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Música

Un sordomudo en una cabina telefónica

Entrevista con Lou Reed

Traducción de Juan Carlos Garay

Como despedida al cantante de The Velvet Underground, fallecido el pasado 27 de octubre, desempolvamos esta trepidante entrevista que le hizo el rockstar de periodismo, Lester Bangs, para la revista Let it Rock, en 1973.


Ilustración de Álvaro Tapia Hidalgo


Entro al comedor del hotel Holiday Inn lleno de expectativa. Finalmente voy a conocer a uno de los exploradores de la música y la psicología de nuestro tiempo.

Lou Reed, el hombre que con su grupo The Velvet Underground cantaba sobre travestis y heroína al menos cinco años antes de que esas obsesiones alcanzaran un nivel masivo. El mismo que inició su regreso el verano pasado en Inglaterra y bajo el ala protectora de David Bowie produjo el clásico Transformer. El que luego, habiendo salido por fin del clóset, volvió a su hogar en Nueva York y en 1973 se casó con una actriz convertida en camarera de cocteles llamada Bettye (de nombre artístico “Krista”) Kronstadt.

 

Adicional a todo eso, el álbum Transformer  y el sencillo que salió de ahí son éxitos enormes. Lou Reed no es solo una leyenda, es una estrella. En una de las entrevistas que concedió el verano pasado dijo: “Yo puedo crear una vibración sin necesidad de decir nada, solo con estar presente en la habitación”.

Tenía razón. Me siento y rápidamente percibo que ahí está este tipo gordo, vagamente desagradable, en una mesa llena de gente, incluida su esposa rubia. Pronto se levanta para acompañarme y su tic se hace más visible, tan puntual que se vuelve irritante. Lou Reed ya no tiene la pinta de una estrella de rock. Su cara tiene la palidez de un asilo de ancianos, y la grasa circunda sus costados. Durante toda la tarde bebe tragos dobles de Johnnie Walker sello negro, sus manos tiemblan, y cuando levanta el vaso tiene que doblar la cabeza como si esa fuera la única forma de que la bebida le llegue a los labios. Y a medida que se emborracha más, su globo ocular izquierdo va perdiendo sincronización.

A pesar de todo esto, se las ha arreglado para mantener su reputación de tipo que incomoda a sus entrevistadores. Te mira fijo con ese ojo de insecto, chilla y gruñe y te dice mentiras y no tienes escapatoria. Miente acerca de su música y de las carátulas de sus álbumes (“el travestido que sale en la contratapa de Transformer, ese soy yo”). Y sobre todo, miente cuando habla de sí mismo. Pero lo diluye un poco diciendo: “La mayoría del tiempo no digo específicamente la verdad”.

Sin embargo lo hace con frescura, así que no hay mucha razón para enojarse con él. El periodista Nick Kent ha llegado a entrevistarlo para el New Musical Express y está en la mitad de su pregunta cuando Lou lo interrumpe:

–¿No tienes calor con esa bufanda puesta?

–No –resuella Nick desconcertado–. Tengo gripa.

–Ensaya con Vick Vaporub –le responde Lou–. Yo llegué a Boston con un resfriado endemoniado, y funciona. Tienes que acostarte dos o tres días con esa plasta en el pecho y con una toalla o algo, y cada cierto tiempo debes tener el coraje de meter la mano en el frasco de esa mierda y untártela. Es como, me acuerdo –y empieza a hacer asociaciones libres–, cuando todos estábamos tomando ácidos y descubrimos el Dippity Do1, y todo el mundo empezó a decir: “Se siente como un coño, es una maravilla”. Y corrimos hasta el baño, nos metimos en la tina y todos empezamos a meterle el dedo al Dippity Do.

Todo parece un chiste para este payaso etílico; de veras hace caso al precepto de pasarla bien, aunque a sus amigos y seguidores les perturba ver cómo su salud se va deteriorando. Pero incluso a eso es capaz de encontrarle la gracia. En un momento le pregunto cuándo piensa morirse:

–Me gustaría vivir hasta ser un anciano curtido y cultivar sandías en Wyoming–. Entonces se toma un trago largo y presume como macho: –Yo me he bebido dos y tú solo uno. ¡Te voy ganando!

–¿Eso te hace sentir orgulloso?

–Sí. No, en realidad no. Es solo que un trago de whisky es tan pequeño que te lo tienes que chupar como un niño de teta. Yo bebo todo el tiempo.

–¿Cómo afecta eso tu sistema nervioso? –le pregunto poniéndolo a prueba.

–Lo destruye –contesta radiante.

–¿Entonces cómo esperas cultivar tus sandías?

–Bueno, ya llegará el momento. Por ahora me estoy cansando del licor porque ya no hay nada lo suficientemente fuerte. Claro, si estuviéramos tomando sake con 150 grados de alcohol, o algo por el estilo, entonces me podría emborrachar.

Igualmente es devastador en su franqueza cuando habla de las drogas:

–Yo consumo drogas porque en el siglo xx, en esta era tecnológica y viviendo en una ciudad, hay ciertas drogas que tienes que tomar para mantenerte normal como un cavernícola. Para subir o bajar, para mantener el equilibrio, uno necesita ciertas drogas. No te hacen volar, simplemente te ponen normal”. 

Lou Reed el “normal” busca en sus bolsillos un Marlboro. Chapucea sacando un fósforo de la cajita y al frotarlo sus manos tiemblan tanto que me pregunto seriamente si será capaz de encender ese chicote.

La entrevista se está tornando tan fabulosa que sé que ya es tiempo de lanzar mis anzuelos hacia el tema candente: vamos a hablar de sexo.

–¿Qué relación hay entre lo que haces artísticamente y la escena gay?

Por una vez, finalmente, estuvo elocuente. Escuchen, chicos, ustedes podrán pensar que tienen sus crisis de identidad y sus juegos de desvíos sexuales totalmente solucionados solo porque asistieron al último concierto de David Bowie con maquillaje y lentejuelas, pero escuchen a Papá Lou. Él tiene una nueva reflexión para ustedes, vándalos sabelotodo:

–Lo del maquillaje es una moda ahora, como los zapatos de plataforma. Si alguien es homosexual en su interior, esto no necesariamente implica maquillaje en primer lugar. Tú no puedes fingir ser gay, porque ser gay implica que vas a tener que chuparte una verga o que te den por el culo. Hay algo básico en un tipo si es heterosexual, y es el momento en que va a decir no: “Voy a actuar como gay, voy a hacer esto y esto otro, pero aquello no”. Es como si le pidieras a un homosexual que se acueste con una chica. Primero va a necesitar tener una erección, y no lo va a lograr. El concepto de que todos somos bisexuales es una idea muy popular hoy día, pero creo que su validez es limitada. Podría decirte que si mis discos le ayudan a alguien a entender quién es, sentiré que he alcanzado una meta en mi vida. Pero no es verdad. No creo que un disco haga nada. Tú no escuchas una grabación y dices: “Oh, esto me ha mostrado el camino gay, voy a ser gay de ahora en adelante”. Muchos tendrán, si acaso, una o dos experiencias y eso será todo. Está más allá del control de un heterosexual volverse gay a la edad en que escucha mi música o lee sobre estos temas: ya está determinado psicológicamente. Es como dijo Franco: ‘Denme un niño hasta los siete años y es todo mío’. Cuando el niño llega a la pubertad ya está determinado. Eso de los chicos maquillados no es sino una cosa de diversión: ¿por qué los hombres no pueden usar maquillaje y divertirse como mujeres?

Sobre esta supuesta agitación de los roles sexuales, puede que Lou Reed tenga una mejor perspectiva que un Gore Vidal o una Jill Johnston. Los novatos que fueron saliendo del clóset en manada ahora descubren que eran heterosexuales. ¡Ja! El único problema es que la forma de pensar de Lou lo hace un producto de esa época rígidamente dualista que fueron los años cincuenta. Piensa que tú solo puedes ser un heterosuburbano normal que folla los fines de semana o, al contrario, un miserable depravado que se la pasa en cuatro. Escuchándolo hablar, uno se pregunta qué tantos personajes de sus canciones son inventados y qué tanto está hablando de sí mismo. Si, digamos, “Perfect Day” resulta ser una canción autobiográfica, Lou Reed tiene que ser el tipo con el complejo de culpa más grande sobre la tierra. Es un peso para cualquiera estar a la altura de su propia leyenda.

Si Lou Reed parece la gran reina transformista de la música rock por el hecho de haber salido del clóset y haber regresado, hay que anotar que muchas personas, especialmente homosexuales, piensan que Reed no es más que un observador heterosexual que explota la cultura gay para su propio beneficio. Y puede que estén en lo cierto. Cuando le pregunto qué planes tiene para su nuevo álbum, dice:

–Puede que salga con un álbum ultraconservador. Imagínate salir con una canción contra los gays, que diga: “Vuelvan al clóset, malditos maricones”. ¡Eso sería lo máximo!

Pero supongamos que Lou Reed es gay. ¿Pueden imaginarse qué clase de homosexual diría algo así? Tal vez eso sea lo que hace de él un maestro de la canción popular, su enorme sentido de la vergüenza. Eso, o la gran prueba de su absoluta normalidad: cada movimiento está sacado de un manual de reglas escrito hace siglos, en el que todos los libertinos terminarán castrados. Como lo había dicho Lou Reed ese mismo día: “No es que esté ocultando información interesante. Toda la gente insiste en que aquí hay una historia, y en verdad no hay nada. Es como una almeja que ya se comieron”. 

*

El concierto estuvo bien. Los reportes sobre la gira han estado divididos, según las expectativas que cada reportero tenga y también, supongo, según cómo se esté sintiendo Lou cada noche. Y su banda, unos músicos bachilleres ensamblados por el productor Steve Katz, es más que adecuada.

Pero aquí hay más de lo que el ojo puede ver. Katz pudo tener un montón de músicos de dónde escoger. Pudo haber conformado una orquesta poderosa al estilo de Elephant’s Memory, o pudo haberse hecho a un equipo de anónimos músicos tecnológicos si quería que no opacaran a Lou. Pero lo que consiguió fue un equipo de colegiales competentes, salidos de cualquier esquina de barrio, que de paso también pueden ser los cretinos más feos que se han juntado alguna vez sobre una tarima. Estos muchachos son la apoteosis de lo repelente de Nueva York y Nueva Jersey. Son tan poca cosa que es imposible ignorarlos porque contrastan abiertamente con Lou Reed y su pinta de cuero.

Siendo alguien que ha basado mucho de su carrera en el sexo, Lou Reed se rodea ahora de una banda asexual. Sería fácil concluir que esto se debe a que no quería que nadie le robara el show (en cuyo caso le salió el tiro por la culata: su bajista es el tipo más feo que he visto en mi vida), o a que está tan embrutecido que no lo consideró (lo cual es poco probable). Así que la conclusión es que Lou tiene una banda intencionadamente asexual como una reacción frente al glam rock y a su propia imagen. Lo que, siguiendo la lógica, nos lleva a un complejo de culpa autodestructivo. Solo imaginemos que Lou Reed le hiciera a su guitarrista esa mímica de felación que David Bowie le hace a Mick Ronson: se vería como el prototipo del delincuente marica. Sería el espectáculo más repulsivo de la historia del rock, algo ni siquiera soñado por Alice Cooper.

Al público por lo general le encanta el show, y es grato verlos por fin inundar el escenario, adulando a Lou Reed como se lo merecía hace tiempo. Solo cuando uno se detiene a pensar en lo lerda que es su banda, en el ritmo de lamento con que está cantando la mayoría de las canciones, en la atmósfera de funeraria, es cuando todo resulta molesto. Porque a Lou Reed le ha llegado por fin la oportunidad del estrellato duradero y lo está estropeando todo. Está viviendo todavía de la leyenda, pero la gente se va a aburrir muy pronto de una leyenda que se la pasa con unos tipos blandengues detrás, que canta como si se estuviera quedando dormido, se le olvida la mitad de la letra y se para en el escenario como embalsamado, excepto cada cinco minutos cuando se acuerda de mover el culo o agitar las manos, así la canción no lo pida. Su carrera en este punto es una deuda sin pagar.

