Google+ El Malpensante

Literatura

Carrera Andrade

Postales de viaje

Poeta y diplomático, en la vida de este escritor ecuatoriano los viajes de un oficio nutrieron las páginas del otro. La siguiente bitácora revela los momentos más emotivos del periplo emprendido por el quiteño, autor de Microgramas.

Jorge Carrera Andrade, en una fotografía tomada en los años veinte • © Archivo personal de Enrique Ojeda

 

Berlín, 1928        

“Ha muerto Carrera Andrade…”.

Al tiempo que lee el recorte de prensa, Jorge Carrera Andrade guarda silencio. Unos meses antes, ha dejado Ecuador para asistir al Quinto Congreso Internacional en Moscú como delegado por el Partido Socialista Ecuatoriano. Su viaje ha estado lleno de complicaciones: de puerto en puerto –Colombia, Panamá, Curazao, Trinidad, hasta llegar a Hamburgo– y con penurias por la escasez absoluta de dinero.

En Berlín intenta conseguir una visa en la Embajada de la Unión Soviética. Herbert Kemena –redactor del diario Frente Rojo– lo pone al tanto de que el congreso tuvo lugar dos meses antes, por lo que es inútil que prosiga con el viaje. Sin esfuerzo, comprende que está en una situación desesperada.

Quito, 1926

Dos años antes, Carrera Andrade era un joven poeta, de veintitantos, que empezaba a labrarse una biografía. En 1922, había publicado su primer libro, Estanque inefable, había fundado dos revistas literarias –Crepúsculo y La Idea– y había terminado sus estudios en el Instituto Nacional Mejía, donde también alcanzó a dirigir un tercer magazín, Vida Intelectual.

De la mano de otros estudiantes que compartían sus ideales políticos, el futuro escritor redactaba notas a favor del pueblo indígena y la clase obrera. “Tierra, pan y alfabeto para todos los ecuatorianos”, era su consigna.

Ecuador hervía con las protestas. Los trabajadores criticaban la acción del gobierno de José Luis Tamayo y abogaban por profundas transformaciones sociales. Carrera Andrade participaba en ese maremágnum como redactor de La Fragua, un periódico de izquierda que apoyaba la candidatura a la presidencia del socialista Juan Manuel Lasso.

En 1925, cuando se produce la Revolución Juliana que derroca a Gonzalo Córdova, Carrera Andrade pasa a ser secretario general del Partido Socialista, publica su segundo libro de poemas, La guirnalda del silencio, y es delegado por el partido para ir al Congreso en Moscú que lo dejará “encallado como una ballena” en la capital de Alemania.

 

Berlín, 1928

Mientras espera que el partido lo auxilie, mata la angustia leyendo a Baudelaire y escribe un libro a su sombra: Frutos prohibidos. Una tarde, desesperado, decide huir del hotel en que se aloja, pues no sabe cómo pagar el hospedaje. Quiere la casualidad que se encuentre en la recepción con dos mujeres que le exigen dejar sus maletas como prenda de garantía. Alegan ser la portera del hotel y su hija, pero semanas después, cuando el poeta vuelve para pagar la deuda, no hay quién le dé razón de las dos, ni de su maleta ni de sus escritos, de los que solo sobrevive “Mademoiselle Satán”, ese grito del erotismo, del dolor, de la impudicia amorosa: “Mademoiselle Satán rara orquídea del vicio. / ¿Por qué me hiciste, di, de tu cuerpo regalo? / La señal de tus dientes llevo como un cilicio / en mi carne posesa del Enemigo Malo. / ¿Por qué probó mi lengua el sabor de tu sexo / y el vino que en la noche destilan tus pezones? / ¿Por qué el vello que nace de tu vientre convexo / se erizó para mí con nuevas tentaciones?”.

 

París, 1928

Mientras capotea la pobreza vendiendo audífonos para sordos, Carrera Andrade tiene un golpe de suerte. Luego de una visita del jefe del Partido Aprista de Perú, Víctor Raúl Haya de la Torre, la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos le confía la tarea de fundar centros de lucha en la capital francesa, donde conoce a Gabriela Mistral y a César Vallejo.

Nunca entablará una amistad con Vallejo. Con Mistral, en cambio, la relación es diferente: “Más de un mes permanecí en [su] casa de campo, en un continuo ir y venir entre el jardín y una buharda del último piso, donde reposaban centenares de libros sin orden ni concierto. Allí pude colmar el vacío de mis conocimientos y me interné por el mundo de los grandes libros”, escribió años más tarde en su libro de memorias El volcán y el colibrí.

En París traduce del francés la novela El séptimo camarada, de Boris Lavrenef, y publica Boletines de mar y tierra, el tercer poemario de su bibliografía y el primero aparecido fuera de su país: poemas sobre viajes, lugares, tierras. “Se me reveló la poesía del viaje y me inicié en la magia verde de la geografía… La criatura transparente e infantil de mi poesía tuvo que tragar mucha agua salada y trepar a las jarcias y bajar en cada puerto”, escribió en Edades poéticas, en 1958.

 

Quito, 1933

Hay mucha gente. Obreros, estudiantes, indígenas, burgueses, campesinos, comunistas, políticos. Entre todos esta él, con casi dos metros de estatura. Sus piernas como columnas sustentan un cuerpo semejante a un tonel. Es moreno, de brazos gruesos, con una promesa de calvicie sobre la cabeza.

Han pasado cinco años desde que partió y acaba de regresar a Quito; para su sorpresa, le hacen un recibimiento que él tarda en darse cuenta de que va dirigido a su poesía. Hay hileras de autos que lo acompañan hasta el centro de la ciudad, mientras celebran la llegada de un hombre que –dicen– es orgullo patrio, que empieza a nombrarse como el poeta nacional.

Durante el año que permanece en Ecuador, es nombrado escribano del Congreso gracias a la injerencia de su viejo amigo Carlos Puig Vilazar, secretario del Senado. Poco tiempo pasa para que Puig renuncie y Carrera Andrade lo reemplace. El 15 de agosto de 1933 se firma la destitución del presidente Juan de Dios Martínez Mera. Nuestro poeta es el encargado de darle el mensaje.

 

Paita, 1934

Su buen desempeño burocrático lo lleva a ser nombrado cónsul en el puerto del Pacífico que acogió a Manuelita Sáenz y que –rumoran– fue fugazmente visitado por Herman Melville. El lugar, inhóspito y seco, resulta el hábitat propicio para escribir Latitudes, su primer libro de ensayos. Un diario de viaje que es, en cierta forma, la versión en prosa de Boletines de mar y tierra, y en el que se pueden leer de igual manera las cualidades poéticas del escritor: un alto contenido metafórico, una forma ágil de describir situaciones, objetos, cosas. Así describe uno de los tantos paisajes que vio al sur de Francia: “La corniche es un largo corredor natural, una cornisa sobre el Mediterráneo. Un mirador hacia un paisaje elemental de aire, luz y agua. El aire multiplica sus vidrieras hasta el horizonte, ventanal mayor, límite y prisión diáfana de barcos de vela y remo. La luz tiene el color del aceite de olivas del Mediodía francés y ondula sobre el mar con untuosidades y reverberaciones súbitas. El pelotón de aguas avanza y retrocede en constante ejercicio, dejando el suelo cribado de agujas líquidas”.

 

El Havre, 1934

La estancia en el Perú es corta. Rápidamente lo nombran en el Consulado de El Havre. Su forma de tomar contacto con el mundo es por medio de las lecturas y la poesía. “Tres, cuatro meses, no sé cuánto tiempo ha durado mi crisis de soledad en un pueblecito cercano. He buscado el aislamiento para entregar solamente mi amistad a los libros, a un estudio serio y ordenado”, le escribe al poeta mexicano Jaime Torres Bodet en 1935.

