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Crónica

Senén, el precursor

Del bar Mozambique se dice que fue la primera gran discoteca salsera en Bogotá. Su fundador, Senén Mosquera, era arquero de Millonarios y un experto atajando penales, talento que confirma en las páginas que siguen. 

Senén Mosquera en Caracas, circa 1969 • © Archivo personal de Senén Mosquera


I

Le pido a Senén Mosquera cerrar los ojos y hacer memoria: el reto que le planteo entonces consiste en elaborar un retrato hablado del bar Mozambique, fundado por él a finales de los años sesenta y reconocido por ciertos melómanos como el sitio en el cual los bogotanos aprendieron a bailar salsa.

Mosquera, fiel a su costumbre, empieza a hablar de otro tema. Dice que cuando era arquero de Millonarios tenía que cursar a escondidas su licenciatura en ciencias sociales y económicas, porque el director técnico del equipo, Néstor Raúl “Pipo” Rossi, no permitía que sus futbolistas estudiaran.

 

–Nos decía que la universidad mejora al ser humano, pero desmejora al futbolista.

Para no ganarse la inquina de su jefe, Mosquera asistía a los entrenamientos con los libros de texto ocultos como si fueran una droga.

La historia es interesante, digo. Eso sí: por enésima vez le suplico responder sin desviarse. Estoy esperando su retrato hablado del bar Mozambique. Mosquera sonríe, estira sus largas piernas. A continuación se pone serio y suelta una de las frases con las cuales suele justificarse en estos casos.

–Espérate, espérate. Yo voy a llegar allá pero es que me gusta ir despacio.

Entonces comienza, por fin, a describir el bar. Estaba ubicado en la calle 63 con carrera décima, cerca al Parque Lourdes, en un segundo piso, para más señas. Lo primero que encontraban los clientes al subir las escaleras era la taquilla. A pesar de que al principio no iba nadie, había que cobrar el cover, viejo man, porque si no, se malacostumbraban: cinco pesos de la época. La botella de whisky Old Parr valía como dos mil, más o menos.

–Después hablamos de los precios de los licores, Senén. Sigamos dibujando el bar.

–Es que la historia mía es larga. Yo tengo que mencionar cada detalle cuando lo recuerdo, porque si no lo hago en el momento se me olvida.

–Está bien. Pero sigamos repasando las instalaciones del Mozambique. Quedamos en que al subir las escaleras había que pagar el cover.

Después de la taquilla –continúa– seguía la pista de baile. Él no podría precisar la extensión del local en metros cuadrados, pero tiene claro que allí cabían unas sesenta personas. Las mesas y sillas eran de madera rústica; los bombillos eran sencillos, nada ostentosos. Es que después se pusieron de moda las bolas de luces coloridas como las que salían en las series de televisión, y en el Mozambique la prioridad nunca fueron los lujos sino el gozo. Puro sabor, compadre, puro swing. Pero cómo no, si él conocía los sitios del mundo en los cuales se podía conseguir la mejor salsa. Mientras los dueños de los otros bares esperaban que los discos de los grupos importantes llegaran a Colombia, él iba a buscarlos a su propia fuente: los compraba en la tienda más elegante de Nueva York o en el cuartucho más escondido de Puerto Príncipe. Como quien dice, compadre, él sabía cómo beberse la leche al pie de la vaca. Por eso era que quienes no querían adornitos sino bembé, preferían a Mozambique. Allí se les tenía el último long play de Ray Barretto o el primero de Eddie Palmieri, ¿ya sabes cómo es?

Tras franquear la pista de baile, al fondo, el cliente llegaba a la barra, donde encontraba cualquier licor excepto cerveza. Es que vender cerveza, según Senén, solo sirve para atraer rumberos conchudos de esos que pretenden divertirse sin gastar.

–Recordemos más elementos de la parte física...

–Hombre, viejo man, no me metas en problemas. ¡Eso fue hace mucho tiempo!

–¿No recuerdas nada?

–Unas cosas sí y otras no. Las que recuerdo, a veces, las recuerdo como no son. Me está jodiendo el alemán.

–¿El alemán?

–Sí, el alzhéimer. ¡Pero no por viejo!