Mi cuenta de cobro se la paso a Lou cuando regresamos al hotel después del toque. Una docena de personas estamos sentadas en una suite oscura mientras el Fantasma Surtidor del Nuevo Rock bebe como una esponja y empieza a divagar hasta el balbuceo. Yo estoy tan ebrio que sale a flote mi descontento y empiezo a lanzar mis dardos:

 –Oye, Lou, ¿no piensas que Judy Garland era una mierda y que es mejor que esté muerta?

–¡No! Era una gran dama. Una dama maravillosa, inteligente y ocurrente.

–Oye, Lou, ¿no crees que David Bowie es un engreído sin talento?

–¡No! Es un genio. Un tipo brillante.

(Tiene sentido que Lou lo diga, dado que el verano pasado en Inglaterra estuvo enamorado de Bowie.)

–¡Ay, por favor! ¿Qué me dices de esa mierda de canción “Space Oddity”? Es pura basura al peor estilo de Paul Kantner.

–¡No lo es! Es una obra maestra. Estás lleno de mierda.

–¿Por qué no te sales de todo este rollo y cambias de una vez y tratas de ser banal? ¿Por qué no escribes una canción como “Sugar Sugar”? ¡Eso sí valdría la pena!

–No sabría hacerlo. Lo haría si pudiera… Me gustaría haberla escrito.

Dios mío, el pobre bastardo se está volviendo tan patético que esa racha sensiblera me empieza a afectar. Todo el año pasado, cada vez que alguien sacaba a relucir su nombre, todo lo que oía era: “Pobre Lou”. Pobre, pobre, pobre Lou Reed, nadie quisiera estar en sus zapatos de artista torturado. Pero yo estoy muy borracho para refrenarme, así que me vuelvo más personal, más abusivo:

–Oye, Lou, ¿por qué no vuelves a inyectarte de nuevo? Puede que así salgas con algo bueno.

–Yo todavía me inyecto… El médico me da las dosis… En realidad es metadona mezclada con vitaminas… Bueno, no, en realidad son inyecciones de vitamina C.

Y así sigo durante un rato, hasta que se hace un gran silencio y una chica de la organización aparece para llevárselo a su alcoba.

Pero siempre voy a tener esa imagen de él, desparramado en un sillón como un bulto de papas, absorbiendo su whisky eterno con la cabeza inclinada hacia las sombras, mirándolo todo como un sordomudo en una cabina telefónica (y aun así es un tipo excelente; esa última frase se la robé a él).

Si todo esto hace que sientas lástima, entonces puedes considerarte un verdadero fanático de Lou Reed.

Porque eso es exactamente lo que él quiere. 

*  

Con todo, quizás el tiempo esté aún de parte de Lou Reed. Unos días después estoy descansando en mi cuarto cuando se abre la puerta y entra Josh, un niño de nueve años, el hijo de uno de mis compañeros de apartamento. Es el típico preadolescente sarcástico y bocón. Sin saludar siquiera, me lanza la pregunta:

–¿Dónde consigues todos esos discos?

“Simpático niño”, pienso. “Le voy a regalar mi copia de la banda sonora de The Electric Company2”.

–Oye –dice, como escupiendo–, ¿tienes lo nuevo de Van Morrison? ¿O de Leon Russell?

“Está bien, mocoso chupacaramelos, me estoy hartando de esta bramante falta de respeto hacia los mayores”. Entonces saco una copia de Transformer.

–¿Quieres oír esto?

–¡Nah! –se ríe–. Ya lo tengo.

–Ah, ¿sí? ¿Cuál es la canción que más te gusta?

–“New York Telephone Conversation”. Pero a mi hermano la que más le gusta es esa que dice: “Él se afeitó las piernas y se convirtió en ella”.

Su hermano tiene ocho años.

–¿Y qué opinas de esa canción? –pregunto, ya derrotado.

–Es buenísima. La escuchamos todo el tiempo.

Así son las cosas. Minutos después quiero poner un disco del grupo America y el pequeño monstruo me llama “engullidor de comida orgánica”. Obviamente el mocoso es un prodigio, pero no se puede ignorar lo evidente: Lou Reed podrá estar a años luz de su máximo poder creativo, podrá ser la silueta de una estrella extinguiéndose… pero denle un niño desde los nueve años. 

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Lester Bangs

Fue uno de los grandes críticos de música rock de los años sesenta. Escribió en Creem, Musician y RollingStone.

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