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Coda

Poniéndole el cascabel a Harold

Más que por sus versos, el poeta Harold Alvarado Tenorio ha alcanzado reconocimiento por las diatribas en contra de sus colegas. ¿Cuánto hay de auténtica crítica literaria en los ataques de HAT? Este texto, firmado por uno de sus blancos, abre un amplio espacio de duda.

© Neil Webb


Aquel que propala defectos de un

hombre aguerrido

¿acaso hará noche del día?

Šelomoh ibn Gabirol

I

El maestro Harold Alvarado Tenorio se ha dignado fijar su atención en mí. En un pasaje del artículo “Los poetas y la República del viento”, sobre una antología de poetas colombianos nacidos en los años sesenta, con su locuacidad habitual caracteriza mis libros como “ataúdes atestados de majaderías, gilipolleces, bobadas, retruécanos, mal aliento, pulgas y piojos que se ofrecen… como maravillosos actos vanguardistas dignos de Simias de Rodas, Rabelais, Carroll, Nodier, Huidobro y Vallejo”.

Lo cual es –por decir lo menos– bastante curioso, pues, como cualquiera puede constatar revisando sus doscientas páginas, no figuro, no hago parte, no estoy incluido en dicha antología. A HAT le dio por despotricar de mí en la reseña de un libro en el que no aparezco.

II

Aun así, para concluir su artículo HAT transcribe íntegro el poema XIX de mi quinto libro, LI poemas para Li (que por obvias razones tampoco figura en República del viento) y lo tilda de “obra maestra”. Cita el poema señalando que, por desarticular el lenguaje y sus escasas posibilidades combinatorias, “todo termina en un rosario de metáforas y neologismos que nos sumergen en la nada, un mundo que no puede expresarse pues la algoritmia sintáctica y prosódica borra la realidad y la torna mera apariencia, un juego combinatorio que nos anula”. Repaso el texto con atención y francamente no veo lugar para tanto aspaviento:

 

la alambrada, los cables desgastados

la hidroeléctrica, el nevado

el gas, el agua tibia, la tubería

glucosa, lácteos

detergentes, dentífrico, níquel, litio

TO-SHIVA, PANA-SONY

J. S. Bach, W. A. Mozart, L. A. Calvo 

CNÑ, Telesur, Google, Los Simpson

mensajes de voz, de texto

petróleo

la línea blanca de la carretera con Li al volante

ganja, humo, alquitrán

las pavesas exultantes de la pipa

todos mis renglones, axones y dendritas

alerta junto a la ventanilla

 

paisaje humano,

demasiado humano de este Libro

 

No veo de qué modo se está ahí desarticulando el lenguaje, y no logro captar la “algoritmia sintáctica y prosódica”. Tampoco creo que el texto en cuestión pueda ser considerado como un maravilloso acto vanguardista; me parece, por el contrario, bastante simple, un inventario sucinto, una sencilla enumeración. Si de teorizar se trata, diría que es parte de un ejercicio etnológico, la descripción del entorno de un individuo recluido en una ciudad latinoamericana del siglo XXI, con su ración diaria de energía eléctrica, montañas, internet, azúcar, jabones, celulares, TV, música sublime, marihuana, gasolina y electrodomésticos.

En cuanto a lo del “rosario de metáforas y neologismos”, metáforas no encuentro ninguna, y neologismos hay apenas un par –pero dudo que el hecho de alterar las marcas Toshiba y Panasonic represente un atentado contra “las tradiciones de la lengua, rotas por la demolición de la nacionalidad desde las altas esferas del estado”. Níquel y litio no son neologismos, son componentes básicos de las baterías y los computadores. Los axones y las dendritas tampoco lo son, integran nuestra fisiología cerebral.

 

III

HAT agrega que me encuentro incapacitado “para hacer una crónica del desgarramiento de una sociedad sometida al crimen y la corrupción, o comprender la rotura entre cultura y espectáculo”. Si lo dice a raíz de LI poemas para Li, le pide peras al olmo, pues se trata sobre todo de un libro de viaje y amor cortés, el de temática más intimista que he escrito. Pero si se tomara el trabajo de echarle un vistazo a mis demás libros, al Árbol talado (2010), por ejemplo, encontraría textos comprometidos con su exigencia de nombrar el desgarramiento que vivimos:

 

 Bandera

El hombre sale

y tiende la camisa

en la cuerda.

 

Arrima el taburete

al tronco

y se recuesta

al fresco de la enramada.

 

Allí lo asesinan.

 

La camisa ondea,

bandera

de una patria vencida.