–¿Cuántos años tienes?

–De eso me acuerdo menos.

–Ponte serio. ¿Cuántos años?

–Un montón.

–¿Cuántos?

–Más de setenta y menos de setenta y cinco.

–¿En qué año naciste?

–En el treinta y pico. Pero dejemos ese tema quieto.

–Bueno, si no es por viejo por lo que tienes mala memoria, entonces, ¿por qué es?

–Siempre fui así, desde muchacho. Ah, y pensándolo bien, no creo que sea mala memoria.

–¿No?

–No.

–¿Entonces?

–Es que yo siempre termino acordándome. Puede que no sea en el momento en que me preguntan, pero si le sigo dando vueltas a la cosa en la cabeza, me acuerdo.

–¿De qué te acuerdas ahora?

–Me acuerdo, fíjate tú, de cómo era el local antes de yo montar el bar.

Sin cerrar los ojos esta vez, Mosquera se ve a sí mismo como un futbolista de futuro incierto. Es un día cualquiera de 1968. Los buenos tiempos en Millonarios, donde fue campeón entre 1961 y 1964, quedaron atrás. Ahora se considera estancado: lleva meses sin jugar debido a una lesión, ha aumentado varios kilos y ya no siente que el fútbol lo motive. De modo que se pregunta qué diablos hacer con su vida. ¿Devolverse para el Chocó, la tierra donde se crió? ¡Primero muerto! Eso sería mostrarse ante sus viejos y ante sus paisanos como un fracasado. ¿Dirigir un club profesional de fútbol? ¡Quizá en sueños! En la época el único entrenador colombiano que tiene trabajo es Gabriel Ochoa Uribe, pues los dueños de los equipos solo confían en los directores técnicos extranjeros. ¿Dedicarse al baloncesto, como le propone su amigo basquetbolista Edison Christopher? Bueno, su talla –1,86– a lo mejor le sirve en nuestro medio, pero él no quiere más entrenamientos ni madrugones. El baloncesto es para él un simple pasatiempo.

Empiezo a pensar que, a la hora de conceder entrevistas, Senén es un caso perdido. Imposible obtener de él una respuesta –¡una sola!– en la cual no se se extravíe por un atajo. Me pregunto a qué hora hablará, si es que lo hace, del local donde fundó el Mozambique.

Sin embargo, permanezco callado. Mosquera señala que necesitaba asegurarse el sustento con una actividad en la cual fuera tan capaz como lo había sido en las canchas. La solución –dice que dijo entonces– era montar un bar. Lo dice haciendo chasquear los dedos pulgar y corazón de su enorme mano derecha.

–¡Yo crecí oyendo música en Quibdó, compañero! ¿Tú no sabes que soy tamborero desde chiquito? Y si me vieras bailando salsa te caerías de espaldas.

Por aquellos días alguien le dijo que el sitio adecuado para el negocio que él quería montar se encontraba en el barrio Chapinero. La Bogotá de entonces, afirma, sí era fría de verdad, no como esta de ahora que a veces parece una ciudad costeña.

–No, Senén, después hablamos del clima. Tú ibas a hablar era del local donde quedaba el Mozambique...

–Bueno, no te preocupes. Me estoy adelantando pero yo vuelvo a hablar del local ahorita.

–Dime cómo era el local y enseguida conversamos sobre el clima.

Senén luce ahora malhumorado. Viendo su largo cuerpo sobre esa silla que parece quedarle pequeña, pienso en la imagen de una serpiente pitón enroscada dentro de una jaula demasiado estrecha. Un muchacho que trae puesta la camiseta de Millonarios nos pasa por el frente sin inmutarse. Es evidente que desconoce a Mosquera. Me abstengo de mencionar el hecho por temor a ser inoportuno, sobre todo en este momento en el que Mosquera parece irritado. Otros jóvenes empiezan a llegar al restaurante donde nos encontramos, ubicado al frente de la Universidad Javeriana. Es la hora del almuerzo.

–Mira –dice de pronto, con el rostro adusto–: tu primera pregunta debió ser por qué me gusta la música. Eso no me lo has preguntado.

–Te lo voy a preguntar, claro que sí.

