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Viajes

Más allá de la bahía mexicana

Traducción de Ibsen Martínez

En 1934, el autor de Un mundo feliz se embarcó junto a su esposa Marie en un crucero que los llevaría desde tierras españolas hacia el Caribe. La bitácora de ese viaje fue publicada bajo el título Beyond the Mexique Bay, un registro exquisito, sarcástico e hilarante de la pintoresca cotidianidad en las provincias.

Ilustración de Nicholas Stevenson

 

En el barco

La cosa más notable de un crucero de invierno es siempre la publicidad preliminar. ¡Qué prosa más enjoyada! ¡Qué de imágenes y metáforas! ¡Y esos pasmosos gongorismos! ¿Llamaremos al barco simplemente “barco”? Ni pensar en tal banalidad. “¡Ojos que no son ojos sino fuentes rebosantes de lágrimas!”.1  Así, un buque no es ya un buque sino un “yate gigantesco”, el “alegre y exquisito anfitrión de las supremas celebridades del mundo”.

Siguen luego los asombrosos lugares a los que el gigantesco anfitrión ha de transportarnos, lugares donde uno se sumerge para el baño en “ópalo líquido”, donde “pintorescas ciudades nativas escuchan la historia de mundos antiguos”, donde (confrontados con la danse du ventre2) “se puede escuchar el eco mortecino de una risa pagana, una oración salvaje”.

 

Y, por supuesto, no se atraca en puertos de las Indias Occidentales sino que “seguimos a los antiguos conquistadores3 por todo el glamoroso romance de la Cuenca del Caribe”. Uno no visita, groseramente, el Mediterráneo, sino que “se abandona a la dorada palidez de la arena en la Riviera (¡siempre que sea febrero, Dios nos asista!), contemplando una marea de zafiro”. Contemplándola, ¡ay!, en vano, porque no hay tal. Y si todo esto se tornase insípido, puede usted dejar “su personalidad nórdica fundirse, dilatarse en el desenfrenado colorido de un zoco en Túnez y Kairuán”.

Por lo que toca a la gente con que uno se asocia a bordo del exquisito gigante, son todos “celebridades de primera página”, “sofisticados”, “dignos de verse”, o en el peor de los casos, “un grupo alegre y encantador que halla en el crucero la combinación perfecta de elegancia y ahorro”.

“Ópalo líquido, antigüedad auténtica, modernas canchas de golf (veinte de ellas solamente en Hawái), la última palabra en bares y, en los sanitarios, porcelana rosada”: los redactores publicitarios prometen llevarnos al corazón mismo de estas delicias. Lo que dejan de mencionar –y para mí es de las cosas más significativas de este asunto– es el hecho de que un crucero de invierno también nos lleva al futuro. Tras abordar uno de estos gigantes anfitriones uno se halla en el mundo de sus nietos.

En ningún sentido los quinientos habitantes de un crucero de línea son típica muestra de la población contemporánea. No: son típica muestra de la población tal como será dentro de cincuenta años, si para entonces no hemos saltado todos por los aires. Y es que las alegres y encantadoras celebridades que viajan en cruceros de invierno son, en su mayoría, personas de edad. Hombres de negocios, retirados ya, o meramente cansados, con sus esposas; viudas pudientes y avejentadas solteronas intentando escapar del invierno y de la soledad en la bien publicitada amigabilidad de la vida en cubierta en los trópicos; todo ello con salpicaduras de enfermiza vejez: son pocos los verdaderamente jóvenes. En compensación, menudea una imitación de lo juvenil, a cargo de personas de incipiente medianía de edad.

Abundan los adolescentes de cuarenta y cinco.

[...]

Es una lástima que los cruceros de línea carezcan de ojos. Sus párpados, según esta deliciosa literatura, estarían mucho más que ligeramente cansados. En cuanto a las rocas sobre las que están fondeados... Pero en circunstancias tan náuticas acaso no sea de mucho tacto mencionar las rocas.

