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Crónica

La última tarde con Seamus

El escritor irlandés Seamus Heaney falleció el pasado 30 de agosto. Joe Broderick, amigo cercano del Nobel, estuvo con él por última vez en enero de este año. Aquí repasa sus recuerdos de esa tarde dublinesa en la que hablaron sobre la culpa, los versos y la muerte.

 

Fotografías de Richard Franck Smith  © SygmaCorbis


Ya había caído la noche cuando salimos a la calle y caminamos despacio, charlando, hasta llegar adonde había dejado parqueadero su carro. Al despedirnos, me agarró súbitamente con fuerza y dijo: "No dejes de escribirme, aunque no te conteste".

El gesto me tomó por sorpresa. Estaba acostumbrado a su gran calidez, pero los hombres del norte de Irlanda no suelen ser tan efusivos. Y Seamus era inconfundiblemente un hijo del Ulster. Me sorprendió también lo que acababa de decir. Él había respondido siempre a cuanta carta le hubiese enviado a lo largo de muchos años. ¿Por qué no me iba a contestar ahora? De repente tuve plena conciencia de lo muy cansado que se veía. Había un aire final, de adiós para siempre, en ese abrazo. De hecho, desde el momento en que, unas horas antes, había desaparecido en el lobby del hotel donde nos habíamos citado en Dublín, lo vi bastante envejecido comparado con la vez anterior que estuvimos juntos, unos cinco años atrás. Claro que él, sin duda, me habrá visto envejecido también a mí. Uno tiende a creer que es solo la otra gente la que envejece. El tiempo nos devora a todos, de a poquitos. Alguna vez Seamus se refirió a esto en una carta, citando al autor satírico Henry Reed y a su parodia de T. S. Eliot: “As we get older we do not get any younger” (“En cuanto nos vamos envejeciendo, no nos rejuvenecemos”).

 

Bueno, había llegado el momento. Seamus tomó el volante y arrancó, y en cuestión de segundos su auto se perdió en la noche entre un río de vehículos anónimos. Parado allí, en el andén, se me vino encima el triste presentimiento de que no lo volvería a ver nunca más. Entonces me dirigí a un pub, donde me senté frente a una pinta de Guinness, saqué un libro de apuntes y comencé a anotar algunas cosas de las que habíamos conversado durante varias horas.

Ahora, meses después, vuelvo a mirar esas notas, y veo que uno de los temas recurrentes de nuestra charla fue la muerte. Era natural; después de cumplir los setenta, uno comienza a sentir la parca pisándole los talones. Creo que, esta vez, el tema surgió a raíz de la reciente muerte de un amigo de Seamus, Dennis O’Driscoll, fallecido apenas quince días antes. Yo había visto la noticia en la prensa, y la comenté, a sabiendas de que a él le habría afectado profundamente. Yo admiraba a O’Driscoll, sobre todo por su libro Stepping Stones. Interviews with Seamus Heaney. A la casi totalidad de las preguntas, que abarcaban su vida entera, Seamus respondió por escrito, y el resultado fue el equivalente de una excelente autobiografía.

Pero no hablemos de eso ahora. Aquí quiero recordar más bien las minucias de ese último encuentro. Sucedió en enero. Al llegar a Dublín, llamé por teléfono a Seamus, quien inmediatamente propuso que nos reuniéramos. Me preguntó dónde me alojaba, y cuando le conté me sugirió que nos encontráramos en el Hotel Gresham, muy cerca de la zona donde me estaba quedando. Yo sabía que no sería tan conveniente para él, pues vivía en el sur de la ciudad y para llegar al Gresham tendría que cruzar el Liffey y subir por O’Connell Street entre el tráfico. Pero no hubo discusión. Era típico del hombre que insistiera en acomodarse a lo mejor para uno. Sin embargo, llegado el día, sonó mi teléfono móvil. Era Seamus, que no recordaba en qué hotel me había puesto la cita. Yo le dije que en el Gresham, pero que seguramente sería más cómodo para él que fuera en el Shelbourne, un hotel tradicional de estilo victoriano que da sobre Stephen’s Green, el principal parque de la ciudad. Sabía que estaba bastante más cerca de su casa. Me aceptó la sugerencia diciendo que sí, que para parquear su carro y por todo le convendría más.

Fue en el amplio vestíbulo del Shelbourne, entonces, que lo esperé aquel lunes a las tres y media de la tarde. Después de unos minutos se me ocurrió que él podría haber llegado temprano y que tal vez estuviera en el bar o en la cafetería del hotel. Así que le pregunté al botones si había visto entrar a Seamus Heaney, pero el joven dijo que era nuevo y no tenía idea de quién era el señor Heaney. Seguí a la espera, entonces, disfrutando del calor de una gran chimenea y charlando con el novato botones, quien me habló de sus desventuras laborales como azafato de la empresa Ryanair –la cual, según me contó, trata muy mal a sus empleados– y de la suerte que tuvo al conseguir su actual puesto en tan importante hotel. Mientras hablaba yo tenía la sensación de haberlo conocido antes. En uno de los cuentos de Joyce, tal vez.