–Yo quiero que sea la primera pregunta.

–Listo, es la primera pregunta.

–Nací en Buenaventura, tú sabes, ¿no? Eso tampoco me lo has preguntado.

–Yo sé que naciste en Buenaventura.

–Bueno, a los quince días de nacido me llevaron para Quibdó. Ahí crecí oyendo Radio Progreso, la emisora cubana. Yo desde pelao conocí a Machito, a su hermana Graciela, a Carmen Delia Dipiní, a Benny Moré, a Compay Segundo, a Bienvenido Granda. Antes de volverme futbolista yo creía que sería músico.

–¿Y por qué no lo fuiste?

–En esa época los papás de uno pensaban que la música dañaba a los muchachos. Tú sabes, ron, mujeres, rumba.

–Sin embargo, aprendiste percusión. Tienes fama de tocar el tambor como los dioses.

Mosquera sonríe, envanecido.

–Yo le toqué el tambor a Omara Portuondo en una presentación en Cancún. He acompañado a Richie Ray, a Pupi Legarreta, a varios que se me olvidan ahora. Con Polo Montañez estuve unos meses antes de que se matara en el accidente de tránsito.

A continuación extiende las dos manos gigantescas frente a sus ojos, y luego frente a los míos.

–Imagínate –dice, jactancioso– si uno no va a aporrear bien los cueros con unas manos como estas.

–Sí, impresionante, Senén.

–Cuando a mí me tiraban un centro al área, yo saltaba y descolgaba el balón con una sola mano. ¡Con una sola! Y me daba lo mismo si era la derecha o la zurda. Eso lo aprendí gracias al baloncesto. ¿Te conté que jugué basquetbol con Edison Christopher?

–Claro, Senén, me contaste.

–Es que yo no era un simple portero de fútbol sino un atleta. Yo saltaba y corría.

–Impresionante, Senén. ¿Ahora sí me vas a decir cómo era el local donde montaste el Mozambique?

Entonces sonríe de manera pícara y retoma sin abochornarse el cabo que dejó suelto hace unos minutos. El local acababa de ser desocupado por unos hippies. Estaba desbaratado, sucio, y tenía las paredes repletas de unos dibujos que él define como “raros”. Sin embargo, tuvo fe en que podría arreglarlo y contrató a varias personas para ejecutar la tarea. Al principio limpiaron, después empañetaron, luego pintaron. Cuando el sitio lució otra vez como nuevo, Senén soltó la misma exclamación que repite ahora:

–¡Estamos listos pa’ comenzar la rumba, muchachos!

Como arquero de Millonarios en los años sesenta • © Archivo personal de Senén Mosquera


II

La rumba en aquella Bogotá de los años sesenta –dice Senén– era aburridísima. Estaban de moda Los 8 de Colombia con su sonsonete tropical impostado, lánguido, y Los Hispanos de Rodolfo Aicardi con su canción “Adonay”. Me permito comparar esa música con una muchacha recatada que empezara a tener malos pensamientos y, sin embargo, no se atreviera ni a soltarse el pelo. Senén señala que al oír desde lejos las orquestas de aquella época solo se percibía el güiro.

En este punto extiende el brazo izquierdo y comienza a rozárselo con la mano derecha, mientras remeda el sonido del instrumento.

–Shi-qui-sha, shi-qui-sha, shi-qui-sha.

Tal ruido, agrega, hizo que a la música de aquellos tiempos se le conociera despectivamente con el nombre de “chiquichá”.

–Mira, viejo man, lo que oían los cachacos era puro chiquichá.

Aunque ya en aquel momento el locutor Miguel Granados Arjona se dedicaba a promover la salsa en Radio Continental, crear un bar para los escasos bogotanos amantes de ese género parecía una idea condenada al fracaso.

Eso sí: Mosquera creía tener bajo la manga un as poderoso: en aquel tiempo las muchachas de bien recibían a los novios en sus casas, donde escasamente podían darles uno que otro beso fugaz. Más allá de ese espacio, carecían de sitios apropiados para disfrutar sus amoríos sin cortapisas. Existían, claro, algunos moteles secretos para los amantes libertinos, pero faltaba un lugar en el que los jóvenes menos osados pudieran amacizarse. Mosquera calculó que uno de los atractivos de su bar sería ese, precisamente.

–Los enamorados que iban al Mozambique tienen una deuda conmigo.

Y sonríe.

Le digo que me sorprende su capacidad de encontrar hazañas personales hasta en los amores ajenos.

Y sonríe otra vez.

Uno entiende, agrego, que se ufane de su trayectoria como arquero y hasta de su habilidad con los tambores. ¡Pero de haber ayudado a los novios!

–¡Los ayudé!

–¿Lo dices en serio?

–¡Bueno, es que ahora hay tanto libertinaje! Los novios ya no necesitan esconderse en las discotecas.

–Ajá.

–Pero hace cuarenta años el que montaba un bar ayudaba a los novios.

–¿Y en qué forma los ayudaste?

–¡Uffffff! A veces me pregunto cuántos médicos y abogados habrán nacido de los amores que surgieron en el Mozambique.

Nos encontramos en una tienda del barrio El Tintal, al occidente de Bogotá. A dos cuadras de allí vive Mosquera, quien no ha querido recibirme en su casa porque, según dice, tiene a la mujer muy enferma.

Veinte años atrás, cuando lo conocí, me abrió sin problemas las puertas de su apartamento, y además me mostró los discos que atesoraba desde la época en que fue dueño del bar Mozambique. “Más de cinco mil”, precisó. Entonces andaba –calculo– por sus cincuenta y pico. Me impresionó que, a pesar de ser tan alto y tan robusto, exhibiera tanta elasticidad. Ante las cámaras bailó salsa, hizo ejercicios abdominales y –cómo no– fanfarroneó: dijo que a esas alturas, a pesar de que llevaba mucho tiempo retirado de las canchas, era capaz de taparle un penalti al búlgaro Hristo Stoichkov.

Aquel Mosquera tenía la estampa de un boxeador que acabara de ganar el título y, en consecuencia, presumiera de que ya no seguiría siendo pobre: usaba gafas negras aunque fuera de noche, llevaba los brazos arqueados separados del tronco, como los pesistas, y caminaba sobre las puntas de los pies. Siempre vanidoso, siempre altivo.

Mosquera no tiene presente nada de aquella jornada, y tampoco recuerda que diez años después, en 2002, lo grabé para la televisión mientras ejercía su labor como preparador de arqueros en la Escuela de Fútbol Alejandro Brand.

–Si no me acuerdo es porque seguramente quedaste en regalarme el caset con los programas esos y no me diste nada.

En esta mañana de octubre de 2012 quiero saber si todavía conserva los discos con los cuales hacía bailar a los rumberos en el Mozambique. Mosquera responde que quedan varios en poder de uno de sus hijos. Le digo, entonces, que ha pasado bastante tiempo. Muchos de los músicos retratados en las portadas de los acetatos que me mostró, a principios de 1992, ya murieron. Por ejemplo, Reutilio Domínguez, Celio González, Santos Colón, Rafael Cortijo, Ismael Rivera, Pete “el Conde” Rodríguez, Bobby Capó y Tito Puente. Él añade otras muertes: la de un bailarín apodado Mamboloco, que de vez en cuando le hacía shows en vivo. La del más fiel de sus clientes, el periodista radial Sofonías Rúa Rentería. Y la de quién sabe cuántos de los enamorados que gracias al Mozambique engendraron médicos y abogados.

–Murió el propio Mozambique.

–No, al Mozambique saquémoslo de la lista. Mozambique no murió porque quedó en el recuerdo de la gente.

–¿Cuánto tiempo duró?

–Yo lo inauguré en el 68 y lo cerré como en el 73. Duró más o menos cinco años.

–¿Por qué lo cerraste?

–Oye, tú no me has preguntado por qué le puse el nombre Mozambique.

–Te lo voy a preguntar, Senén.

–Pregúntamelo ahora porque después se me olvida.

–¿Se te olvidaría por qué le pusiste el nombre?

–No, se me olvidaría echarte el cuento.

–Échamelo, pues.

–Cuando a ti te dicen “salsa”, ¿en qué piensas?