 

Barbados

Bridgetown no es grande: diez minutos de lenta caminata nos llevaron a los suburbios. Era de noche y el aire estaba cálido y perfectamente sereno. Atravesamos a pie una estratificación vertical de olores cloacales y florales, mezcla de tuberosas y pescado podrido.

Unas palmeras gigantescamente altas y delgadas, al doblarse con el peso de su propio desgarbo, parecían el dibujo de un artista muy vulgar pero extraordinariamente laborioso y preciso, plasmadas con tinta india sobre la pálida extensión anaranjada del poniente. Croaban los sapos y los insectos eran como una orquesta invisible que incesantemente buscase afinación.

Hacía seis años que no estaba yo en un país cálido y había olvidado cuán indeciblemente melancólicos pueden ser los trópicos, cuán desesperanzados y cuán completamente resignados a su desesperanza. Los negros arrastraban los pies sobre el pavimento. Niños pequeños y negros jugaban en los callejones, silenciosamente. Al borde de la vereda, sus padres leían los diarios, en cuclillas, a la luz de los faroles. Y entre farol y farol, según la noche se hacía más espesa, cada forma pasajera carecía, inquietantemente, de cara y de manos: negrura fundida en la negrura, como trajes que caminasen solos.

 Cada tanto pasábamos delante de una capilla, siempre iluminada, siempre llena de gente entonando himnos. Durante tal vez medio minuto, el sonido del himno “Permanece junto a mí” ahogaba los ruidos de la noche tropical. Luego, al alejarnos un poco más, sapos y cigarras se reafirmaban y cobrábamos conciencia de ambos sonidos, vibrando con igual desesperanza bajo las primeras estrellas.

 

Caracas

La diferencia más conspicua entre las colonias británicas4 del Caribe y las repúblicas hispanoamericanas se aprecia en la vestimenta femenina.

Sartorialmente hablando, las colonias son trozos de provincia inglesa con su provincianismo elevado a la enésima potencia. Negras y mulatos han abandonado la eternidad del vestido tradicional por el mundo temporal de la moda. Pero es una moda, lo menos, de cuatro años atrás y que, aun en sus días de mayor gloria, fue francesa solo según la escuela de Stratford-atte-Bowe5. El monde colonial –al juzgar por los vislumbres que brinda la calle– está apenas más atento a la moda que el pueblo llano. Ciertamente, se afectan modas de quizá tres años atrás que, queriendo dejarse orientar por París, no han llegado más allá de, digamos, Kensington Street High. Y eso es todo.

¡Cuán sorprendentemente distinta es la escena femenina en Venezuela o Panamá, en Guatemala o México o Cuba! En La Guaira no vi tacones de menos de diez centímetros de alto y un rico color artificial cubría las morenas mejillas. Sobre una piel negra o amerindia el cremoso lustre de la seda artificial, amarilla, verde pimienta o, más a menudo, tersamente rosado –pâle et rose, comme un coquillage marin6–. ¡Y qué faralaos, qué volantes!

Noviecitas del mundo: el corte de sus prendas es adaptación hollywoodense de todo lo francés. Y eso que La Guaira es solo un poblado provincial; en Caracas, la capital, pudimos ver rango y moda verdaderos: parecía el paddock en Longchamps.

_________________________

1. Thomas Kyd (1558-1594), dramaturgo isabelino. Huxley cita un verso de su más célebre pieza The Spanish Tragedy.
2. “Danza del vientre”, en francés en el original.
3. En español en el original.
4. Huxley hace este viaje en 1934.
5. Alude al “Cuento de la priora”, de Chaucer: la religiosa habla el francés mostrenco de los cortesanos ingleses del siglo XIV.
6. “Pálida y rosa, como concha marina”. Del poema “La negresse” (“La negra”), de Stéphane Mallarmé (1842-1898).

 

Caracas

Sin duda, en algún momento de su historia, todo palacio es genuinamente palaciego. El sobredorado refulge y los espejos brillan sin mácula; el damasco es todavía nuevo y el fieltro carmesí no está raído aún.