Al rato apareció Seamus, saludando afectuosamente con una tímida sonrisa y pidiendo disculpas por hacerme esperar. Llegaba con pocos minutos de atraso y se sentía apenado. Cosa normal en él. Entre las muchas cartas que me escribió, no hay una sola en que no comience dándose golpes de pecho (breast beatings) por su demora en responder a la anterior carta mía. Miento. Sí hay una: la carta en que se disculpó por haber respondido demasiado pronto. La culpa fue herencia, sin duda, de su educación católica.

Pasamos a un enorme salón de una elegancia solemne. A través de los altos ventanales, el tenue sol de invierno, que llegaba filtrado por los árboles del parque de enfrente, dibujaba largos rectángulos de luz y sombras sobre el tapete. Pequeños grupos de personas tomaban té o café alrededor de mesas de poca altura. Conversaban discretamente, sus voces llegaban a nuestros oídos como un susurro. Mientras nos acomodábamos en un rincón, le pregunté a Seamus si este era el lugar donde acostumbraba recibir a sus visitantes. Me dijo que no. Y con una sonrisa pícara reveló que estaba violando el “territorio” de otro poeta, Derek Mahon. Pidió té para los dos, y al poco rato la mesera, de cofia y uniforme negro con delantal blanco, nos lo trajo. Confieso, con cierta vergüenza, que armé un pequeño escándalo cuando de la prometedora tetera de cerámica no salió más que una insípida agua amarillenta. La muchacha retiró la tetera y volvió con otra (o la misma), ya tan atascada de hojas que el té resultaba prácticamente imbebible. ¡Y yo seguí protestando! Heaney se veía divertido con mi performance. Pero es posible que me equivoque. Porque, meses después, en una carta (a pesar de su admonición, sí volvió a escribirme) se refirió al incidente y citó el caso de un cortesano que había cometido un faux pas en presencia de Elizabeth i de Inglaterra. Cuando el hombre regresó a la corte, cuenta Heaney, la reina le aseguró que había “olvidado el pedo” (“we have forgot the fart”).

 

 © Sygma • Corbis
 

En fin, hicimos lo que pudimos con el té, y luego Seamus adivinó que yo estaría más a gusto con un trago de whisky. Ordenó un Bushmills para mí, y una copa de vino para él. La conversación fluía con naturalidad y sin rumbo fijo, de modo que me queda difícil recordar los detalles y la sucesión de los temas. Al consultar mis apuntes, veo que hablé de mi visita el día anterior a la National Gallery para ver una muestra de las pinturas de Jack Yeats, hermano de William Butler Yeats. Recuerdo la risa de Seamus cuando le conté que, al preguntar por las obras del pintor anunciadas como “work on paper”, el asistente de la galería entendió que necesitaba otro tipo de “trabajo sobre papel” y me señaló el baño de los caballeros. Comenté que en la galería había visto también un bello (y enorme) retrato al óleo de su amigo el poeta Michael Langley, y Seamus me dijo que había posado para el mismo artista. Me pregunto si este habrá terminado de pintar el retrato.

En algún momento –¿a propósito de qué?, no recuerdo–, Seamus comenzó a hablar de la confesión. Dijo que su esposa lo regañaba por dar valor al concepto de un hombre sentado en la oscuridad repartiendo absoluciones a diestra y siniestra. Según ella, era parte de una sociedad dominada por los machos: “a male-dominated society”. Pero Seamus no estaba de acuerdo. Era evidente que añoraba el rito de la confesión. En este contexto me habló de su tratamiento con un psicólogo luego de haber sufrido un “bajonazo” unos años antes. En realidad, había quedado tan sumamente deprimido que tuvo que cancelar varias lecturas públicas. En carta de abril de 2011 me dijo que, gracias a su “brujo” (medicine man), se había recuperado, que gozaba de la primavera en su pequeña casa-refugio Glanmore Cottage en las montañas de Wicklow al sur de Dublín, y que se sentía “más agradecido que nunca por la vida y sus placeres”. Aprecio enormemente el que me hubiera confiado detalles de su estado de ánimo. Y espero no cometer una infidencia ahora si traigo a la memoria el momento más conmovedor para mí de este último encuentro: fue cuando me contó que atribuía su “dip” (eufemismo que usaba para una severa depresión) al “remordimiento” que sintió por “haber hecho algo que nunca debería haber hecho”. En ese instante se puso muy serio. Y de súbito me sentí convertido en su padre confesor. O su psicólogo. Este último le había aconsejado, según dijo, que “superara su sentimiento de culpa”. A lo que Seamus replicó con humor: “Entonces, ¿qué quedaría de mí? Sin la culpa, yo no sería yo”. Así me lo contó. Y nos reímos. Estaba tomando antidepresivos, me dijo. Los tomaba a regañadientes, obligado por el médico. Y por alguna razón que no entendí, le habían prohibido el whisky –lo cual explicaba la copa de vino–. En otra ocasión, y en otro bar, hace muchos años, tomábamos la Guinness y el whisky a la par, el espirituoso como chaser después de cada largo vaso de cerveza negra.