Por momentos cede en su misantropía y asiste a tertulias de diplomáticos, revolucionarios e intelectuales. En ellas se explaya hablando de la situación política de América Latina, de novedades literarias y de sus propias composiciones.

En ese mismo año, se casa con Paulette Colin Lebas y publica Rol de la manzana y El tiempo manual. En el primero, escribe: “Tu amor es como el roce tímido / de la mejilla de un niño, / como la piel de las manzanas / o la cesta de nueces de la pascua, / como los pasos graves / en la alcoba donde ha muerto la madre, / como una casa en el bosque / o más bien como un llanto vigilante en la noche”.

Dos años después nace su hijo Juan Cristóbal, llamado así por la admiración que Carrera Andrade siente por el personaje de la obra homónima de Romain Rolland.

En 1925, poco antes de que el Partido Socialista Ecuatoriano lo enviara a Moscú • © Archivo personal de Enrique Ojeda

 

Yokohama, 1938

 –¿Habla usted japonés? –pregunta el hombre de aduana.

Ha llegado a Japón, luego de que el Ministerio de Relaciones le propusiera trasladarse a Yokohama como reconocimiento por su labor diplomática. El Consulado de Ecuador en Yokohama no es más que una mesita con una bandera ecuatoriana en la oficina del cónsul general de Brasil. Inmediatamente, se pone a buscar un lugar a la altura de sus exigencias y consigue una amplia mansión rodeada de un parque.

Desde esa comodidad, se dedica a recorrer la cultura japonesa con ánimo fisgón pero sin abandonar nunca la imagen de su tierra: “Al principio, al llegar a Yokohama, ciertas particularidades de la población despertaron vivamente mi curiosidad. El color cobrizo de la piel, la manera de andar, la contextura del cuerpo, el sonido del lenguaje y hasta ciertos detalles del vestido eran similares a los de la población indígena de los países andinos de América del Sur”, cuenta en El volcán y el colibrí.

Uno de sus empleados, Kawamata-san, se gana rápidamente el favor del poeta, quien quiere premiarlo con un almuerzo. Con gesto resignado y mirada dubitativa, el japonés acepta y el domingo acordado llega hasta la casa del cónsul. Comen, se miran y guardan silencio. El ecuatoriano ve a Kawamata-san devorar unos pastelitos y, para ser aún más amable, le pide a la encargada del servicio doméstico que añada un tercer pastel en el plato del invitado, quien en lugar de hacer un gesto de agradecimiento se levanta perturbado y se va de la casa. Paulette y su esposo quedan atónitos.

Días después, un subalterno le explica a Carrera Andrade que, para las costumbres niponas, invitar a un empleado a comer quiere decir despedirlo y poner tres pasteles en su plato significa condenarlo a muerte.

 

Yokohama, 1940

Cumplidos dos años de su estadía en Japón, salen publicados en Tokio los libros País secreto y Microgramas. En el primero, reúne los versos escritos en el país asiático; en el segundo, agrupa breves composiciones de los años anteriores. Aunque en este último solo incluye ocho poemas inéditos, es con ese libro que Carrera Andrade da a conocer una de las mayores riquezas de su poesía –un estilo–.

En Origen y porvenir del micrograma –la ampliación de una conferencia que había dado en 1934 en Quito y que antecede los poemas que conforman el libro– explica: “No tengo la pretensión de haber inventado el micrograma, pues ya en el Siglo de Oro don Francisco de Quevedo y Villegas, en la pausa de dos ‘Sueños’, escribió su ‘Boda y acompañamiento del campo’, collar rústico de epigramas castellanos, abuelos directos del micrograma infantil que yo echo a rodar por el mundo... El micrograma no es sino el epigrama español, despojado de su matiz subjetivo”.

 

San Francisco, 1941

Para el 7 de diciembre de 1941, fecha en que los japoneses atacan Pearl Harbor, Carrera Andrade ya se ha instalado en la Costa Oeste de Estados Unidos. Allí continúa sus labores diplomáticas e imparte clases de literatura en el Mills College, donde conoce a Diana, una colegiala hija de alemanes con quien pasa tardes enteras en la soledad de parques, bosques, y la ve marchar para siempre, luego de que sus padres la obligan a casarse con un amigo de la familia. Para ella escribe: “A tu paso los más esbeltos árboles palidecen / la savia cesa de circular en los corazones de las hojas. / Todos los árboles desean morir / ante tu belleza desterrada en los jardines. / Tu color es de nube, / tu cuerpo no es terrestre: / es de alta luz que invita a la adoración humana…”.

En San Francisco se hace amigo de Pedro Salinas, profesor en ese entonces de literatura española en la Universidad John Hopkins. Caminan uno al lado del otro y visitan el Barrio Chino. También hacen excursiones al Parque de Yosemite, a Carmel, a Point Lobos, a Santa Bárbara, a Santa Mónica. Visitan bosques. Nunca dejan de hablar y especular sobre los norteamericanos.

A la hora del crepúsculo, Carrera Andrade prefiere desplazarse por las calles sin quitarles la mirada a las “towering girls” de San Francisco, visitar bares, restaurantes. “Había por todas partes más mujeres que hombres. Las capas y los abrigos de pieles hacían resaltar el color floral de los semblantes y la forma de los cuerpos escultóricos que atraían con su misterio… La Grecia antigua resucitaba en cada bar, en cada salón, donde los espejos multiplicaban las estatuas animadas de las diosas humanas que aceptaban nuestra compañía de simples mortales”.

 

Londres, 1947-1949

El presidente Carlos Julio Arosemena lo nombra enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante la corte de Gran Bretaña. El poeta admira la Plaza de Trafalgar, se entusiasma con la Torre de Westminster, recuerda lecturas anteriores de Thomas Carlyle, se deslumbra con la Plaza de Belgrave, observa las casas y se dice a sí mismo que en una de ellas vivió Francisco de Miranda –precursor de la emancipación americana– mientras reclutaba irlandeses para luchar por la libertad en América. Miranda le trae a la memoria a José Joaquín de Olmedo –poeta ecuatoriano del siglo XIX, autor del Canto a Bolívar– e intenta, sin suerte, dar con la casa donde se alojó.

En París, adonde lo llevan sus labores diplomáticas, publica el libro de crónicas Rostros y climas, y el editor Pierre Seghers edita en francés parte de su poesía. Conoce a André Breton, Tristan Tzara, Louis Aragon y Paul Éluard, poetas que ya había leído, que admira, y a los que traducirá al español en el libro Poesía francesa contemporánea, publicado en Ecuador en 1951.

De vuelta en Londres pone todo su empeño en que se eleve el estatus de la representación diplomática de Ecuador, y el rey, Jorge VI, accede a que la vieja delegación se convierta en toda una embajada.

 

Quito, 1950

Ha vuelto a su país después de tantos viajes. Ya no lo acompaña Paulette Colin Lebas. Se ha marchado a París a ver morir a su madre. A su lado tampoco está su hijo Juan Cristóbal, a quien su madre se ha llevado para garantizarle una buena educación en su país de nacimiento.

La noche del 7 de noviembre de 1950, los escritores Jorge Enrique Adoum, Hugo Alemán y Carrera Andrade van a la casa de Oswaldo Guayasamín, donde también están el pintor Jaime Valencia y los músicos Gonzalo Benítez y Luis Alberto Valencia. Un cuadro de Guayasamín capta la atención del poeta, quien advierte que en la pintura aparece un feto en el vientre de la madre y tiene la misma posición que los cuerpos en las sepulturas precolombinas. Toma de la biblioteca un libro al azar que resulta ser Por el camino de Swan, y en la página final escribe, bajo el influjo del alcohol, una primera estrofa: “Yo quiero que a mí me entierren / como a mis antepasados, / en el vientre oscuro y fresco / de una vasija de barro”.