El coraz´n portátil (1999) y AY-YA (2001), que escribí a lo largo de una década en Medellín, no me parecen libros que encajen en lo que Harold llama “diversas posturas delicuescentes” a fin de no enfrentar las realidades de la historia, “para no hablar ni pensar del presente y menos de la historia personal de su existencia sin experiencias”. Experiencias y realidades de todo tipo fue justo lo que tuve oportunidad de vivir y presenciar en ese período. Las afectivas nutren los versos de El coraz´n portátil, y las urbanas constituyen el núcleo de AY-YA, como lo advierte desde el inicio el poema “Esta ciudad”:

Esta ciudad provoca ganas de escribir un poema antirrobo.

Un poema de máscaras de hierro,

donde las rejas de puertas y ventanas

se propagan al cerco de la cara

y le sirven de antifaz.

Esta ciudad provoca ganas de escribir poemas quitamanchas.

Manchas de pegante en labios de niñ s,

manchas de adult s llevando costales de tiempo perdido.

Manchas en la risa de los candidatos,

en el sueño de los asesinos,

en los nudos de manos inermes,

lentas manchas de petróleo y tóxicos

que reptan sobre el río.

Respecto a lo de mi presunta incapacidad para “comprender la rotura entre la cultura y el espectáculo”, recomiendo revisar en Árbol talado cómo se aborda el espectro de los medios electrónicos de (in)comunicación en los poemas de la serie “Todo bajo control”, en el segundo de los cuales, por cierto, se hace referencia a la masacre perpetrada por militares y paramilitares contra la Comunidad de Paz de San José de Apartadó el 21 de febrero de 2005, cohonestada por el entonces presidente Álvaro Uribe, tan caro a los afectos de nuestro implacable Sainte-Beuve criollo:

… carro bomba deja 85 muertos en Irak, /

descuartizados padre, madre y su pequeño hijo /

 en San José de Apartadó,

y vamos a los goles…

 

IV

No es que me considere de los peores damnificados por el huracán HAT. Su artículo me resulta chocante no tanto por lo que tiene de ataque personal hacia mí, sino por esa actitud olímpica de menospreciar el quehacer de toda una generación. De los 38 poetas reunidos en República del viento, entre los que figuran nombres como los de Joaquín Mattos, Vito Apüshana, Héctor Ignacio Rodríguez, Liana Mejía, Ramón Cote, Óscar Torres, Guillermo Linero, Luis Mizar, Gloria Posada, Carlos Patiño, Pablo Montoya, Fernando Denis y Juan Felipe Robledo, Harold no salva a nadie, a nadie cita, en ninguno repara. En su opinión, la gran mayoría de estos “supuestos poetas” son dispersos, acríticos, afásicos, y sus “poemas” –las comillas son de él– “no son cosa distinta a una suerte de palimpsestos, o paráfrasis de textos de sus ‘maestros’, parodias, pastiches, bricolajes confeccionados con germanías y galimatías sintácticas e ideológicas, sin ritmo ni melodía, que conducen al lector desde los despeñaderos y vacíos de la conciencia a una angustia de no saber para dónde vamos y menos de dónde venimos”.

Como un Saturno gargantuesco, HAT engulle a todos sus hijos nacidos en los sesenta (y setenta), pero en esta oportunidad me temo que el bocado se le indigesta. Al plantear que los textos escritos por los poetas de República del viento “no son cosa distinta a una suerte de palimpsestos, o paráfrasis de textos de sus ‘maestros’”, él mismo se descalifica, pues considero a HAT como uno de mis maestros, mal que le pese, junto a otros docentes y poetas a cuyos cursos asistí en la universidad.

 

V

En 1985 la Universidad Nacional publicó una antología realizada por HAT bajo el título de Una generación desencantada, en la que reunió a siete de los autores más representativos de la poesía colombiana de los años setenta: José Manuel Arango, Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, Juan Manuel Roca, Darío Jaramillo, Juan Gustavo Cobo Borda y el propio Alvarado Tenorio. (No deja de ser irónico que a propósito de República del viento HAT fustigue al antólogo, Jorge Cadavid, por haberse incluido en la muestra “sin ningún pudor ni recato”, siendo que él procedió de igual manera en ese entonces.) Una generación desencantada llegó a mis manos poco antes de graduarme como bachiller, gracias a una tía que era docente en la facultad de enfermería. ¿Para qué puede llegar a servir una antología? En este caso, a un joven aprendiz de poeta bogotano el hallazgo de ese libro le permitió extender horizontes más allá de sus incipientes lecturas nadaístas de Providencia y Fuego en el altar.

