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Ficción

Día del Padre

Traducción de Henry Ficher

Un cuento

Ilustración de Laura Liedo

 

Lou está estirado en la hamaca cuando oye azotar la puerta de la entrada. Diana, con Sabina en brazos, sale al patio y lanza una perorata:

–¡La casa es un desastre! ¡No moviste un dedo!

–No había agua.

Lou trata de sonar más conciliador que defensivo.

La mirada de Diana es tóxica.

–Yo me ando matando y tú no haces sino holgazanear...

Incitada por la furia de su mamá, Sabina se pone de su parte.

–Mía, mía– lloriquea en su vocecita mimada.

Lou no logra entender.

–Su almohadita– dice Diana–. Tienes su almohada.

–¡Ay, perdón!

Lou salta de la hamaca para devolver la almohada al cuarto de Sabina. Al pasar, intenta darle un beso.

–Papá, ¡no!– protesta, empujando la cara con su manita. Luego apunta hacia las escaleras–. ¡Fuera! ¡Chau! ¡Chau!

Frunce el ceño y hace un puchero.

Es entonces que Lou nota, sobre el mesón de la cocina, las flores y la torta, que iban a ser para él pero que ya no serían ofrecidas, y recuerda que hoy es el Día del Padre.

 

 

***

El día siguiente es festivo en Colombia, el Día del Sagrado Corazón, para ser preciso, aunque pocas personas lo saben. Lou, un gringo, ha vivido aquí casi veinte años, trabajando en el Ciat, el Centro Internacional de Agricultura Tropical. Cuando baja las escaleras por un café, se encuentra con Diana.

–Sabina es tu responsabilidad hoy– dice–. Voy a visitar a Gregorio.

Diana conoce a Gregorio desde antes de casarse con Lou. Un vástago de una de las familias más pudientes de la ciudad, Gregorio es abogado.

Sabina está esperando en la puerta de entrada con una camiseta amarilla que tiene una estampa de una princesa, jeans con diseños en los bolsillos traseros y tenis color amarillo eléctrico.

La gente dice que se parece a Lou: ojos avellana, piel y pelo claros. “Si hubiera sabido que se parecería a mí”, bromea Lou, “no me habría molestado en casarme con una mujer hermosa”.

Cuando Sabina ve a Lou con su mochila, protesta:

–¡Papá, no! ¡Quiero mamá!

Look, a bird –dice Lou como táctica de distracción.

–¡No! –dice Sabina–. ¡Es un pájaro!

Todo el mundo le ha dicho a Lou que debe hablarle sólo en inglés, y Diana sólo español. Esto suena bien en principio pero ha resultado difícil. Como Lou es el único que le habla en inglés, está en desventaja. Por lo tanto, el inglés de ella está limitado a unas cuantas palabras –colores, números– pronunciadas con acento español; guan, tu, tri. Y últimamente –desde el día en que tumbó la puerta de una patada– se rehúsa a decir hasta eso. Ahora Lou comprende con más claridad el significado de “lengua materna”. Se siente como un extranjero en su propia casa.

We’re going to have fun today– proclama Lou, contemplando la cuadra de casas estucadas, con techos de tejas rojas bajo la sombra de acacias, almendros y mangos, con jardines de heliconias y orquídeas. El canto de pájaros, una que otra carreta tirada por un caballo. Una calle agradable, un día soleado. Inspirado, Lou dice:

I’m going to take you fishing.

Sabina recoge una vaina y la inspecciona con gran interés. “No entiende lo que le digo”, Lou se ha quejado con un colega que crió a un niño bilingüe. “Insiste”, le dice el colega. “Solo inglés”. Diana está de acuerdo y Lou se pregunta si tendrá intenciones ocultas.

That’s a seed pod –dice Lou–. That’s how the tree has babies.

Ignorándolo, o aparentando ignorarlo, Sabina sube al andén, luego baja a la calle, sube, baja, sube, baja, mostrando su pancita.

Lou estaba logrando un módico progreso con ella hasta el día, una semana antes, en que tuvo una pelea terrible con Diana. Ella le lanzó a Sabina en sus brazos, corrió al dormitorio y azotó la puerta. Sabina se puso histérica. Lou la tenía en brazos, tratando de persuadir a Diana de que lo dejara entrar, al principio con calma, luego más alterado, diciéndole que no era justo hacer sufrir a Sabina, que estaba siendo pasiva-agresiva. Golpeó varias veces la puerta y luego, en un ataque de frustración, le dio una patada.

Para la gran sorpresa de Lou –esto solo pasa en las películas–, la derribó y por poco golpea a Diana. Aterrada, le arrancó a Sabina de sus brazos y, amenazando con llamar a la policía, le exigió que se fuera. Lou dijo que estaba tan sorprendido como ella, que no había pateado tan fuerte, que la puerta era muy endeble...

–¡Sal de aquí! –gritó ella–. Explícaselo al juez de custodia.

Lou se avergüenza al recordar mientras observa a Sabina caminando por el andén. Le duele que ella haya visto eso. Otro error y podría perderla. Y antes de darse cuenta, se convertiría en uno de esos padres por siempre alejados de su propia hija. Diana dice que se lo merece porque lo único que le importa es su trabajo. Durante diez años ha estado escribiendo su gran obra, Agricultura tropical en el siglo XXI.

El labio de Sabina tiembla.

–Quiero mamá.

Lou dice:

I’ll buy you a lollipop–. Al recibir una expresión vacía, agrega: –Bombón.

Esto atrae la atención de Sabina. Tiene una manera de mirar con una expresión sorprendida, perpleja, antes de que sus ojos cobren vida con entendimiento.

En el centro comercial, pasan frente a pequeños puestos que venden artículos electrónicos y licores importados, ropa rimbombante y películas pirateadas. La gente dice que el lugar está repleto de propietarios que lavan dinero. Tipos con pinta de matones acompañan a mujeres que pavonean sus exagerados cuerpos. Hasta los maniquíes parecen excesivos.

En un área abierta, una multitud está viendo a un payaso que hace malabarismos con pinos de bolos. Este no es un payaso feliz. Vestido de negro, con una boca malévola pintada, dientes caninos y ojos desorbitados, se ve diabólico. Sabina está fascinada. En vez de un hombre disfrazado, ella parece pensar que es un ser de otro mundo.

Mientras observa extasiada, Lou aprovecha la oportunidad para ir rápido al cajero automático. Al sacar la plata, se da vuelta y ve que Sabina no ha notado su ausencia. Por capricho, decide ocultarse para observar su reacción. Está tratando de esconderse detrás de una columna cuando alguien dice: “Hola, Lou”. Es la esposa de un colega del Ciat. Intercambian cortesías y cuando se voltea para ver a Sabina, la multitud se está dispersando. Ella no está. El payaso tampoco.

El corazón de Lou late con fuerza. Corre de puesto en puesto, sin querer decirle a la gente que perdió a su hija, sin querer decírselo a sí mismo. Sube por las escaleras eléctricas de a dos escalones por vez. En el segundo piso corre por los pasillos, abandonando toda pretensión de tranquilidad. Frenético, le pregunta a la gente si ha visto al payaso. Reaccionan con extrañeza: ¿por qué tanto afán de encontrar un payaso? Recorre los pasillos como loco, choca con la gente, sin aliento, ciego de pánico, divisa a varias mujeres agachadas, formando un semicírculo alrededor de algo, una niña. Sabina.

–¡Papá! –grita ella con desesperación. Las mujeres fruncen el ceño mientras la levanta–. ¡Me dejaste!

***

Al terminar su bombón, Sabina pide otro.

Lou le mira la pancita.

­–Baby, no deberías comer tantos dulces.

­–Otra –insiste.

Sabiendo que es tan voluble como su mamá, Lou accede. Justo en ese momento un mesero pasa apurado, y dice:

–¿Hay algún médico aquí?

–¿Qué pasó? –pregunta Sabina.

Lou sigue al mesero con la mirada.

–Alguien está enfermo –dice.

Un error, se da cuenta, porque Sabina inmediatamente quiere ir a curiosear.

–No, Sabina –dice Lou–. ¿Te gustaría que todo el mundo te mirara cuando te sientes mal?

–Vamos –dice ella, jalándolo del brazo.

–Ve tú, entonces –dice Lou, y ella se mezcla entre la multitud. Lou la sigue de lejos. Detrás de unas mesas, una mujer de mediana edad yace bocarriba en el piso mientras alguien la ventea con un menú. Sabina se acerca lo suficiente como para tocarla y observa.

Regresa donde Lou llena de preguntas.

–Se desmayó –dice Lou.

–¿Está muerta?

–No, solo está enferma.

–¿Por qué?

–Comió demasiados dulces.

***

–¡Taxi! –grita Lou, extendiendo el brazo.

–¡Taxi! –imita Sabina, extendiendo su bombón.

Lou siente un pequeño triunfo hasta que recuerda que la palabra es la misma en ambos idiomas. En el taxi llama a Diana. Se siente obligado a informarle que van a ir de pesca, aunque sabe que se va a oponer a la idea, en parte porque se le ocurrió a él y no a ella, y en parte porque no confía en él, en lo que respecta a Sabina. Escucha que habla con alguien y cuando vuelve al teléfono dice: “Gregorio sugiere un lugar llamado Doña Inés”. Un golpe de suerte: al consejero de Diana le gusta la pesca.

Al salir de la ciudad, con las ventanillas abiertas a la oleada del abrasador aire tropical y el chirrido salvaje de las chicharras, pasan infinitos campos de caña de azúcar, un cultivo que, como explica Lou en su libro, “es sobreproducido, consume demasiada agua, crea la necesidad de importar productos básicos y provee ganancias para relativamente pocos”.

 Después del gran optimismo que había sentido cuando envió el libro, los rechazos eran como una muerte lenta, a pedazos. Luego, cuando la última editorial en su lista, una imprenta universitaria en Minnesota, respondió que le gustaba y tomarían una decisión pronto, la esperanza de Lou creció. Empezó a contemplar qué haría para celebrar. En el supermercado los ojos se le iban hacia el caviar, una exquisitez que había disfrutado pocas veces en su vida, en una exposición de arte o en una recepción. Durante años se resistió a comprarlo porque le parecía una extravagancia. Aunque a menudo compraba anchoas y ostras ahumadas, en estantes próximos y a precios no muy diferentes, pensaba que el caviar no debía ser consumido de manera casual. El caviar exigía una ocasión especial. Cuanto más posponía su compra, más especial tendría que ser la ocasión. Un día, exaltado con la expectativa y con deseos de estar preparado para cuando recibiera la aprobación, deslizó tres frascos en el carrito de compras. Tan nervioso como si estuviera robando, los llevó a la casa y los escondió en el fondo de un gabinete, detrás de una botella de ron jamaicano que guardaba de recuerdo.

El rechazo de Minnesota lo dejó hecho añicos. No le contó a Diana porque sabía que no le importaba. Le había importado al principio, o al menos así lo creía él. La carta llegó el día en que tumbó la puerta.

–No quiero pescar –dice Sabina, cruzando los brazos.

–¿No quieres pescar? –pregunta Lou.

Y le cuenta cómo le encantaba ir a pescar con su papá, la emoción de estar en el lago con él. La alegría de ver el flotador hundirse, la euforia de sacar uno. El ritual, la aventura...

Sabina empieza a dar muestras de interés.

–¿Tu papá? –pregunta–. ¿Dónde está tu papá?

–Está muerto.

Últimamente ha estado muy curiosa con respecto a la muerte. En la parte de El rey león en que Simba trata de despertar a su padre muerto, había preguntado:

–¿Va a despertar?

–No –dijo Lou–, está muerto.

–¿Pero va a despertar?

–No, cuando alguien muere ya no despierta.

Luego, cuando el padre, como el fantasma en Hamlet, aparece y le pide a Simba que vengue su muerte, Sabina dijo:

–Papá, pensé que habías dicho que no se iba a despertar.

 

Ilustración de Laura Liedo

 

El chofer los deja bajo un letrero con letras rústicas que dice “Pesca Inés”. Un camino angosto los conduce a la orilla. La laguna es grande y turbia, rodeada de vetustos guayacanes. Una mujer carnosa con una pelusa oscura en la cara, a lo mejor doña Inés, les entrega una caña de pescar, un pedazo de masa amarilla y un balde. Unos cuantos pescadores están esparcidos por ahí. Lou escoge un lugar cerca de una pareja sentada en un tronco al lado de un bote de remos. Lanza el anzuelo y le entrega la caña a Sabina.

Para tratar de esconder su entusiasmo, ella se pone el pulgar y el índice en las comisuras de la boca.

–El agua está profunda –dice Lou–. Debe haber todo tipo de animales ahí: peces, ranas, tortugas, cangrejos, culebras.

Sabina reflexiona, luego pregunta:

­–¿Dónde duermen?

–En el fondo del agua.

Lou se avergüenza de no saber la respuesta. Espera a que ella crezca, piense y se dé cuenta de sus otras fallas. Pensaba que publicando el libro ganaría su respeto. En la batalla por su afecto sería un contrapeso de la ventaja natural que tiene una madre. Había deseado en secreto que Sabina adquiriera su pasión por la agricultura tropical, que admirara su trabajo, siguiera sus pasos y, después de su muerte, atesorara sus escritos. Y ahora... Lou se frota la frente.

Sabina se concentra intensamente en el flotador, como si intentara hacer que se moviera. Cuando no se mueve, se aburre, deja la caña en el suelo y se pone a jugar con la masa, haciendo bolitas grasosas.

–No te limpies en la ropa, baby –dice Lou.

Sabina se rasca el brazo, luego una pierna, y Lou nota las constelaciones rojas de picaduras de insectos. Diana lo va a matar.

Sabina lanza una bolita de masa al agua.

–¡No pelees con mamá!

Lou hace un gesto, recuerda cuando tumbó la puerta.

–Lo siento.

Puede imaginar lo que Diana debe estar contándole a Gregorio en ese momento. Y sabe que Gregorio, al oler la sangre en el agua, hará todo lo posible para ayudarla. Hubo una época en la que Lou había estado loco de celos por él. Eso era cuando estaba muy enamorado de Diana. Ahora el amor de su vida es Sabina. Cada vez que la mira siente una oleada de nostalgia, como si ya se hubiera ido.

El flotador comienza a zarandearse. Luego se hunde. Lou le da la caña a Sabina y dice:

–¡Jala!

Ella jala contra el peso del pez pero el anzuelo sale limpio.

–Wow, era bien grande –dice Lou, poniendo más carnada en el anzuelo–. La próxima lo agarramos.

Los dedos de Sabina vuelven a sus labios.

–¡Tú hablas bien el español, papá! –dice Sabina.

–Gracias –dice Lou.

Es su mejor momento hasta ahora.

Lou se sienta en el balde volteado.

If you only knew how happy I was when you were born.

Aunque sabe que no va a entender mucho, continúa de todas maneras, tal vez solo para oírse decirlo y tal vez con la esperanza de que ella logre captar el sentido por su tono.

Le cuenta cómo Diana y él aplazaron tener un bebé y cuando por fin empezaron a intentarlo no les resultó. Tuvieron varias pérdidas seguidas de diversos intentos in vitro. Lou comenzó a desesperarse ante la posibilidad de no vivir la experiencia de la paternidad y que llegaran a viejos llenos de remordimientos. Y luego, cuando toda esperanza parecía perdida, nació Sabina de forma natural. ¡Un milagro!

Durante esos años de desesperación, Lou se acordaba de una película que lo había impresionado tiempo atrás y que se llamaba Ella va a tener un bebé. Estaba ansioso de verla de nuevo pero sabía que eso solo intensificaría su anhelo, así que prometió recompensarse viéndola cuando ese día llegó al fin.

Luego del parto, cuando llevaron a Diana y a Sabina al cuarto de hospital, Diana le sugirió a Lou que fuera a la casa a descansar. Se sentía extraño manejando hasta la casa. Los lugares conocidos se veían distintos. Solo, en la casa, destapó una cerveza y se puso a ver Ella va a tener un bebé. No le gustó.

–Qué chistoso, ¿no? –le pregunta a Sabina, riéndose.

Desconcertada, Sabina se ríe por cortesía. Es gratificante poder contar la historia, por fin.

Las nubes se han oscurecido y una brisa hace ondear el agua, meciendo el viejo bote de remos que está en la orilla. Sabina se acerca e intenta subirse en él.

–Cuidado, baby –dice Lou, sosteniéndola.

La pareja sentada en el tronco sonríe como diciendo “qué linda”. Lou asiente con aprecio y, para convencer a Sabina de que se baje del bote, le dice:

–Vamos a ver qué pescaron.

El hombre, Carlos, tiene hombros grandes y voz gruesa; la muchacha, Viviana, es delgada, de pelo largo y cara amable. Le muestran a Sabina su balde que contiene dos tilapias y un bagre.

Sabina mete la mano para tocarlos.

–Cuidado con las aletas, baby.

–Papá, ¿por qué este no se mueve?

–Está muerto.

Sabina frunce el ceño, pensativa.

–Llévenselos si quieren –dice Viviana.

–Gracias –dice Lou–, pero es que...

–Yo quiero pescar uno –dice Sabina.

–Nunca ha pescado uno –dice Lou.

–Toma, preciosa –dice Viviana–. Usa esta caña, da buena suerte.

Lleva a Sabina a la orilla y lanza el anzuelo.

–Siéntese –dice Carlos con su voz profunda.

Lou acepta y al rato están enfrascados en la cómoda conversación de los pescadores: la mejor hora para pescar, la mejor carnada y esas cosas. Luego Carlos saca algo del bolsillo.

–¿Quiere? –pregunta, acercándole un bareto.

Lou sonríe.

–Me tienta, pero no, gracias.

Fumando plácidamente, Carlos menciona que es de Santander, donde trabaja como vendedor y su esposa cuida ancianos. Cuando está a punto de apagar el bareto contra el tronco, Lou dice:

–Quizás sí voy a darme un toquecito.

Aspira el humo profundamente y comienza a sentirse más relajado y consciente. Carlos le pregunta sobre su trabajo y escucha con interés. Cuando le pregunta si le van a publicar el libro, Lou dice:

–Eso espero.

El aire huele a marihuana, el cielo oscurece. Casi todos los pescadores ya se fueron. En la distancia, doña Inés está empacando sus provisiones. Viviana se acerca, recibe el bareto de Carlos y se da un toque. Al percibir el obvio afecto entre ellos, Lou siente una punzada de envidia. Está a punto de preguntar si tienen hijos cuando escucha un grito.

Sabina se había subido al bote y, al hacerlo, lo había apartado de la orilla. Se aleja flotando.

Lou salta hasta la orilla y extiende la caña, pero no la alcanza.

–Quédate quieta –le dice.

–¡Papá! –dice Sabina con un dejo de pánico.

–Quédate en la mitad del bote, baby.

Se dirige a Carlos.

–¿Tienen una soga?

–¡Papá, papá! –grita Sabina.

–Está bien, baby, solo quédate en la mitad del bote.

Como si hubiera sido alertada ante el hecho de que el bote tiene otras partes, se mueve hacia Lou y estira los brazos. El bote se inclina y se cae en la laguna. De inmediato Lou está hasta la cintura en el agua cálida y limosa. Las algas se enredan en sus piernas. El fondo está mohoso y precario, y de repente Sabina ya no está. Manotea en el agua estancada y apestosa, retenido por sus jeans y tenis. Nadando estilo pecho para mantener la cara por encima de la rancia superficie, va hacia el punto donde vio desaparecer a Sabina. Al no poder verla, se sumerge con los ojos bien abiertos en la asquerosa oscuridad. Extiende las manos pero no siente nada, luego agarra algo: un dedo, una mano, se aferra a ella con desesperación y la jala hacia arriba.

Cuando alcanzan la orilla está tosiendo agua. Viviana, mostrando que no es la primera vez que lo hace, la acuesta bocarriba y le aprieta rítmicamente el pecho. Más agua sale de la boca. Lou no puede creer lo que está pasando. Luego el cielo se descarga en enormes y pesadas gotas.

***

Carlos detiene la camioneta frente a la casa de Lou. Envueltos en las toallas que Viviana les dio, Lou y Sabina viajaron en silencio. Ahora Lou agradece profusamente a la pareja. Aturdido, mojado y sucio, carga a Sabina hasta adentro.

Sabiendo que Diana estaría esperándolos, Lou había repasado en la cabeza lo que iría a decir. No hay forma de adornarlo. Con solo mirarlos sabrá. Abre la puerta con cuidado. Para su sorpresa, la casa está en silencio y oscura, excepto por la luz en la cocina. Revisa su celular para ver si Diana ha llamado pero descubre que está lleno de agua.

–Quitémonos esta ropa –le dice a Sabina de la manera más alegre que puede.

La desviste, luego se desviste y tira la ropa en la lavadora, para esconder la evidencia. Luego, haciendo algo que sólo ha hecho una o dos veces porque Diana siempre se encarga del baño, se ducha con ella.

–Vamos a ponerte una piyama limpia –dice, secándola.

Aprieta la nariz contra su cuello e inhala profundamente, reprimiendo un sollozo.

–Papi, me pican tus pelitos.

Lou se ríe.

–¿Tienes hambre? ¿Qué quieres comer?

–Pescado –dice Sabina.

Sabina había insistido en aceptar el pescado que Viviana les ofreció.

–Bueno, baby, se demora para prepararlo.

–Quiero pescado.

–Está bien –dice Lou, tratando de sonar animado–. Te voy a enseñar a limpiarlos.

La sube a un banquillo al lado suyo mientras desescama y limpia las tilapias. Una de ellas, la más gorda, está llena de huevos. Sabina está fascinada. Mientras Lou pone los pescados en el aceite caliente y salpicante, pregunta:

–¿Cuantos tiene? ¿Se comen?

–Pues, nunca he comido huevos de tilapia...

Se le ocurre una idea. Busca en el gabinete y saca el caviar.

Look, these are fish eggs.

Fish eggs –dice Sabina.

Ooh, that’s good, baby.

Intrigada, Sabina trata de destapar el frasco.

–Pues, bueno –dice Lou–. Hagámoslo.

Y saca un paquete de tostaditas, abre el ron jamaicano y prende una vela. El pequeño ritual que había planeado.

Saca con la cuchara un poco de caviar, cubre una tostadita y se la da a Sabina. La observa probándolo.

–Y… ¿te gusta?

Hace una mueca.

–Guácala, no mucho.

Lou se ríe, le da una mordida, saborea.

–Un día te va a gustar.

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