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Poesía

Por qué sigo escribiendo poesía

Traducción de Andrés Hoyos

A los 75 años el poeta serbio ganador del Pulitzer repasa desde la niñez su prolongada e íntima relación con este género.

 

Ilustración de Javier Jubera


Estaba mi madre muy vieja en una residencia para ancianos, cuando un día me preguntó de sopetón si yo seguía escribiendo poesía. Al murmurar que sí, me miró con cara de incomprensión. Le tuve que repetir la respuesta, hasta que suspiró y sacudió la cabeza, quizás pensando para sí que ese hijo suyo nunca había dejado de estar un pelín loco. Ahora que ya pasé de los setenta, gente a la que no conozco muy bien me repite la misma pregunta de vez en cuando. Muchos, sospecho, tienen la esperanza de que les diga que recuperé la sensatez y abandoné esa chifladura de mi juventud, y se sorprenden visiblemente cuando les digo que todavía no la he abandonado. Parecen pensar que hay algo abiertamente dañino y hasta vergonzoso en el acto, como si a mi edad estuviera saliendo con una colegiala y la llevara a patinar por la noche.

Otra pregunta típica que surge en entrevistas a poetas viejos y jóvenes es cuándo y por qué decidieron volverse lo que son. La presunción es que hubo un momento en el cual se percataron de que no había otro destino posible para ellos salvo escribir poesía, seguido por la comunicación a las familias que hacía que las madres exclamaran “¡qué he hecho yo para merecer esto!”, mientras los padres se sacaban el cinturón y empezaban a perseguir al réprobo por el cuarto. Con frecuencia he sentido la tentación de decirle al entrevistador sin parpadear que la idea siempre fue echar mano de toda esa plata que había por ahí en forma de premios, puesto que revelar mis razones poco dramáticas inevitablemente conduce a la desilusión. Quieren algo heroico y poético, y les digo que yo era apenas otro escolar que escribía poemas para llamar la atención de las chicas, sin más ambición que esa. Dado que el inglés no es mi lengua materna, también me preguntan por qué no escribí poemas en serbio y quieren saber de qué modo se cocinó la decisión de renegar del idioma. De nuevo mi respuesta les parece frívola cuando les explico que para que la poesía sirva como instrumento de seducción, primero debe ser comprendida. Es muy poco probable que una chica norteamericana caiga rendida a los pies de un tipo que le lee poemas en serbio mientras ambos toman sorbos de Coca-Cola.

El misterio en mi caso es que haya seguido escribiendo poesía mucho después de que fuera necesario. Mis primeros poemas eran vergonzosamente malos, y los que vinieron enseguida no eran mucho mejores. He conocido una cierta cantidad de poetas jóvenes con inmenso talento que abandonaron la poesía incluso después de que les decían que eran unos genios. Nadie cometió ese error conmigo y, sin embargo, seguí. Lamento ahora haber destruido mis poemas tempranos, porque ya no recuerdo a quién tomaban de modelo. Cuando los escribí, leía sobre todo ficción y poco sabía de poesía contemporánea o de poetas modernistas. La única exposición extensa que tuve al arte poético fue durante el año escolar que pasé en París antes de vivir en Estados Unidos. No solo nos ponían a leer a Lamartine, Victor Hugo, Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, sino que nos obligaban a memorizar ciertos poemas para recitarlos frente a la clase. Este proceso hacía que mis condiscípulos se rieran a carcajada batiente de la forma en que yo destrozaba algunos de los versos más bellos y justamente famosos de la literatura francesa, y como francoparlante rudimentario fue tal la pesadilla para mí, que durante años no pude calibrar lo aprendido en esa clase. Hoy me resulta claro que el amor por la poesía me viene de aquellas lecturas y recitaciones, las cuales dejaron una huella más profunda de lo que comprendía en la época.

Hace poco descubrí que hubo otra cosa en mi pasado que contribuyó a mi perseverancia en la escritura de poemas: el amor por el ajedrez. Un profesor de astronomía retirado me enseñó el juego en Belgrado durante la guerra cuando yo tenía seis años, y pronto me volví lo suficientemente bueno no solo para derrotar a todos los jugadores de mi edad, sino a muchos adultos del vecindario. Mis primeras noches de insomnio, recuerdo, se debían a las partidas que había perdido y que repasaba en la cabeza. El ajedrez me volvió obsesivo y tenaz. No podía olvidar, ya entonces, cada movida equivocada y cada derrota humillante. Adoraba las partidas en que ambos lados se ven reducidos a unas pocas figuras y en que cualquier movida decide el resultado. Incluso hoy, cuando mi oponente es un programa de computador –yo lo llamo “Dios”– que me gana nueve veces de cada diez, no solo me abruma su inteligencia superior, sino que las derrotas me resultan mucho más interesantes que las ocasionales victorias. El tipo de poemas que escribo –ante todo breves y objeto de correcciones eternas– se asemeja con frecuencia a una partida de ajedrez. Su éxito depende de una palabra o de una imagen que debe de estar en el lugar adecuado, en tanto que los finales han de tener la inevitabilidad y la sorpresa de un elegante jaque mate.

Claro, todo esto se dice fácil ahora. A los dieciocho años mis preocupaciones eran otras. Mis padres se habían separado y yo vivía solo en Chicago, donde trabajaba en una oficina y tomaba clases universitarias por las noches. Más adelante, en 1958, al mudarme a Nueva York me tocó una vida parecida. Escribía poemas y publicaba algunos en revistas literarias, pero nunca pensé que algo fuera a salir de aquello. Mis amigos y la gente con la que trabajaba no tenían ni idea de que yo fuera poeta. También pintaba un poco, interés más fácil de confesar a extraños en ese entonces. Todo lo que sabía con certeza sobre mis poemas era que no me parecían tan buenos como yo quería que fueran y que debía seguir intentando escribir, por mi propia paz interior, algo que no me diera vergüenza mostrar a mis amigos. En el entretanto, había cosas más urgentes de las que debía ocuparme, como casarme, pagar el arriendo, ir a bares y clubes de jazz y, antes de acostarme a dormir, poner mantequilla de maní todas las noches en las trampas para ratones de mi apartamento de la calle 13 este. 

© The New York Review of Books, 2013

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Su comentario

Charles Simic

Entre muchos otros premios, en 1990 se le concedió el Pulitzer al mejor libro de poesía por 'The World Doesn't End'.

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