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Ficción

La mujer azul

Traducción de Antonio Díaz Oliva

Un cuento

Ilustración de Elizabeth Builes

 

Myra se sentía radiante y feliz, mientras se apresuraba calle arriba. A pesar de sus dudas, la noche había sido un éxito.

Con su falta de tacto, Joan y Lee la habían hecho sentir en casa desde el momento en que entró. Joan le abrió la puerta de su apartamento, y luego de mirar fija y gravemente su cara por un segundo, había exclamado: “¡Oh, Dios, Myra!, ¡has cambiado completamente!, ¡te ves maravillosa!, ¡Lee!, ¡Lee!, ¡ven a ver!”. La expresión de disculpa de Myra se había transformado en risa, e inmediatamente olvidó que al día siguiente tenía que regresar a la oficina y exponer su nariz recién operada al chisme y a la mirada insidiosa de todo el personal.

 

Comieron pollo a la king, que a Myra le encantaba, y pasaron muchos whiskies, que la hicieron sentir como si alguien estuviera acariciándole la nuca, por debajo del cabello, de manera muy, muy gentil. Con mucho humor les contó de sus entrevistas con el doctor, previas a la operación. Como una vendedora de Bloomingdale’s que ofrecía su “línea” de blusas, él le había preguntado: “¿Griega?, ¿romana?, ¿respingona?”, y había continuado: “Puede escoger la que le guste. Tiene suficiente nariz para cualquiera”. Joan y Lee se rieron a carcajadas: la extremidad de Myra ya no era algo que debían evadir cuidadosamente, ahora era un fantasma sin ninguna importancia. Entrada la noche, se olvidaron de la nariz. Escucharon unos discos nuevos, hasta que a las once Myra dijo que debía marcharse. Se negó a que la llevaran en auto, argumentando que prefería caminar un rato y entonces tomar el metro.

Se apuró hasta la Tercera Avenida ya que hacía frío. El aire de la noche invernal no había tenido el efecto esperado; la cabeza le daba vueltas y sentía un deseo irresistible de decirle locas e ingeniosas cosas a un atractivo extraño que le estuviera sosteniendo su mano en el oscuro recoveco de un bar. Pero caminó rápidamente porque debía irse a la cama, y mañana a la oficina.

¡La oficina! Se las había arreglado para no pensar en eso durante tres horas y había logrado sentirse feliz. Ahora se imaginaba cómo el rostro de Jim, adolescente y con granos, se iba a sonrojar de asombro al verla llegar y después murmurar un tímido hola desde la recepción, lo cual aumentaría su inseguridad. Entonces, tal vez, las chicas mirarían y chismorrearían hasta que finalmente una de las más amables se acercaría a su máquina de escribir, e intentando ignorar discretamente la alteración, diría: “¡Hola, Myra! ¡Bienvenida a casa! ¿Tuviste buenas vacaciones?”. Odiaría a esa chica.

Antes de la operación su nariz no solo había sido grande. Enorme, inverosímil; esas eran palabras que la describían adecuadamente. Aunque la operación había borrado injustamente, pensó, el resto de sus rasgos, los cuales sentía que no estaban tan mal. En el metro, por ejemplo, un hombre podía mirarle la nariz con el rabillo del ojo, comentarlo con su compañero, y este, a su vez, mirarla de golpe para luego simular que fijaba la vista en un anuncio de Chesterfield. Esas cosas le sucedían todo el tiempo y sus nervios quedaban arruinados. Su nariz le había alejado de cualquier compañía femenina –no se atrevía a imponer su presencia frente a las chicas de la oficina–, y los hombres nunca se le habían acercado, ni siquiera en plan amistoso. Joan y Lee eran las únicas personas que veía, y su pequeña y solitaria vida se escurría en ese ordenado apartamento que siempre parecía estar helado y vacío. Se acercaba a los cuarenta, y últimamente había estado llorando más que nunca en las películas. Algunos domingos se convencía a sí misma de que debía quedarse en casa para ordenarla, y rechazaba la invitación de la casera para ir al cine. Sacaba su set de manicura y se sentaba junto a la ventana para arreglarse las uñas acompañada por el calor de la tarde. Se la pasaba mirando fijamente las sombras que descendían de las casas y que gradualmente se prolongaban sobre el pavimento desierto. Trataba de no pensar en cómo desperdiciaba su vida frente a la máquina de escribir y en esas sesiones de cine continuo. Fue una de esas tardes de domingo cuando pensó por primera vez en operarse la nariz, y la idea rápidamente creció hasta alcanzar proporciones apoteósicas. Se lo contó a Joan y ella discretamente dijo que era, tal vez, una buena idea. Con la operación en mente, Myra ahorró por dos años, y cuando tomó sus quince días de descanso se decidió. Quería una nariz pequeña, delicada, de esas “lindas”. Ahora la tendría.

 

Pero esa mañana, el primer día en que se halló restablecida, Myra se miró en el espejo. Para su asombro y dolor vio que la falta de su horripilante nariz hacía sus otros rasgos débiles e insignificantes, y que todos los defectos de su cara adquirían nueva importancia: sus pequeños ojos parecían sin pestañas, inexpresivos, y sus dientes como de conejo, algo que anteriormente no había notado. En cuanto a su nueva nariz, se veía completamente fuera de contexto en su cara fuerte y alargada. Se había sentido miserable y no había salido de su pieza hasta que oscureció, cuando se escabulló por el centro hacia el apartamento de Joan y Lee. Ellos le habían dado un poco de seguridad, aunque no suficiente.

Mientras se apresuraba, el repiqueteo del metro la hizo agarrarse fuerte a su paraguas y apretarlo contra su cuerpo. Aunque la Tercera Avenida parecía triste y vacía, los bares estaban llenos de vida, ofreciéndole en su intimidad la ansiada compañía. Se asomó a uno que llevaba el neón “Al’s” en rojo. Adentro los rostros la encararon cuando abrió la puerta, pero en verdad veían la televisión, y Myra pensó que la observaban. Caminó una cuadra más y miró en un bar que llevaba el neón “Ben’s” en verde, y decidió que se veía bravo. Una cuadra más allá vio una señal azul que decía “Fred’s”. Sabía que la tentación sería demasiada antes de cruzar la calle.

Al abrir la puerta, el aire interior olía como a algo olvidado por meses al fondo de una bolsa de ropa sucia. Estaba muy lleno, aunque no ruidoso. Caminó con dificultad en medio de la gente y se puso en la barra cerca de dos hombres sentados que tomaban y conversaban. Uno de ellos la vio, le cedió su asiento con una reverencia y una sonrisa que apareció en su cara inexpresiva a causa del alcohol. Ella le agradeció recatadamente y con voz firme le ordenó:

–Escocés y agua, por favor.

 –La dama es una bebedora con clase… –dijo el hombre que le había cedido su asiento.

–Mi esposo murió hoy y estoy celebrando –respondió ella. Rieron y brindaron por la viuda alegre.

Pronto los tres conversaban seriamente. Los hombres gustaban de ella, y Myra se sorprendió al escucharse responder como si hubiera estado acostumbrada al ritual del coqueteo toda su vida. La complació pensar que podía hacerlo de manera convincente. Cuando el barman sacó la botella del estante que estaba exactamente frente a ella, miró con recelo, y no reconoció su propia imagen en la estrecha franja del espejo azul. Olvidando a sus acompañantes, se observó detenidamente en el espejo tratando de reconocerse en la mujer azul que estaba enfrente: ella no tenía nariz, y lucía ridícula y desaliñada. Pronto la botella fue reemplazada en la repisa y se alejó de la barra. Se dijo a sí misma que no le importaba, e intentó no pensar en la mujer azul que llevaba su cabello, sus ojos, su ropa. Estos dos hombres estaban siendo amables porque ella les gustaba, porque ella era realmente muy atractiva, porque les gustaba. Nada más importaba. Por un momento sintió que incluso si todavía tuviera su vieja nariz, ella les gustaría. Sabía que la mujer azul la miraba detrás de la botella, diciendo: “No”.

