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Entrevistas

Gay Talese en el cuadrilátero

Entre la diversa fauna de personajes que pueblan las crónicas de Gay Talese, los boxeadores ocupan un lugar protagónico. ¿En qué radica la fascinación por estos atletas que escriben su historia a punta de golpes?

Ilustración de Juan Pablo Gaviria

 

Ahí está, de pie junto a la puerta, recibiéndome en su propia casa. Son los primeros días de agosto de 2014. Gay Talese tiene la mano izquierda en el bolsillo de un pantalón azul oscuro, que hace juego con el negro de sus zapatos y contrasta, no solo con el beige del saco y el sombrero, sino con el calor propio de Manhattan en tiempos de verano.

El pasado octubre salió al mercado una nueva edición de su libro The Bridge, publicado por primera vez en 1964. Por cerca de cincuenta años, Talese continuó en contacto con los obreros que construyeron el Puente Verrazano-Narrows y que, pese a haber trabajado en esta emblemática obra, fueron excluidos de la ceremonia de apertura. En palabras de Talese, “su libro representa una oportunidad para conocer a quienes no fueron invitados”. Sin embargo, los protagonistas de esta conversación no son personajes anónimos como aquellos. El autor de crónicas como “El perdedor”, “Ali en La Habana” y “Joe Louis, el rey hecho hombre en edad madura” volverá sobre las historias de otros héroes hechos a golpes sobre un ring de boxeo.

Aún en el vestíbulo, Talese me ofrece dos opciones para la entrevista: la sala o la privacidad de su oficina. A través de algunos videos, es posible conocer lo que él llama “el búnker”: aquel sótano que en algún tiempo fue una cava y que el escritor convirtió en estudio y oficina. Un espacio repleto de cajas, archivos, recortes de periódicos y revistas, el material que utiliza para escribir sus crónicas. El segundo piso, en cambio, es un lugar reservado, al que no tienen acceso las cámaras. Bajo el techo alto, una alfombra perfectamente blanca es atravesada por un haz de luz que entra por la ventana...

El espacio es amplio, pero con pocos muebles. En una esquina, frente a una de esas bibliotecas de pared en las que es necesario usar escalones para llegar a los estantes más altos, Talese se sienta en un sofá. Sereno, bebiendo de cuando en cuando un sorbo de agua en una copa helada, empieza a contarme las razones que lo llevaron a escribir las glorias y fracasos de los boxeadores.

 

 ¿Por qué decidió escribir sobre el boxeo?
Bueno, tendríamos que volver a mi juventud para poder contestar a esa pregunta como se debe, pero no quiero hacerle perder su tiempo.

No tengo prisa.
Bien. Cuando usted está en la escuela, y apenas puede considerársele un adolescente, el primer contacto con la fama se da a través de los deportes; no a través de la actuación, la política o los negocios. Con catorce o quince años, no hay ninguna diferencia si vive en Bogotá o en Brooklyn, usted sabe que hay algunos estudiantes con cierta habilidad atlética. Aquellos que la tienen son escogidos para representar a la escuela en sus equipos deportivos, usualmente fútbol americano, baloncesto o béisbol. Pero también hay otra gente, yo era uno de esos, que no es una celebridad pero está interesada en ellas porque son diferentes. ¿Por qué se les considera especiales?, ¿solo por ser físicamente dotados? Todo el mundo sabe, incluso cuando se es joven, que esa ventaja física es una cuestión temporal. Siempre me pregunté por qué estas personas son diferentes, ¿cómo se comportan por el hecho de ser talentosas en comparación con quienes no lo son?
En ese momento aparece la mentalidad de periodista, que yo tuve desde los catorce o quince años, mientras otros vestían uniformes deportivos. Había un periódico en la ciudad donde nací, y un día le dije al editor: “Yo quiero escribir noticias”. Cuando dejé la escuela para ir a la universidad, fui a Alabama, al sur, donde son grandes fanáticos del fútbol americano, e hice lo mismo: trabajar para el periódico. Escribía sobre los estudiantes que sobresalían en la clase, sobre el jugador de fútbol americano o de baloncesto, sobre los estudiantes de actuación. Después de graduarme llegué a Nueva York, conseguí un trabajo en The New York Times, y el primer tema sobre el que se me ocurrió escribir fueron los deportes, porque entre los atletas es posible encontrar mejores personajes. ¿Por qué? Bueno, porque tienen una carrera muy corta. Su vida profesional empieza muy temprano, algunos son apenas adolescentes, muchos ni siquiera han llegado a los treinta. O son exitosos cuando jóvenes, o nunca lo son. Es todo o nada. Y en Nueva York nosotros teníamos el boxeo. Siempre me interesó saber cuánto iba a durar el éxito de esos atletas, qué hacían para mantenerlo, qué les pasaba cuando dejaban de ser buenos.
No hay otra fuente en términos periodísticos, o en términos de escritura de no ficción, que ponga al escritor tan cerca del drama humano como lo hacen los deportes. Ninguna. Porque los deportistas experimentan un montón de emociones: miedo, soledad, inseguridad. Son severamente criticados por perder, por hacer algo indebido, por titubear en un momento crucial de la pelea, o por cometer un error. Y también experimentan deslealtad. Cuando usted está cerca de un boxeador, escucha sobre traiciones, sobre sus finanzas, todo este tipo de cosas.

 Existen personajes dotados de manera excepcional en otros campos. ¿Qué hay de particular en los boxeadores que no se encuentre en otro tipo de atletas y de celebridades en general?
Si usted no escribe sobre deportistas, ¿sobre quién escribe entonces? ¿Sobre políticos? La mayoría de los alcaldes son corruptos; los gobernadores, corruptos; los intermediarios, corruptos; las personas de negocios o comerciantes, mentirosos. En realidad no es posible acercarse a ninguno de ellos porque no se sabe qué están haciendo, usted no puede verlos. Nadie se entera por qué ganan un millón de dólares o por qué pierden la misma cantidad de dinero. Tal vez se pueda escribir sobre la guerra, la ciencia o la medicina, pero ninguna de estas fuentes se presta tan bien como los deportes para representar el drama humano.
El boxeador pelea por sí mismo. Está solo en el ring. Si gana, gana; si pierde, pierde. ¿A quién podría echarle la culpa?, ¿qué puede decir? Nada, fue su culpa. Tiene que admitir su responsabilidad. Eso pone al escritor en un contacto directo, íntimo, con el boxeador. A través de la expresión corporal, de tenerlo cara a cara, de mirarlo a los ojos, se crea una afinidad mental. Usted siente compasión, simpatía, incluso mal genio por el boxeador: “No debió haber peleado contra esa persona... Debió haber entrenado mejor... Por qué no se consiguió un buen mánager... Debió haber dejado a esa mujer en paz… No debió beber esa porquería... No debió fumar de ese maldito vicio... Está arruinando su carrera”. Usted se involucra con la vida de esas personas.
El boxeo, más que cualquier otro deporte, trata sobre las aspiraciones de la gente pobre. Primero que todo, todos ellos tienen trabajos terribles. Hacen lo que nadie más quiere hacer. Si pudieran, seguramente elegirían otro oficio, pero no pueden escoger. No tienen otra opción. Algunos trabajan voluntariamente en el campo, bajo el sol o la lluvia, entre el barro y los insectos, recogiendo uvas o cualquier otra fruta. Muchos vienen de México o de Colombia buscando una mejor vida, pero nunca la encuentran. Con suerte terminan trabajando en McDonald’s o en una maldita cocina rebanando papas. Tienen trabajos terribles, ganan poco dinero, son claramente explotados. Y por supuesto están molestos, deben estarlo porque abusan de ellos todo el día. Algunas de estas personas, muchas entre los catorce y los quince años, son físicamente fuertes, logran canalizar su malestar y convertirse en boxeadores. En la mayoría de los casos, son personas pobres que están molestas, pero son ambiciosas y no quieren recoger uvas veinticuatro horas al día en la maldita frontera de Baja California.

 Los boxeadores son, en la mayoría de los casos, pobres, fuertes y ambiciosos. ¿Hay alguna relación entre boxeo y raza?
Ser negro es ser pobre en el noventa por ciento de los casos. Tal vez sean ricos por un tiempo, como en el caso de Joe Louis, por ejemplo, o Muhammad Ali. Son ricos por un par de años, y luego vuelven a ser pobres. Usualmente, la razón por la que alguna persona negra no es pobre es que se convirtió en el mejor jugador del mundo. Estas personas tienen en común la pobreza. Ahora, si se convierten en una estrella de cine, como Denzel Washington, o de la música, como Jay-Z, esa es otra historia. Ninguno de ellos va a volverse boxeador.

 Cuando hace trabajo de campo con los boxeadores, ¿tiene en mente la idea del racismo?
¡Por supuesto! Pero eso no es lo importante. Lo que me llama la atención de los boxeadores no es el hecho de que sean negros. Me interesan por lo que hacen, por lo buenos peleadores que son, o tal vez por no ser tan buenos. Cada historia es diferente.

 ¿Cuál es la responsabilidad de los periodistas en relación con el racismo?
La responsabilidad de todos es la misma, sean o no sean periodistas. No creo que el periodismo tenga una mayor responsabilidad. La única responsabilidad que el periodista tiene, o debería tener, es ser justo con la verdad. Debe tener el deseo de ser veraz. Debe estar seguro de que conoce muy bien el tema sobre el que escribe, en vez de inventar cualquier cosa para hacer más llamativo el titular.

 ¿Cuál es su crónica favorita sobre boxeo?
No creo que tenga una favorita. Hay muchas historias, pero la mayoría son terribles. No se me ocurre ninguna que me haga sentir bien.

¿Cuáles han sido las historias relacionadas con el boxeo que le han resultado más difíciles de escribir?
Cuando fui a La Habana en 1996 y vi a Muhammad Ali. Tenía la enfermedad de Parkinson. Presencié un momento en la vida de este personaje en el que tuvo que pagar un precio muy alto por la profesión que escogió. Estaba físicamente destruido. Frente a mí estaba un hombre que en sus tiempos de boxeador, cuando yo escribí sobre él, era cómico, dramático, valiente, loco, audaz. Escribía poesía, incluso leía poesía. Y después de treinta años, no podía ni siquiera hablar.

 De todos los boxeadores sobre los que usted ha escrito, ¿con quién ha tenido una relación más fuerte?
Con Floyd Patterson. Escribí cerca de treinta artículos sobre él, pero lo recuerdo por uno en particular, “El perdedor”. Como escritor de no ficción, para mí una historia nunca se termina. Solo porque fue escrita o publicada hace cinco años, no significa que se acabó. Si un año después vuelvo a entrevistar a un boxeador, a acompañarlo, a salir con él por ahí, lo que yo llamo el arte del hanging out, me voy a dar cuenta de que algo ha cambiado. Lo que ese personaje me dijo hace un año ahora no es cierto, es diferente. Yo entrevisté a Patterson treinta veces, durante más o menos tres años. Finalmente, gracias a mi experiencia con él, a la confianza que gané, y al hacerlo sentir cómodo al hablarme, pude escribir una pieza clásica de no ficción. Usted tiene que saber sobre lo que escribe, usted tiene que conocer a su personaje. Floyd Patterson fue una persona que yo conocí muy bien. El problema es que frecuentemente en el periodismo solo se tiene una oportunidad.

Cuando publicó “El perdedor”, ¿cambió su relación con el boxeador por haber usado ese calificativo?
No cambió para nada. Todos somos perdedores en algún sentido, pero nos cuesta trabajo admitirlo.

¿Cómo se acerca usted a los boxeadores sobre los que quiere escribir? ¿Cuál es su estrategia?
Me acerco a ellos de la misma forma en que me acerco a cualquier otra persona, independientemente de que sea un boxeador, un ejecutivo, un gánster, un político o una estrella de cine. No hay diferencia. Cuando decido escribir sobre algo, o alguien, me acerco y les digo que quiero escribir sobre ellos y por qué quiero escribir sobre ellos. Trato de justificar y de articular, desde un punto de vista inteligente, el tiempo que les va a tomar cooperar conmigo. Usualmente obtengo la cooperación que pido. Les doy una explicación sincera y les hago saber que mi intención no es criticarlos, condenarlos o avergonzarlos. Mi verdadera motivación para hablarles es la apreciación sincera de su trabajo. Mi aspiración es describir a la gran audiencia lo que ellos hacen, y lo que la gente no entiende sobre sus oficios. Me convierto, podría decirse, en una especie de vehículo entre la audiencia y el personaje. Eso es lo que he hecho toda mi vida.

¿Hay alguna historia sobre boxeo en su nuevo libro?
Mi nuevo libro salió en octubre. Es una vieja historia sobre la construcción de puentes. Pero, de hecho, en este libro hay una en particular sobre un boxeador blanco. Escribí sobre James J. Braddock, quien fue vencido por Joe Louis. Lo conocí en 1964, ya se había retirado hacía mucho tiempo, pero estaba trabajando en la construcción del Puente de Verrazano-Narrows, que une a Brooklyn con Staten Island. Encontré a este campeón del boxeo, y escribí sobre él, está ahí en este nuevo libro. Me dijo: “¿Sabes qué? Trabajé como boxeador y sigo trabajando duro. Ahora tengo 55 años”. Es una buena historia.

¿Qué otras historias hay en este libro?
Muchas. Cuando la gente construye un puente, un rascacielos, un camino, hay muchas historias. La gente que construye estructuras o carreras, como los pintores o escritores, tiene una historia. Todos tienen una.

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Carlos A. Cortés-Martínez

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