Google+
El Malpensante

Entrevistas

La ética pop

Una entrevista con Chuck Klosterman

Puede la misma persona que disecciona la cultura pop, con ensayos sobre Darth Vader y John Cusack, convertirse en una suerte de oráculo moral para los gringos? Chuck Klosterman sintetiza la banalidad y los más enrevesados dilemas éticos a través de sus numerosos bestsellers y su columna en el New York Times que firma como “the Ethicist”.

Ilustración de Diego Estebo

 

1

Chuck Klosterman es un hombre de teorías. La primera –y crucial a la hora de entender a este periodista barbón y colorín– es esta: “Mi intención es ilustrar cómo la gente usa la cultura popular para explicarse su vida”.

 

2

Autor de ocho libros, entre novelas y conjuntos de ensayos, Chuck Klosterman (1972) es poco conocido en el mundo hispanohablante. Pero en Estados Unidos es lo más cercano a un teórico pop para las masas. Un tipo que escribe de todo: deportes, televisión, literatura barata, comida chatarra, política y la trivia musical más rebuscada. Leer los artículos de Klosterman es como buscar algo en Wikipedia, prender la televisión y dejar MTV de fondo, hojear alguno de los ensayos de George Orwell y finalmente llegar a la conclusión de que la cultura pop no es más que un reflejo de nuestro convulso mundo.

Desde hace un tiempo, además, Klosterman tiene uno de los trabajos más extraños que un periodista puede ejercer: es la ética de Estados Unidos. Todas las semanas, cientos de personas mandan al New York Times emails y cartas con dudas sobre situaciones “ambiguas” en las que no saben qué es lo moralmente apropiado. Y Klosterman, luego de desmontar la problemática, argumenta y les da a conocer la mejor opción. O por lo menos una perspectiva diferente.

Ese es el trabajo de “the Ethicist” –el “experto en ética”–. Y acá un ejemplo: “¿Es ético grabar un programa de televisión y luego saltarse los comerciales?” (pregunta G. G. de Los Ángeles).

Respuesta de Klosterman: “¿Es ético ver un programa de televisión en tiempo real pero ir al baño durante las pausas comerciales? ¿Es ético leer una revista sin mirar un solo anuncio? Al escuchar la radio, ¿es ético cambiar de estación cuando algún tarado comienza a perorar sobre el mejor lugar para comprar un silenciador? Los medios de comunicación existen gracias a su relación simbiótica con la publicidad, pero el consumidor queda fuera de esa relación. No hay obligación moral de consumir la publicidad. Ese es el trabajo del anunciante y de la publicidad: atraer tu atención. No es necesario ayudarlos”.

Y otro:

“Supongamos que voy caminando y me encuentro con un pedazo de basura en la calle. Si lo recojo y lo miro, y luego lo pongo de nuevo donde lo encontré, ¿estoy infringiendo la ley?” (pregunta C. Canfield, de Litchfield, Connecticut).

Respuesta de Klosterman: “Teniendo en cuenta tu seria consideración respecto a este dilema, voy a asumir que crees en la importancia de la responsabilidad social. Hay dos opciones: la responsabilidad pasiva (eres consciente de no causar ningún daño social) y la responsabilidad activa (realizas actos que ayuden a mejorar la sociedad). Caminar por la calle sin ensuciar lugares cabe en la primera clase. Una vez que decides recoger algo del suelo, sin embargo, caes en la segunda. Ya no eres una persona pasiva que evade conflictos; ahora eres un participante activo que dictará lo que suceda a continuación. Este es el riesgo de implicarse socialmente.

”Ahora, me doy cuenta de que esto crea potenciales lagunas. ¿Se puede, por ejemplo, examinar un pedazo de basura en la calle, sin tocarlo físicamente, y por lo tanto evitar la responsabilidad de tener que tirarlo a un basurero? Una vez más, yo diría que no. El proceso de examinar el pedazo de basura constituye en sí un nivel de compromiso. Si no quieres ese tipo de responsabilidad, no te involucres con la sociedad”.

 

3

Desde 2002 Chuck Klosterman vive en Nueva York. Y luego de más de una década escribiendo para medios como Rolling Stone, Esquire y The Washington Post entre otros, hace ya tres años que absuelve por correo las dudas de los lectores. De hecho, así fue como mantuve un diálogo con él: a través de una serie de correos electrónicos. Le escribí a su cuenta del diario, la misma donde todas las semanas le llegan dudas éticas, pero le dije que no tenía un dilema. O no por el momento. Simplemente quería saber cómo se llega a ser quien le dice qué hacer –y qué no– a los estadounidenses confundidos.

 

Antes de que comenzaras a trabajar como el experto en ética del New York Times había otra persona en ese puesto, ¿la seguías?, ¿leías la sección?
Empecé a leerla cuando me mudé a Nueva York y la encontré muy interesante. No parecía ser el tipo de sección que uno veía normalmente en un diario. Pero allí estaba.

¿Cómo trabajas tus respuestas?, ¿te toma mucho tiempo escribirlas?
Me envían los mensajes de correo electrónico y los leo directamente. Suelo pasar una semana (o por lo menos dos o tres días) pensando en el problema antes de escribir una respuesta. Luego me alejo unos días de lo que escribí, y entonces pienso cómo refutaría mi propia respuesta, asumiendo que estoy en desacuerdo con ese primer argumento. De ahí regreso y reviso todo y selecciono el mejor contraargumento de lo que escribí originalmente.

¿Hay algún caso que recuerdes especialmente?
No sé, no creo que tenga uno. No es ese tipo de escritura. Quiero decir, parte de la razón por la que acepté este puesto fue porque el trabajo requiere la subyugación total de mi voz. Gran parte de mis ensayos y novelas gira en torno a una voz, así que pensé que sería buena idea un trabajo en el que, básicamente, hay que eliminarla. Pensé que me convertiría en un escritor más eficiente. Pero, como consecuencia, no disfruto tanto la escritura. Me encanta pensar en los problemas, pero la tipificación literal de las distintas respuestas en realidad es solo trabajar. Es casi como la redacción técnica.

Ahora que eres el experto en ética, ¿te paran en la calle?, ¿alguien que te ha escrito muchos emails a partir de alguna de tus respuestas?
En realidad no. O bueno, a veces sucede, pero no muy a menudo. Me di cuenta de que la gente estaba mucho, mucho más interesada en hablar conmigo cuando era crítico de rock.

 

4

Hoy, Klosterman es la moral de Estados Unidos pero antes era otra cosa. Era uno de los periodistas y escritores más flexibles en cuanto a temática; uno que, por ejemplo, entrevistaba a Radiohead para contarnos lo nerds que son Thom Yorke y compañía; luego hacía un experimento de nostalgia y pasaba veinticuatro horas viendo videoclips ochenteros en VH1; y también era capaz de argumentar por qué todos los hombres debemos odiar a John Cusack.

Gracias a conexiones como esas, en algún momento sucedió lo inevitable: Klosterman recibió un llamado de una editorial. Hoy su bibliografía es extensa, pero sin duda lo mejor son sus recopilaciones de ensayos, Sex, Drugs, and Cocoa Puffs: A Low Culture Manifesto y Chuck Klosterman IV: A Decade of Curious People and Dangerous Ideas. Ahí está Klosterman en estado puro; ese que entra en las listas de los libros más vendidos y recorre las librerías y universidades de Estados Unidos dando lecturas en las que cabe tanto el reality Jersey Shore como Maquiavelo.

Lo otro, además, es su faceta de escritor de ficción que no se diferencia demasiado de la de no-ficción: en The Visible Man, su última novela, un tipo que se parece y habla como Klosterman consigue hacerse invisible y así poder espiar a la gente. Todo para argumentar que el único momento en que somos nosotros mismos, o sea la esencia de uno, es cuando nadie nos observa.

Eso sí: muy poco de la bibliografía de Klosterman –lamentablemente– está en nuestro idioma. Solo Fargo Rock City, su primer libro, y Pégate un tiro para sobrevivir, un road trip en que recorre lugares donde murieron estrellas de rock (como Kurt Cobain, entre otros), se encuentran en español; el primero en Es Pop Ediciones y el segundo en Mondadori.

De todas maneras, para entender todo esto, o sea cómo Klosterman llegó a ser el cirujano de la cultura pop, hay que viajar a los años ochenta, al Medio Oeste de Estados Unidos, a esa zona un poco confusa que queda en medio del país o en medio de la nada. Ahí estamos: en una granja en el estado de Dakota del Norte. Y ahí está Klosterman, un púber colorín de voz chillona en una pieza desordenada donde hay pósters de bandas de rock, revistas, casets y un televisor. Lo más importante, tal vez, son los pósters: Poison, Kiss, Mötley Crüe, Cinderella y otras bandas con hombres que se maquillan, tocan guitarra y se inflan el pelo. Así, de ese lugar proviene lo que podríamos llamar la poética de Klosterman. Por eso, de hecho, Fargo Rock City lleva el subtítulo de “una odisea metalera en la rural Dakota del Norte”. Son casi trescientas páginas en las que disecciona la importancia estética, cultural y social del glam metal, y de paso, por supuesto, condimenta con historias sobre su adolescencia en el medio de la nada.

 

¿Cuánto de tu curiosidad por la cultura pop (y la cultura en general) viene de haber crecido aislado? Quiero decir, geográficamente aislado. No creciste ni en Los Ángeles ni en Nueva York, sino en el campo en Dakota del Norte.
No creo que ser del Medio Oeste tuviera mucho impacto en mi nivel de interés por la cultura popular. El interés habría surgido ahí o en otra parte. Pero claramente impactó mi percepción de lo que era y lo que se supone que significaba la cultura popular. Casi la totalidad de la cultura pop estadounidense se origina en las costas y lentamente se arrastra hacia el interior, por lo que –en una granja en Dakota del Norte– yo solo estaba expuesto a los elementos de la cultura que tenía la capacidad de trascender todos los obstáculos geográficos. Y esos elementos por lo general eran las bandas e ideas muy populares, lo que probablemente explica por qué a algunos gran parte de mi crítica les parece populista. Aunque dentro de mi mente, ese no es el caso. En absoluto. No me siento un populista al escribir sobre lo mainstream de los años ochenta, y no tanto sobre lo que era alternativo. Simplemente ha sido así por defecto.

Es lo que dices en varios de tus ensayos: que el glam rock fue tu escuela porque el resto de la música simplemente no llegaba a donde vivías.
Bandas como The Smiths y The Cure en realidad no existían donde yo vivía. Quiero decir, yo sabía que había una banda llamada The Smiths, y yo sabía que algunas chicas atractivas de un pueblo vecino –que vestían jeans negros y se ponían mucho maquillaje– eran fanáticas. Pero ese tipo de música no tenía ninguna influencia en nada. No ilustraba sobre la vida. Piensa, además, que nadie tenía mtv. Había que conducir 65 millas para conseguir la mayoría de los álbumes.

Entonces comprar discos era casi como peregrinar...
De hecho, una vez compré un caset de Public Enemy y todo el mundo pensaba que yo era un loco de mierda. Para mí, la banda más extraña y alternativa que tenía a mano era Guns N’ Roses. Así que me sentaba en mi habitación a pensar en Axl Rose de la misma forma en que, me imagino, un niño en Nueva York pensaba en Nick Cave.

 

Comenzaste como periodista y luego, en algún momento, pasaste a ser crítico. ¿Recuerdas cómo fue esa transición?
Sucedió lentamente. La evolución fue tan gradual que yo ni siquiera sabía que había evolucionado. Yo era un reportero de entretenimiento y columnista, y esas dos cosas inconscientemente se fusionaron en la crítica. En cierto modo, yo casi no sabía lo que era la “crítica” cuando ya me consideraban uno.

¿Simplemente te sentías haciendo el trabajo?
Quiero decir, reseñaba películas y discos, pero no era realmente “crítica” en el sentido clásico. Era más que nada yo observando lo que hacían los otros críticos más estructurados formalmente, y luego hacía mi propia versión con hincapié en lo que consideraba la parte más extraña de la experiencia del consumidor.

Te ponías a la defensiva de lo que dijeran los otros críticos.
Nunca me importó el consenso sobre cualquier cosa. A veces yo estaba de acuerdo con el consenso y a veces en desacuerdo, pero el consenso no tenía ninguna influencia sobre lo que escribía. Supongo que no me veo como parte de esa tradición de críticos, ya sea literaria, musical o de lo que sea. Pero entonces escribí Fargo Rock City y –más o menos desde el momento en que salió– me integraron inmediatamente a esa tradición en su totalidad. Pero fue un accidente. Lo que estaba haciendo, analizando un tipo de cultura pop desde una perspectiva diferente, era en realidad lo que todos los otros críticos estaban tratando de hacer a propósito.

 

5

En su último libro, I Wear the Black Hat: Grappling with Villains (Real and Imagined), Klosterman se dedica a ahondar y matizar la figura del villano en la actualidad. Y, por supuesto, despliega varias teorías –vinculadas a la cultura pop–. Según Klosterman, “el villano es el que sabe más y al que no le importa nada”. Si uno prende la televisión, ahí están Tony Soprano, Don Draper y Walter White, quienes son de alguna u otra forma malos; los tres saben mucho y carecen des escrúpulos, y pese a eso, uno empatiza con ellos. Lo mismo con la música. Pensemos en Axl Rose, en Fred Durst o en cualquiera de los miembros de Mötley Crüe; celebridades con pésima fama (y ellos lo saben y no les importa nada), pero aun así –o por eso mismo– son admirados. O la política. “¿Era Bush un villano? No. No lo era”, escribe Klosterman sobre el impopular ex presidente estadounidense, a quien pinta más bien como un tontorrón. “Bush nunca, jamás, fue calculador. No sabía nada (que no es lo mismo que decir que era tonto), y sí le importaban ciertas cosas. Simplemente fue quien terminó haciendo el trabajo”. No así con Clinton, al cual, a partir del affaire con Lewinsky, deja como al diablo mismo: “Es el tipo de persona que puede servir de presidente, pero no al que le pedirías que lleve a tu esposa al aeropuerto”.
Aunque la más interesante, por lo menos para quien escribe, es la siguiente idea: “Cuando uno es joven, el personaje con el que uno se asocia es Luke Skywalker (quien es enteramente bueno). A medida que envejece, uno gravita hacia Han Solo (bueno, aunque en apariencia malo). Pero en la adultez se identifica inevitablemente con Darth Vader”. Ahí está de nuevo: cómo la cultura pop sirve para explicarnos nuestras vidas. 

En una entrevista dijiste que vivimos en “tiempos de no ficción”, que por estos días se está prestando más atención a la no ficción que a la ficción. O algo por el estilo.  ¿Es tan así?
Sin duda. Esta es una era de no ficción. Todos estamos pasando por un período en el que la brecha entre lo que es real y lo “construido” ha sido tremendamente agravada por la tecnología. Por eso la gente está inconscientemente hambrienta de lo auténtico. Quiere lo real. Y, como resultado, la no ficción tiene más peso. Creo que en parte la razón de que una novela como Mi lucha (del noruego Karl Ove Knausgaard) se haya percibido como algo culturalmente importante es que se consume como un libro de memorias a secas, aunque no lo sea.

Te lo preguntaba porque tú también escribes ficción.
Sí, bueno, yo todavía quiero escribir ficción, porque me gusta escribir ficción. Me gusta la idea de crear. Pero ser un novelista en 2014 es un poco como ser un músico de jazz en 1985.

Página 1 de 3

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Antonio Díaz Oliva

Es autor de la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y de la novela La soga de los muertos.

Octubre de 2014
Edición No.157

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores