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Coda

Forfeliécer

¿Cómo hacía Jorge Eliécer Gaitán para ser tan buen orador si hablaba con la lengua pegada al paladar? ¿Cómo seducía a las masas con sus atuendos de elegancia fallida? Un venenoso perfil escrito en 1945 y reeditado en una antología publicada este año por Debate, bajo el título Klim, ciento por ciento, desnuda el raro gusto del popular político bogotano.

 

La vida de Forfeliécer, como más frecuentemente se conoce al doctor Gaitán, es lo mismo que uno de esos accidentados gráficos de temperatura que hay a la cabecera de los enfermos. Un día goza de enorme prestigio, al siguiente desciende hasta el asfalto, se vuelve a elevar luego y más tarde se precipita en barrena contra el suelo. 

 

*

La niñez y la juventud del doctor Gaitán fueron duras, como las de todas las personas que pertenecen económicamente a las clases menos favorecidas. Pero su grande ambición, tan aguda como sus colmillos antes de ser descogotados, lo disparó a los primeros planos de la atención nacional.

El Forfeliécer fue el prototipo del chifoca en sus años mozos. Medias negras de color indefinido hasta más arriba de las rodillas, cachucha ladeada sobre la oreja derecha, cuello de celuloide con corbata escocesa y mirada conquistadora y fanfarrona. Era el tipo clásico del estudiante que invita a coquiar a sus compañeros de clase en el recreo.

Tenía, naturalmente, la peculiar terminología de los alumnos del Politécnico. Decía que prenderse de los tranvías andando era algo “meco”; que los helados eran una cosa “número uno A”, y que había una “china” que tenía unos “tarros” algo “flex”. Cuando le contaban un hecho sensacional decía por único comentario: “¡aijuemíchica” o “ah feroz tiple!”, y para iniciar sus peleas provocaba al adversario con esta frase lapidaria: “escupa, manteco...”.

Pero al mismo tiempo era muy estudioso, obtenía las mejores calificaciones en todas las asignaturas y era el encargado de recitar en las fiestas del Instituto las composiciones alusivas al santo del Hermano Prefecto. Desde entonces comenzó a descollar. 

*

Actualmente, el Forfeliécer es un señor que le queda mal a la ropa, de facciones afiladas, frente muy calzada sobre las sienes y una tonalidad marrón foneé que no desdeñaría tener ningún sobresaliente de espada. Esto no quiere decir que, ataviado convenientemente, con grandes aros en las orejas, raboegallo en la cabeza, trenzas al aceite, blusa y falda de zaraza, no pudiera también ganarse honorablemente la vida diciendo la buenaventura como cualquier gitana. Y en cuanto el raboegallo se reemplazara por una mantilla de blonda y la falda de zaraza por una saya desteñida, el doctor Gaitán podría obtener sin ningún tropiezo una beca en el Sindicato de la Aguja o en el Dividivi, lugares éstos en donde reciben apoyo las señoras honorables atropelladas por la vida.

Afortunadamente, el doctor Gaitán no necesita de estos expedientes para poder vivir, porque tiene una oficina de abogado con abundante clientela y es un penalista muy notable. Ha sido senador, representante, diputado y ministro del despacho, y su mayor empeño es el de llegar algún día a ser presidente, para lo cual cuenta ya con varios votos: el de su familia, el de un escogido sector de las clases populares y el de su factótum de toda la vida, señor Gaitán Pardo. Y “de grano en grano, llena la gallina el buche”, como decía él en sus buenos tiempos de billarista. 

*

Lo verdaderamente característico en el doctor Gaitán es, sin embargo, el hablado, que consiste en decir las palabras con los dientes apretados y la lengua contra el paladar, comunicándoles al lanzarlas un golpeado peculiar. Dicha característica le permitió al doctor Gaitán llegar hasta el corazón de las clases populares y los individuos que podían hablar así hace diez años fundaron un partido que se llamó la Unir1.

Para ser miembro de la Unir había que dar una pequeña cuota mensual y ofrecer bajo juramento votar por el Forfeliécer para presidente de la República.