Hugo Alemán la lee y enseguida anota: “Cuando la vida se pierda / tras una cortina de años / vivirán a flor de tiempo / amores y desengaños”. Luego, el pintor Valencia añade una tercera estrofa: “Arcilla cocida y dura, / alma de verdes collados, barro y sangre de mis hombres, / sol de mis antepasados”. El final –la cuarta estrofa– le corresponde a Adoum: “De ti nací y a ti vuelvo, / arcilla, vaso de barro, / con mi muerte yazgo en ti, / en tu polvo enamorado”.

Semanas después, el dúo Benítez-Valencia estrena la canción “Vasija de barro” sin pensar que se convertirá en, casi, un segundo himno, un éxito musical sin precedentes en el folclor ecuatoriano, interpretado por músicos de todos los rincones: Paco Ibáñez, Atahualpa Yupanqui, Inti-Illimani, Mercedes Sosa, Claudia de Colombia.

 

París, 1952

Nuevamente viaja a París, porque el Ministerio de Educación lo nombra delegado permanente ante la Unesco, pero renuncia para convertirse en editor de las publicaciones de la misma organización. Allí se casa con Janina Ruffier. Se reune con poetas belgas, franceses, con los que viajará por el continente. En 1952, nace su hija Patricia. Publica en París Familia de la noche y emprende la ardua tarea de escribir un libro que recoja la historia de Ecuador, ya que poco se sabe del país en Europa. Ese libro es El fabuloso reino de Quito, dividido en tres tomos: El camino del sol, La tierra siempre verde, Galería de místicos e insurgentes. Pero luego llega la guerra de Argelia y el dolor: la ausencia, la depresión y la debilidad.

 

Venezuela, 1961

En 1945, en su primera estancia como embajador en Caracas, Carrera Andrade había conocido a Germán Arciniegas y a Roberto García Peña –director en ese entonces del diario El Tiempo de Bogotá–, e iniciado una larga cercanía con Alejo Carpentier. También había publicado los libros Poesías escogidas, País de origen y la traducción, en 1945, de Cementerio marino. Cántico de las columnas. Otros poemas, de Paul Valery.

Ahora frecuenta la casa del presidente Rómulo Betancourt y, desde el día que llega –28 de enero de 1961–, la de varios escritores de Venezuela y Colombia. Poco tiempo pasa antes de que “Hombre planetario” sea publicado en una separata de la revista colombiana Mito.

A su partida, obligada por el conflicto político y la suspensión de relaciones diplomáticas del país con Ecuador, dejará el manuscrito original de La república de los generales en manos de un amigo. Pese a sus prevenciones, el libro se extraviará y sigue perdido hasta el día de hoy.

En el puerto francés de Le Havre, hacia 1935 • © Archivo personal de Enrique Ojeda

 

París, 1964-1968

Es nombrado embajador extraordinario en Francia, país en el que traba una cercana amistad con Eduardo Caballero Calderón. Con él camina durante largas horas por el antiguo Barrio Latino, extasiado con su manera de hablar y observar. “La figura de Caballero Calderón encajaba maravillosamente en la galería del romanticismo colombiano. Alto, apoyado en un grueso bastón que le hacía llevar con dignidad su cojera y que armonizaba con su rostro encuadrado por una recia barba gris, cubierto con un turbante moscovita, Caballero Calderón era un personaje de novela… Su verde mirada escrutadora sabía mirar el mundo, como lo probaban sus novelas costumbristas y sus ensayos sobre América, continente que amaba y añoraba”.

 

Nueva York, 1968

Carrera Andrade participa en el Festival Internacional de Poesía del Lincoln Center y, días más tarde, en una lectura organizada por el Departamento de Inglés de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. A su lado Nicanor Parra y John Malcolm Brinnin escuchan, recitan y comentan. Cuando el ecuatoriano lee sus poemas, el auditorio, lleno en su totalidad, aplaude. Cuando lo hace el chileno, el público se carcajea. Carrera Andrade piensa –incómodo– que la poesía debiera ser otra cosa, no eso: no una broma.

 

Long Island, 1969

Meses después, arguyendo razones de edad, el Ministerio de Relaciones lo obliga a renunciar al cargo de embajador ante los Países Bajos y decide, luego de una vida diplomática de seis lustros, darle como jubilación 240 dólares mensuales.

“En este momento crucial de mi vida no sé para qué lado tomar ni qué camino escoger. El único apoyo que tengo es el de unos pocos amigos –entre ellos usted el primero – que me dan fuerzas para seguir adelante”, le escribe al profesor Enrique Ojeda. Preocupado por la situación económica del poeta, Ojeda consigue que la biblioteca de Stony Brook compre, por la suma de 10.000 dólares, toda la correspondencia y todos los recortes de prensa acumulados por Carrera Andrade a lo largo de treinta años, y adicionalmente que se le ofrezca una plaza de profesor visitante, con el mayor sueldo básico concedido por la universidad: 20.000 dólares.

En septiembre, Carrera Andrade se traslada a Long Island, donde permanece como docente hasta 1971, en una casa a orillas del Estrecho de Long Island. La contemplación diaria del mar, de gaviotas y faisanes, le dio el escenario ideal para componer uno de sus más bellos trabajos literarios, “Estaciones de Stony Brook”, en el que además de la soledad y la presencia viva de la naturaleza, una súbita aparición de Whitman –que divagó por esas playas– ocupa las líneas del poema. “Walt Whitman ha venido a visitarme. / Miro las barbas de mi viejo amigo / con la gris telaraña de la lluvia. / Miro sus botas llenas de barro americano. / En dos sillas de junco / sentados a la mesa / gustamos condimentos de palabras”.

Luego de los dos períodos lectivos en Stony Brook, Carrera Andrade abandona Estados Unidos. En París, adonde va por una corta temporada, se le recrudecen los síntomas de una enfermedad cada vez más difícil de ocultar: el mal de Parkinson. Ante los días de dificultad económica –auspiciados por la enfermedad, la educación de su hija y el divorcio de su segunda esposa–, Carrera Andrade decide regresar a su ciudad natal.

 

Quito, 1974

Vive en una pequeña casa. Han pasado dos años desde que llegó de París. La Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó la Obra poética completa –preparada por el propio autor– y la Academia de la Lengua ha propuesto su nombre para el Premio Nobel. Recibe el Premio Eugenio Espejo como reconocimiento por su obra.

Trabaja como director de la Biblioteca Nacional con un sueldo que, aunque modesto, le permite la independencia necesaria para sobrellevar su enfermedad, su soledad, aquello que le recuerda que está, como hace tantos años en Berlín, en una situción desesperada.

 

Quito, 2003

Mucho tiempo después sale publicada una edición bilingüe de la Obra poética completa, también a cargo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. “Sencillamente no hubo edición de la obra”, me dice Álvaro Alemán, el encargado de preparar la edición crítica de la poesía completa de Carrera Andrade; su voz, contraria a la naturaleza pasiva de los quiteños, es furia. “Ni siquiera se puede decir que quedó mal. Es una ofensa, un crimen con la poesía de Carrera Andrade. Es un asunto de patrimonio cultural y no les importó. Si hubiera sido petróleo sí habrían salido a defenderlo”.

Alemán me explica que en la traducción, hecha por un tal Carlos Reyes (en realidad Charles King), el aguardiente se transforma en brandy, el junco en basura, la tristeza en sardinas, el precipicio en perdición. Y que en la Casa de la Cultura los encargados nunca rindieron cuentas. El dinero invertido se perdió y los libros –tres tomos lujosamente editados– fueron a parar a una bodega.

 

Quito, 2013

Es una tarde de abril y llueve. Frente a mí, Álvaro Alemán habla sobre el conflicto de Juan Cristóbal con su padre y sobre la obra crítica que prepara de Carrera Andrade.

–¿Por qué Juan Cristóbal no quiere difundir los libros de su papá?

–Hay muchas versiones, pero lo que se dice es que las relaciones entre ellos dos no fueron muy buenas.

Al parecer, todo empezó en los cincuenta, cuando estalló la Guerra de Argelia. Juan estudiaba en París y su padre se organizaba con Janina Ruffier des Aimes. Lo había dejado solo, sin dinero para sobrevivir y sin cariño. La guerra complicó las cosas al punto de que empezaron a reclutar a los jóvenes. Juan le pidió ayuda a su padre, pues por ser ecuatoriano y diplomático podía sacarlo del país. Lo que se murmura es que el padre no complació al hijo y que, por el contrario, le dijo: “Cobarde, debes pelear por la patria, por la república… tienes que ser valiente, hacerlo por Francia”.

 

Florida, 2013

“ ‘¿Sabe?, a mí no me interesa nada que tenga que ver con mi papá’. Eso me dijo una vez que nos vimos, y si a él no le interesaban las cosas de su padre, a mí no me interesaba hablar con él –recuerda Enrique Ojeda–. Lo busqué para darle ejemplares de un libro que yo había publicado, pero no le interesó. Conocí a Carrera Andrade en París. Para ese entonces él era embajador. Me abrió todos los documentos y archivos, que eran muchísimos. En las tardes yo leía y anotaba, en las noches íbamos a comer. Era un gran conversador y siempre hacía bromas sobre sí mismo. Yo tuve acceso a las cartas que el hijo le escribía. Eran cartas muy duras en las que lo acusaba de dejarlo completamente solo, de pensar únicamente en su propia vida, en su trabajo”.

También se dice que el escritor era difícil de tratar, que prefería estar solo, que prefería hablar en francés antes que en español, que obligaba a sus empleados a trabajar más de la cuenta.

 

Quito, 1978

Es noviembre. En la casa –pasaje Yoder 18-20– una máquina de escribir reposa sobre la mesa que todos los días le sostiene el plato de comida.

Está solo, sin esposa, sin hijos, sin amigos. Sufre por un horrendo dolor gástrico y vive con un temblor en el cuerpo que ya no es posible disimular.

Según el doctor Julio Endara, del Seguro Social –que lo recibió exangüe–, Carrera Andrade murió tras ingerir pastillas para el dolor por unas úlceras que ignoraba y que se le reventaron, ocasionándole una hemorragia masiva.

Para muchos, sin embargo, siguen siendo un enigma las circunstancias de su muerte, como enigmática es la fecha de su nacimiento. Se afirma que Carrera Andrade perdió su partida de bautismo en un incendio y esto lo llevó a usar la de uno de sus hermanos que había nacido y muerto en 1902. Se dice que le gustaba aumentar a propósito su edad para serles fiel al tamaño de su cuerpo y a su intelecto. Se dice que nació en 1900, en 1901, en 1902, en 1903, y él mismo escribió que había nacido en Quito el 18 de septiembre de 1903. Pero no es cierto. Entre los documentos y archivos que Enrique Ojeda me mostró, vi una copia de su registro civil. Claramente, en el tomo 3, página 75, acta 965, se puede observar que la fecha de la inscripción del nacimiento es otra: 14 de septiembre de 1902.

Página 1 de 4

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Rubén Darío Higuera

Estudió periodismo, música y literatura. Fue editor de la revista Cartel Urbano. Ha escrito para las revistas Esquire, Bocas y Don Juan

Septiembre de 2014
Edición No.156

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores