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El Malpensante

Ensayo

La musa del alcohol

Traducción del inglés de Ramón de España y Miquel Izquierdo

  

Es sobradamente conocido que la elaboración de bebidas alcohólicas es un arte que se remonta a los orígenes de la civilización humana (hay antiguos poemas, mosaicos y otros objetos por el estilo dedicados a la celebración de ese gran hallazgo), pero no es menos sabido que, una vez abierto, el frasco de alcohol puede dar entrada tanto al infierno como al paraíso. Siendo esto así (y algún día desvelaremos la etimología que nos lleva a usar la sencilla palabra italiana fiasco, “garrafa”, del modo como lo hacemos), más nos vale contar con un genuino Virgilio en el papel de guía por esas regiones a veces infernales y a menudo celestiales.

 

El difunto sir Kingsley (que escribió estos breves pero enjundiosos volúmenes antes de que le nombraran caballero y que era el experto a quien se debía consultar en temas tan peliagudos como el origen de la palabra fiasco) era lo que los irlandeses llaman “tu hombre” en asuntos relativos a la bebida. Tal vez más, incluso, que Graham Greene, del que escribió una sucinta biografía: podría decirse que el alcohol fue su musa. No se me ocurre ni una sola de sus obras de ficción donde la bebida no aparezca, ocupando en muchos casos un lugar preponderante. (La famosa escena de la resaca en La suerte de Jim, no igualada en las comedias etílicas de nuestra literatura ni tan siquiera por el portero nocturno de Shakespeare o su caballero obeso, solo tiene parangón, que yo recuerde, en el aterrador despertar de Peter Fallow en La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe.) Fiascos aparte, otros libros de Amis, como Un inglés gordo o El hombre verde, contienen sabios y esporádicos consejos sobre cómo seguir bebiendo sin perder del todo la cabeza.

Se ha dicho que el alcohol es un buen criado y un mal amo. No está mal visto. Lo cierto es que el alcohol hace que los demás (y la vida misma, de hecho) resulten mucho menos aburridos. Kingsley captó este hecho esencial en una etapa muy temprana de su existencia y, por así decirlo, nunca permitió que se le escapara el concepto. Esto no significa que no haya pelmazos del vino, pelmazos del whisky de malta y personas que incrementan sus emisiones de aburrimiento cuando se emborrachan. En estas páginas, te cruzarás con ellos y aprenderás a reconocerlos (así como a tratarlos).

En mi opinión, Kingers (que es como me permitía llamarlo) era un muy comedido pelmazo del coctel. O, por lo menos, tenía que aparentarlo para escribir su columna fija sobre bebidas en una revista dirigida a la población masculina. En la vida “real” era un bebedor que iba al grano y que no tenía ningunas ganas de hacerle perder el tiempo a un buen barman con absurdas instrucciones. Pese a ello, hacía una excepción que creo poder diagnosticar en perspectiva y que se relaciona con su gran admiración por las novelas de Ian Fleming. ¿Qué pretende realmente James Bond cuando especifica la clase de martini que quiere y cómo lo quiere? Pues le está diciendo al barman (o al camarero, si no hay más remedio) que sabe de lo que habla y no está para tonterías. Yo aprendí la misma lección cuando ejercía de crítico de bares y restaurantes para el City Paper de Washington. Como llevaba mucho tiempo soportando a esa gente que pedía, con cara de enterado, “un Dewar’s con agua” en vez de un whisky con agua, decidí preguntarle a un barman de confianza qué me endilgarían si no especificaba una marca concreta. La respuesta fue un giro confidencial del pulgar en dirección a una botella con muy mala traza que había debajo de la barra. La situación era aún más siniestra si hablábamos de ginebra y vodka, convirtiéndose en terrorífica al llegar al “vino blanco”, algo que sigo sin poder soportar que pida nadie. Si no dejas claras tus preferencias, la bebida se convierte en una mala partida de póquer o una apresurada transacción de drogas: lo que diga el dealer es última palabra. Por favor, que esto les quede bien claro.

Algo fundamental en King (a algunos se nos permitía llamarlo también así) era lo mucho que detestaba la mezquindad. De él aprendí la contraseña básica de su propio hogar, que era más cálida pero menos educada que su habitual “¿cómo tienes el vaso?”. Rezaba así: “Yo te serviré el primer trago; y después, si te quedas sin, allá tú, carajo, que ya sabes dónde está”. A través de estas páginas descubrirán (atentos a la secciones “Guía del tacaño” y “Guía del tacaño con la comida”) la férrea actitud que adoptaba ante cualquier muestra de cicatería. En el ritual alcohólico, todo se basa en la generosidad. Si abres una botella de vino, ten el detalle de deshacerte del maldito corcho, por lo que más quieras. Si eres el invitado en vez del anfitrión, no se te ocurra dejar caer la copa para luego exclamar (como le oí a Amis en cierta ocasión) “oh, menos mal que estaba vacía”. La clase de anfitrión que precisa esas indirectas es la clase de anfitrión que hay que esquivar a las primeras de cambio.

Sobre las consecuencias, a veces penitenciales, de la generosidad, no olviden consultar el brillante capítulo dedicado a las resacas física y metafísica. Es una pieza de investigación altruista llevada a cabo por un pionero. Les puede ahorrar mucho dolor evitable, pues así lo ha hecho en mi caso. Gracias a la excelente biografía de Zachary Leader, el mundo ya está al corriente de lo que solo conocían los innumerables amigos de Kingsley; a saber, que al final el alcohol pudo con él y le robó el ingenio y el encanto, además de la salud. Pero no todos saben seguir sus propios consejos, o no eternamente, y los alegres y sabios comentarios aquí reunidos nunca te llevarán al huerto, querido lector. En cierta ocasión, Winston Churchill presumió de haberle sacado más a la bebida de lo que la bebida le había sacado a él; y con lo que le gustaba apostar a la vida, es muy probable que estuviera en lo cierto. En estas páginas conoceremos a otro hombre que supo utilizar la bebida en beneficio propio y también ajeno.

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