Me quedo callado, a la espera de que Mosquera responda su propia pregunta, pero él insiste.

–¿En qué piensas?

–No sé... baile... sabor.

–Mira, el sabor es propio de los niches. Sabes lo que significa “niche”, ¿no?

–Claro: niches les llaman a los negros en la Región Pacífica de Colombia, en tu tierra.

–Exacto. Cuando a mí me dicen “salsa”, yo pienso en niches.

En este punto se toca con un dedo la piel del brazo derecho, sin duda para notificarme que él es niche, es decir, un tipo con sabor. A continuación sigue desmandado por su atajo.

–Hay un cuento buenísimo por ahí. Que cuando Dios hizo el mundo llamó al blanco, al chino y al negro para preguntarles qué querían. El blanco pidió fábricas, el chino pidió arrozales y el negro pidió un tambor.

Ambos reímos.

–Ese cuento es más viejo que el hilo en pelotica. ¿No lo habías oído?

–No. ¿Por qué le pusiste Mozambique al bar?

–Espérate, ya voy a llegar.

–Bueno, dale.

–Cuando me acondicionaron el local, no se me había ocurrido ningún nombre. Un día se me vino a la cabeza “Mozambique” y me pareció que ese era el nombre apropiado.

–¿Por qué?

–Mozambique queda en África, y de África venimos los niches.

–Un homenaje a tus raíces africanas.

–Así es.

–¿No era difícil vender en aquella Bogotá blanca y señorial la idea de una música de negros?

–Tú no sabes una cosa: la gente que mejor trata a los negros en Colombia son los cachacos. Ellos fueron los que empezaron a aplaudirnos el swing.

–O sea que fue fácil.

–Fue difícil, pero no porque hubiera racismo. El racismo lo hay es en la propia tierra de uno, pa’ que veas tú.

–En las ciudades que originalmente tienen nativos negros.

–Exactamente. Mira nada más los casos de Cartagena y Cali.

–¿Qué fue lo difícil?

–Dar a conocer el bar. Al principio no iba nadie. Yo duré seis meses en los que ni siquiera cubría lo del arriendo. Tenía que gastarme el colchoncito de la liquidación en Millonarios.

En la Plaza de Lourdes, en Bogotá • © Margarita Mejía | IDPC


Senén dice recordar el momento exacto en que le mejoró la suerte. Una noche, él y sus seis empleados se miraban las caras entre ellos, aburridos por la falta de clientela. De repente unos treinta o cuarenta profesores irrumpieron en el lugar. Habían estado caminando por Chapinero en busca de un bar para celebrar el Día del Maestro. Eligieron el Mozambique, justamente, porque lo vieron desocupado: así podían ser los únicos amos de la rumba. A lo largo de la velada apenas consumieron una botella de ron, pero eso sí: saltaron, bailaron, hicieron bulla, y se marcharon convencidos de que el mejor bar del mundo era el Mozambique. A partir de aquella noche los clientes empezaron a multiplicarse.

–Tú sabes –dice Senén ahora–: los profesores no ganan plata pero son una familia larga. El voz a voz entre ellos llega lejísimos.

Poco tiempo después aparecieron los provincianos residentes en Bogotá: estudiantes de Barranquilla, bohemios de Cali, pachangueros de Santander de Quilichao, salseros de Tumaco. La música sonó más alto, creció la barahúnda. Luego arribó la población andina: bogotanos, medellinenses, bumangueses. En la rumba del Mozambique se borraban las diferencias. Cantaba el blanco Billy Pontoni, cantaba el negro Christopher, y hacían el coro los asistentes, sin distingos de raza o credo. El gozo acortaba las distancias para que el país entero cupiera en la reducida pista de baile. Entonces una canción jacarandosa era todo lo que se necesitaba para que un nativo del norte de La Guajira y uno del sur del Amazonas –normalmente en las antípodas– se encontraran.

El Mozambique era alabado de noche en la radio y de día en la prensa. La fama del dueño como futbolista atraía más público. Así que Mosquera decidió abrir el bar los domingos por la tarde, para ofrecer lo que denominó “matinés bailables”.

Entonces fue el esplendor. Llegaron el musicólogo César Pagano, el periodista radial Jaime Ortiz Alvear y el animador de televisión Fernando González Pacheco.

Y siguió la rumba.

Pero la rumba se apagó y quiero que Senén me diga por qué.

–Ya te lo digo, ya te lo digo. Casi no hemos hablado de fútbol.

–¡Hombre, sí hemos hablado!

–En este álbum de recortes tengo una foto con Pelé y Gilmar. ¿Quieres verla?

–Dale, muéstramela.

–Está borrosa pero se ve. Yo soy el de la mitad.

–Qué buen recuerdo.

–Esta fue en un partido de Copa Libertadores entre Millonarios e Independiente de Avellaneda. Le atajé ese penalti nada menos que a Pavoni.

–¿En Buenos Aires o en Bogotá?

–En Buenos Aires. Le hablé antes del cobro y lo puse nervioso. Le dije: “¿Apostamos que te lo tapo?”. Me paré cerca al palo izquierdo y le ofrecí en bandeja el costado derecho, para que pateara por ahí. Vea, el tipo cayó mansito en la trampa. Yo me cansé de tapar penaltis haciendo esa jugada.

–¿Y esa es del Millonarios de qué año?

–Del 61, el año en que yo debuté. Esa foto está repleta de estrellas: Óscar Jamardo, Silvio Farías, Pedro Gando.

–¿No tienes una de cuando te lesionaron?

–Debo tener. Eso fue en el 68.

–¿Quién te lesionó?

–Pepillo Marín. Yo creo que él sufrió más que yo porque se sentía culpable, pero la verdad es que no tuvo mala intención.

–¿Por qué se acabó el Mozambique?

–Las cosas se acaban. Todo lo que empieza, se acaba.

Entonces cuenta que cuando fundó el bar se alejó del fútbol. Como sin él Millonarios no ganaba títulos, en 1971 el entrenador Gabriel Ochoa Uribe le pidió regresar. Así que cambió las camisas floridas de la rumba por la camiseta sobria de arquero, volvió a los entrenamientos, se puso a punto y fue campeón en 1972. Sin embargo, a principios de 1973, Ochoa le quitó el puesto y se lo dio al argentino Truccha. Al quedar liquidado como futbolista, Mosquera descubrió otro desastre: durante su ausencia el Mozambique se había venido a menos.

–Ochoa me faltoneó –dice con amargura.

En este momento las bolsas que tiene bajo los ojos parecen más ajadas.

–¿Qué se hicieron tus eternas gafas negras?

–Se dañaron.

–Todo se acaba, Senén.

–Te lo acabo de decir.

–¿No cometiste errores?

–Seguramente. Este no es el momento de ponerme a lamentarlos.

Por primera vez lo veo rendido, pero su orgullo jamás le permitiría admitirlo.

–¿Uno podría decir que el fútbol te dañó la rumba?

–Nombe, no, no digas eso.

–¿La rumba te dañó el fútbol?

–Tampoco.

–¿De qué vives ahora?

–Entreno arqueros en algunas escuelitas de fútbol y me rebusco con vainitas que me salen por ahí.

–¿Cómo te gustaría que te recordaran?

–Como el único arquero que ganó cinco títulos en Millonarios y como el tipo que les enseñó a bailar salsa a los bogotanos.

–¡No es poco!

Sonríe.

–También quiero que me recuerden como un hombre que nunca le hizo mal a nadie.

–¿Y el dinero?

–Yo nunca le tuve apego al dinero, ¿sabes?

–La música suena mejor que la caja registradora.

–Mil veces mejor.

–Me ibas a hablar del clima de Bogotá pero no terminaste.

–Lo que pasa es que tengo tantos cuentos, compañero.

–¿Tú crees que ayudaste a que el clima de Bogotá fuera menos frío?

–La historia mía es una historia larga.

–Ya lo sé, Senén: es una historia larga. Pero respóndeme esta pregunta de manera directa: ¿ayudaste a que el clima de Bogotá fuera mejor?

–Sí, ayudé.

 

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Alberto Salcedo Ramos

En 2011 obtuvo su quinto Premio Simón Bolívar por el artículo 'La eterna parranda de Diomedes'.

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