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Breviario

Serenatas Nocturnas

Traducción de Juan Carlos Garay

Desde filósofos antiguos hasta rockeros aún vivos, muchos personajes han combinado el interés por la astronomía y por la música. Un columnista británico recorre esta larga lista.

 

Astronomía y música son un matrimonio celestial. Cuando miramos al firmamento estrellado, es inevitable sentir la presencia de una armonía cósmica. Así le sucedió a Johannes Kepler, y por eso en 1619 terminó publicando Harmonices Mundi, una mirada revolucionaria a las órbitas planetarias. Kepler anotó que el movimiento orbital de los planetas se aproxima a una proporción armónica, con secuencias muy similares a las que se emplean en la composición musical. Para él, los planetas estaban cantando.

 

Puede ser que no estemos capacitados para oír los cantos de los planetas, pero podemos llenar el aire de la noche con música. Como astrónomo, encuentro el máximo placer en la observación del universo cuando acompaño mi tarea con la audición de una sonata para piano de Chopin o una sinfonía de Beethoven.

¿Qué hace que una “astromúsica” sea buena? Depende de los gustos personales. Así como algunos astrónomos prefieren llevar en su iPod música de Bach, Vivaldi o Mozart, conozco otros colegas que logran la conexión cósmica a través del jazz o incluso del rock. El sonido etéreo de la música New Age es especialmente apropiado para una noche de observación de los cielos. El álbum Heaven and Hell, publicado en 1975 por el compositor electrónico griego Vangelis, se ganó un lugar muy especial en nuestra memoria por la utilización de su tercer movimiento en la serie documental Cosmos, de Carl Sagan.

Tal vez el ejemplo más notable de la “astromúsica” (aunque le pertenezca más a la astrología que a la astronomía) es la suite Los planetas, compuesta por Gustav Holst entre 1914 y 1916. Son siete piezas que abarcan el sistema solar desde Mercurio hasta Neptuno, excluida la Tierra. Con mucha frecuencia las utilizan como música de fondo para planetarios. Y cuando la noche está nublada, siempre existe la posibilidad de reemplazar las observaciones con una audición de esta obra.

Pero ninguna conexión entre música y astronomía estaría completa sin la mención de un famoso personaje que trabajó en ambas disciplinas. Si yo pudiera revivir a una figura de la historia para tener una conversación, elegiría a sir William Herschel. Estamos tan familiarizados con sus contribuciones astronómicas que a menudo olvidamos sus comienzos como músico. Y hay que decir que fue un músico consumado. Sabía tocar varios instrumentos, incluyendo el oboe, el violín y el órgano, y fue un talento de la dirección orquestal así como de la composición. Contemporáneo de Mozart, Herschel escribió 24 sinfonías y un buen número de conciertos para oboe.

Herschel pudo haber continuado una carrera en la música, de no ser por la pasión que le causó el descubrimiento de la astronomía cuando tenía alrededor de 35 años. Insatisfecho con un telescopio que le prestaron, se hizo autodidacta en la fabricación de estos aparatos. Y no le gustaba hacer cosas a pequeña escala, así que en poco tiempo estaba surcando los cielos con telescopios de reflexión caseros de tamaño incomparable.

A diferencia de sus antecesores, que hicieron ocasionales excursiones telescópicas en el cielo de la noche, Herschel trabajó sistemáticamente, diseccionando la bóveda celeste con la precisión de un cirujano. En esas investigaciones descubrió y catalogó estrellas dobles, cúmulos estelares y nebulosas. Trazó un mapa de la Vía Láctea y determinó el movimiento del Sol y el sistema solar en dirección a la constelación Hércules.

Pero fue otro hallazgo el que le hizo ganar su lugar en la historia. La noche del 13 de marzo de 1781 divisó una estrella inusual al lado de Eta Geminorum. Cuando posteriores observaciones le revelaron un movimiento de ese objeto con relación a las estrellas del fondo, Herschel asumió que se trataba de un cometa distante. Pero la comunidad científica siguió estudiándolo, hasta llegar a una verdad indiscutible: Herschel había encontrado un nuevo planeta, cuya distancia del Sol era el doble de aquella que lo separaba de Saturno. Nada más apropiado que escuchar una sinfonía de Herschel mientras se observa por el telescopio el planeta que él descubrió: Urano, el gigante helado.

¿De qué me gustaría hablar con Herschel? Lo pondría al tanto de los descubrimientos hechos desde su tiempo, señalando especialmente cómo sus técnicas de observación establecieron las bases de trabajo de la astronomía actual. Quizás entonces accedería a mi última petición: interpretarme uno de sus conciertos para oboe.

Caso contrario, el de un astrónomo más recordado por su música, es el de Brian May. La mayoría de la gente lo conoce como el guitarrista de Queen, pero estamos hablando de un doctorado en astrofísica. Así que mientras los fanáticos del rock marcan con el pie el ritmo de composiciones suyas como “We Will Rock You”, los estudiantes de astronomía se enfrentan a su tesis doctoral, Análisis de las velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal.

También conozco astrónomos de campo que evitan las composiciones musicales en favor de una sinfonía de la naturaleza. Una observación de la constelación de Orión a finales del invierno es acompañada por el goteo rítmico de un témpano que se derrite. En la primavera, las ranas cantan en una ciénaga cercana mientras contemplamos el cúmulo galáctico de Virgo. A mitad del verano, un coro de grillos se combina con el espectáculo deslumbrante del cúmulo globular M13 en Hércules, y al llegar el otoño nos encanta el sonido de la brisa arrastrando hojas mientras contemplamos la belleza mística de Andrómeda. El aullido de un coyote a lo lejos, el canto de una lechuza, el cascabeleo de ramas secas, son las obras maestras de una música natural.

Bien sea cargando un iPod, o con la serenata de la naturaleza, los astrónomos nos sentimos irresistiblemente atraídos por la música de las esferas. No somos solo observadores. Escuchamos.

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Glenn Chaple

Escribe todos los meses una columna, "Observing Basics", en la revista ´Astronomy´.

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