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El crimen que no cometí

¿Un colombiano con pasaporte mexicano en Yucatán? “Mala idea”, dirían los comentaristas. “Muy mala idea”.

Me quedaba lo justo para pagar un bus desde Cancún hasta el Distrito Federal. Según el boleto, me pertenecía el último asiento junto a la ventana (al comprarlo pensé que 24 horas de carretera serían más llevaderas contemplando el paisaje), pero cuando me subí, el lugar ya estaba ocupado y no quise discutir con el usurpador. Como prefería tener mi atiborrada mochila a la mano sin incomodarme, la ubiqué en el pasillo amarrada al asiento, pues adentro llevaba la cámara fotográfica, los más de veinte rollos que había tomado a lo largo de la vuelta por México sin guía turística, toda mi ropa, un Walkman y veinte casetes de noventa minutos con una selección de canciones de las que jamás me saciaré: los eternos Pixies, algo de New Order, King Crimson y lo imprescindible de Lou Reed. En conclusión, mi vida entera a bordo de ese bus se reducía a una valija de sesenta centímetros. Llevaba dos meses conociendo a México, mi desconocido país natal: partí del Distrito Federal a Querétaro (tres horas más al norte); bajé al océano Pacífico, empezando por las playas casi vírgenes de Colima, dirigiéndome al sur hasta Chiapas para cruzar la Sierra Madre; en Villahermosa tomé rumbo hacia la Riviera Maya (marca registrada), y luego de recorrer varios puntos de la península de Yucatán, dilapidé mis ahorros en Cancún a pesar de no haber gastado en mi estadía. Ahora debía regresar a la capital.

 
A ocho horas de Cancún, y ya de noche, el bus hizo una escala técnica en Ciudad del Carmen, un puerto en el golfo de México que se distingue por la excesiva contaminación de sus aguas, debido a la acumulación de petróleo en la Laguna de Términos. Al mejor estilo del Chavo del 8, me comí tres tortas de jamón acompañadas por chiles poblanos y me preparé para dormir hasta que faltaran diez u once horas para llegar a la ciudad que me vio nacer. Mientras cruzábamos el kilométrico puente sobre la laguna, el televisor del bus proyectó el video de “Macarena” y empecé a temer por mi destino, pues esa cancioncita siempre me ha traído desgracias. Efectivamente, al otro lado de la ciénaga había un retén del ejército, que, a diferencia de los retenes colombianos, no requisa y pide documentos a todos los pasajeros, sólo a los que tienen cara de pendejos. Entre ellos, yo; quizá porque llevaba el pelo ...

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