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Deportes

Balón rojo

A comienzos del siglo XX, anarquistas, socialistas y comunistas fundaron clubes de fútbol en todo el mundo. Muchos han cambiado de nombre y abandonado el rojo en sus camisetas. Ahora que el juego parece tratarse más de transacciones millonarias que de patear un balón, ¿qué se conserva de la izquierda en el deporte rey?

Ilustración de Juan Pablo Gaviria

 

No podía ser sino zurdo el dueño de esa derecha verduga y megatónica, el portador de esa cabecita prodigiosa capaz de calcular al milímetro un pase de treinta, cuarenta metros, y colocar la pelota como un guante, al pie de un compañero. En la casa del barrio montevideano de Malvín, la zurdez ideológica de Pedro Virgilio Rocha era tan evidente como la hijodeputez fascistoide de un Julio Montero Castillo. Así lo aseguraban, riéndose, el padre y el tío (¿o era el tío y no el padre?), mientras el nene los escuchaba azorado desde la ingenua tontera de sus diez años. Era Rocha el zurdo, el izquierdoso; no el obrero Néstor Gonçalves, laburador de la media cancha, raspador y sacrificado.

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En un artículo que tituló “Izquierda, poetas, patadas y derechas” y que escribió en 2002, un año antes de morir, el español Manuel Vázquez Montalbán abundaba en una idea cuya paternidad atribuía al ex jugador argentino Jorge Valdano: hay un fútbol “de derechas” y otro “de izquierdas”. Al primero corresponden “la mera fuerza, la marrullería, el patadón”; al segundo “la creatividad”, el buen juego, la finta, la gambeta. Incluso el fair play. El fútbol de izquierdas, decía también el creador de Pepe Carvalho, tiene sus poetas, sus prosistas y hasta sus filósofos, y los ubicaba en su mayoría en América Latina, más precisamente en el Río de la Plata. “Gracias a los argentinos, el fútbol tiene literatura y filosofía. A veces cuentan con la colaboración de grandes escritores uruguayos como Mario Benedetti o Eduardo Galeano. En Europa se aborda la omnipresencia del fútbol apolíticamente, como un síntoma alarmante de cuánto se ha banalizado la rebelión de las masas. En América Latina, en cambio, una reunión entre Menotti, Valdano, Ángel Cappa y Benedetti o Galeano puede convertirse en un debate filosófico prerrevolucionario”.

 

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Que el “fútbol de izquierda” sea el fútbol de guante blanco es algo que a Martín Caparrós “no le cierra” demasiado. “A mí me gusta ese fútbol, pero me cuesta creer que los equipos ‘de izquierda’ sean River, el Real Madrid o el Manchester y que los equipos ‘de derecha’ sean Boca, Peñarol… Hay algo que no va”, dijo el escritor y periodista argentino. Y menos le cerraba la ecuación cuando se identificaba a ese fútbol con el practicado por equipos de raigambre más bien “burguesa”, cuando no patricia. “El de Boca y River es un esquema dual que se repite en todos lados y que se armó en una época en que era potente la idea de una cultura popular u obrera opuesta a la cultura burguesa: Grêmio en Porto Alegre, Fluminense en Río, Nacional en Montevideo, Unión, Newell’s, Real Madrid, son cuadros pretenciosos, los millonarios del lugar. Internacional, Flamengo, Peñarol, Colón, Rosario Central, Atlético de Madrid, son los populares”, apuntaba. En ese esquema dual que ubicaría en principio a los “populares” en la izquierda y a los “pretenciosos” o “millonarios” en la derecha, el fútbol de izquierda estaría sin embargo en la derecha. “Mmmm, nada cierra”, repite el argentino.

Cuando Boca cumplía cien años, en 2005, Caparrós escribió Boquita, un libro al que describió como “una mezcla de ensayo, crónica e historia, un intento por entender la pasión bostera”.

Charlando con Juan Sasturain –argentino, periodista, escritor y boquense como él–, Caparrós se preguntaba por qué no sería igualmente zurdo el fútbol que conecta con “esa tradición cultural que hace que si sos jugador de Boca, aunque sea por un año, sabés que tenés que poner huevos, tirarte al suelo de vez en cuando y no darte por vencido. Hay algo intangible, que también permanece, lo que se supone que informa ese espíritu bostero. Los jugadores que se adaptan a eso son los que la hinchada quiere. Los otros no duran”.

–Meter, más que jugar bien –le apunta Sasturain.

–Claro.