–¿Otro? –preguntó el barman.

–Doble –respondió elegantemente.    

A su derecha estaba el pequeño hombre con el impermeable, concentrado en su trago. A su izquierda el otro, el que le había cedido su asiento, un tipo fornido como un maduro héroe de fútbol. A ella le gustó, pero dijo: “Fuera”, con el aplomo de alguien que está acostumbrado y más bien se aburre de cosas así. El héroe futbolista respondió riendo, sin retirar el brazo:

–¿Acaso no te gusto, princesita? Soy tu príncipe azul y estoy borracho.

–Pero yo soy una dama y no sé tu nombre. Madre no lo aprobaría.

–Mi nombre es Lou Bergdorfer, y él es John Brown –respondió formalmente.

Se dieron la mano ebriamente, y dirigiéndose a la pequeña Myra preguntaron:

–¿Acaso tu cuerpo es el que se pudre en la tumba?

–Pues mañana, si esta fiesta continúa –los tres rieron y pidieron más tragos.

Era agradable, pensó, que cuando uno ha bebido demasiado no se piensa en absoluto, sino que lleva una vida pasiva, a la deriva de un placer. Le dijo a Lou:

–Me alegro de que cuando uno bebe nadie pueda culparlo por lo que hace.

–Estás pensando en portarte mal, estás pensando en portarte mal –dijo él con la clarividencia del borracho–. Si es una invitación, acepto con alegría.

–Pero recuerden a mi pobre marido muerto…

–Celebremos –dijeron todos y pidieron más tragos. El cantinero estaba ocupado y no les prestó atención. John Brown propuso ir a otro sitio y salieron tomados del brazo, Myra entre los dos hombres. Se sintió feliz en la calle, donde no había mujer azul. Esta sí era vida, incluso si en su imaginación el mañana se le aparecía como algo terrorífico.

Caminaron por la calle, de manera inestable, aunque todavía cogidos del brazo. El viento helado le pegó en la cara y sintió los vendajes que recientemente le habían sacado. A medida que vacilaban, iban cantando “John Brown’s Body”, y ella se las arregló para sacudir su mente hasta el fondo, hasta el tejido más difuso de su conciencia, lo que fuera menos este preciso instante.

La Tercera Avenida lucía sorpresivamente limpia y tranquila a esa hora. Un tipo de vida sucedía, tal vez, adentro de las oscuras tiendas de antigüedades. Pero había gran alegría en los bares, aunque una alegría aislada, celular. Ninguno parecía tener conexión con el otro, cada uno era un mundo diferente, uno tenía un letrero rojo, el otro uno azul, el siguiente uno verde, pero eran exactamente iguales. El ruido de la conversación, el estrépito de los vasos en la barra y lo mustio del aire turbio repetían incesantemente el inexorable patrón de la soledad. Unos pocos autos se detuvieron ante prescindibles luces rojas; ni siquiera los fantasmas cruzaban las silenciosas calles. Y repentinamente el metro llenó el aire desierto con el alboroto de la vida mecánica.

Los tres caminaron tomados del brazo. La llama que el alcohol había encendido en ellos fue apagada por el frío de la noche. La conversación había cesado algunas cuadras antes; pero cuando Myra hipó, ambos hombres la miraron sonriendo. Ella sintió que debería mirar su reloj y decir que era hora de marcharse. Pero no conseguía reunir la energía y se dejó llevar por sus compañeros.

