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El Malpensante

Breviario

Como decía Juan Gelman

Traducido por Jhon Galán Casanova

El pasado 15 de enero falleció en Ciudad de México el poeta argentino Juan Gelman. Affonso Romano de Sant’Anna reconstruye el encuentro entre el poeta y su nieta desaparecida durante la dictadura argentina.

Juan Gelman en la Feria del Libro de Guadalajara, noviembre de 2011 ©  Rafael del Río  • Corbis

“Esa historia suya da como para un guion de un filme”, le dije al poeta Juan Gelman en aquella charla en el aeropuerto de Oaxaca (México), al finalizar el Encuentro de Poetas del Mundo Latino.

Triste. Patético filme, es verdad. Emblemático de aquellos años de sangre y plomo, alrededor de los sesenta, setenta y ochenta, cuando Brasil, Chile, Argentina y Uruguay institucionalizaron la violencia dictatorial. Se calcula que “desaparecieron” a unas 30.000 personas durante ese lapso.

Había estado con Gelman años antes en otro festival de poesía, no sé si en Colombia o Costa Rica. Él era ya un personaje no solo emblemático, sino trágico y lírico de nuestras recientes dictaduras. Esta vez, en el claustro del convento barroco de Santo Domingo, en el crepúsculo de esa ciudad colonial mexicana, ante un público sentado bajo los arcos de los corredores, leímos poemas. Y Gelman, justamente homenajeado, reveló que fue a partir de Oaxaca, un año atrás, que había cobrado fuerza el movimiento internacional para localizar y recuperar a su nieta, cuyos padres fueron aniquilados por los militares argentinos y uruguayos.

En el aeropuerto, quizás porque siendo este un lugar de partida podría hacerle fácil una respuesta breve, o ninguna, le pregunté a Gelman: “¿Y qué fue de la historia de su nieta?”. Y el avión se retrasó, y la charla se prolongó, se prolongó como solo se prolonga nuestra perplejidad ante la estupidez humana o, al contrario, nuestra alma ante la esperanza.

Hacía algunos meses, se habían visto en todo el mundo correos electrónicos abarrotados de emails protestando contra el hecho de que el entonces presidente de Uruguay –Julio Sanguinetti– se negaba a acoger una denuncia según la cual la nieta de Juan Gelman estaba viva, había sido robada a sus padres asesinados por los militares y educada por un policía uruguayo y su mujer. Diez premios Nobel se manifestaron. Saramago le escribió a Juan una bella carta. Günter Grass escribió otra directamente al presidente uruguayo, quien en respuesta sugirió que Grass estaba siendo manipulado. No obstante, los hechos eran estos: la niña nació cuando Claudia, nuera de Gelman, estaba presa en Montevideo. Antes, grávida de siete meses, la madre había sido trasladada de Argentina hacia Uruguay, pues las fuerzas represoras del Cono Sur intercambiaban prisioneros no solo para ubicar a la guerrilla y a la oposición, sino para poder liquidarlos sin dejar pistas en sus países de origen. Al final del libro Notas, escrito en 1979, Gelman decía: “El 26 de agosto de 1976, mi hijo Marcelo Ariel y su mujer Claudia, encinta, fueron secuestrados en Buenos Aires por un comando militar. El hijo de ambos nació y murió en el campo de concentración. Como en decenas de miles de otros casos, la dictadura militar nunca reconoció oficialmente a estos ‘desaparecidos’, habló de ‘los ausentes para siempre’. Hasta que no vea sus cadáveres o a sus asesinos, nunca los daré por muertos”.

Marcelo, el hijo de Gelman, fue uno de los ocho cadáveres abandonados con disparos en la nuca, dentro de cajones y canecas llenas de piedras, en los alrededores de Buenos Aires. Esa insólita mercancía, ya en la época, llamó la atención de otros sectores de la represión y de los propios sepultureros, por varias razones. Entre estas destacaba el hecho de que uno de los cadáveres era el de una mujer embarazada, a la que en vez de un tiro en la nuca le habían propinado un tiro en el vientre.

Aunque acostumbrados a las incontables variantes de la muerte, los sepultureros no olvidaron aquello. Y cuando años después comenzaron las investigaciones, pudieron señalar dónde habían sido sepultados clandestinamente los cuerpos. Gelman cuenta que entonces fue fundamental la colaboración de la memoria de los vecinos, de ex terroristas e incluso de algunos considerados traidores para lograr reconstruir el curso de la fatalidad. Un verdadero rompecabezas, al mejor estilo de una novela policíaca. Por esto hablé de un guion cinematográfico, aludiendo a cómo se fueron acumulando indicios, por ejemplo de prisioneros que habían escuchado el llanto de un bebé en la celda contigua, la fecha en que esto ocurrió, el paso por ahí de la nuera de Gelman, hasta los recientes exámenes de ADN que confirmaron todo.

Por coincidencia, el día en que regresé de México el Jornal do Brasil traía abundante material sobre los “Bebés en las maletas de la Operación Cóndor”, contando cómo el grupo de las madres divergían del grupo de las abuelas de la Plaza de Mayo en sus estrategias de lucha para esclarecer tales crímenes. Esto reafirma lo que Gelman decía acerca de que muchas veces tuvo que actuar en contravía de estos grupos institucionalizados.

El policía que adoptó a la recién nacida murió hace poco. (Dicen que Sanguinetti incluso asistió al entierro). Su esposa nunca había tenido hijos y a los 48 años recibió aquel presente de los cielos. O del infierno. Ya convertido en reportero, pregunté entonces sobre esa mujer que adoptó a la niña. Ella entendió la nueva situación mejor de lo que podría esperarse. Entre ella y la segunda mujer de Gelman, la psicoanalista Mara, se estableció una relación de confianza. Pregunté por la niña, hoy una joven de 23 años. No debe ser fácil a esas alturas de la vida superar un impacto de esos. No solo por el hecho en sí, ya desestabilizador, sino porque siendo su abuelo una personalidad internacional el caso trascendió los límites domésticos.

Dentro de las circunstancias, la chica reaccionó bien. Con Gelman tuvieron encuentros naturalmente conmovedores. Ella continúa, no obstante, en Uruguay. Gelman vive en México. Pero lo más sorprendente de esta historia, de nuevo, vino del sistema, de parte de una jueza que, en una de tantas diligencias, amenazó con encarcelar a la joven si no cumplía ciertas exigencias del proceso. Lo peor fue que realmente mandó detener a la chica, que presa hubiera quedado todo el día, de no ser por el exaltado clamor del público, horrorizado ante ese horror sumado a los otros horrores.

Vuelvo a Brasil y al escribir esta crónica releo poemas de Gelman. Y reconsidero: no, no hace falta ningún guion cinematográfico sobre esta tragedia. Está toda en sus poemas. Uno de ellos, titulado “La economía es una ciencia”, ilustrativa y proféticamente da un recado a los gobernantes de ahora: “En el decenio que siguió a la crisis / se notó la declinación del coeficiente de ternura / en todos los países considerados / o sea / tu país / mi país / los países que crecían entre tu alma y mi alma / de repente...”. 

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Affonso Romano de Sant'Anna

Es el autor de 'Drummond, um gauche no tempo' y 'El canibalismo amoroso'.

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