Nosotros, dice Caparrós de los boquenses, somos los que siempre la peleamos desde abajo, los que siempre la ganamos con esfuerzo. No puede haber tradición más “de izquierda” que esa, aduce. Pero relativiza como al pasar: si esa tradición fuera cierta, por aquella evidencia sociológica que hacía de Boca el club por antonomasia de los negros, los mersas, y hasta de “los bolitas y los paraguas y los chilotes” en Argentina, ergo del pobrerío –tierra de promisión de la izquierda si la hubiera–, tiene como contrapartida otra evidencia: la condición de club aliado del poder. Boca actualiza las contradicciones, observa por su lado Sasturain. Lo multiforme es difícil de abarcar desde la ortodoxia, dice, mientras Caparrós carga sobre Mauricio Macri, su posmenemismo neo-con, su populismo derechoide, su empresarismo, su reverso de la condición “nacional y popular” que el club “azul y oro” representaría. Y cuenta que cuando fue a entrevistarlo para el libro, el presidente de Boca y todavía no gobernador de Buenos Aires le dijo que aceptaba hablar, siempre y cuando el periodista “no metiera su ideología”. “Mientras vos no metás tu ideología...”, fueron las palabras de Macri. “Y a mí me impresionó eso –relató Caparrós– porque es el uso clásico que de la palabra ‘ideología’ hace siempre la derecha: ‘ideología’ es siempre lo que piensan los otros. Lo que piensan ellos es la ‘verdad’, la ‘realidad’ o lo que fuese. Por eso le dije: ‘Yo le meteré un poco de ideología y vos le meterás la tuya’. Y ahí se fue”.

 

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(Si uno hiciera el ejercicio de cambiar “bostero” por “manya” –el origen es el mismo– y Boca por Peñarol, habría seguramente más de siete semejanzas.)

 

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Pero hay otras maneras de intentar encontrar lo zurdo en el fútbol. Por ejemplo, yendo al origen.

El desembarco del fútbol por estas tierras es contemporáneo del surgimiento de los primeros sindicatos y otras formas de organización obrera, buena parte de las cuales llevaban en el orillo la marca anarca: sociedades de resistencia, fraternidades, mancomunidades. Y bibliotecas populares, ateneos...

Cuenta Osvaldo Bayer, uno de los mayores historiadores del anarquismo rioplatense, en su libro Fútbol argentino, que la definitiva criollización del fútbol, por los años veinte del siglo pasado, fue en los comienzos todo un desafío para ácratas y socialistas argentinos y uruguayos. “Estaban alarmados. En vez de ir a las asambleas o a los picnics ideológicos los trabajadores concurrían a ver fútbol los domingos a la tarde y bailar tango los sábados a la noche. El diario anarquista La Protesta escribía en 1917 contra la ‘perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo’. Comparaban, por sus efectos, al fútbol con la religión, sintetizando su crítica en el lema: ‘Misa y pelota: la peor droga para los pueblos’ ”.

Pero pronto “los viejos luchadores debieron actualizarse y –ante el entusiasmo de sus propios adherentes ideológicos frente al nuevo juego– resolvieron cambiar de actitud y llegar a una nueva conciencia: practicar el fútbol, sí, porque es un juego comunitario donde se ejercita la comunicación y el esfuerzo común; pero no el fútbol como espectáculo, que fanatiza irracionalmente a las masas”.

 

Los “clubes sociales y deportivos”, o “sportivos”, dejaron de ser entonces solo “sinónimos de milonga y fútbol” para convertirse también en reductos ácratas o socialistas.

Fue en una biblioteca bakuninista porteña que un 1º de mayo nació Chacarita Juniors, y fueron ácratas quienes fundaron en el barrio de La Paternal, también en Buenos Aires, en homenaje a los siete obreros libertarios colgados el 1º de mayo de 1887, el club Mártires de Chicago, que con el tiempo, leyes antianarquistas y cambio de directiva y de mentalidad mediante, pasara a llamarse Argentinos Juniors. Libertarios Unidos fue el primer nombre que tomó el que más tarde se convirtiera en el club Colegiales, que llegara a la B argentina, y de prosapia anarca fueron los pioneros de El Porvenir, en Buenos Aires, y del equivalente Progreso, en Montevideo, fundado en un conventillo por obreros picapedreros. Como anarcos fueron los fundadores de Misiones y Basáñez, y se dice también de los de Newell’s Old Boys (Isaac Newell era un ácrata inglés arribado a Rosario), y socialistas los de Independiente de Avellaneda (llamado así por los trabajadores de una tienda inglesa que se declararon “independientes de la patronal”).

La identificación ideológica de esos clubes se traducía en los colores elegidos para sus camisetas: en su mayoría rojas y negras, y en el caso de Progreso primero negra y luego amarilla y roja, “en homenaje a la Cataluña irredenta y libertaria”, según recuerda un veterano anarco que todavía vive en el barrio del Cerro, antigua fortaleza proletaria de Montevideo.

 

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También en Europa y en otros países de Sudamérica, anarquistas y socialistas, y luego comunistas, daban origen a clubes de fútbol a comienzos del siglo XX. En Brasil, se dice que el Inter de Porto Alegre debe su denominación a “La Internacional”, himno proletario si los hay. En Chile, el Club Deportivo Ferroviario Arturo Fernández Vial tomó el nombre de un almirante enviado a Valparaíso en 1903 a reprimir una huelga de los trabajadores del puerto y el ferrocarril. No solo no la reprimió (por la misma época las masacres de obreros huelguistas eran moneda corriente en la Patagonia argentina, en el norte chileno) sino que intercedió ante un tribunal para que las reivindicaciones sindicales fueran satisfechas. Fernández Vial fundaría luego escuelas para obreros y una liga contra el alcoholismo, “un mal” –decía sin esconder su, paradójico para un militar, origen libertario– que “aniquila los esfuerzos autoorganizativos de los trabajadores”.

En Turquía, el origen del Fenerbahçe es proletario, zurdo y hasta clandestino. El cuadro amarillo y negro surgió en las zonas populares de Estambul, en el lado asiático de la ciudad, y en una época –1907– en la que el fútbol estaba prohibido en el país. El clásico de Estambul lo opone al Galatasaray, creado por estudiantes de un colegio privado del lado europeo de la ciudad frecuentado por la aristocracia turca.

 

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En la mayoría de esos cuadros no hay rastros presentes de aquel remoto pasado rebelde. Apenas una permanencia cromática. Pero hay otros casos en que los clubes surgieron rojillos y lo siguieron siendo.

 

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La historia de Livorno es roja. La del club y la de la propia ciudad. Fue en ese puerto toscano que Antonio Gramsci fundó en 1921 el que llegara a ser el mayor partido comunista de Occidente. Unos pocos años antes se había formado la Associazione Sportiva Livorno, que desde el pique portó camiseta roja y cuyos primeros dirigentes pertenecían al ala del socialismo italiano que terminaría dando nacimiento al PCI. Canciones antifascistas como “Bella ciao”, o directamente comunistas como “Bandiera rossa”, inspiran todavía hoy a la barra del cuadro, las Brigadas Autónomas Livornesas.

Y en el panteón de glorias del club está Cristiano Lucarelli, goleador histórico y símbolo del Livorno de los últimos años. Nacido de padre comunista y changador portuario, “el otro Cristiano”, como lo evocan todavía hoy en su club para oponerlo a su contracara Ronaldo, celebra los goles levantando el puño izquierdo. En el 97, Lucarelli fue marginado de la selección italiana sub-21, de la que era goleador, por festejar levantándose la camiseta y dejando ver por debajo una remera con el retrato del Che Guevara. Célebres a mediados de los 2000 eran los partidos Livorno-Lazio, por los duelos derecha-izquierda entre las barras (los ultras de la capital romana tenían –y tienen– lazos con la extrema derecha) y por las bilaterales entre Lucarelli y Paolo di Canio: mientras el primero alzaba el puño izquierdo, el segundo hacía el saludo fascista. En su primer ciclo en el Livorno, Lucarelli logró hacerlo subir a primera, poco después colocarlo en una copa europea y ser goleador de un campeonato italiano. La Fiorentina ofertó por él 4.000 millones de liras y “Luca” los rechazó. El gesto fue recogido en un libro, Tenetevi il miliardo. Cuando terminó yéndose, en 2007, al fútbol ucraniano, donó parte de su primer sueldo para la creación de un diario, “para difundir las ideas revolucionarias y generar empleos”.

 

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Pero no hay club en el planeta que ponga en práctica más redondamente los principios que del “fútbol de izquierda” da Osvaldo Bayer (“aquel que trae placer, que no se hace por dinero, que desaprueba los negocios, que rechaza a los presidentes de clubes como presidentes de sociedades anónimas, al terrorismo de las hinchadas”) que el St. Pauli de Alemania.

Sankt Pauli se llama el barrio rojo de la ciudad de Hamburgo. Rojo por ser la zona de prostitutas y travestis; y también de gays, de marginales de todo pelaje, de sin techo, de poetas malditos, de okupas, de inmigrantes y de boliches de mala muerte. Y de punks, metaleros y artistas callejeros.

A esa periferia, a ese reducto portuario, fue que en 1980 se trasladó el club de fútbol de la ciudad, nacido setenta años antes pero convertido desde hace tres décadas en emblema de la izquierda futbolera planetaria. Sus estatutos dicen que el Sankt Pauli es un club “antifascista, antirracista y antihomofóbico”, “solidario” y “libertario”; el cuadro tiene su barra de ultras que rechazan “la violencia sin sentido”, su núcleo feminista, y su funcionamiento horizontal que hace que los dirigentes estén sometidos a un control permanente de los hinchas. La hinchada, precisamente, ha logrado ganar espacio a tal punto que son los ultras los que ocupan el palco oficial en el estadio Millerntor, y no los dirigentes, e impuso condiciones como la prohibición de vender camisetas con los nombres de los jugadores (“para no caer en el personalismo”), la supresión de la publicidad en las pantallas gigantes y en todo aviso de la estática “con connotaciones racistas y discriminatorias”. El escudo del club es la calavera pirata, en homenaje a los trabajadores portuarios, y una de sus camisetas de alternativa es roja y negra. Cuando el equipo entra a la cancha suena “Hell’s Bells” de AC/DC y cuando meten un gol “Song 2” de Blur.

 Ilustración de Juan Pablo Gaviria

 

La barra es tan abarcadora de “lo marginal” que años atrás hubo un enfrentamiento entre “sensibilidades”. Un bar de strippers de la ciudad había comprado un palco en el estadio. No era poco para unas finanzas siempre inestables: 65.000 euros por año. Pero como contrapartida el comercio había logrado que le dejaran montar un show nudista en un sector del Millerntor: a cada gol del Sankt Pauli unas strippers se iban quitando la ropa hasta que, si el cuadro ganaba, quedaban totalmente desnudas. La barra feminista del club protestó por el machismo desenfrenado del espectáculo, otro sector dijo que las chicas eran más protagonistas que los propios jugadores, y un tercer grupo, de hombres ubicados en el otro extremo del estadio, se quejó por ser discriminado: no podían ver bien. La dirigencia terció en el conflicto y el show fue prohibido.

El Sankt Pauli disputa dos clásicos: uno contra el equipo “histórico” de la ciudad, el Hamburger Sport-Verein (HSV), y otro contra el Hansa Rostock. Los partidos contra ambos son tomados como enfrentamientos ideológicos, como “escenas de la lucha de clases”, según Sven Brux, uno de los referentes de los ultras. “El hsv representa al fútbol capitalista, el fútbol burgués, el tradicional. Nosotros somos los pobres, los piratas, los que amamos al fútbol como deporte y no como fuente de riqueza”, dijo. Con el Hansa, la guerra es abierta: Rostock, que en los años treinta fue una de las fortalezas de la industria naval nazi y después de la Segunda Guerra Mundial pasara a formar parte de la rda, es hoy una de las ciudades en que la extrema derecha teutona tiene más fuerza. Los skinheads del Hansa y los piratas de raros peinados punkies del St. Pauli protagonizan enfrentamientos épicos en los estadios y a veces en las calles.

Nunca ganó nada el Sankt Pauli. En su siglo de existencia apenas jugó una década en primera (el último ascenso, en 2010, dio lugar a un desbunde en todo el barrio), y en 2002 estuvo a punto de desaparecer. Entonces tomó las riendas Corny Littmann, un empresario teatral del under de Hamburgo, abiertamente gay (no debe haber otro presidente de club de fútbol en el planeta que admita públicamente su homosexualidad), casado con un tenor tunecino, que para salvar la institución recurrió, entre otras medidas, a una fórmula “a la Sankt Pauli”: apelar a “las bases” y vender bonos populares de colaboración entre los habitantes del distrito. El mecanismo lo repitieron en 2011 para ampliar el estadio, con una modalidad algo menos pop: “bonos Sankt Pauli” a varios miles de euros con 6% de interés anual. En menos de un mes ya no quedaba ni uno.

“Existe una sinergia entre el equipo y la ciudad que se manifiesta en que, así como sin su hinchada el club no podría sobrevivir, literalmente, nosotros organizamos partidos a beneficio de los sin techo, allí estamos cuando nos necesitan para ampliar un hospital, reformar una escuela, dar asilo a las prostitutas o a los inmigrantes, ayudar a un cabaret en ruinas”, dijo cierto día Littmann. Al presidente del equipo pirata se le atribuye una frase: “Soy tan fiel a mi club como infiel a mis amantes”.

La “solidaridad” de la que el St. Pauli hace gala es también “internacionalista”. En los ochenta, varios de sus futbolistas formaron parte de las brigadas internacionales de apoyo a Nicaragua; en 2005 realizaron la pretemporada en Cuba, como forma de “respaldar a la revolución”, y un año después, durante el Mundial que se jugó en Alemania, el club pirata, a la cabeza de una fantasmagórica Federación de Independientes del Fútbol Internacional, organizó un “mundial alternativo” con participación de federaciones no integradas a la Fifa, como Tíbet o Groenlandia. El club se hizo llamar para la ocasión “República de Sankt Pauli”.

La institución hamburguesa cuenta con 500 peñas de apoyo en todo el mundo, y los lazos de los ultras con hinchadas zurdas se traducen en reuniones periódicas: con la del Celtic escocés, con la del Livorno italiano, con la del Rayo Vallecano español.

 

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No subsisten en España clubes “de izquierda”. O los hay escondidos, relegados a las profundidades de las ligas amateurs regionales. Sí hay en cambio barras “antifascistas” en varios clubes de primera o de segunda división. Siempre minoritarias, por lo general opuestas a las directivas de sus propias instituciones. Las más fuertes son cinco: los Biris Norte, del Sevilla (la barra más antigua de España), los Pieles Rojas del Deportivo La Coruña, los Celtarras del Celta de Vigo (hermanados con los del Celtic de Glasgow), las Brigadas Amarillas del Cádiz. Y los Bukaneros del Rayo Vallecano, el equipo del barrio obrero madrileño de Vallecas, de camiseta similar a la de River argentino, en el que jugara Fernando Morena en los ochenta.

Todas mantienen excelentes relaciones, al punto que cuando sus equipos juegan entre sí se lanzan cantos de “hermandad” de tribuna a tribuna y hasta pueden llegar a aliarse contra las barras de ultraderecha de sus propios clubes. La vida y las ideas antes que la pelota, dicen. Cuando en 2013 se cumplieron veinte años de su primer encuentro “fraterno” con las Brigadas Amarillas del Cádiz, en la página web de Bukaneros escribieron: “Del Ramón de Carranza, en eterna obra, al viejo y sucio Estadio de Vallekas. Del amarillo al franjirrojo. Ambas, comunidades populares, rebeldes, pícaras, asociativas, humildes y luchadoras contra la permanente crisis. Un sentimiento, una hermandad, una misma filosofía de vida. Dos hermanos gemelos separados por 700 kilómetros pero unidos en la distancia… Una pasión común germinada en playeras barbacoas, noches de fútbol, pasión y grada; y eternas tardes de plaza, tinto y sol. Ni la distancia, ni el errático transcurrir de nuestros equipos ha mellado lo que hace dos décadas se sembró. Sangre gaditana en vena vallekana”.

Los Bukaneros son los más activos de los barristas “antifa”. Se conciben como un “núcleo futbolero”, pero también como un “movimiento social”, y como tal participan en las movidas de los “indignados” o en movilizaciones contra el gobierno del Partido Popular, que les devuelve la gentileza reprimiéndolos y acusándolos de ser “vectores del terrorismo”. “Somos independientes, somos rebeldes. No nos vendemos, no nos rendimos. Tengamos enfrente al presidente del club o del gobierno, a las fuerzas policiales o mediáticas. Tenemos tranquila la conciencia, siempre de clase. Por eso seguimos respondiendo a los ataques procedentes de un sistema que quiere barrernos, acabar con nosotros a base de mentiras, calumnias y represión. No tenemos nada que ver con los terroristas de la pluma, de la porra y los grilletes, de las leyes, de los sillones ministeriales… No hay duda, ellos son los auténticos terroristas. Los que roban a la clase obrera, desahucian, nos matan de hambre, nos quitan la sanidad y la educación, nos dan porrazos y nos encarcelan. Ellos son los peligrosos, y no Bukaneros, ni los movimientos sociales, ni los que levantan la voz contra tanta injusticia”, escriben en su sitio en internet.

 

En noviembre del año pasado, durante un partido del campeonato español contra el Valladolid, que el Rayo perdió en su estadio, los Bukaneros pusieron en escena en las tribunas el “espectáculo de la muerte del fútbol”, presentado por dos hinchas disfrazados, uno de papa, el otro de obispo.