Pero los años habían pasado, y ahora nos pareció de lo más normal hablar de la muerte. Empezamos, como dije antes, con la muerte reciente de su amigo O’Driscoll. Seamus me contó detalles. Era un hombre muy cumplido con la gente, y justo en vísperas de Navidad, a pesar de sentirse mal, terminó y entregó un artículo prometido. Luego entró en coma y fue operado de urgencia, pero murió el 24 de diciembre. Su madre había muerto cuando era niño, me dijo, y su padre se había suicidado.

Luego Seamus habló de la muerte de una de sus hermanas. A ella le gustaba el trago (“she liked a sup”), y las circunstancias de su muerte fueron algo cómicas. Su esposo había ido a misa temprano y cuando volvió a casa, la encontró sentada en el inodoro en estado de rigor mortis.

De la muerte, Seamus pasó a hablar de su testamento. Lo estaba redactando. O pensaba hacerlo, no recuerdo bien. Yo comenté que, después de muerto, sus herederos seguirían recibiendo regalías de sus obras. Él pensó que no era cierto. “Mira a Robert Lowell, por ejemplo. En vida era el rey. Y ahora no lo lee nadie”. Fue Lowell quien sentenció famosamente que Heaney era “el poeta más importante después de Yeats”. Seamus habrá agradecido el elogio, pero sabía que no se puede garantizar la reputación futura de nadie. Comentó, con evidente satisfacción, que la obra de Elizabeth Bishop había perdurado. La conoció, me dijo, cuando él empezó a dar clases en Harvard.

Hablamos también de William Words-worth, uno de sus poetas favoritos. “Lo leía mucho cuando era estudiante”, me dijo. “Solía escribir pasajes enteros de El preludio y aprenderlos de memoria”. Yo había comprado, y tenía a la mano, un ejemplar de poemas de Wordsworth seleccionados e introducidos por él. También llevaba una edición de lujo de poemas de mi amigo Fernando Herrera, quien me pidió que se lo ofreciera a Seamus como obsequio. Seamus lo recibió agradecido y yo sugerí que, en el libro de Wordsworth, tal vez quisiera escribir unas palabras para Fernando. Él dijo que no, que prefería enviarle algo más personal. Y efectivamente, pocos meses más tarde, mandó uno de sus poemas bellamente impreso en un fino papel y dedicado de su puño y letra a Fernando en gratitud por el obsequio. Llegó anexo a la última carta que me enviara.

Yo había cumplido con su admonición de escribir aunque no me contestara. Obviamente no esperaba respuesta. Pero para mi sorpresa, en la primavera, desde lo que solía llamar su “dacha” en las montañas de Wicklow, se puso a escribirme una de las cartas más largas que había recibido de él en los casi veinte años de nuestra correspondencia.

Habló, entre otras cosas, de su viaje a Boston para un congreso de escritores en el que... 

participaban, al parecer, todos los profesores-poetas de cuanto estado hay en la Unión, además de sus graduados, unos 12.000, de los cuales 4.000 asistieron a un “conversatorio” entre Derek Walcott y yo... Salió bien. Pero la multitud de gente revelaba lo que debe ser el desconcierto de jóvenes con aspiraciones en el reino de las letras, y también explica la avalancha de libros de poesía que emanan de las prensas universitarias, y de las editoriales, tanto las grandes como las pequeñas, sin hablar de autoediciones y obras que se publican en internet. 

Había estado también en Waco, Texas, (“sí, ese Waco”), donde hay un “experto en poesía irlandesa”, y descubrió que el rector de la universidad (ausente en ese momento) era Ken Starr, el odioso abogado que por poco destrona a Bill Clinton por haber tenido sexo oral con Monica Lewinsky en el ascensor de la Casa Blanca. Que un personaje tan oprobioso hubiera terminado como rector de una universidad a Seamus le pareció “piquant”.

