seguro de que una sublevación popular de los cubanos era imposible. Sabía que la revolución disponía de un servicio de inteligencia cada vez más eficiente, “un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria... con un integrante en cada cuadra de la isla para que todo el mundo sepa quién es, qué hace y con quién se reúne el vecino que vive en la misma manzana”, como definió Fidel Castro a los Comités de Defensa de la Revolución. El dato que manejaba la CIA en marzo de 1961, un mes antes de la invasión, es elocuente: 100.000 disidentes políticos encarcelados.

Por otra parte, las primeras medidas políticas de la revolución habían tenido un impacto positivo en la redistribución de la renta nacional, habían representado rebajas en el transporte público y los alimentos, habían propiciado una mejora sustancial en la calidad de la salud pública y el inicio de la más grande campaña de alfabetización conocida en la historia del mundo, según datos de la Unesco. En ese momento parecía que el Estado revolucionario tenía en sus manos las claves para salir del atraso. La revolución acumulaba una sensación de victoria, y ante esto era muy poco probable que la sublevación interna prosperara.

Por si fuera poco, rusos y cubanos ya sabían todos los detalles del desembarco. En una declaración secreta, revelada por los Archivos de Seguridad Nacional, Jacob Esterline, uno de los estrategas claves de la CIA, admitió ante una comisión presidencial, coordinada por el general Maxwell Taylor, que la agencia estaba al tanto de que la fecha de invasión había sido filtrada a los servicios de inteligencia soviéticos.

A pesar de todo, Bissell y Dulles siguieron de acuerdo con lo planeado. Consideraban a la brigada de exiliados cubanos a punto de desembarcar en Playa Girón como mera carne de cañón. Era solo un mecanismo para desencadenar la verdadera invasión a Cuba en manos de militares estadounidenses, una invasión que aplastaría la Revolución Cubana, y acabaría rápidamente cualquier foco de resistencia. Confiaban en que al verse perdidos con una invasión de menor escala, Kennedy emplearía el máximo poder militar de Estados Unidos para derrotar el comunismo en Cuba. Esa era la verdadera estrategia, de modo que proceder con la invasión no era una decisión atolondrada.

Fidel Castro y Nikita Kruschev, durante su primer encuentro en Nueva York, 1960 • © Associated Press


La reunión extraordinaria 

El presidente autorizó el primer bombardeo para el sábado 15 de abril de 1961. El objetivo era aniquilar a la Fuerza Aérea Revolucionaria con una incursión previa al desembarco. La brigada bombardeó el Aeropuerto Antonio Maceo, en Santiago de Cuba, y las bases aéreas ubicadas en San Antonio de los Baños y Campo Libertad, en las afueras de La Habana, con el fin de tomar el control del territorio hasta que el Consejo Revolucionario de Cuba se declarara como “un gobierno en armas”.

El primer día de la invasión, el almirante Arleigh Burke, comandante en jefe de la Armada, envió el portahelicópteros Boxer y el portaaviones Essex, con 2.000 infantes de marina norteamericanos, a posicionarse lo más cerca posible de la costa cubana, en un acto de provocación al régimen revolucionario. También era un acto de abierta insubordinación al presidente, quien había aprobado la presencia de tropas pero sin que sobrepasaran las 50 millas náuticas, distancia que diferencia a las naves neutrales de las naves de guerra.

A las nueve de la noche del domingo 16 de abril, el secretario de Estado, Dean Rusk, le pidió al presidente que suspendiera el segundo bombardeo. Según él, nadie creería la versión oficial de que un nuevo ataque sería obra de pilotos desertados de la Fuerza Aérea Revolucionaria, sino que estaría claro que procedía de Puerto Cabezas, Nicaragua, donde el dictador Somoza estaba colaborando con una pista aérea. El presidente sintió el estremecimiento de la duda, pero era demasiado tarde para cancelar la invasión. No obstante, en el último minuto suspendió el segundo bombardeo, programado para el amanecer del lunes 17, de manera que coincidiera con el desembarco de la brigada en Bahía de Cochinos. Su decisión ocasionó el retiro de los ocho bombarderos b-26 que protegerían a los barcos provenientes de Nicaragua, repletos de armas y pertrechos para apoyar el desembarco.

La decisión de suspender el bombardeo causó estupor entre los críticos de John F. Kennedy, principalmente entre los exiliados cubanos. El general Lyman Lemnitzer, jefe del Estado Mayor Conjunto, manifestó que “negarles la tabla de salvación fue totalmente reprobable, casi criminal”, mientras que en el Pentágono la orden de suspensión fue interpretada como el envío a Moscú de una peligrosa señal de debilidad.

El 18 de abril, Walt Rostow, asesor de la Casa Blanca, cerró filas con Bissell y decidieron convocar una reunión extraordinaria iniciada a las 11:58 de la noche. Kennedy, el vicepresidente Lyndon B. Johnson, Robert McNamara, secretario de Defensa, y Dean Rusk venían de una cena de gala que el presidente y su esposa ofrecían al Congreso y a los estamentos del poder. Todavía vestían frac de paño negro y camisa blanca con cuello de pajarita. A ellos se unieron el general Lemnitzer y el almirante Burke, también en uniforme de gala. Allí, juntos de nuevo, estaban en una misma mesa las posiciones enfrentadas. Era el momento crucial.

 Bissell explicó la situación en tono apremiante y solicitó a la plana mayor del gobierno la urgente intervención militar de Estados Unidos. “La invasión está al borde del fracaso, pero aún quedan esperanzas”. Todo el tiempo supuso que, enfrentados a la debacle, el gobierno no toleraría que fracasara. Hablaba fortalecido por su prestigio. Él había concebido, supervisado y sacado adelante el avión fantasma en la mitad del tiempo previsto: el u-2, cuyos vuelos sobre la Unión Soviética seguían siendo el más audaz golpe del espionaje estadounidense desde que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Cuando concluyó que la invasión se hundía y el tiempo se agotaba, estaba convencido de que el presidente autorizaría la intervención militar para evitar la derrota. Pero Kennedy no cedió.

Con el respaldo del almirante Burke, Bissell continuó insistiendo. Tiempo atrás, el presidente había manifestado que, si la invasión tenía lugar, todo el mundo debía saber que no intentaba hacer volver a Cuba al antiguo estado de cosas. “No nos oponemos a la Revolución Cubana, sino solamente al hecho de que Castro la haya conducido al comunismo”. Además, antes de optar por la invasión, le insistió a Bissell que se reservaba el derecho de cancelarla. Pero este desoyó la advertencia presidencial y no informó al respecto a los jefes militares de la Brigada. Por el contrario, les dijo: “Existen fuerzas en el gobierno que intentan bloquear la invasión, y si estas logran su propósito, los líderes de la brigada deben revelarse contra los asesores estadounidenses y proceder con ella”.

Tal como puede reconstruirse a partir del libro de Peter Wyden, Bay of Pigs: The Untold Story, Bissell y Burke le imploraron a Kennedy que ordenara una acción militar involucrando a las fuerzas de Estados Unidos:

–Solo le pido que permita una incursión aérea –le solicitó el almirante.

–No –contestó Kennedy.

–¿Se pueden enviar algunos aviones?

–No, porque serían identificados como de Estados Unidos.

–Pueden pintarse las insignias que los identifican.

–No.

–Si usted me permite enviar dos destructores, puede dársele apoyo bélico a la brigada para que logre controlar una cabeza de playa.

–No.

Soldados cubanos marchando en Bahía de Cochinos, el 18 de abril de 1961 • © Picture Alliance DPA | Corbis


Esa determinación le permitió consolidar su posición ante la evidente insubordinación del Estado Mayor Conjunto y los jefes de inteligencia. Circulaba la versión, confirmada en 1964, de que el alto mando estaba conspirando para derrocar el gobierno y sustituirlo por lo que Kennedy consideró “una maldita junta militar latinoamericana”.

En medio de una tormenta de observaciones contradictorias, la ira del almirante iba en aumento a medida que avanzaba la reunión de medianoche en la Casa Blanca. El presidente rechazaba una y otra vez sus demandas y las de Bissell. Al fin, Burke pidió un único destructor para “enviar al infierno los tanques de Castro”. La discusión está registrada en los Archivos de Seguridad Nacional recientemente desclasificados y publicados por un grupo de investigación de la Universidad George Washington:

–¿Y si el ejército cubano devuelve el fuego y bombardea al destructor? –preguntó Kennedy.

–Entonces, fuego a discreción hasta dejarlos a todos fuera de combate –levantó la voz el almirante.

–No quiero a los Estados Unidos involucrado en esto –le replicó.

El desconcierto del almirante se transformó en estupor.

–¡Señor presidente –le gritó–, hace tiempo que estamos involucrados!

 A las 2:46 de la madrugada del 19 de abril, cuando terminó la reunión, el presidente sostuvo su posición de mantener alejadas de Bahía de Cochinos a las fuerzas estadounidenses. Al final del día, la invasión se enfrentaba a su derrota: 100 desaparecidos, 211 brigadistas dados de baja y 1.200 capturados. Todos ellos desengañados, perplejos y convencidos de que habían sido traicionados por los Estados Unidos.

El presidente seguía aturdido por la confusión de la derrota. “Me garantizaron que el plan sería exitoso”, le dijo a Nixon, quien fue a verlo a la Oficina Oval al día siguiente. Caminaba de un lado a otro maldiciendo a la CIA, al Estado Mayor Conjunto, a los asesores y consejeros de la Casa Blanca. Nixon le recomendó que invadiera a Cuba pero Kennedy señaló que, si lo hacía, Kruschev podría atacar a Berlín. El premier soviético le había enviado un telegrama dos días antes diciéndole que “no era un secreto para nadie que Estados Unidos estaba detrás de la invasión. Nosotros le daremos al pueblo cubano y a su gobierno todo el apoyo necesario para rechazar el ataque armado sobre Cuba”. En cuanto la conversación giró hacia el tema de Laos, Nixon pensó que Kennedy se había acobardado dos veces: cuando canceló el segundo bombardeo aéreo y, de nuevo, cuando dejó que la invasión fracasara, al no permitir la intervención de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

La humillación frente a Cuba consolidó la desconfianza de Kennedy hacia los jefes del Estado Mayor y los directivos de la CIA. A la mañana siguiente, a puerta cerrada en la Oficina Oval, el presidente le preguntaba a su asesor y hombre de confianza, David F. Powers, ¿por qué no fue más clara la necesidad del cubrimiento aéreo?, ¿por qué la CIA nunca le había informado que la guerra de guerrillas, considerada por él como el plan alterno de salvación, no era una opción en caso de que fracasara el desembarco? Nunca le dijeron que el terreno aledaño a la pantanosa Ciénaga de Zapata no era apto para este tipo de guerra, ni que la mayoría de los exiliados carecía de entrenamiento guerrillero, ni que la remota sierra del Escambray estuviera a 130 kilómetros de distancia. Solo entonces, a las ocho de la mañana de ese 20 de abril, empezó a darse cuenta de que el segundo bombardeo aéreo se había vuelto indispensable para proteger el desembarco de la brigada invasora, porque el primero no había destruido la totalidad de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

Solo y derrotado, John F. Kennedy se deshizo en un mar de lágrimas. Y únicamente encontró consuelo en la voz de su padre, con quien pasó hablando por teléfono la mayor parte del día.

Hasta entonces la tensión del conflicto nuclear nunca había llegado a un punto tan alto como en esos días. Era imposible distinguir los límites entre la verdad y la contagiosa fantasía, de modo que las precauciones excesivas de los militares solo podían entenderse desde esa posición. Los funcionarios de inteligencia, generales y almirantes aumentaron la presión sobre Kennedy para que lanzara un ataque nuclear preventivo sobre la Unión Soviética. Informaron al presidente que, lejos de padecer “una brecha de misiles”, Estados Unidos gozaba de notoria superioridad en armamento nuclear. Según un informe de inteligencia nacional presentado ese año, los soviéticos tenían cuatro misiles balísticos intercontinentales instalados, en comparación con los 185 misiles de esta modalidad y más de 3.400 bombas nucleares de los cuales disponía Estados Unidos en aquel momento.

Washington era un hervidero de fiebre militarista, pero Kennedy no provocó a los soviéticos. En Bahía de Cochinos se pudo impedir la destrucción total de la isla, promovida por LeMay, quien presionaba por un bombardeo inmediato.

La tensión se congelaría por unos meses, hasta el inicio de la crisis de los misiles en 1962. Por lo pronto, solo quedaría una humillación histórica para Estados Unidos, reflejada en las lágrimas de su presidente y en la evidencia del poder dividido entre la Casa Blanca y el Pentágono. 

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Luis Fernando Gerlein

Es profesor investigador de la Universidad Sergio Arboleda.

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