Así lo relataron en su web: “Nació hace justo ahora 150 años. Pronto creció, sano y robusto, extendiéndose a todos los países, a todos los rincones del mundo. Siempre gozó de una gran salud, estaba en manos del pueblo y este no solo disfrutaba con él, sino que lo protegía. Pero tras toda una vida de esplendor, desde dentro le crecieron enemigos. A la sombra de los intereses y los negocios, muchos que decían quererle y ayudarle en realidad solo buscaban beneficiarse, aunque fuera a costa de su deterioro. Ya nunca fue el mismo. Le cambiaron sus costumbres, sus hábitos, y poco a poco fue enfermando. En los últimos años se vio postrado en una cama, solo, sin recibir los cuidados necesarios, con esos tumores que unos pocos se negaban a extirparle. Mientras más enfermaba él, más se enriquecían unos pocos, más le lloraban unos muchos. Algunos, incluso, optaron por no esperar su muerte de brazos cruzados, por luchar contra los que acrecentaban sus dolores, por luchar para que sobreviviera, para que recuperara el espíritu y vigor que tuvo antaño. Pero sus males ya no tenían remedio. Y murió. Murió el fútbol y en el Estadio de Vallekas le dimos el adiós”.

En la cancha, el “papa” bukanero identificó a los verdugos: “Dirigentes, operadores de televisión, políticos, presidentes, jugadores, periodistas e incluso hinchas borregos, todos en mayor o menor medida son los culpables de esta muerte. Nuestro querido fútbol no aguantó más, no pudo con sociedades anónimas ruinosas, horarios deleznables, precios de entradas y abonos por las nubes, una ley del deporte represiva, tipejos en traje y corbata que vivieron de él, que convirtieron el balón en un negocio, la Liga en un tedio, que engordaron a los poderosos y obligaron a la desaparición a muchos históricos… Con tantos males, con tantos achaques, es normal que dijera basta”.

 

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Y hay otros muchos casos que no necesariamente ponen en escena a “clubes de izquierda” o a barras ídem, sino a personajes –jugadores, acaso algún dirigente– que operan como líderes de experiencias “zurdas” o que conectan con alguna sensibilidad remanente de una historia remota.

 

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En su glosa sobre el fútbol de izquierda, sus mentores, sus ideólogos, sus impulsores, Osvaldo Bayer menciona a César Luis Menotti como un “motivador socrático”.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira se llamaba el número 5 del Corinthians, y capitán en dos mundiales de la selección de su país, que encabezó una historia que hubo quien llamara “la mayor experiencia de autogobierno colectivo que conoció el fútbol mundial”. Hijo de un obrero autodidacta que devoraba los clásicos griegos (a su segundo hijo le puso Sófocles y al tercero Sóstenes), el barbado, flaco y elegante Sócrates fue, sin dudas, un motivador. Le decían “el Doctor”, porque había estudiado medicina, y se hizo conocido, además de su prestancia en las canchas, por su rebeldía y por haber sido el alma de lo que se llamó la “democracia corintiana”, un método de organización interna del club que estaba basado en la autogestión, y por haber llevado al equipo paulista a adherir, en los últimos tiempos de la dictadura militar brasileña, a la campaña en reclamo de “elecciones directas ya”. Bajo la batuta de Sócrates, en 1982 el Corinthians salía a la cancha partido tras partido con un brazalete amarillo, símbolo de esa campaña.

Ya entonces estaba en marcha la “democracia corintiana” en el club blanquinegro. El principio era muy simple: el equipo funcionaba como una cooperativa. Todo se discutía, y todo se terminaba decidiendo en una votación, desde los jugadores que debían sumarse al equipo o debían irse hasta el capitanato, desde si se debía o no concentrar hasta si se permitía mantener relaciones sexuales antes de un partido, o fumar y tomar cerveza (se permitió todo), desde el estilo de juego que el equipo quería poner en práctica hasta el técnico más apto para implementarlo. La experiencia contó con el respaldo de una veintena de sindicatos, entre ellos el metalúrgico liderado por Luiz Inácio Lula da Silva, de grupos y grupejos de la izquierda política social, y de un conjunto de artistas e intelectuales, de Rita Lee a Milton Nascimento, de Jorge Ben a Chico Buarque. Gilberto Gil le dedicó una canción y Jorge Amado un libro. “Cuando en el país nadie podía votar, un conjunto de jugadores de fútbol conquistaba el derecho de decidir sobre su propio rumbo”, escribió años después el sociólogo Emir Sader.

