Google+ El Malpensante

Ensayo

La ensayificación de todo

Traducción del inglés de Patricia Torres

Un género literario surgido en el siglo XVI revive con particular fuerza un medio de la laxa atmósfera intelectual del XXI.¿Qué nos puede decir la proliferación del ensayo sobre el espíritu de la época en que vivimos?

Ilustración de Mark Smith


Es posible que últimamente hayan notado la avalancha de artículos y libros que se interesan por el ensayo como una forma literaria flexible y muy humana. Entre estos se encuentran The Wayward Essay y las reflexiones de Phillip Lopate sobre las relaciones entre el ensayo y la duda; libros tales como How to Live, la singular semblanza de Sarah Bakewell sobre Montaigne, el patriarca del género nacido en el siglo XVI, y un volumen editado por Carl H. Klaus y Ned Stuckey-French bajo el título Essayists on the Essay: Montaigne to Our Time.

 

Parece como si, aun en medio de la proliferación de nuevas formas de escritura y comunicación que tenemos ante nosotros, el ensayo se hubiese convertido en un talismán de nuestros tiempos. ¿Qué se esconde detrás de nuestra atracción por él? ¿Serán acaso las propiedades terapéuticas del ensayo? ¿Será porque el ensayo brinda pequeños placeres a quien lo escribe y a quien lo lee? ¿Porque es lo suficientemente pequeño para que quepa en nuestro bolsillo y es fácil de transportar, como nuestras propias experiencias?

Creo que el ensayo debe su longevidad hasta hoy principalmente a este hecho: el género y su espíritu constituyen una alternativa al pensamiento dogmático que domina gran parte de la vida social y política en la sociedad norteamericana contemporánea. De hecho, quisiera abogar por una utilización consciente y más reflexiva del espíritu del ensayo en todos los aspectos de la vida, como una resistencia contra la fervorosa intransigencia de las mentes rígidas. Y a esta utilización le daré el nombre de “la ensayificación de todo”.

* 

Pero, ¿qué quiero decir con esta expresión tan rimbombante?

Empecemos por el inicio de la forma. La palabra que Michel de Montaigne eligió para describir sus reflexiones en prosa publicadas en 1580 fue “essais”, la cual, en esa época, significaba solo “tentativas”, en la medida en que el género aún no había sido codificado. Esta etimología es significativa pues apunta hacia la naturaleza experimental de la escritura ensayística: una escritura que supone el complejo proceso de tratar de poner algo a prueba. Más tarde, a finales del siglo XVI, Francis Bacon importó al inglés el término francés, a manera de título para su prosa más formal y solemne. Y así fue como se acuñó el término: esos escritos eran ensayos y como ensayos se quedarían. Solo había un problema: la discrepancia en estilo y asunto entre los textos de Montaigne y Bacon era, al igual que el Canal de la Mancha que los separaba, lo suficientemente profunda como para ahogarse en ella. Yo siempre he militado en el equipo de Montaigne, ese tipo que podía mostrarte su desazón, echarte un par de chistes subidos de tono y preguntarte qué pensabas sobre la muerte. Me imagino, tal vez equivocadamente, que el equipo de Bacon tiende a atraer una base de seguidores más reservados y seguros de sí mismos, con todo aquello de “Quien posee mujer e hijos ha entregado rehenes a la fortuna, pues ellos son impedimentos para las grandes empresas” y otras cosas por el estilo.

Con progenitores tan divergentes, el ensayo nunca se ha recuperado de esa vaguedad crónica. Siendo un género que surgió para acoger las necesidades expresivas del hombre del Renacimiento, el ensayo mantiene necesariamente a su disposición todas las herramientas y habilidades. El ensayista mezcla más que un dj: un bucle épico aquí, una pequeña remembranza lírica allá, una pausa polivocal y citas del magnífico pasado, todo eso recubierto por unos cuantos rayones característicos.

