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El juego más hermoso

Traducido por Juan Gabriel Vásquez

No se trata solo de las estrellas renovadas, ni de los muy frecuentes partidos épicos; tampoco de la extrema dificultad ni de la brutal exigencia física para jugarlo. Entonces, ¿en qué radica la fascinante belleza del tenis?

Ilustración de Mark Smith

 

Hay gente que no soporta el fútbol. ¿Pero hay alguien a quien –para decirlo moderadamente– no le guste el tenis? Mientras que los partidos de fútbol son rutinariamente tediosos, los partidos de tenis nos decepcionan apenas de manera esporádica (como cuando un jugador desconocido se abre paso con heroísmo en un Grand Slam solo para capitular impotente en la final). El nivel de un partido de tenis de importancia media –como los que uno puede ver en una cancha secundaria del Queen’s durante una de las primeras rondas– es sobrehumano.

Esto es sorprendente, pues se trata de un juego muy difícil. No de jugar bien, sino simplemente de jugar. (El squash es fácil.) El tenis es como el piano: solo es divertido cuando uno comienza a hacerlo más o menos bien. Y con el teclado sucede igual que con la cancha: el entrenamiento a temprana edad es inmensamente ventajoso.

Lo primero que se hace es servir; y servir, conseguir que la bola pase y entre en el cuadro de servicio, es extremadamente difícil. (Yo mido 1,88, he jugado tenis durante años, y todavía, en abierto desafío de varias leyes de la biomecánica, dejo con frecuencia mi servicio en la mitad inferior de la red.) Pero esperen: ya nos hemos saltado una etapa. Antes de poder servir en el sentido de pegarle a la pelota, hay que hacer algo más: hay que lanzar la pelota al aire con la mano que no es de lanzar, esa mano que es típicamente inútil para todo. Ese lanzamiento es de una importancia radical y muy difícil de hacer bien; de nuevo, tenemos que retroceder un poco. No es solo cómo lanza uno la pelota, es cómo agarra la pelota antes de lanzarla. Yo solía lanzar la pelota demasiado hacia atrás, de manera que en vez de pegarle cuando estaba unos sesenta centímetros enfrente de mí, le pegaba cuando estaba directamente encima de mi cabeza (lo que exigía un esfuerzo quiroprácticamente costoso a la parte inferior de mi espalda).

No se preocupen, esto no se va a convertir en un manual de entrenamiento (¡como si eso fuera posible!). El punto es que las lecciones del servicio se multiplican a través de todos los aspectos del juego: un mínimo ajuste en alguna parte distante e irrelevante del cuerpo –una parte que no interviene en el golpe de la pelota– tiene un efecto desproporcionado sobre el lugar donde la pelota acaba dando. Mantener la cabeza baja al intentar con una sola mano un revés con top-spin (en vez de levantarla instintivamente) es, en este sentido, un ajuste mayúsculo. Por eso no es sorprendente que nos quedemos hechizados al ver cómo los que han llegado a dominar cada aspecto de esta dificilísima actividad van conduciendo su muy lucrativo oficio en la arcilla de París o la hierba de Wimbledon.

Pero he aquí el asunto, he aquí el bello pacto del tenis: a pesar del enorme vacío que se abre entre ellos y nosotros, todo lo que le pasa a un jugador de alto rango durante un Grand Slam le pasa también al jugador promedio en un parque. Uno atraviesa etapas en las que golpea con libertad y fluidez. Entonces, en un punto importante, sucumbe a un catastrófico endurecimiento de los hombros. Está uno destrozando sin piedad a alguien –ganando por un set y 4-0 en el segundo– y sin razón aparente falla un par de pelotas fáciles; el otro se mete de nuevo en el partido y, antes de que se pueda hacer nada al respecto, el partido se ha convertido en un precipicio, y uno está en el fondo. En Beach Boy, mi amigo –y rival ocasional– Ardashir Vakil describe de manera agonizante el progreso de semejante descenso, pero todos lo hemos visto suceder también en Wimbledon. Si un equipo de fútbol va perdiendo 3-0 faltando tres minutos, no ganará. En tenis, uno puede estar a un punto de la derrota, pero al mismo tiempo está solo a un máximo de cinco puntos de un nuevo juego, de la primera de varias oportunidades para, como si dijéramos, volver a empezar. Ningún otro deporte tiene incorporada en su sistema de puntaje esta tendencia a estimular una remontada. O a matarla en un instante.

Por todo esto, ver tenis es tan emocionante que le destroza a uno los nervios, pero eso no significa que sea fácil escribir al respecto. Muy al contrario. Describir un partido presenta más o menos las mismas dificultades que escribir sobre sexo. Normalmente se trata solo de dos personas (los dobles son, francamente, una atracción menor) y el vocabulario resulta parejamente restringido (golpes, en esencia), de manera que se acaba con variaciones infinitas sobre el globo, la volea, el derecho, el revés y un surtido de verbos (impulsar, golpear, azotar, desperdiciar). El contraste con la rica literatura sobre boxeo no podía ser más marcado. El mejor libro sobre tenis es probablemente Levels of the Game, de John McPhee, acerca de un partido entre Arthur Ashe y Clark Graebner en 1968. Pero no hay equivalente tenístico de El combate, de Norman Mailer, o Rey del mundo, de David Remnick. Esto se debe en parte a que, mientras el boxeo parece a menudo una representación simbólica de asuntos importantes, ya sean raciales (Max Schmeling versus Joe Louis) o políticos (Ali versus cualquiera), en el tenis se trata siempre y solamente de tenis. De ahí la necesidad de contar con personalidades.

Lo sé, lo sé... La personalidad en el tenis es, según la devastadora expresión de Martin Amis, “un sinónimo exacto de un trisílabo de siete letras que comienza con i y termina con l (incluyendo también, en orden de aparición, una m, una b, una e, una c y una i)”. Pero la verdad es que el tenis no se volvió popular en la época de John McEnroe y Jimmy Connors; se volvió popular gracias a ellos, a sus palabrotas y a su toma por asalto –al grito de “¿acaso está ciego, estúpido?”– de un Wimbledon controlado por jueces de línea narcolépticos y oficiales retirados de la RAF que hacían las veces de árbitros. Además, la observación de Amis queda abierta a una evidente respuesta al estilo Connors: ¿y qué hay de malo con ser un imbécil, imbécil?

Ciertamente, las personalidades aportaron al juego una nueva y tosca intensidad cuyo legado y expresión gestual es la celebración apretando el puño. En los días remotos en que debutaba como crítico de televisión para el Observer, Julian Barnes asumió una posición crítica y bien educada en contra de esta adición al repertorio de mudras laicos. Esto se debe acabar, insistió. Y sin embargo, la celebración ha permanecido y prosperado. No solo eso, sino que su ausencia se considera un signo de debilidad, una falta de fe en sí mismo y de fuerza de voluntad. La celebración de puño apretado es ahora una parte tan esencial del juego como un buen golpe desde el fondo. Para muchos, la buena disposición de Tim Heinman para servir y subir a la malla no compensaba su reticencia inicial al gesto de cerrar el puño, y luego –cuando prácticamente lo había incorporado a su juego– su incapacidad de hacerlo de manera convincente. Por el contrario, parte del atractivo juvenil de Andy Murray derivaba del hecho de que su puño escocés celebrara con tanta naturalidad y presteza (de manera tan instintiva, parece ahora, como ese aullido reylearesco a los dioses del fracaso o el abatimiento de sus ya maduros hombros). Para que no se piense que la celebración con el puño es propiedad de los hombres, Maria Sharapova la despliega dirigiendo hacia sí misma tanta ferocidad que parece capaz, si a eso se llegara, de noquearse sola.

La ubicuidad de esa celebración, sin embargo, no debería tomarse como síntoma de la creciente patanería que reina en el deporte y la sociedad. Rafael Nadal es a la vez el más fornido celebrador de puño apretado –¿acaso consiguió esos bíceps celebrando?– y el más elegante y encantador de los deportistas.

Si hoy en día estos despliegues emocionales se alientan abiertamente, se debe en parte a que el abusivo apogeo de Connors y McEnroe fue reemplazado, inevitablemente, por la deprimente antiépoca de Ivan Lendl, para quien el tenis se trataba enteramente de la extinción de la personalidad (sin olvidar el caveat de T. S. Eliot según el cual solo alguien con personalidad puede saber lo que significa escapar de ella). Por fortuna, el juego femenino florecía en esos tiempos, cortesía de Steffi Graf y Martina Navratilova.

Pero no me propongo hacer una historia abreviada del deporte, sino un preludio para un argumento –construido, de manera apropiada, en forma de un largo intercambio de pelotas– cuya banalidad puede resultar iluminadora. En tenis no basta ser muy bueno para capturar la imaginación del público, ni siquiera de aquellos entre el público a quienes el tenis interesa mucho. Todos recuerdan la silenciosa intensidad de Borg, pero yo tengo que esforzarme para no olvidar a su compatriota Stefan Edberg, una figura con aire de Trotski que de algún modo ha quedado borrada –por él mismo– de las fotografías mentales del pasado. Y sin embargo todos los jugadores se parecen a Edberg en el sentido de ser, simplemente, muy buenos en tenis. Sucede que algunos nos hacen creer que esto es consecuencia, y también causa, de algo mucho más grande que ser bueno en tenis; y sucede que todos son buenos en tenis de maneras distintas. Lo que nos lleva, inevitablemente, a Roger Federer.

En fútbol se asume por lo general que hay una incompatibilidad tácita entre jugar con estilo y ganar. Hay excepciones, sin duda; pero puestos a escoger, la mayoría de los entrenadores rechazarían lo primero a favor de lo último. Con Federer esta distinción entre la utilidad y la gracia, entre la funcionalidad y el estilo, quedó definitivamente mandada a recoger. La forma más efectiva de jugar, no solo en términos de resultado sino de desgaste del cuerpo, era también la más elegante. El ejemplo perfecto era un simple golpe: aquel revés con una mano que parecía un paso de ballet. (En el extremo opuesto, la manera más fea de jugar tenis es golpear con las dos manos de ambos lados, al “estilo” de la monstruosamente eficiente Monica Seles.)

En su momento cumbre –momento que probablemente ha pasado–, Federer representó la apoteosis de la tenis-idad, de todos los avances en tecnología, estado físico, entrenamiento, técnica y dureza mental. En la historia del juego, este prolongado interludio de levedad –antes de que Federer sucumbiera a la gravedad encarnada en Nadal, su terrenal archienemigo– nos permitió creer en esa línea de Dostoievski que aparece tatuada en el brazo del jugador serbio Janko Tipsarevic: “La belleza salvará al mundo”. O al mundo del tenis, por lo menos. 

© Prospect Magazine

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Comentarios a esta entrada

Leonardo Álvarez Amorocho

Los dobles no son una atracción menor, es un modo menos difundido al no ser muy conocido. Si ud. juega tenis sabe que el dobles es el mas dotado en técnica, resolución y efectividad.

Leonardo Álvarez Amorocho

Los dobles no son una atracción menor, es un modo menos difundido al no ser muy conocido. Si ud. juega tenis sabe que el dobles es el mas dotado en técnica, resolución y efectividad.

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Geoff Dyer

Es autor de 'Zona', 'Yoga para los que pasan por Las Vegas' y 'But Beautiful: A Book about Jazz', entre otros libros de ensayo.

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