“Yo siempre supe que estábamos haciendo política. El fútbol, creo, es el único medio que puede acelerar el proceso de transformación de nuestra sociedad porque es nuestra mayor identidad cultural. Aquí todos entienden de fútbol y nadie de política”, afirmó el propio Sócrates en Democracia corintiana: a utopia em jogo, un libro que escribió en 2002 junto al periodista Ricardo Gozzi. “Podíamos ser muy revolucionarios, pero si no demostrábamos en la cancha que nuestros métodos servían para darnos fuerza, para llevar al terreno lo que pregonábamos como filosofía y ganar copas, de poco hubiera servido”, dijo también en una entrevista. Y en otra: “Sin títulos la democracia corintiana hubiera quedado en nada, porque era un movimiento revolucionario aislado en un mundo totalmente reaccionario como el fútbol”. Las cosas marcharon. En 1983 y 1984, el Corinthians autogestionario logró el bicampeonato, cuando en 1981 había estado a punto de descender.

Sócrates tuvo grandes aliados para llevar a cabo su movimiento. Uno fue Wladimir, un lateral que prácticamente no salió del Cortinthians. Wladimir era comunista y macumbero, en un sincretismo bien brasileño; estudiaba sociología y dirigía el sindicato de futbolistas de São Paulo. Vicente Matheus, un empresario español a la Óscar Magurno que fue presidente del club por décadas, lo detestaba: “¿Quién se cree que es este negrito para presionarme así?”, decía. Otros de los aliados del “Doctor” eran Atilson Monteiro Alves, un sociólogo que según se comentaba poco sabía de fútbol pero fue nombrado director deportivo por los jugadores porque confiaban en él como “motivador filosófico”, y el goleador Walter Casagrande. Waldemar Pires, sucesor de Matheus en la presidencia del club, le facilitó las cosas.

 

En 1984 el capitán abandonó el Corinthians y Brasil. Había prometido que si fracasaba el movimiento por las elecciones directas, es decir la elección del presidente de la República por la gente y no por el Parlamento, como finalmente se produjo, se iría del país. Se fue a jugar a la Fiorentina. En el 86 capitaneó por segunda vez a la selección en un Mundial y a los partidos ingresaba con vinchas en las que se podía leer “paz” o “Reagan asesino”. Se retiró en 1992, a los 33 años, pero volvió a jugar a los 50 para un equipo de un barrio minero de Inglaterra. Fue director técnico, periodista de radio y televisión, productor de películas, administrador de un cineclub, director de un laboratorio. Murió de cirrosis a fines de 2011, a los 57 años, como él quiso: “Un domingo en el que Corinthians se consagre campeón”.

Sócrates decía que los dos años y medio que duró la democracia corintiana fueron el período que más cerca estuvo de una “experiencia revolucionaria integral”. “Conseguimos probarle al público que la opresión no es imbatible, que una comunidad solo puede salir adelante si respeta la voluntad de la mayoría de sus integrantes, que la igualdad es posible. Trascendía en mucho al fútbol y creo que algún sedimento dejó”, escribió en Democracia corintiana.

Algún sedimento. Del Corinthians partió Bom Senso “Sentido Común”, el movimiento de jugadores que a fines del año pasado arrancó a la cbf, la Confederación Brasileña de Fútbol –dirigida por un ex gobernador de São Paulo que estuviera ligado a la dictadura–, algunas reivindicaciones laborales. Paulo André, zaguero del Corinthians, el hijo de Wladimir, y Raí, hermano menor de Sócrates, ya retirado, estuvieron entre sus protagonistas. Un sociólogo brasileño que escribió sobre Bom Senso dijo que fue tan representativo de esta época como la democracia corintiana de la suya: el movimiento de Sócrates “soñaba con cambiar el mundo, el de 2013 con hacerlo aunque sea un poquito más vivible”.

 

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A Javier Zanetti se lo conoce como un gran jugador de fútbol, serio, elegante, de los más inteligentes de su generación en Argentina, y como un pistón del Inter de Milán, donde hizo prácticamente toda su carrera. Pocos saben que fue obrero de la construcción en su adolescencia y que desde 2001, plena crisis argentina, maneja la Fundación Pupi, que es su seudónimo pero también el acrónimo de Por Un Piberío Integrado. Con esa fundación, Zanetti ayudó a miles de chiquilines argentinos en extrema pobreza, a los indios mapuches de la Patagonia (“les están quitando sus tierras, los están expoliando”, dijo en una carta), construyó un hospital en Colombia y encara proyectos que “apuntan a una nueva ética ciudadana por una sociedad más justa y solidaria”.

Cuando un periodista italiano le preguntó si se sentía “un tipo de izquierda”, Zanetti dijo que no lo sabía, que probablemente sí, pero que sin duda en su vida había tenido “varios momentos de izquierda”, sobre todo con su fundación. Uno de ellos debe haber sido el contacto que mantuvo durante un buen tiempo con los zapatistas mexicanos. Fue en 2004, cuando al presidente del Inter, Massimo Moratti, un millonario empresario petrolero que proviene sin embargo de familia comunista y que como interista y como “demócrata progresista” está enfrentado radicalmente al Milán de Silvio Berlusconi, le llegó una carta del subcomandante Marcos: “Le escribo para desafiarlo formalmente a un partido entre su equipo y la selección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en lugar, fecha y hora que ya definiremos. Visto el gran afecto que sentimos por ustedes, estamos dispuestos a no ganarles por goleada y darles una paliza sino a derrotarlos con un solo gol para que su noble afición no los abandone”. El partido nunca se jugó, pero el proyecto dio lugar a que varios dirigentes del Inter viajaran a Chiapas y concretaran apoyos a los zapatistas. El gerente deportivo Bruno Bartolozzi pasó un mes en los campamentos de la Selva Lacandona. Los interistas “nos acercamos a la realidad de Chiapas después de haber trabajado por años en todo el mundo en solidaridad y cooperación. Lo hemos hecho en Argentina, Colombia, Brasil y Cuba. También en Palestina, Irán, Bosnia y Rumania. Desde abril de 2004, cuando supimos que les destrozaron un acueducto, las casas y mataron a sus animales, decidimos, junto a los jugadores, apoyar a los zapatistas”, dijo Bartolozzi al diario chileno La Nación. Zanetti contactó a sus compañeros de equipo y a las semanas se juntaron 5.000 euros para reparar el acueducto, luego otros 7.500 para comprar una ambulancia, y algo más para equipamiento y medicinas de un hospital. El mediocampista argentino envió una carta a los zapatistas en nombre de todos sus compañeros: “Creemos en un mundo mejor, en un mundo no globalizado sino enriquecido por las culturas y las costumbres de cada pueblo. Es por esto que queremos apoyarlos en esta lucha por mantener sus raíces y pelear por sus ideales”, decía.

 

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Edgar Piedrahíta es un periodista colombiano, futbolero fanático como tantos. Es también un “militante social”, y tiene la particularidad de haber hecho un decálogo de lo que podría ser el “fútbol de izquierda” –él no lo nombra así, dice que trata de “plasmar su odio eterno al fútbol moderno” en base a “unas cuantas cosas que aprendió en torno a un balón y dos arcos”–, al que bien podrían suscribir Osvaldo Bayer y unos cuantos ácratas románticos. Algunos de sus puntos:

“–El árbitro representa la autoridad, el poder y el Estado. Nunca nada con el árbitro, ni un aplausito cuando sin querer falla a favor de tu club. Recuerda que con la autoridad no se coquetea, mi amigo, ella es mala por naturaleza.

”–No hay nada más despreciable que el hincha por resultado. Los que solo están cuando las cosas van bien, o los que viven pendientes de triunfos cuyo espíritu no construyen, son miserables oportunistas que merecen rechazo.

”–Para que haya triunfo debe haber trabajo gris. Quien desconfía del trabajo gris, y vive solo pendiente de los momentos de brillantez, es un oportunista.

”–Siempre estilo Maradona, nunca estilo Pelé. Los vendidos y acomodados nunca tendrán lugar bajo el cielo de los justos.

”–Siempre estilo Menotti, nunca estilo Bilardo. El triunfo por el triunfo no es válido. A la meta se ha de llegar con el convencimiento de que se hace lo conveniente por la vía conveniente”.

Y termina con esta línea:

“–La vía conveniente implica también la estética conveniente. El juego y la lucha son actos estéticos, solo hay que preguntarles a Garrincha, Bochini, Panenka, Sócrates, Cabañas o Higuita”.

O a Pedro Virgilio Rocha.

 

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© Este texto fue publicado originalmente en la revista uruguaya Rocket, cuya redacción está totalmente conformada por hinchas del Peñarol.

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Daniel Gatti

Licenciado en historia de la Universidad París VIII. Fue jefe de redacción de Brecha.

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