John Brown los hizo detenerse mientras él iba a un bar a comprar cigarrillos. Lou dijo que él y Myra caminarían, que los alcanzara más tarde. En el instante en que John Brown había desaparecido en el bar, Lou puso su brazo alrededor de la cintura de Myra y susurró:

–¿Huimos?, ¿solo tú y yo?

Su aliento era agrio, ella asintió con la cabeza y con una risita. Lou la tomó de la mano y caminaron tan rápido como pudieron. Se detuvieron cuando ya era absolutamente imposible que John Brown los encontrara. Mientras jadeaba se inclinó sobre él y se dio cuenta, con asombro encantado, de que la amabilidad con que Lou le pasaba el brazo alrededor de la cintura cambiaba de significado. La llevó a un rincón entre dos casas viejas y comenzó a besarla en la oscuridad, mientras la intención de sus manos se evidenció. Un bigote, que por alguna razón no había notado antes, le hizo cosquillas placenteras en su cara, a la vez que él la cubría con besos pegajosos. Ella soltó una carcajada etílica.

–No te rías –le dijo enojado–, ¿acaso no ves que te amo?

Myra dejó que sus manos siguieran explorando. Entre los dos subieron el suéter que ella llevaba debajo de su pesado abrigo y la manoseó por entre las capas de ropa. Ella respiró profundamente cuando sintió la fría mano descansando en sus tibios y desnudos pechos. No pensó, no se movió. En un breve momento miraría su reloj y diría que debía irse. Mientras tanto, esto. Su cuerpo se erizó con sensaciones como de alfileres y agujas clavados en una almohadilla de terciopelo. Él intentó separar sus muslos con su rodilla, pero ella se resistió: él estaba borracho y no podía dominarla. Presionó con todo su peso sobre ella, y ella se golpeó la espalda contra la piedra rojiza.

–Te amo, te amo, te amo. Eres mi chica. Eres linda. Te amo. Vaya, ¡estoy borracho!

Él alejó su cara de la de ella y la miró fijamente bajo la tenue luz. Mientras la observaba, comenzó a acariciarla delicadamente. Ella sabía lo que sucedería: era solo cuestión de segundos. Su conciencia se puso alerta, y los alfileres y agujas se cayeron de la almohadilla de terciopelo mientras él acariciaba lentamente sus facciones.

–Eres realmente hermosa, qué cabello tan bonito –y se lo acarició tal como ella siempre había querido que alguien lo hiciera: no le produjo placer porque sabía lo que venía–. Y esos ojos –ahora había llegado: lentamente le acariciaba la nariz–. Y esa hermosa, pequeña, tonta naricita.

La furia y la desesperación que estaban incubándose dentro de ella crecieron y se desbordaron. Lou no la amaba. Él le había estado haciendo el amor a la mujer azul. Se sintió con fuerzas y lo empujó. Lou colapsó pesadamente y se sentó en la vereda, su cabeza inclinada sobre el pecho. Ella no tenía una hermosa nariz. Su nariz de verdad se estaba pudriendo en un montón de basura, o había sido engullida por el incinerador diez días atrás. Se puso a correr jadeando hacia la Tercera Avenida, subió las escaleras del metro. Sacó un centavo de su monedero, empujó el torniquete con pasión y apareció en la plataforma. Estaba desierto. Tanteó en su monedero si había algo de cambio para poner en la máquina de chicle. Mientras introducía la moneda en la ranura vio a la mujer azul mirándola. Su rabia aumentó de nuevo y con el paraguas le dio un golpe a la estrecha franja azul reflejada en la máquina, destrozándola. La mujer azul había desaparecido.

Se sentó en una de las bancas y después de meterse el chicle en la boca miró su reloj. Eran casi las tres. Myra recordó que tenía que levantarse mañana a las ocho... no, ¡hoy! Y tendría que ir a la oficina. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar en silencio.

 

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Este cuento fue publicado originalmente en MSS, la revista de la Universidad de Princeton, en 1950.

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