Sin duda, el asunto de qué es un ensayo, y qué no, constituye un tema controversial. En general, he descubierto que para cada regla que logro establecer a propósito del ensayo aparecen enseguida una docena de excepciones. Recientemente dicté un seminario sobre el tema y, al final del curso, ante la pregunta “¿Qué podemos decir sobre el ensayo con absoluta certeza?”, todos, armados con nuestra panoplia de teorías canónicas sobre el ensayo y nuestras propias conjeturas, tuvimos que admitir que la respuesta era: “Casi nada”. Pero esa es la potencia del ensayo: te fuerza a enfrentar lo que no se puede establecer ni refutar. Te pide que aprendas a sentirte cómodo con la ambivalencia.

Cuando digo “ensayo” me refiero a un texto breve de no ficción, escrito en prosa, que tiene como núcleo central un tema de reflexión y muestra una tendencia a huir de la certeza. Muchos de los textos que encontramos hoy clasificados como “ensayos”, o “especie de ensayos”, son todo menos eso. Esos textos incluyen la clase de escritura que esperas encontrar en los exámenes de admisión a la universidad, en trabajos para seminarios, disertaciones, críticas profesionales y otros escritos académicos; textos comprometidos políticamente u otras formas de escritura perentoria que insisten en sus tesis y no dejan espacio alguno para la incertidumbre; u otra clase de textos breves en prosa en los cuales la subjetividad del autor ha sido deliberadamente borrada o camuflada. Lo que estos textos suelen tener en común es, en primer lugar, la tímida ocultación del yo bajo un velo de objetividad. Se supone que uno pretenda que sus opiniones o hallazgos han emanado de alguna agencia con acceso a una verdad irrefutable, en la cual el rigor y la ciencia son los gerentes encargados.

En segundo lugar, estos textos son lo contrario de una tentativa: estos textos saben lo que quieren argumentar desde antes de comenzar y presentan sus razones habilidosamente, anticipándose a cualquier objeción y buscando el hermetismo. Estos textos no son búsquedas, son la exposición de ideas obstinadas. Son fortalezas. Y al dejar al lector por fuera del banquete textual, el escritor aclara que él o ella prefieren beber solos.

Quizás lo más interesante del ensayo es lo que sucede cuando desborda sus límites genéricos y se extiende, más allá de su forma de texto breve en prosa, hacia otros formatos tales como la novela ensayística, la película-ensayo, la fotografía-ensayo y la vida misma. En su novela inconclusa El hombre sin atributos, el escritor austríaco de comienzos del siglo XX, Robert Musil, acuñó un término para este desbordamiento. Lo llamó “ensayismo” (“essayismus” en alemán), y a quienes viven según el ensayismo los denominó “posibilitaristas” (“möglichkeitsmenschen”). Una forma de vida definida por la contingencia y la tendencia a probar las cosas por medio de divagaciones, siguiendo este u otro camino, tanteando la vida sin tener una ambición específica: no con el fin de hacer un descubrimiento ni una conquista, ni de demostrar algo, sino simplemente por el gusto de intentarlo.

El posibilitarista es un virtuoso de lo hipotético. Uno de los consejeros para mi disertación, Thomas Harrison, escribió un atractivo libro sobre el tema titulado Essayism: Conrad, Musil and Pirandello, en el cual argumenta que el ensayismo que Musil quería describir era una “solución para problemas sin solución”, una vaga respuesta a la precariedad de Europa durante los años en que él trabajó en su interminable obra maestra. Yo diría que en nuestra sociedad contemporánea somos muchos los que tenemos proclividad hacia el ensayismo, en distintas formas, pero siempre animados por el espíritu de la exploración abierta e ilimitada, y manteniendo serias reservas hacia la posibilidad de comprometernos con una sola cosa, cualquiera que sea.

El ensayismo consiste en un sentimiento subjetivo y ensimismado acerca de la vida, en ejercer lo que Theodor Adorno llamó la “intención tanteadora del ensayo”, en acercarse a todo de manera tentativa y dedicándole una atención limitada, en establecer analogías entre lo particular y lo universal. Fenómenos banales y cotidianos: lo que comemos, las cosas con que nos cruzamos, las cosas que nos interesan, se codean implícitamente con las grandes preguntas: ¿cuáles son las implicaciones de la experiencia humana?, ¿cuál es el significado de la vida?, ¿por qué es mejor algo que nada? Al igual que el padre del ensayo, dejamos que la mente y el cuerpo revoloteen de una cosa a la otra, haciendo clic de un hipervínculo mental a otro: si Montaigne viviera hoy, tal vez él también sería diagnosticado con un síndrome de déficit de atención.

Al ensayista le interesa pensar en él mismo mientras piensa sobre las cosas. Creemos que nuestras opiniones sobre todo, desde la política hasta las pizzerías, son de gran importancia. Esto explica nuestra generosidad al ofrecérselas a absolutos desconocidos. Y así como la cultura del “hágalo usted mismo” encuentra hoy su propio lenguaje, podemos reconocer en esta la afirmación que hizo Arthur Benson en 1922, según la cual “un ensayo es algo que alguien hace por sí mismo”.

En italiano, la palabra para decir ensayo es “saggio” y contiene la misma raíz que el vocablo “assaggiare”, que significa picar, probar o mordisquear algo de comer. Hoy día nos gusta picar, probar o mordisquear experiencias: buscar pareja por internet, hacer citas rápidas o mediante el sistema de multicita, comprar por internet o amparados en el sistema de garantía de satisfacción, las aplicaciones web híbridas y el muestreo digital, la satisfacción total o la devolución de nuestro dinero, los tatuajes temporales, las pruebas de conducción, la posibilidad de utilizar gratuitamente un programa para probarlo. Si no estamos satisfechos con nuestro producto, nuestra escritura, nuestro cónyuge, podemos devolverlo / borrarla / divorciarnos. Al igual que muchos de nosotros, el ensayo es definitivamente evasivo.

Ciertamente no quiero afirmar que nadie se comprometa en estos días; solo se necesitan unos pocos momentos de exposición al discurso político norteamericano contemporáneo para darse cuenta de la magnitud del compromiso que algunos tienen con este u otro partido, con esta u otra plataforma. Sin embargo, para muchos, la certeza con la que los dogmáticos hacen sus pronunciamientos se siente cada vez más como un fatigoso vestigio del pasado. Podemos aferrarnos rígidamente a la disolución de las categorías, o podemos dejarnos bañar por la ambivalencia y permitir que su marea nos lleve hacia nuevas configuraciones vitales que eran inconcebibles hace solo veinte años. El ensayismo, cuando se concibe como una aproximación constructiva hacia la existencia, es una manta de posibilidades que recubre conscientemente el mundo. 

*

El ensayismo se basa al menos en tres cosas: la estabilidad personal, la estabilidad tecnocrática y la inestabilidad social.

Montaigne ciertamente gozaba de la primera. Creció en una familia privilegiada, habló latín antes que francés y tenía los medios educativos, económicos y sociales para llevar una vida de compromiso cívico, dedicada a la escritura. Mientras que la mayoría de nosotros no hablábamos con fluidez el latín cuando pequeños (y nunca lo haremos) y no nos hallamos en una posición que favorezca el que nos convirtamos en servidores públicos de alto rango, sí tenemos una tasa de alfabetismo relativamente alta y contamos con un acceso sin precedentes a las tecnologías de la comunicación y las reservas del conocimiento. Además, a manera de contrarrelato a nuestra supuesta saturación de actividades, existe abundante evidencia de que tenemos mucho tiempo libre en nuestras manos. A pesar de nuestra búsqueda de cualquier forma de distracción, esas horas ociosas nos brindan tiempo para contemplar las dificultades de la vida contemporánea. Si les damos los medios, las ideas simplemente surgen.

En cuanto a la tecnocracia, el desarrollo de la cultura de la imprenta en el Renacimiento significó que los grandes textos de la Antigüedad y escritos filosóficos, literarios y científicos más recientes podían llegar a una audiencia más amplia, aunque compuesta principalmente por gentes privilegiadas. Los expertos en ciencia y tecnología de aquella época se apropiaron de parte del poder que hasta el momento había sido monopolizado por la Iglesia y la Corona. Hoy día podríamos hacer la misma analogía: Silicon Valley y las compañías de tecnología siguen forzando a la Iglesia y el Estado a compartir gran parte de su poder cultural. El ensayo prospera bajo esas condiciones.