Pero el requisito esencial era el de la pulcritud ortológica que el mismo doctor Gaitán se encargaba de verificar. Si el aspirante no podía decir con la propiedad de un ornamentador de hierro: “Señorita, se tiene la fineza de acompañarme con una dulce”, o si no pronunciaba con la precisión de un lotero cuando invita a bailar a la Resura eso de: “¡India astronómica, concrétese al afto!”, se trataba de un quintacolumnista a quien había que rechazar.

La Unir tuvo una vida efímera, porque sus éxitos profesionales le permitieron al doctor Gaitán comprar un automóvil y sus socios se sintieron traicionados. Cuando lo veían pasar le hacían señas desobligantes con los dedos de las manos y exclamaban:

–¡Miren al “oligarca” en carro!

No obstante, la admiración de los antiguos uniristas por su jefe permanece latente, robusta y soterrada. Ellos nunca podrán olvidar que durante una conferencia que dictaba el doctor Gaitán sobre el eclipse de los partidos tradicionalistas, al ser interrogado por uno de los afiliados acerca del significado de esa extraña palabra el doctor Gaitán respondió:

–Eclitse es que... sale el sol, sale la luna, se funtan, se arrefuntan, se contaminan, se electrizan y ¡suaz, ala, eclitse!

–Aijuemíchica –dijeron los camaradas–, ¡cómu’es de conciso el Forfeliécer! 

*

El doctor Gaitán en la universidad fue un revolucionario, que dejaba secos de la admiración a los estudiantes de provincia cuando les decía frases como ésta:

–Yo debo mis éxitos con las mujeres, no a mis grandes aptitudes intelectuales, sino a mis ojos gitanos y a mi belleza morena.

Y cuando algún día alguien lo interrogó sobre el poco caso que hacía de él una mesera de un establecimiento a donde los estudiantes concurrían a tomar café tinto y a estudiar, con un divertido aire de superioridad replicó:

–¡Insensato! ¡Las mujeres se arrastran a los pies de Jorge Eliécer Gaitán como una cadena!

Un día tuvo menos fortuna y se escapó de ser bañado en las fuentes luminosas por sus compañeros indignados. Se trataba de una huelga contra un profesor y el Jorge Eliécer era el encargado de llevar la palabra. En el momento de mayor emoción, embriagado por la música de sus propios períodos, dijo este divertido exabrupto: “... Porque es que todos ustedes, señores, no pueden olvidar que descienden directamente de Policarpa Salavarrieta, de Alejo Sabaraín y ¡de seis compañeros más!”. 

*

El doctor Gaitán, más que un orador es un excelente tribuno. Podría ser lo primero, si no hubiera estado siempre personalmente reñido con la mesura; pero, a medida que va avanzando en su exposición, se acalora, pierde el control, suda, y lo que es peor, va rubricando cada uno de sus elevados períodos con prendas de su atuendo personal. Cuando termina, el presidente de la corporación tiene que arrojarle encima la carpeta de la mesa de la secretaría, porque en la tribuna diplomática hay señoras y no está bien que vean a todo un ministro de Educación en calzoncillos, así sean ellos, como los del doctor Gaitán, de un delicado color de crema de curuba.

–A mí no me importa que me vean en ropa de aventura –dice el doctor Gaitán–. ¡A mí lo que me importa es pasar el proyecto!

Y en realidad, éste pasa, porque el distinguido penalista es muy inteligente y muy erudito, y raciocina con mucha habilidad y no menor desparpajo. 

*

En Europa, cuando el doctor Gaitán fue a perfeccionarse en derecho penal bajo la dirección del profesor Enrico Ferri, dicen quienes lo vieron que el tostado joven suramericano llamaba la atención en todas partes. Este éxito lo comparten por igual dos circunstancias: la belleza agarena del gallardo penalista suramericano y el hecho de que su atuendo personal fuera de lo más complicado que es posible imaginar. Guantes color canario, saco negro galoneado, pantalones gris perla, spats de una tonalidad café con leche, corbata verde perico, sombrero morado y flores en todos los ojales del saco, del chaleco e inclusive de los pantalones.