Ningún palacio que haya visitado alguna vez me ha revelado ese hipotético estado de brillante virginidad, y me alegro de ello porque, a mi modo de ver, el mayor encanto de los palacios (y siento verdadera pasión por ellos) consiste, precisamente, en esa mezcla de imposible grandiosidad y atenuado acabamiento que ningún burgués bien criado toleraría ni por un momento. Ni tendría que tolerarla, por cierto,  porque un domicilio pequeño permite renovar y amoblar de nuevo, periódicamente.

Pero cuando se trata de cuarenta o cincuenta hectáreas de alfombrado carmesí o de millas cuadradas que repintar, entonces, bueno, hasta un rey lo piensa dos veces. Y mientras se lo piensa, el deterioro continúa reptando más y más hacia el corazón de la magnificencia.

Tal vez hayan redecorado ya el sitio, pero recuerdo haber ido, de muchacho, a dar una vuelta por el Castillo de Windsor y el terciopelo azul oscuro de los sillones en la que, supongo, era la sala capitular de los caballeros de la Orden de la Jarretera estaba tan gastado por una larga sucesión de augustas posaderas que había manchas de sarna en el fieltro y la urdimbre del relleno se mostraba con desnuda indecencia. En otro palacio de Europa he visto polillas elevarse desde el sofá en el que habitualmente se sentaban personajes de la realeza.

¡Y cuán deslucida está la pintura, invariablemente! ¡Qué acumulación de oscura mugre gris se aloja en los intersticios de las doradas molduras donde no llega el escobillón! Cada pasillo y cada salón resonante de ecos es más ruinoso que el anterior.

Dondequiera se mire, los más improbables tesoros saltan a la vista: el busto en ámbar de la reina Victoria; elefantes de tamaño natural, tallados en roca como tallada en lapislázuli es la mesa del comedor del zar; un sólido escritorio de platino, obsequio del primer barón de Rothschild. Pero la alfombra está tan gastada como el linóleo de un internado, el cortinaje de doce metros de alto no ha sido cambiado desde la Guerra de Crimea. En cuanto al monumental reloj sobre pórfido mantel, se detuvo la misma mañana de la batalla de Sadowa y desde aquel día hasta la fecha marca las nueve y once minutos.

El palacio presidencial de Caracas es, en su tipo, un pequeño pero muy selecto espécimen. El terciopelo aquí es más tupido y más subidamente carmesí que en otras partes, los dorados se tornan amarillo cobrizo, el tallado de las maderas más recargado y más chocante en su mal gusto. Es como el palacio de una escenografía de fines del siglo XIX y, vistos de cerca, los objetos son tan lastimosos como los de cualquier teatro.

Detrás del trono, en el salón recibidor principal, cuelga un gigantesco retrato ecuestre del actual gobernante de Venezuela. Monta un caballo blanco tan semidiós como el jinete. En otro salón, su fotografía tamaño natural revela un astuto y casi demasiado genial ancianillo con gafas, el vientre abultándosele pronunciadamente bajo la cintura. “Mire usted aquí, mire este cuadro, y este otro...”.

Pero el hombre fuerte de Venezuela no es el jinete mitológico; ha sido, casi ininterrumpidamente, durante el último cuarto de siglo, el anciano caballero, abultado y con gafas.

 

Jamaica

En Kingston dijimos adiós a nuestro anfitrión gigante. Las otras celebridades de primera plana todavía lo tendrían para ellos solos otros veintiún días. No envidié demasiado esa ahorrativa elegancia: las vicisitudes del viajar individualmente, aunque costosas, tienen sus compensaciones.

 

Jamaica

Jamaica es la “perla del Caribe”. ¿O no será, más bien, la Clapham Junction7 del Poniente? Sea como fuere, perla o cruce de caminos, nos puso a ambos extremadamente enfermos. Agradecimos poder partir a bordo de un pequeño paquebote bananero de bandera noruega, proa a la Honduras Británica y Guatemala.