En su momento, al caracterizar el país que recibió su generación, HAT esbozó los rasgos de lo que llamó “un retrato de un prolongado presente”: “El desplazamiento de grandes grupos humanos hacia las cabeceras de los departamentos nos ha deparado esas caricaturas de ciudades de hoy que hacinan a miles de seres sin educación ni ingresos y sin sentido de la nacionalidad... Para los poetas de la Generación Desencantada no hubo un país al cual asirse... el hilo que los une es la desolación frente al presente y la nostalgia de un país que, por supuesto, nunca existió”.

Fracaso, desolación y desencanto son términos muy similares a los que HAT utiliza ahora para referirse a los poetas posteriores, a quienes califica de “derrotados y defraudados”, cuyos poemas conducen al lector “a una angustia de no saber para dónde vamos y menos de dónde venimos”. Lo cual me lleva a plantearle la siguiente pregunta: la indigencia espiritual que nos achaca a sus sucesores, ¿no es acaso la misma de su generación, de todo un siglo, de toda una era? Donde HAT pretende marcar una ruptura veo más bien una continuidad, el “retrato de un prolongado presente”, un hilo conductor que une a la Generación Desencantada con la que Santiago Espinosa ha denominado “Una generación sin rostro”.

Es como si se cumpliera aquello que apunta el cubano Luis Rogelio Nogueras en uno de sus textos, al afirmar: “... tus poemas / que son más bien pobres imitaciones de los míos / que a su vez son pobres imitaciones de otros poetas / que también imitaban a imitadores”. Permítanme ilustrar este punto con un par de ejemplos. Cuando en otro de los LI poemas para Li yo escribo:

asco

indolencia

indignación

 

errores, derrotas, pérdidas, olvidos

 

fatalismo

ira

apocalipsis del cuarentón

sin casa, carro o beca

no creo estar muy lejos de la atmósfera existencial de HAT cuando sentencia en su conocido poema “Proverbios de uno llegado a los cuarenta”:

Quien no pudo cambiar su país

antes de cumplir la cuarta década, está condenado

a pagar su cobardía por el resto de sus días.

A su vez, el sombrío sentir de HAT remite al de “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, de T. S. Eliot, que HAT tradujo y prologó en 1988, y acerca de la cual anotó: “un mundo en crisis está retratado en “Prufrock”, en lugares comunes de desolación, sugiriendo, más que narrando, el drama de los seres del siglo xx, solos en su cansancio y abandono de sí, esperando nada del destino, asomados en mangas de camisa a ventanas sin horizonte”. Tal cual, henos ahí plasmados, poco más que eso seguimos siendo, estimado maestro –mon semblable, mon frère!–: una horda de imitadores imitando imitadores. Como los hombres huecos de Eliot, vamos a la deriva dando tumbos de un siglo a otro. Prufrock continúa asomado a ventanas sin horizonte, solo que ahora estas son pantallas de televisión, videojuegos e internet.

 

VI

Una última anotación. Al describirme como aterrorizado “ante cualquier forma de compromiso con la realidad o la vida”, HAT me obliga de nuevo a disentir. Entre varias tentativas de compromiso vital, le hablaría ante todo de la dignidad de un compromiso férreo con la literatura y la escritura. Desde la aparición de ALMAC N AC STA en el 93, son más de veinte años los que llevo dedicado a escribir versos. Podría añadir, así  mismo, que siendo niño recorrí medio país de la mano de mi padre ingeniero, que me fui de la casa a los 18, que hice mi tesis de grado sobre Luis Tejada –gran maestro de la crítica crónica–, que he visitado Sapzurro, la Sierra Nevada, Brasil y Venezuela, que durante dos años fui columnista de El Espectador, que trabajé mucho tiempo con jóvenes y adultos en los barrios de Medellín, y que una vez incluso me le medí a escribir un largo ensayo sobre el nuevo código de policía de Bogotá, actividades que –lo quiera uno o no– obligan a adoptar poderosas formas de conexión con la realidad.

Si la “conciencia crítica” de la literatura colombiana quiere ocuparse de mi trabajo, tiene todo el derecho. Los cinco libros de poemas y la biografía de Tejada están a su disposición. Como dijo Jagger: “Así sea mal, lo importante es que hablen de ti”, o como replicaría Dalí: “Lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”. Eso sí: la próxima vez, antes de echarle mano, ojalá logre cerciorarse de que su presa realmente haga parte del libro que pretende reseñar.

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John Galán Casanova

En 2010 publicó 'Árbol talado'.

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