En cierta ocasión una duquesa italiana daba una fiesta en su palacio, a la cual ningún colombiano había sido invitado. El doctor Gaitán se formó el propósito de asistir y cruzó apuestas con todos los miembros de la colonia sobre que él sería el único de los colombianos que concurriría al sarao. Efectivamente, ante el pasmo de todos ellos, cuando el doctor Gaitán se presentó a las puertas de la residencia ducal, trajeado de etiqueta con un modelo confeccionado bajo su propia inspiración, el portero le franqueó la entrada. Minutos más tarde pasaba las puertas en sentido contrario, presa de la mayor indignación:

–¿Qué opinan? –les dijo a sus amigos–. Estos miserables me miraron el frac, me miraron la cara y luego tuvieron el atrevimiento de preguntarme si yo era el prestidigitador del Indostán. 

*

Al mismo tiempo que le ocurrían estos pintorescos episodios, el doctor Gaitán se hacía admirar de sus maestros italianos por su consagración y por su inteligencia. Hasta el punto de que cuando presentó su teoría sobre la premeditación, el profesor Enrico Ferri, reconocida autoridad mundial en criminología, puso sus labios sobre la mejilla morena del joven suramericano, honor éste que el viejo maestro sólo había dispensado hasta entonces a su señora y a sus hijos.

El doctor Gaitán lo cuenta con su voz sacudida por calderones sindicalistas:

–El aula estaba llena: asistían el rey y sus ministros; Mussolini ocupaba el palco principal; Edda concentraba en mí todo el ígneo voltaje de sus miradas; las demás mujeres suspiraban; los hombres me distinguían con un doble sentimiento de admiración y de envidia. Yo leía mi trabajo pausadamente, vocalizando como solo Jorge Eliécer Gaitán sabe hacerlo.

”Al terminar, el delirio se apoderó de la concurrencia. Todo el mundo lloraba, Mussolini aplaudía, Edda me lanzó un guante que desgraciadamente no llegó a mi poder porque no fue disparado con el suficiente impulso; Víctor Manuel me gritaba: ‘¡Molto bene, bambino, molto bene!’.

”Fue entonces –agrega Jorge Eliécer– cuando el viejo Ferri, desprendiéndose del estrado de los examinadores, se acercó a mí, me tomó entre sus brazos venerables y trémulos, me dio un pico en la mejilla y se soltó a llorar sobre mis hombros. ‘¡Mío caro, mío caro, carísimo!’, me decía el viejo, enjugándose las lágrimas, que le corrían un verdadero clásico por las arrugas de la cara”.

Ahora bien: si hay otro penalista colombiano que pueda decir lo mismo, que tire la primera piedra. 

*

Una cosa que ha perjudicado no poco al doctor Gaitán, a despecho de sus insignes cualidades, es el ansia de figurar, el afán de prestigio, la embriaguez de las alturas. Cuando estaba de ministro de Educación, se cuenta que se desmontó un día del coche del Ministerio muy ceremoniosamente. Un modesto embetunador de calzado, antiguo unirista, le salió al paso y le dijo:

–¿Lu’embolo, don Forfeliécer?...

Éste respondió descompuesto:

–Usted está equivocado, joven. Para que lo sepa de una vez por todas, yo soy el ministro de la Educación.

El chino se quedó perplejo, y rascándose la cabeza por debajo de la gorra comentó:

–¡Peru’a bergante pa parecerse al Forfeliécer! 

*

Yo tengo para mí que ninguna razón de peso se puede alegar para que Jorge Eliécer Gaitán no ocupe la Presidencia de la República. Sus mismos adversarios reconocen en él grandes virtudes, vasta preparación, múltiples talentos y un equilibrio sorprendente entre sus merecimientos y sus ganas; pese a lo cual, no es posible evitar que se hagan este proditorio raciocinio: si el Forfeliécer es un self-made-man, esto es, si es un hombre que se hizo a sí mismo, ¿por qué diablos no se haría de otra manera?

El tiempo, con minúsculas, se encargará de decir la última palabra.

Klim, 1945



 1. Unir: Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, fundada en 1933 por Jorge Eliécer Gaitán y otros liberales de izquierda, en defensa de los sectores populares.

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Lucas Caballero Calderón, "Klim"

Trabajó para El Tiempo y El Espectador. Sus columnas solían críticar la vida pública con un extraordinario sentido del humor.

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