En cualquier noche despejada de los trópicos, al barco que navega lentamente le es propia toda una astronomía privada. Varias veces me eché a mirar durante horas movimientos celestes para mí novedosos. Las estrellas se elevaban diagonalmente en el firmamento. Se detenían en el cénit de su trayectoria y, en una larga caída, se zambullían de nuevo. Entonces, muy despacio, como tentativa y renuentemente, emergían de nuevo, de lado y hacia arriba, explorando la oscuridad hasta que al fin parecían hallar la trayectoria que buscaban para de nuevo elevarse de manera angular en brioso vuelo, sin desviarse, y el ciclo completo de movimientos comenzaba de nuevo.

 

Colón

Británico hastío provinciano en Barbados y Trinidad; elegancia franco-californiana en Caracas. En Colón, el country club prevalece por completo sobre París: las negras van todas muy peripuestas en sus ropas deportivas y con zapatos de medio tacón. La prostitución y la venta de curiosidades y objetos antiguos parecen ser las dos únicas actividades que ofrece esta muy deprimente ciudad. Y como los marineros no pueden permitirse ser demasiado exigentes, la primera industria es, a menudo, mera rama de la segunda.

Rodamos, muy lentamente, a través del quartier réservé y los suburbios residenciales, en coche de un solo caballo. “Creo, señor”, dice el cochero negro, con encantadora cortesía muy del Viejo Mundo, “que tenemo’ el honor de ser compatriotas”.

Le dije que me alegraba oírlo, pero, privadamente, estaba seguro de que se equivocaba. Miles de negros han emigrado desde Jamaica y las demás islas británicas a las costas de las repúblicas vecinas. Y han criado familias muy grandes en sus nuevos hogares, pero en nueve de cada diez casos sus hijos no son súbditos británicos por la sencilla razón de que los padres nunca se molestaron en casarse. Britania no se anda con rodeos tratándose de bastardos. Al nacido de padres británicos, fuera del Imperio, pero dentro de un matrimonio legítimo, lo acogerá en su seno, pero los nacidos fuera del sagrado vínculo se queda fueran y sanseacabó.

Recientemente, los gobiernos centroamericanos se han visto forzados a considerar este hecho. En los buenos tiempos el flujo de población negra venida de las islas era muy bienvenido. Ahora corren malos tiempos: hay desempleo en los puertos, las plantaciones de banano y los ingenios azucareros. Los gobiernos preferirían repatriar a los extranjeros ahora superfluos pero, para consternación suya, encuentran que la mayoría no es extranjera. Si son bastardos –y casi siempre lo son–, entonces son panameños, nicaragüenses, hondureños o lo que sea, de nación.

Malos tiempos los que corren, tanto para las islas como para Tierra Firme; ningún repentino asalto a las reservas laborales será bienvenido y nuestros embajadores y cónsules proclaman a los cuatro vientos, con verdadero celo misional, la santidad del matrimonio.

______

7. Aún hoy, el más transitado cruce ferroviario de Inglaterra.

 Ilustración de Nicholas Stevenson

 

Quiriguá

En cuanto a la historia de los mayas, no disponemos de documentos, más allá de las ruinas, las fechas, las tradiciones preservadas por Landa, el Popol Vuh y los libros de Chilam Balam. Solo podemos especular en torno a las causas que hicieron de la cultura maya lo que fue. Tengo la convicción de que sus peculiaridades se debieron a accidentes tan personales como el que individuos excepcionales hayan nacido en una favorecida posición social. ¿A qué otra causa, por ejemplo, debemos atribuir esa obsesiva preocupación por el tiempo, que es rasgo llamativo de la cultura centroamericana?

Otras sociedades agrícolas no han sentido necesario trabajar en elaborados calendarios ni diseñar instrumentos intelectuales para pensar la más remota antigüedad. No había, pues, nada en su desarrollo económico que hiciese inevitable para los mayas la invención del Gran Ciclo y establecer fechas a miles de años de su posición en el tiempo. Un accidente personal ofrece la única explicación verosímil del hecho.

Se debe postular entre los sacerdotes mayas la aparición de un hombre, o una sucesión de hombres, obsesionados por una conciencia del perpetuo perecer de las cosas y congénitamente equipados para lidiar con esa obsesión en términos matemáticos.

(El dios Itzamná fue posiblemente el inventor original del calendario deificado y adorado por sus compatriotas.) Una vez establecida la práctica de elaborar calendarios parecería natural que todos los sacerdotes subsiguientes llenaran sus cabezas con los problemas del tiempo, tal como fue “natural” que los griegos del tiempo de Herodoto no les prestaran atención.

Puede sugerirse una explicación similar para la ausencia del elemento femenino en la teología maya y de sensualidad en su arte. El panteón de códices y monumentos es cosa elaborada que parece ser fruto de la selección y cristalización de una religión popular más primitiva.

Muy significativo, en este contexto, es el hecho de que en la llamada Cultura Arcaica, que precedió a la de los mayas, el principio de fertilidad estuvo simbolizado por una figura femenina. ¿Por qué rechazaron los mayas este símbolo en favor del obviamente menos apropiado hombre-con-nariz-de-tapir? La respuesta, pienso yo, es que alguien que tenía un prejuicio antifálico lo rechazó por ellos. La antigua religión fue modificada in usum serenissimi Delphini. Una cosmología así editada necesariamente debe reflejar el carácter de los editores y este carácter convertirse en el de todos aquellos que acepten como guía de su vida la religión editada. La filosofía, dice Bradley8, consiste en hallar malas razones para lo que creemos por instinto. Pero mucho de lo que creemos por instinto resulta ser, al analizarlo, meramente lo que alcanzamos a captar en la infancia. Instintivamente los mayas dieron en creer que el dios de la fertilidad era un hombre con nariz de tapir. Alguien lo había dicho alguna vez y este aserto fue repetido constantemente; en consecuencia, así lo sintieron “desde sus huesos”.

 

Ciudad de Guatemala

La historia subsiguiente de los antiguos súbditos coloniales [de España] es la de hombres de una tradicional cultura de las emociones compatible con un tipo de régimen político, que tratan de establecer otro régimen, un régimen prestado de ultramar, y fracasan en ello pues el nuevo régimen no podía echarlo a andar sino gente criada en un cultura emocional por completo distinta.

Los blancos, casi-blancos y mestizos9, que constituían el único elemento consciente y políticamente activo de la población, habían sido educados para aceptar el derecho divino que el rey tenía de gobernarlos. Al mismo tiempo, preservaban la tradición anárquica del Renacimiento, al considerarse a sí mismos como individuos, cada quien con derecho a hacer lo que le cuadrase. En consecuencia, estamos frente a una reverencia ante el trono que acompaña la evasión de las órdenes reales.

La gente estaba convencida de que el rey tenía el derecho divino de hacer las leyes y que ellos, en tanto individuos, tenían el derecho divino de desobedecerlas siempre que pudiesen hacerlo ventajosamente y sin ser descubiertos.

 

Ciudad de Guatemala

En la Guatemala de 1840, [John Lloyd] Stephens10 llegó a escuchar interpretaciones de música de Mozart. El visitante de 1933 puede pensarse afortunado si escucha una orquesta de marimbas tocando tangos en el patio de su hotel. Y todavía más afortunado si no la escuchase. Porque la marimba es un xilofón gigantesco tocado con largas baquetas por tres, cuatro y hasta cinco ejecutantes. Y una orquesta de varios de estos ruidosos artefactos, acompañada de saxofones y trompetas, alcanza mayor volumen de perforante ruido del que pueda producir cualquier otra combinación de instrumentos.

Los días de marimba en el hotel fueron siempre una pesadilla. Salvo por el sirope enlatado del cine hablado, era la única música que podía escucharse en Guatemala. “El dinero malo espanta al bueno”. ¿Existirá también, como ha sugerido sir Norman Angell11, una ley de Gresham12 que rija el gusto?

_________________

8. Francis Herbert Bradley (1846-1924), filósofo británico exponente del sistema llamado de “idealismo absoluto”.
9. En español en el original.
10.John Lloyd Stephens (1805-1852), explorador estadounidense y uno de los primeros estudiosos occidentales de la cultura maya.
11. Sir norman Angell (1872-1967), político y diplomático británico, contemporáneo de Huxley. Distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 1933.
12. Principio de teoría monetaria según el cual, en el país donde simultáneamente circulen dos tipos de monedas de curso legal, si el público considera “buena” solo una de ellas, la moneda “mala” expulsa indefectiblemente del mercado a la “buena”.

 

Antigua y Ciudad Vieja

Antigua fue abandonada en 1773, después de un terremoto particularmente destructivo, y la sede del gobierno fue mudada a su actual lugar. Pero Antigua, a su vez, había brindado refugio a otros peligros. Ciudad Vieja, la primerísima capital, fue erigida al pie del hoy extinto Volcán de Agua, a casi cinco kilómetros de Antigua, siguiendo el camino que lleva al Pacífico. En 1541, después de días enteros de lluvias torrenciales, una inmensa masa de agua se desprendió del flanco de la montaña y arrolló al pueblo. Se desplomaron las casas y muchos habitantes perecieron ahogados por el deslave, notablemente doña Beatriz de la Cueva, viuda de [Pedro de] Alvarado13, quien acababa de ser elegida gobernadora en remplazo del recientemente fallecido conquistador. Los sobrevivientes de la catástrofe liaron sus bártulos y se mudaron a lo que hoy es Antigua.

[...]

Como tantas de las iglesias de Nueva España, la de San Francisco en Ciudad Vieja debió ser diseñada y periódicamente restaurada por aficionados. Ningún arquitecto profesional pudo tener que ver con esta versión casera de una fachada barroca, con un interior tan desproporcionado ni con la rústica decoración en estuco. Algún albañil que entendía algo de abovedado, algún fraile que recordaba tenuemente las iglesias de su patria, hicieron la Iglesia de San Francisco. El templo fue erigido en una especie de patois clásico: un absurdo, más bien desaliñado y, sin embargo, encantador dialecto de una lengua noble.

Junto a la vieja iglesia abandonada está el convento, con su patio enmontado y la fuente seca. Al igual que tantas otras aldeas de Guatemala, en Ciudad Vieja es evidente la ausencia de un párroco, pero sus habitantes siguen celebrando ritos religiosos, aunque no necesariamente católicos.

Cuando llegamos, estaba justamente celebrándose una pequeña ceremonia. Acuclillado en el atrio de la iglesia estaba un indio. Con una mano golpeaba un tambor parecido a un alargado tarro de mermelada y con la otra tocaba una chirimía14.

Se trata de un chirriante silbato cuyo registro es de cuatro o cinco notas, indistinguible en sonido y apariencia de las flautas que aún hoy se tocan (también con una mano mientras la otra bate el tambor) en las festividades de perdidas aldeas provenzales. Con toda probabilidad, la chirimía, como la mayor parte de otros elementos tradicionales del arte folclórico indígena, fue originalmente importada de Europa. La tonada era también, incuestionablemente, una importación; en Centroamérica no llegué a escuchar nada que no lo fuera. Era un airecillo melancólico, como de seis compases largos, muy semejante a un viejo pregón londinense: “¿Quién compra, quién compra mi lavanda de dulce aroma...?”.

Llegado al final, el indio comenzaba de nuevo, da capo ad infinitum. La tocaba cuando entramos a la iglesia, la tocaba cuando salimos, seguía tocándola mientras fuimos a mirar las ruinas del oratorio donde se ahogó doña Beatriz y, diez minutos más tarde, mientras desandábamos, todavía la tocaba.

–¿Tocan a menudo esta música los indios? –preguntamos a nuestro guía.

–Todos los viernes.

–¿Y por cuánto tiempo?

–¡Oh!, unas doce horas –respondió, como si fuese la cosa más natural del mundo.

–¿Y por qué la tocan? –preguntamos–. ¿Qué significa?

 –¿Quién sabe?15 –dijo, encogiéndose de hombros. Y hasta allí llegaron nuestras indagaciones. Si todo iba a depender de los ladinos16, mejor dejar de ese tamaño la investigación etnológica.

De vuelta al automóvil pasamos muy cerca del músico, que levantó un poquito el mentón y sopló, tal vez por octogésima vez aquella mañana, las primeras notas de “¿Quién compra, quién compra...?”.

Por sobre la caña del silbato, sus ojos, negros como los pequeños botones de una bota y no menos perfectamente inexpresivos, miraban fijamente al espacio. Me hicieron recordar, de manera súbita e inquietante, la foto que una vez vi de una serpiente al ser devorada por una tortuga gigante.

La serpiente colgaba, ni más ni menos que como espagueti viviente, de las fauces desdentadas y afiladas como tijeras, mientras los ojos de la tortuga, con brillante fijeza y sin parpadear, miraban la ewigkeit17.  Dos redondas nadas fijas en la nada. La boca continuaba su labor, automáticamente. Mordisco a mordisco era devorado el cuerpo que se debatía salvajemente mientras aquellos ojos continuaban mirando al vacío. Todo era totalmente irrelevante frente a todo, igual que aquí, en el atrio de la iglesia de Ciudad Vieja. La nada mirando a la nada.

El tambor batía la chirriante delgadez de la melodía cayendo hacia el final y entonces por octingentésima primera vez recomenzaba mientras, por sobre el flautín, los botones negros resplandecían con la misma impenetrable brillantez sin sentido. Me alegré de no verlos más.

Francamente, sin importar cuánto, no acaba de gustarme la gente primitiva. Me incomoda. La bétise n’est pas mon fort18.

 

Copán

Se presume que los mayas construían sus ciudades en las riberas de los lagos y cultivaban intensamente las tierras altas. La deforestación trajo consigo erosión y, con el tiempo, todo el terreno cultivable fue deslavándose hacia los lagos. El resultado fue doblemente desastroso: los campos de cultivo se hicieron estériles y los lagos se convirtieron en enormes lodazales. Lo que había sido jardín se tornó desierto, y los caminos reales, barreras infranqueables.

Si esta hipótesis es correcta –y la evidencia geológica en su apoyo es bastante convincente–, se comprende perfectamente por qué los habitantes de poblaciones como Tikal y Uaxactún emigraron al norte, hacia la meseta caliza de Yucatán.

Pero las condiciones en la región de Petén eran totalmente distintas a las de Copán. Copán se extiende por un valle estrecho, regado por un río de considerable caudal, sin lagos susceptibles de convertirse en pantanos. Y sin embargo, puntualmente, al tocar su fin el Noveno Ciclo y veinte años después de abandonar Uaxactún, los copaneses (en todo caso, aquellos que tuvieron energía e inteligencia para erigir y datar un monumento) abandonaron su valle y marcharon nadie sabe adónde pero, presumiblemente, en dirección norte, hacia Yucatán.

El doctor Gann, eminente autoridad en lo tocante a Centroamérica, ha registrado el hecho curioso de que los mayas modernos, de tiempo en tiempo y repentinamente, abandonan sus asentamientos y sin razón aparente se mudan a otro sitio.

Esta “razón no aparente” para las migraciones probablemente sea religiosa. Alguna combinación de malos augurios atraerá muchísima mala suerte si se persiste en vivir en determinado lugar. En lugar de arrostrar el riesgo de calamidades proféticamente anunciadas –y dondequiera que la gente da en creer firmemente en tales profecías, estas se cumplen de forma puntual–, los habitantes deciden minimizar las pérdidas y mudarse a un sitio de clima sobrenatural más salubre.

Podemos sonreír, pero, ¿quién de nosotros, convencido de que su casa está embrujada, no incurriría en considerable pérdida financiera para deshacerse de ella?

__________________

13. Adelantado y conquistador español de gran parte de Centroamérica.
14. “Chirimiya” en el original.
15. En español en el original.
16. En español en el original. Según el DRAE, designa en América Central al mestizo que solo habla español.
17. En alemán, la eternidad.
18. “La estupidez no es mi fuerte”, en francés en el original.

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