Era evidente que había disfrutado de su viaje a un país donde tiene una multitud de amigos, en gran parte gracias a sus muchos años de docente en la Universidad de Harvard. Uno de sus ex alumnos, según me escribió, se desempeñaba ahora como director de la Academia Norteamericana en Roma y, al momento de escribir, Seamus y su esposa Marie estaban alistando maletas para pasar tres semanas en una villa dentro del recinto de la Academia. “Pero mi idea de que todo iba a ser calme, luxe et volupté resultó muy equivocada. Me han incluido en un seminario de tres días sobre Ovidio, tengo que leer poemas en la British School, hacer otra lectura en la Embajada irlandesa, seguida de una recepción, y leer para la presentación de una edición limitada de mis poemas sobre temas clásicos”. Imaginaba a su padre, el campesino, regañándolo por quejarse cuando debería agradecer que fuera “un trabajo seco”, con lo que él quería decir “bajo techo, al abrigo del viento y de la lluvia”. 

* 

Su padre. Tantas veces, Seamus evocaba la memoria de ese hombre con quien nunca pudo tener la comunicación que toda la vida anhelara. Dentro de una cultura patriarcal, no es fácil ser el hijo mayor, y ese fue el puesto de Seamus. Tengo la impresión de que su padre no expresaba sus afectos fácilmente. Y eso parece haber inhibido al hijo. El poema titulado “Una llamada” (“A call”), uno de los muchos que Seamus escribió sobre la relación con su padre, termina con la frase: “Casi le dije que lo amaba” (“I nearly said I loved him”).

Seamus creció en una familia estrictamente católica. Más tarde iba a sustituir la fe de sus padres por un vago agnosticismo. No obstante, en muchos de sus poemas se percibe un sabor religioso, con frecuentes referencias bíblicas. Alguna vez un amigo dijo que no podía imaginarlo sin fe. “Me cuesta creer que tú no crees”. A lo que Seamus respondió: “Dejé las prácticas hace mucho. Pero algo queda. Si lo tienes cuando niño, te deja una cierta estructura de conciencia, la idea de que existe algo más”.

Es muy probable que Seamus se haya sentido descrito por lo que escribió su tan admirado Wordsworth en el Ensayo sobre epitafios: “Si en el alma humana no existiera una conciencia del principio de la inmortalidad, el hombre nunca podría experimentar el deseo de seguir viviendo en el recuerdo de sus semejantes”.               

* 

En el gran salón del Shelbourne estaban prendidas las luces de los candelabros y caímos en cuenta de que ya era noche. Seamus miró el reloj y se preocupó por su automóvil; con seguridad, ya se habría agotado el tiempo que tenía reservado para el parqueo. Nos levantamos entonces y salimos. Seamus temía que la policía pudiera haber puesto clamps (unos frenos de hierro) en las ruedas de su carro para inmovilizarlo. Pero aun así no nos apuramos. Caminamos despacio en dirección de la calle donde se había estacionado. Pasamos por una valla que anunciaba el estreno de la película Lincoln y Seamus dijo que tenía una invitación a la premier, pero que le daba pereza meterse con todo el glamour de la farándula; prefería ver la película en otro momento. Habló de su amistad con Daniel Day-Lewis y los dos recordamos la poesía de su padre, Cecil Day-Lewis, poeta prácticamente olvidado hoy, pero que leíamos cuando jóvenes. Me causa gracia la imagen que conservo de nosotros, dos viejitos de pie en una calle de Dublín, esforzándonos por traer a la memoria un verso de Day-Lewis sobre los narcisos: “Daffodils, daffodils. Yes, something about daffodils”. Nos rendimos. Ni Seamus ni yo pudimos recordar las palabras del poema.

Ahora se ha ido. De las circunstancias de su muerte solo sé lo que contó su hijo Michael en la misa de réquiem: que justo antes de morir escribió un mensaje a su esposa Marie usando las palabras del arcángel Gabriel a la Virgen María. Primero en latín: “Noli temere”. Luego la traducción “Don’t be afraid” (“No tengas miedo”).

Soy consciente del enorme privilegio que tuve al haberlo conocido. Nuestros encuentros fueron esporádicos; fue una amistad que se alimentaba más bien por correspondencia. Seamus era la última persona que aún me enviaba cartas y postales por correo, con la dirección y el remite escritos a mano. Ya no volveré a ver su inconfundible caligrafía en un sobre esperándome en mi casilla. En estos días he vuelto a leer todo lo que me escribió, y vuelvo también a su poesía y a sus extraordinarios ensayos sobre poesía. Me alegra haber tomado la iniciativa de traducir y publicar una selección de sus poemas, porque fue a raíz de esa publicación, en 1996, que lo conocí. Agradezco sobre todo el haber estado con él recientemente, pasando esas inolvidables horas en su compañía.

 

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Joe Broderick

Afincado en Colombia desde 1969. Es el autor de las biografías 'Camilo, el cura guerrillero' y 'El guerrillero invisible'.

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