En cuando a la inestabilidad social, la vida afuera del castillo de Montaigne no era color de rosa: las guerras religiosas entre católicos y protestantes arrasaron a Francia a partir de la década de 1560. Agitación e incertidumbre, dogmatismo y sangre: esas circunstancias hacen que uno tienda a reflexionar sobre el significado de la vida, pero a veces es muy difícil abordar esa pregunta directamente. En lugar de eso, uno se hace la pregunta indirectamente reflexionando sobre aquellas pequeñeces que constituyen la experiencia humana. Hoy día, asuntos sin resolver en temas como las clases sociales, la raza, el género, la orientación sexual, la afiliación política y otras categorías han creado una dinámica social volátil y, además con nuestra inestabilidad económica actual, no es ninguna sorpresa que el hecho de lanzarnos ciegamente a la defensa de cualquier idea o empresa en particular nos parezca a muchos una propuesta arriesgada. Por último, las terribles guerras en torno a la religión y la ideología siguen arrasando al mundo aun hoy. A comienzos del siglo XX, cuando el escritor francés André Malraux predijo que el siglo XXI sería un siglo de renovado misticismo, Malraux quizás no se imaginó que la búsqueda de Dios terminaría tomando una forma política tan volátil.

El ensayismo, como modo de expresión y forma de vida, es capaz de albergar nuestras inseguridades, nuestro egocentrismo, nuestros placeres sencillos, nuestras enervantes preguntas y la necesidad de comparar y compartir nuestras experiencias con otros humanos. Diría que el componente más débil en el ensayismo no textual actual es su deficiencia meditativa. Sin el aspecto meditativo, el ensayismo deriva hacia el egoísmo vacío y hacia una falta de voluntad o incapacidad de comprometerse, un tímido aplazamiento del momento particular. Nuestra rapidez con frecuencia irreflexiva significa que pasamos poco tiempo interrogando cosas que hemos mencionado de pasada. Sencillamente tenemos experiencias que después abandonamos. El verdadero ensayista prefiere un enfoque más acumulativo; nunca abandona realmente nada, solo lo hace a un lado temporalmente, hasta que su mente vagabunda vuelve a convocarlo para mirarlo de una forma y de otra, bajo una luz distinta, para ver qué sentido tiene. El verdadero ensayista ofrece un modelo de humanismo que no busca ganancias ni progresos y no propone una solución para la vida sino que más bien le plantea una lista interminable de preguntas.

Necesitamos una respuesta convincente al renovado dogmatismo del escenario político y social contemporáneo, y nuestra atracción instintiva hacia el ensayo puede estarnos encaminando hacia este género y su espíritu como una solución provisional. La tendencia ensayística de hoy –una serie de intentos a menudo superficiales y relativamente carentes de pensamiento—no está a la altura de este potencial en su manifestación actual, pero una versión más reflexiva y moderada, à la Montaigne, nos empujaría hacia un tranquilo reconocimiento de la vida sin el reflejo automático de tener siempre la razón. La ensayificación de todo significa convertir la vida misma en una tentativa ampliada.

El ensayo, como este, es una forma de poner a prueba lo que hasta ahora no se ha puesto a prueba. Su espíritu se opone al pensamiento intransigente y jerárquico y estimula tanto al escritor como al lector a posponer su veredicto sobre la vida. Es una invitación a mantener la elasticidad de la mente y a sentirnos cómodos con la ambivalencia inherente al mundo. Y, lo más importante, es un imaginativo intento de pensar en lo que no es pero podría ser.

© 2013 The New York Times Company 

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Christy Wampole

Es profesora en Princeton University. Es especialista en literatura francesa e italiana del siglo veinte.

Diciembre de 2013
Edición No.148

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores