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Música

Janis Joplin en sandalias doradas

Una entrevista de Michael Lydon

Traducción de El Malpensante

Campeona de billar, sureña deslumbrada ante las luces de California, decidida líder de su banda, niña emocionada con sus sandalias doradas...así se revela la máxima estrella femenina del rock'n'roll en esta conversación que transcurrió durante el brutal invierno de 1969. Janis Joplin murió meses después de este encuentro con el autor de Rock Folk, cuando su carrera se encontraba en el punto más alto.

© Ted Streshinsky | Corbis

 

Cae la tarde y Janis lo está pasando de maravilla en el B&G Club, un bar irlandés en San Francisco. La noche anterior se sintió “tan bien con un hermoso gato”. Ahora, después de gastar la tarde bebiendo vermut en vasos llenos de hielo, está de buen ánimo, relajada y divertida. Ha estado jugando billar con un pequeño tipo tatuado, y toda la suerte está de su lado.

–Chica, haz el tiro suavemente, así meterás la bola o lo dejarás tapado –sugiere un viejo borracho.

Janis, “campeona de bola 8 de la calle sexta con Avenida Primera en Nueva York” –lo dice con orgullo–, acerca los ojos a la mesa con mirada de experta. Su cara es decidida y mortalmente seria. Con un jalón rápido ajusta la cinta rosada que usa como cinturón de sus pantalones morados bota campana, y se inclina sobre la mesa para tacar.

–No, viejo, yo no juego así; ser tan cobarde es de mal gusto –dice al borracho y explota. Falla el tiro que quiere pero, después de varios rebotes, la bola 6 dribla hasta caer en una tronera lateral–.¡mmeeeee-ooh! –grita meneando el taco por encima de su cabeza y corre al bar por un largo sorbo de vermut doble–. Se los dije, se los dije –celebra ruidosamente con una sonrisa amplia que casi le cierra los ojos.

Todos en el bar rugen de la risa, incluso los miembros de su banda. El ensayo debió comenzar media hora antes, pero la temperatura del bar es acogedora, a diferencia de la fría y húmeda sala de ensayo en el ático de la bodega vecina. Además, es un placer ver a Janis.

 ¡Bam! Entra la bola 4. Taco, paño, golpe: se va la 2. Solo falta la 8. Janis toma la tiza tranquilamente.

–En la del lado, niña, la del lado –susurra el borracho.

–Bola 8 a la esquina –advierte Janis. Recoge sus brazaletes hasta los codos y taca. El tiro falla por unos centímetros. –¡Maldición! –grita con acento tejano y queda desolada al instante. Pero el tipo tatuado también falla... y, con el ánimo completamente restablecido, Janis termina el juego con una tacada fulminante.

–Tremendo –presume. Se bebe el trago de un sorbo, se escurre lentamente dentro de su gigantesco abrigo de piel de lince ruso, y anuncia: –Bueno, chicos, vamos a ensayar.

–Poder –dice el viejo borracho, levantando su vaso a manera de tributo–, esa chica sí que tiene poder.

Comienza el ensayo. Toma diez minutos que todos lleguen, otros quince que empiecen a trabajar, y aún entonces todo sigue demasiado relajado.

–Por Dios, ¿podrían dejar de hablar y de dar vueltas por todos lados mientras estoy cantando? –grita Janis furiosa, cortando en seco el coro de la canción.

La banda se detiene y todos miran a Janis con cautela.

–Janis, relájate... –empieza a decir uno de los músicos.

–¿Que me relaje? Mira, cuando salgo a la tarima se trata de mí, ¿o no? No necesito que ustedes estén ahí opacándome. Es mi acto, el público paga por verme, ¿captas?

–Janis, oh, Janis, prometemos ser buenos chicos –dice el baterista con una mueca de súplica que la hace reír.

–Bueno, viejo, yo también lo siento. No quiero ser una perra, pero ya saben, faltan tres –levanta tres dedos y repite–, tres semanas para abrir en Nueva York, y aún no tenemos ni una canción realmente lista –sin embargo, la tensión comienza a disiparse–. Empecemos desde el comienzo –su voz suena un poco gastada.

“Sí, estoy asustada”, había dicho Janis antes, esa tarde. “Pienso: ‘Está muy cerca, ¿puedo lograrlo?’. Si fallo, voy a fallar ante todo el mundo. Si me equivoco, nunca voy a tener una segunda oportunidad en nada. Pero tengo que arriesgarme. Yo nunca me limito, viejo. Siempre llego a los límites externos de la probabilidad”.

Deja el vaso y señala un recorte de periódico pegado a la pared de su cocina. Es su respuesta a un reportero que la detuvo un día para preguntarle: “¿Qué estás haciendo con tu vida?”. “Drogarme, ser feliz y pasarla bien”, respondió ella. “Solo estoy haciendo lo que quiero con mi vida, disfrutándola. No creo que se pueda pedir más que eso”.

–Ese es mi credo –me dice riéndose. De repente parece una niña pequeña–. Cuando me asusto y me preocupo, me digo a mí misma: “Janis, solo diviértete”. Entonces me entono y eso es todo lo que tengo. 

Ha habido grandes mujeres cantantes de rock’n’roll, pero muy pocas se han atrevido a ganarse un lugar en el estrellato, un mundo esencialmente masculino. Diana Ross, Martha Reeves del trío las Vandellas, Grace Slick, Tracy Nelson, e incluso Aretha Franklin, hacen parte de una larga tradición de rockeras que pueden sonar fuerte si quieren, pero que nunca se arriesgan a perder su esencia femenina dentro y fuera del escenario. Sin embargo, lo que pasa con Janis y algunas de sus hermanas (Etta James, Little Eva, Sugar Pie DeSanto, Gladys Knight, y por supuesto “Big Mama” Willie Mae Thornton –ninguna otra mujer blanca viene a mi mente excepto Mae West, una gran cantante de blues–) es distinto: expresan su feminidad con una audacia obscena, magníficamente sexy, pero muy lejos de lo que se espera de una dama. Janis es una chica que siempre ha querido ser uno de los chicos... aunque tiene claro que es una mujer, y una mujer sensible en el fondo. Siente un desdén masculino por las artimañas taimadas de la feminidad común, pero perder a un buen hombre le puede romper el corazón. La ambigüedad entre su descaro y su suavidad es lo fundamental de su encanto; en el escenario, segundo a segundo, ella es una y luego otra, entonces uno comienza por admirar su fuerza y luego quiere acercarse a consolar su tristeza.

Su devoción casi inhumana a explorar el momento la ha hecho no solo una estrella, sino la innamorata, la “mamá chamana” (según la revista West) de la generación hip-rock. Ella no es el símbolo de su filosofía, sino la encarnación misma de esta: todo llega a aquellos que no esperan. Para los millones de jóvenes que saben que el ahora es más importante que la gratificación diferida en la que sus padres y El Sistema insisten, Janis es la belle ideal.

–Todos mis amigos en lo que son buenos es en ser ellos mismos –dice Janis–. Yo lo he estado haciendo durante veintiséis años, y toda esa gente que intentaba que me comprometiera ahora viene a mí. Más te vale no comprometerte, eres todo lo que tienes. Y no tienes por qué hacerlo, yo soy el maldito ejemplo viviente de eso. No se supone que la gente sea como yo, que cante como yo, que folle como yo, que beba como yo, que viva como yo; pero ahora me están pagando 50.000 dólares al año por ser yo misma. Eso es lo que espero ser para los chicos que están allá fuera. Cuando me vean, mientras ellos visten sacos de cachemir y esas fajas de mierda que sus madres les obligan a usar, tal vez lo piensen dos veces y se den cuenta de que pueden ser ellos mismos y triunfar. Solo tienes que empezar a pensar así, siendo honesto contigo mismo, y ya ganaste.

Janis ha triunfado en grande –aunque no todos los que intentan ser ellos mismos terminan siendo estrellas de rock–, pero no ha sido cuestión de suerte. Conservar la confianza para mantener la frente en alto y avanzar sin el respaldo que garantiza el hecho de ajustarse a los modelos convencionales requiere una mezcla de egoísmo, cinismo, fe y una ambición desesperada. Janis lo tiene todo, además de la fortaleza de una roca. Su fuerza la asusta; a veces lo daría todo por conseguir el amor cómodo y la vida dulce que tienen las demás chicas, pero el momento para eso pasó hace mucho.

–Supongo que es por pura suerte que la gente me quiere como soy –dice un poco desconsolada–. Si no fuera así, no sabría cómo cambiar. 

Hija mayor de un ejecutivo de una refinería ubicada en un pueblo llamado Port Arthur, Janis es una chica de Texas que no fue hecha para Texas.

–Yo siempre quise ser una artista, lo que sea que quiera decir eso, así como otras chicas querían ser azafatas. La gente de Port Arthur pensaba que yo era una beatnik, y no les gustaba. Aunque ni ellos ni yo habíamos visto un beatnik jamás. Yo leía, pintaba, pensaba y no odiaba a los negros. No había nadie como yo en Port Arthur. Me sentía sola con todos esos sentimientos anegándome y sin nadie con quien hablar. Yo solo era la “tonta y loca Janis”. Viejo, esa gente me hizo daño. Me hace feliz saber que estoy triunfando y que ellos están atascados allí, solo son plomeros como antes.

Empezó a cantar oyendo los álbumes de Huddie “Leadbelly” Ledbetter. Un viaje a Venice, en Los Ángeles, le mostró que ella no era la única “beatnik” en el mundo, y en la Universidad de Texas, en Austin, se enamoró de los músicos de folk que vivían en un edificio en ruinas mejor conocido como “el gueto”.

–Era una chica salvaje –recuerda Travis Rivers, un amigo tejano que ahora es el mánager de la banda de rock Mother Earth–. Una vez fuimos a un sitio de mala muerte en Luisiana. Éramos unos niños universitarios al lado de todos esos matones. Janis se puso a bailar con algunos de ellos. Empezaron a manosearla, y ella le rompió una botella en la cabeza a uno. ¡Hombre, qué pelea! Tuvimos suerte de salir con vida.

Por esos días, Janis cantaba música folk de todo tipo, pero la reputación que obtuvo localmente fue como cantante de blues. Escribió pocas canciones, incluida “Turtle Blues”. Aunque ha escrito unas cuantas más desde entonces, componer letras nunca ha sido su gran preocupación. La universidad tampoco lo era; se retiró después de un par de semestres y durante cinco años vagó por la atmósfera folk de Texas, Nueva York, y finalmente San Francisco. Cantaba cuando podía, tomaba trabajos raros o le tocaba lidiar con el desempleo cuando no había otra opción.

Para 1965, después de dos años en San Francisco, estaba jodida. El tiempo que pasó recorriendo las carreteras a dedo, el hambre, demasiadas drogas y finalmente un romance sin salida se convirtieron en una carga aplastante. Huyó de vuelta a Texas para intentar, por última vez, ser la profesora que sus padres querían. Estuvo en casa durante un año, se vistió como una niña buena de Texas y estudió con dedicación en el Lamar State College of Technology. Su familia era feliz, sus notas estaban bien, pero Janis estaba inquieta y tensa por la presión de ser una buena chica.

San Francisco, aunque escalofriante, era su hogar entonces. North Beach y la comunidad hippie emergente de Haight-Ashbury estaban llenos de gente como ella, chicos salvajes que habían salido corriendo de pequeños pueblos (muchos de ellos, los músicos en particular, eran de Texas). Como un nuevo tipo de colonizadores, buscando ampliar sus horizontes y vivir aventuras, se mudaron al oeste a una ciudad que tradicionalmente era el último refugio de los parias estadounidenses. Llevaron consigo una vitalidad de buen humor, un gusto raro por lo estrafalario y una sofisticación burda y procaz.

Esos jóvenes estaban descubriendo el rock’n’roll entre 1965 y 1966. Estaban aprendiendo felizmente que, con unas pocas inyecciones extrañas, el rock podía ser la forma perfecta de expresión y celebración del estilo de vida de su comunidad. Uno de los que impulsó esta tendencia fue Chet Helms, un tejano desplazado que, encabezando Family Dog, instauró las primeras fiestas hippie-rock de San Francisco y manejó el psicodélico salón de fiestas Avalon. Helms también impulsó la fundación de una banda llamada Big Brother and the Holding Company, que luego se convirtió en la banda no oficial del Avalon.

Travis Rivers vio a la Big Brother en vivo y sintió de inmediato que Janis era perfecta para la banda, y que ese nuevo rock era perfecto para ella. Rivers convenció a Helms, volvió a Texas en la primavera del 66, le contó a Janis sobre esta nueva escena, y ella, sin pensarlo dos veces, dejó tirada la escuela y la familia y se fue con él. Lanzándose sin preámbulos al vibrante mundo de la música, los posters y el lsd, Janis cantó en su primera fiesta en el Avalon en junio de 1966.

–Fue el momento más emocionante de mi vida –re-cuerda–. Es decir, nunca antes había visto una fiesta hippie, y de repente estaba montada allá arriba en el centro de una. No lo podía creer, todo ese ritmo y poder. Me drogué con solo sentirlo, como si fuera la mejor hierba del mundo. ¡Era tan sensual, vibrante, ruidoso, loco! No me podía quedar quieta. Nunca había bailado mientras cantaba, solía “sentarme y rasgar” al estilo típico del blues, pero ahora estaba ahí, saltando, sacudiéndome. Ni siquiera podía oír mi propia voz, cantaba cada vez más fuerte, al final era algo salvaje.

La intensidad era contagiosa. Con ella, Big Brother, que hasta entonces había tenido un perfil relativamente bajo en la jerarquía del rock de la ciudad, llegó a hacer parte de “los tres grandes” junto a Jefferson Airplane y Grateful Dead. El rumor de “la banda con la increíble cantante femenina” corrió rápidamente (las niñas blancas que cantaban eran un producto muy raro en el mercado del rock). En junio de 1967, cuando Janis gemía las últimas notas de la canción “Ball and Chain” de Big Mama Thornton en el Monterey Pop Festival, la audiencia aturdida enloqueció de repente. Janis, loca de alegría, con el sudor corriéndole por el cordón desatado de su traje dorado, era simplemente grandiosa.

 Su cuarto en San Francisco, decorado como una especie de burdel romántico • ©Ted Streshinsky | Corbis

 

–No puedo hablar de mi forma de cantar. Estoy dentro de ella. ¿Cómo puedes describir algo de lo que eres parte? No puedo saber lo que estoy haciendo; si lo supiera, lo perdería. Cuando canto, siento, oh... siento como cuando uno empieza a enamorarse. Es más que sexo, lo sé. Es ese punto en el que dos personas se acercan a lo que llaman amor, como cuando uno toca a alguien por primera vez, pero es algo enorme y se multiplica a través de los espectadores. Siento escalofríos, sensaciones raras recorriendo mi cuerpo, es una experiencia emocional y física suprema –hace una breve pausa–. Una vez leí la historia de una vieja cantante de ópera a la que un tipo le propuso matrimonio. Entonces ella lo llevó detrás del escenario, justo después de haber cantado con tremendo éxito. Mientras toda la gente la aclamaba, ella le mostró de qué se trataba este asunto de cantar, y le preguntó: “¿Tú puedes darme esto?”. Esa historia me llegó, viejo. Yo sé que ningún hombre me ha hecho sentir tan bien como un público. Estoy muy metida en esto, realmente comprometida. O sea, no creo que en este momento pueda desviarme del camino de la música por ningún amor, ni cambiar mi vida por una vida con un hombre, sin importar qué tan bueno sea. Sí, es la verdad. Aunque da miedo decirlo, ¿no?

Se sacudió ese pensamiento desagradable. Luego, mirándose los pies, chilló de placer.

–¿Te gustan mis zapatos dorados? –levanta uno–. Me encantan. Me encanta usar zapatos dorados, es algo revolucionario. Una tipa necesita una actitud muy distinta para usar zapatos dorados. El otro día fui a I. Magnin, viejo, me senté donde exhiben los zapatos con todas esas niñas que parecen modelos, muy chic, y con todos esos zapatos muy chic para modelos. Compré dos pares de sandalias doradas. Fue una cosa muy fuerte, un viaje afirmativo. Tal vez solo las mujeres puedan entenderlo, pero se sintió casi tan bien como cantar.

Estaba en su apartamento, un lugar estrecho de cuatro habitaciones en la cima de una colina en The Mission, un distrito cerca al centro de San Francisco. Ella y su compañera Linda, una chica impresionantemente hermosa de pelo negro que prefiere que no se diga su apellido, lo han decorado con amoroso descuido. Han cubierto las paredes con posters, fotografías y caricaturas, el piso con alfombras orientales, y cada espacio disponible con muebles victorianos y bric-à-brac de gran variedad, incluyendo a Charley (un luchador de Siam que vive en una botella de vino), Gabriel (una estatua de un pene que le llega a uno hasta la cintura) y George (el perro de Janis y su mejor amigo). Casi todo el cuidado se ha reservado para la habitación de Janis que, envuelta en toldos indios, aromatizada con incienso, e iluminada con focos que tienen flores púrpuras como filamentos, ostenta un ambiente de burdel romántico.

Trabajar con la nueva banda ha supuesto pasar dos meses fijos en San Francisco y eso le gusta a Janis. Puede cocinar su propio arroz integral y ensaladas –dice con orgullo que se sometió a una dieta y bajó quince libras–, hace compras, pasea en su Porsche que un amigo pintó como un mural ambulante del universo con arcoíris, signos zodiacales, una bandera americana ensangrentada, y la Big Brother incluida. Se encuentra con sus viejos amigos, le regalan tragos en Coffee Gallery en Grant Avenue (su lugar para pasar el rato desde sus días de North Beach), y se va de fiesta hasta que ya no pueda sostenerse en pie. Linda le hace más ropa nueva; su amable seriedad tiene un efecto relajante sobre Janis.

La última vez que realmente vivió en San Francisco fue hace más de un año, en el Haight. Su número aparecía en la guía telefónica, apenas empezaba a convertirse en una estrella. Ahora la ciudad, su apartamento y sus amigos son como un refugio, su único mundo real.

–Esto del éxito ha sido muy raro –dice–. Nunca había dicho “soy una cantante”. Solo era Janis; cantar era algo groovy que podía hacer sin comprometerme. Pero ahora miro alrededor, después de los cambios violentos que he vivido en el último año, y todo se ha vuelto tan surreal. ¿Viste la encuesta de Playboy? Mejores cantantes femeninas: Aretha Franklin, Dionne Warwick y luego yo. ¡Demasiado! Andar volando en aviones, chicos gritando, mucho dinero y gente comprándome tragos. Puedo entender 100 dólares, pero no 10.000. El dinero siempre era lo que tenía en mi bolsillo. ¿Qué es esa cosa que está en los bancos? Hay una fantasía latente que de repente toma forma. Por ejemplo, fui a una pequeña tienda de peces, y la chica que atendía me dijo: “¿Tú no eres alguien... esa cantante que...?”. Se sonrojó y empezó a balbucear sobre cómo había ido a Las Vegas y a Los Ángeles y nunca había visto a nadie... y ahora yo aparecía en su tienda, etc. ¡Era de mí de quien hablaba! Otro ejemplo, tener éxito en el Newport Folk Festival. Allá en Texas siempre estaba echando dedo en la carretera, buscando a alguien que me llevara... y el año pasado, la primera vez que voy, Janis es la estrella. Me encantó, hombre. Otra más: este abrigo de piel, ¿sabes cómo lo conseguí? Southern Comfort. ¡Brutal! Pedí a la asistente de mi mánager que fotocopiara cada maldito recorte en el que aparezco mencionando “Southern Comfort”. Envié los recortes a la compañía, y me mandaron un montón de dinero. ¿Quién en su sano juicio me querría a como su imagen? Hombre, esa fue la mejor artimaña que logré. ¿Te imaginas que te pagaran por embriagarte durante dos años?

Entonces se ríe tan fuerte que comienza a tambalearse de arriba a abajo, pero en un minuto se ha calmado lo suficiente para empezar a rapear de nuevo. Cuando Janis está a toda marcha es una de las más grandes raperas, la mejor de todos los tiempos entre las que juguetean con palabras.

–Claro que también está la realidad. Fantasía y realidad, así es como veo las cosas. Por eso le puse Fantality a mi compañía –una “compañía”, ¿entiendes, viejo?– , para integrar ambas. La realidad está hecha de camerinos fríos, comida insípida, sentarse sola en cuartos de hostales obligada a mirar tele; azafatas y gente en aviones tratándote como a un engendro, salones asquerosos y pésimo sonido, tocar para gente con la que no sientes que puedes conectarte, gente allá afuera en Kokomo que solo te está mirando a ti, tu aspecto, como si fueras “curiosa”. En las giras, los hombres al menos pueden seducir mujeres, pero quiénes son los chicos que me buscan: adolescentes de trece, viejo. Vete de gira y lo único que te ayudará a seguir adelante será la música.

El rap se hace más lento. Tiene que explicar por qué dejó la Big Brother y no le resulta nada fácil. Desde mucho antes de que sucediera, la ruptura no era un secreto para nadie, de hecho se consideraba inevitable. Desde Monterey en adelante, Janis se había destacado más que toda la banda, hasta el punto de que los promotores anunciaban a “Janis Joplin con la Big Brother and the Holding Company”. Los críticos alababan a Janis de manera casi tan consistente como menospreciaban a la banda. Esta, decían muchos, no era suficiente para ella y estaba malgastando energía al intentar llevarlos a su nivel. En las grabaciones, sin la fuerza electrizante de las actuaciones en vivo, la Big Brother era como un grupo de amateurs, pero tenían mucha más motivación y originalidad de la que se les atribuía y no querían ser un grupo de fondo. Janis, insegura de su propia posición y de sus ambiciones, pensó que la hacían sentir culpable porque ella tenía más talento. Discretas al principio, se desencadenaron peleas en los camerinos y luego en el escenario; el mismo hecho de pelear sin control, que parecía un fracaso de todo el espíritu hip, aumentaba la amargura.

–Era una cosa muy triste, hombre –dice Janis–. Los quiero más que a nadie en el mundo, y ellos lo saben. Pero si tenía una idea seria de mí misma como artista, debía irme. Zafarme como lo hizo Otis Redding, como Tina Turner, sentir en realidad: ese es todo el asunto de la música para mí. Pero al final nos estábamos deshaciendo. Trabajamos cuatro, seis noches a la semana durante dos años presentando las mismas canciones, y hacíamos todo lo que podíamos por ellas. Yo saltaba y cantaba y todo, pero estaba mintiendo, y salía del escenario y me sentía como la más grande mentirosa de mierda. No me importa vender placer si la gente está dispuesta a pagarlo, pero, ¿quién quiere recibir 10.000 dólares por actuar como si la estuviera pasando bien? Eso es vergonzoso, yo lo vi antes de que la banda lo viera. Eso fue lo que pasó. 

Era otra velada de ensayo y preocupaciones. Todo el proceso de armar una nueva banda había sido frustrante; Janis tuvo ayuda, su mánager Albert Grossman convocó y evaluó a algunos músicos, y Nick Gravenites y el guitarrista Mike Bloomfield sugirieron arreglos y trabajaron para poner la banda en forma. Pero la presión caía sobre ella.

Pocos días antes de su primera presentación, ni siquiera tenían un nombre. Janis y Charley, Janis Joplin Blues Church (“Iglesia del blues de Janis Joplin”), Janis Joplin’s Pleasure Principle (“Principio del placer de Janis Joplin”), hasta Sordid Flavors (“Sabores sórdidos”). Ninguno servía para nada.

Pero eso era lo de menos. Primero, el tecladista fue reclutado. Encontraron otro y justo entonces se fue el trompetista. Los nuevos músicos tenían que aprender todo desde cero mientras que los otros trataban de pensar en nuevas ideas, en riffs para usar, en dónde poner los coros, en cómo hacer más dramática cada canción, y cómo variar los inicios y los finales. Debían encontrar nuevo material; el material viejo, como “Ball and Chain”, tenía que repensarse para hacerlo distinto al de las versiones de Big Brother.

Janis estaba tratando de trabajar en su voz, pero aún se estaba recuperando de su fiesta de cumpleaños número 26 (“Linda, dos tipos y yo durante dos días, es la mejor fiesta que he tenido”).

–Hasta ahora he sido tanto una cantante como una heroína del folk –dice mientras los músicos afinan–. Ahora quiero cantar. Mis presentaciones son emocionantes, pero aún no soy demasiado sutil. Esa gente que dice que soy como Billie Holiday... ¡Viejo, no estoy ni cerca de ella! Óyela una vez y lo sabrás. Pero mi voz está mejorando. La gente dice que la estoy arruinando. Tal vez se ha vuelto más áspera, pero todavía puedo llegar a todas las notas que siempre he cantado. No sé cuánto dure así. Probablemente dure tanto como yo.

–Oye, Janis, ¿con qué empezamos? –pregunta el baterista Roy Markowitz.

–Con la canción de Nick, ¿okey? –todos están de acuerdo. La habitación está tan fría que pueden ver su respiración.

Markowitz marca el tempo, el teclado empieza con unos acordes rápidos, el bajo entra, luego la batería, el saxofón y la trompeta.

“As good as you’ve been to this whole wide world, baby, as good…” (“tan bueno como has sido con todo el mundo, baby, tan bueno…”), canta Janis. Sus tacones dan pequeños saltos y su boca casi muerde el micrófono. Luego los frena. “Algo está mal”, dice, y los otros están de acuerdo. Todos sugieren cambios: agregan un coro por ahí, un bajo más sólido, una batería más llamativa para empezar el final del crescendo.

Vuelven a empezar. Dos nuevos comienzos en falso, y luego suena bien; lento al principio, y luego se pone intenso. En la mitad es más suave pero mantiene la intensidad hasta que desemboca en el final.

“That’s how good I’m gonna be to you” (“así de buena seré contigo”), grita Janis. Se esfuerza tanto como si estuviera sobre el escenario, pero está en un ático vacío. La música es como un río, la protege, la lleva, la impulsa hacia adelante. George, el perro, se levanta de su siesta, empieza a aullar y asombrosamente parece amoldarse a ellos.

“As good as you’ve been, as good as you’ve been, as good as you’ve been” (“tan bueno como has sido, tan bueno como has sido, tan bueno como has sido”), un “bam, bam, bam” sale de la trompeta y el saxofón. “Oh, baby, I’m gonna be just that good, oh so good to you!” (“¡oh, baby, voy a ser así de buena, oh, tan buena contigo!”). La banda hace “¡bam-bam-bam-ba-ba-ba-aaaAPP!”, y se acaba la canción. 

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Michael Lydon

Es autor de 'Ray Charles: Man and Music'. Algunos de sus textos y canciones están disponibles en www.michaellydon.com

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