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Ensayo

Cuerpo negro

Releyendo "Un extraño en la aldea" de James Baldwin

Traducción de Liliana Moreno Acevedo

A mediados de los cincuenta, el autor de Ve a decirlo en la montaña pasó una prolífica temporada en Leukerbad, una pequeña aldea suiza. Era uno de los primeros negros en pisar el lugar. El impacto que ello tuvo entre los lugareños y en la sensibilidad del autor inspiró “Un extraño en la aldea”. Más de medio siglo después, otro joven escritor replica los pasos que dieron vida a aquel ensayo.


James Baldwin con su hermano en un bar de Broadway, en 1965 • © Bob Adelman | Corbis

 

Entonces el bus comenzó a andar dentro de nubes, y entre una nube y la siguiente atrapábamos fugaces visiones del poblado de abajo. Era hora de la cena y el pueblo era una constelación de puntos amarillos. Llegamos treinta minutos después de dejar ese pueblo llamado Leuk. El tren de Leuk había llegado de Visp, el tren de Visp había llegado de Berna, y el tren anterior venía de Zúrich, desde donde yo había salido en la tarde. Tres trenes, un bus, y un corto paseo, todo ello a través de un campo precioso, y luego alcanzamos Leukerbad en la oscuridad. De manera que, a pesar de no estar lejos en términos de distancia absoluta, no fue tan fácil llegar allí. Agosto 2 de 2014: hoy sería el cumpleaños de James Baldwin. Si viviera, estaría alrededor de los noventa.Él es una de esas personas que escaparon de lo contemporáneo para deslizarse en lo histórico –John Coltrane habría cumplido 88 este año, Martin Luther King tendría 85–, personas que podrían estar todavía entre nosotros, pero que se sienten, a veces, muy lejos en el tiempo, como si hubiesen vivido siglos atrás.  James Baldwin dejó París y llegó a Leukerbad por primera vez en 1951.

La familia de Lucien Happersberger, su amante, tenía un chalet en una aldea de las montañas. Entonces Baldwin, que en ese tiempo se sentía deprimido y enajenado, fue allí, y la aldea (también conocida como Loèche-les-Bains) resultó ser un refugio para él. Su primer viaje fue en verano y duró dos semanas. Después regresó, para su propia sorpresa, por dos inviernos más. Su primera novela, Ve a decirlo en la montaña, encontró su forma final aquí. Baldwin había luchado con el libro por ocho años y pudo terminarlo finalmente en este improbable refugio. Pero escribió algo más, un ensayo llamado “Un extraño en la aldea”; fue este ensayo, incluso más que la novela, el que me trajo a Leukerbad.

“Un extraño en la aldea” apareció por primera vez en la revista Harper’s en 1953 y luego en la colección de ensayos Notas de un hijo nativo, en 1955. El ensayo cuenta la experiencia de ser negro en una aldea totalmente blanca. Comienza con la sensación de un viaje extremo, como los realizados por Charles Darwin a Galápagos, o por Tété-Michel Kpomassie a Groenlandia. Pero luego el ensayo se abre a otras preocupaciones y adopta una voz diferente, volviendo la mirada hacia la situación racial estadounidense en la década de 1950. La parte del ensayo que se centra en la aldea suiza muestra, al mismo tiempo, perplejidad y dolor; Baldwin era consciente del absurdo de ser un escritor negro venido de Nueva York y considerado, en cierto sentido, inferior por los aldeanos suizos, muchos de los cuales nunca habían viajado. Pero más adelante en el ensayo, cuando escribe acerca de la raza en Estados Unidos, no se muestra perplejo en absoluto. Allí Baldwin parece enfadado y profético, escrbiendo con ruda claridad y arrastrado por una elocuencia precipitada.

La noche que llegué tomé una habitación del Hotel Mercure Bristol. Abrí las ventanas hacia una vista oscura, pero sabía que en la oscuridad se encontraba la montaña Daubenhorn. Preparé un baño caliente y me sumergí en el agua hasta el cuello con mi vieja copia en rústica de Notas de un hijo nativo. El sonido metálico saliendo de mi portátil era Bessie Smith cantando “I’m Wild About That Thing”, un indecente número de blues y obra maestra de la coartada perfecta: “Don’t hold it baby when I cry / Give me every bit of it, else I’d die / I’m wild about that thing”1. Ella podría estar cantando acerca de un trombón. Y fue ahí en el baño, con sus palabras y su voz, que tuve mi momento de transmigración: estuve aquí, en Leukerbad, con Bessie Smith cantando a través de los años desde 1929; y soy un hombre negro como él; y soy esbelto; y tengo un hueco entre mis dientes frontales; y no soy especialmente alto (no, tomen nota: soy bajo); y soy sereno en el papel y divertido en persona, excepto cuando es al revés; y una vez fui un ferviente predicador adolescente (Baldwin: “Nada de lo que me ha pasado iguala al poder y la gloria que sentí algunas veces cuando en medio de un sermón sabía que yo estaba de alguna manera, por algún milagro, llevando, como ellos decían, ‘la Palabra’, cuando la iglesia y yo éramos uno”). Y yo, también, dejé la iglesia; y llamo a Nueva York “hogar” incluso cuando no vivo allí; y me siento, en todos los lugares, de la ciudad de Nueva York a la Suiza rural, el custodio de un cuerpo negro, y tengo que encontrar el lenguaje para que todos entiendan lo que eso significa para mí y para la gente que luce como yo. Brevemente, el ancestro ha tomado posesión del descendiente. Fue un momento de identificación, y en los días que siguieron ese momento fue una guía.

 “Todo apunta a que ningún hombre negro ha puesto pie en esta pequeña aldea suiza antes que yo”, escribió Baldwin. Pero la aldea suiza ha crecido considerablemente desde su visita, más de sesenta años atrás. Ahora han visto negros; no fui una aparición extraordinaria. Hubo algunas miradas en el hotel cuando me estaba registrando, y en el magnífico restaurante calle arriba. Siempre hay miradas. Hay miradas en Zúrich, donde estoy pasando el verano, y hay miradas en la ciudad de Nueva York, mi hogar durante catorce años. Hay miradas en toda Europa y en la India, y en cualquier lugar al que voy por fuera de África. La cuestión es qué tanto duran las miradas, si se convierten en miradas fijas, con qué intención son dirigidas, si contienen algún grado de hostilidad o de burla, y hasta qué punto las conexiones, el dinero o el modo de vestir me protegen en estas situaciones. Ser un extraño es ser objeto de miradas, pero ser negro es ser mirado con especial atención. (“Los niños gritan ‘¡negro!, ¡negro!’, mientras camino por las calles”.) Leukerbad ha cambiado, pero, ¿en qué sentido? En efecto, no había grupos de niños por las calles y, en general, había pocos niños en cualquier lugar. Probablemente los niños de Leukerbad, como los niños del resto del mundo, estaban en casa, concentrados frente a sus videojuegos, revisando Facebook o viendo videos musicales. Quizá algunos de los viejos vecinos que vi en las calles fueron una vez los mismos niños que habían sido sorprendidos por la visión de Baldwin, y con quienes, en el ensayo, él luchó por emplear un tono razonable: “... en todo esto –en donde debe reconocerse el encanto del genuino asombro y en donde, ciertamente, no había elementos de crueldad intencional– no encontraba todavía sugerencia alguna de que era humano: yo era simplemente una maravilla viviente”. Pero ahora los niños, o los nietos de esos niños, están conectados al mundo de una forma diferente. Tal vez algo de xenofobia o racismo hace parte de sus vidas, pero también son parte de sus vidas Beyoncé, Drake y Meek Mill, la música que oigo palpitar en los clubes nocturnos suizos los viernes por la noche.

En los cincuenta, Baldwin tuvo que traer con él sus grabaciones, como un alijo secreto de medicina, y tuvo que llevar con él su fonógrafo a Leukerbad, para que el sonido del blues americano pudiera mantenerlo conectado al espíritu de Harlem. Escuché algo de la misma música mientras estuve allí, como una manera de estar con él: Bessie Smith cantando “I Need a Little Sugar In My Bowl” (“I need a Little sugar in my bowl / I need a little hot dog on my roll”); Fats Waller cantando “Your Feet’s Too Big”. También escuché mi propia playlist: Bettye Swann, Billie Holiday, Jean Wells, “Coltrane Plays the Blues”, The Physics, Childish Gambino. La música con la que viajas te ayuda a crear tu propio clima interior. Pero el mundo interviene también: cuando me senté a almorzar en el restaurante Römerhof –ese día todos los clientes y los miembros del personal eran blancos– la música que sonaba era “I Wanna Dance With Somebody”, de Whitney Houston.

A la hora de la cena, en una pizzería, hubo miradas. Una mesa de turistas británicos se me quedó mirando fijamente. Pero el mesero era en parte negro, y en el hotel uno de los miembros del personal del balneario era un viejo hombre negro. “La gente está atrapada en la historia y la historia está atrapada en ellos”, escribió Baldwin. Pero también es verdad que las pequeñas piezas que constituyen la historia van y vienen a una velocidad tremenda, colocándose bajo una lógica no siempre clara y rara vez por largo tiempo. Y quizá más interesante que mi no ser el único hombre negro en la aldea es el hecho evidente de que muchas de las personas que vi también eran extranjeros. Este ha sido el mayor cambio de todos. Si en ese entonces la aldea tenía un aire piadoso y convaleciente, como de “una Lourdes más pequeña”, ahora es mucho más concurrida, llena de visitantes de otras partes de Suiza, Alemania, Francia, Italia y toda Europa, Asia y las Américas. Se ha convertido en el centro vacacional de aguas termales más popular de los Alpes. Los baños municipales estaban repletos. Hay hoteles en cada calle y de todos los precios, y hay restaurantes y tiendas de artículos de lujo. Si quisiera comprar un reloj que cueste un ojo de la cara, a 1.400 metros de altura, ahora es posible hacerlo.

Los mejores hoteles tienen sus propias piscinas termales. En el Hotel Mercure Bristol bajé en el ascensor al balneario y me senté en el sauna. Unos minutos después, me deslicé dentro de la piscina y floté a cielo abierto en el agua tibia. Había otras personas allí, pero no muchas. Caía una lluvia suave. Estábamos rodeados por montañas y sostenidos en el azul inmortal.

__________________

1. “No lo retengas, bebé, cuando lloro / Dame cada pedacito de él, de lo contrario moriré / Estoy loca por esa cosa”.

Baldwin durante una entrevista en el hotel Whitehall en Londres, en 1964 • © Hulton-Deutsch Collection | Corbis

 

En su brillante Harlem está en ninguna parte, Sharifa Rhodes-Pitts dice: “En casi todos sus ensayos James Baldwin escribe sobre Harlem. Hay un momento en que efectúa un acto de prestidigitación literaria tal que, si hubiera sido un atleta, los comentaristas deportivos habrían codificado su maniobra llamándola ‘el Jimmy’. Pienso en esto en términos cinemáticos porque su efecto me recuerda una técnica en la que los camarógrafos hacen un paneo comenzando por una toma muy cerrada y luego alejan el zoom para tener una vista más amplia, mientras el objetivo sigue enfocado en un punto en la distancia”. Este movimiento, este repentino ensanchamiento del enfoque, está presente incluso en los ensayos que no tratan sobre Harlem. En “Un extraño en la aldea”, hay un pasaje de unas siete páginas en donde puede sentirse la retórica creciente, como si Baldwin, en la sección de apertura, se preparara para dejar atrás la calma. Acerca de los aldeanos, escribe:

 Desde el punto de vista del poder, esta gente no puede ser extraña en ninguna parte del mundo: en efecto, ellos han hecho el mundo moderno, incluso aunque no lo sepan. El más iletrado entre ellos está relacionado, en una forma en que yo no lo estoy, con Dante, Shakespeare, Miguel Ángel, Esquilo, Da Vinci, Rembrandt y Racine; la Catedral de Chartres les dice algo que no puede decirme a mí, como lo haría el Empire State de Nueva York, si alguien aquí pudiera verlo. De sus himnos y danzas vienen Beethoven y Bach. Ve unos cuantos siglos atrás: ellos están en la cúspide de su gloria, pero yo estoy en África viendo llegar los conquistadores.

¿De qué se trata este listado? ¿En verdad Baldwin está molesto porque la gente de Leukerbad está relacionada, a través de una vaga familiaridad, con Chartres? ¿En verdad ese tenue y distante lazo genético los vincula a los cuartetos de cuerda de Beethoven? Después de todo, como él afirma en el ensayo, nadie puede negar “la presencia que el negro ha tenido en el carácter estadounidense”. Él entiende la verdad y el arte contenidos en el trabajo de Bessie Smith. Él no quiere ni puede –quiero creerlo así– valorar el blues por debajo de Bach. Pero hubo una cierta estrechez en el conocimiento que se tenía sobre la cultura negra en los años cincuenta. En el tiempo transcurrido desde entonces, ha habido suficientes logros de la cultura negra como para conformar un equipo estelar. Ahí estuvieron Coltrane y Monk y Miles, y Ella y Billie y Aretha. Coincidieron Toni Morrison, Wole Soyinka y Derek Walcott, así como Audre Lorde y Chinua Achebe y Bob Marley. Y el cuerpo no fue abandonado por el amor al intelecto: también estuvieron Alvin Ailey, Arthur Ashe y Michael Jordan. La fuente del jazz y del blues también le dio al mundo el hip-hop, el afrobeat, el dancehall y el house. Y sí, cuando James Baldwin murió, en 1987, también fue reconocido como una superestrella.

Pensando además en la Catedral de Chartres, en la grandiosidad de ese logro y en cómo, desde su punto de vista, ese monumento incluye a los negros solo en negativo, como demonios, Baldwin escribe que “el Negro Americano ha llegado a su identidad en virtud del absoluto distanciamiento de su pasado”. Pero el distante pasado africano también ha llegado a ser mucho más accesible de lo que era en 1953. A mí no se me ocurriría pensar que, siglos atrás, yo estuviera “en África viendo llegar a los conquistadores”. Pero sospecho que para Baldwin esa afirmación es, en parte, un movimiento retórico, una cadencia sombría con la cual terminar el párrafo. En “Una cuestión de identidad” (otro ensayo recogido en Notas de un hijo nativo), escribe: “La verdad sobre ese pasado no es que sea demasiado breve o demasiado superficial, sino que nosotros, habiendo vuelto nuestro rostro resueltamente lejos, nunca hemos demandado de él lo que tiene que dar”. Los artistas de la corte de Ifé en el siglo XIV hicieron esculturas de bronce empleando complejos procesos de colada que se perdieron en Europa desde la Antigüedad hasta que fueron descubiertos en el Renacimiento. Las esculturas de Ifé son iguales a los trabajos de Ghiberti o Donatello. De su precisión y suntuosidad formal podemos extrapolar el contorno de una gran monarquía y un mundo cosmopolita de comercio y conocimiento. Y no fue solamente Ifé. Toda África occidental fue un fermento cultural. Desde el gobierno igualitario de los igbos, pasando por la orfebrería de las cortes de los ashantis, la escultura de bronce de Benín, los logros militares del imperio mandinka, hasta los virtuosos de la música que elogiaron esos héroes de guerra, esta fue una región del mundo muy profundamente ocupada en el arte y la vida como para reducirla simplemente a la caricatura de “viendo llegar a los conquistadores”. Ahora sabemos más. Lo sabemos con una pila de información académica que lo corrobora y lo sabemos implícitamente, de modo que incluso hacer un listado de los logros se siente ligeramente tedioso y puede ser útil sobre todo como una ayuda contra el eurocentrismo.

No hay un mundo en el cual yo cambiaría la intimidante belleza de la poesía en lenguaje yoruba por, digamos, los sonetos de Shakespeare; ni uno en el que yo preferiría las orquestas de cámara de Brandemburgo a las koras de Malí. Me siento feliz de ser dueño de todo eso. Esta confianza despreocupada es, en parte, el regalo del tiempo. Es un dividendo de la lucha de generaciones anteriores. No siento ninguna alienación en los museos. Pero esta cuestión de la filiación atormentaba a Baldwin considerablemente. Él era sensible a lo que es grandioso en el arte mundial y sensible a su propio sentido de ser excluido de este. Baldwin hizo un listado similar en el ensayo que da el título a Notas de un hijo nativo (uno empieza a sentir que listados como este habían sido arrojados a él durante la argumentación): “En una forma sutil, de una manera verdaderamente profunda, tuve una actitud especial hacia Shakespeare, Bach, Rembrandt, las Catacumbas de París, la Catedral de Chartres y el Empire State. Estas no fueron realmente mis creaciones, ellas no contienen mi historia; yo podría, en vano, escrudriñarlas por siempre buscando en ellas alguna reflexión sobre mí mismo. Yo era un intruso; esta no era mi herencia”. Las líneas palpitan con tristeza. Aquello que él ama no lo ama a él a cambio.

Este es el lugar en el que parto caminos con Baldwin. Estoy en desacuerdo, no con su tristeza particular, sino con la abnegación que lo clavó a ella. Bach, tan profundamente humano, es mi herencia. Yo no soy un intruso cuando observo un retrato de Rembrandt. Me preocupo por ellos más de lo que lo hace alguna gente blanca, así como alguna gente blanca se preocupa por aspectos del arte africano más de lo que yo lo hago. Me puedo oponer a la supremacía blanca y aun así regocijarme en la arquitectura gótica. En este aspecto, me quedo con lo dicho por Ralph Ellison: “Los valores de mi propia gente no son ni ‘blancos’ ni ‘negros’, son americanos. No puedo ver cómo podría ser de otra manera, siendo que hacemos parte del tejido de la experiencia americana”. Y sin embargo yo (nacido en los Estados Unidos más de medio siglo después de Baldwin) puedo entender, porque he experimentado en mi propio cuerpo, intacta, la furia que él sentía ante las limitaciones del racismo. En su escrito hay un hambre de vida por todo ello, y un fuerte deseo de no ser considerado nada (un mero negro, un mero neger) cuando él mismo sabe que es tanto. Y ese tanto no es una cuestión de ego respecto a su escritura ni ansiedad por su fama en Nueva York o París. Se trata de los fundamentos incontestables de una persona: el placer, el dolor, el amor, el humor y la aflicción, y la complejidad del paisaje interior que sustenta esos sentimientos. Baldwin estaba pasmado porque cualquiera, en cualquier lugar, podía cuestionar estos fundamentos, agobiándolo a él con la suprema pérdida de tiempo –por no hablar de la pérdida de tantas personas en tantos lugares– que es el racismo. Esta capacidad inagotable de asombro se levanta como vapor de sus páginas escritas. “La furia del desprecio es personalmente infructuosa, pero también es absolutamente inevitable”.

Leukerbad dio a Baldwin un camino para pensar en la supremacía blanca desde sus principios fundamentales. Los hombres que le sugirieron aprender a esquiar para poder burlarse de él, los aldeanos que lo acusaron por la espalda de ser un ladrón de leña, aquellos que querían tocar su cabello y le recomendaron que se lo dejara crecer para hacerse un abrigo de invierno, y los niños que, “habiéndoseles enseñado que el demonio es un hombre negro, gritaban con genuina angustia”, mientras él se aproximaba. Baldwin vio que esos prototipos de actitudes (preservados como celacantos) estaban vinculados en las más íntimas, intrincadas, familiares y obscenas formas norteamericanas de la supremacía blanca que él ya conocía tan bien.

 Baldwin, en su apartamento de Nueva York • © Bettman | Corbis

 

Es una aldea hermosa. Disfruté el aire de la montaña. Pero cuando regresaba de los baños termales a mi habitación, o de caminar por las calles con mi cámara, leía las noticias en internet y encontraba una interminable secuencia de crisis: en el Medio Oriente, en África, en Rusia, y en dondequiera. El dolor era general. Pero dentro de todo eso, la angustia más grande me la produjo una serie de historias interconectadas, y pensar en “Un extraño en la aldea”, pensar con su ayuda, fue como inyectar un tinte de contraste a mi encuentro con las noticias. La policía estadounidense continuaba disparando a hombres negros desarmados, o matando a otros de otras maneras. Las protestas que siguieron en las comunidades negras fueron contrarrestadas por una fuerza policial que se está haciendo indistinguible de un ejército invasor. La gente empezó a ver una conexión entre varios eventos: los disparos, las descargas eléctricas mortales, las historias de quienes no recibieron los medicamentos necesarios para salvar sus vidas. Y las comunidades negras se inundaron de indignación y pena.

En medio de todo esto, una historia más pequeña, menos significativa (pero que sin embargo significa), capturó mi atención. El alcalde de Nueva York y su jefe de policía tienen una política pública obsesionada con la limpieza, con la limpieza facial2, y decidieron arrestar a los miembros de los grupos de danza que bailan en los vagones del metro en movimiento, como una de las formas de limpiar la ciudad. Leí las excusas para hacer de esto una prioridad: alguna gente tiene miedo de ser seriamente herida por un puntapié no intencionado (eso nunca ha ocurrido, pero ellos seguro lo temen), alguna gente lo considera una molestia, algunos legisladores creen que perseguir delitos menores es una forma de adelantarse a delitos mayores. Y entonces, para combatir esta amenaza de los bailarines, la policía intervino. Empezaron persiguiendo, y acosando, y esposando. El “problema” eran los bailarines, y los bailarines eran, en su mayor parte, jóvenes negros. Los periódicos asumieron el mismo tono del gobierno: un rechazo desdeñoso a los artistas. Sin embargo estos mismos bailarines son un destello en el día, un momento de belleza no regulada, artistas con talentos inimaginables para su audiencia. ¿Qué tipo de pensamiento consideraría su abolición como una mejora de la vida en la ciudad? Nadie considera una amenaza pública a quienes piden dulces en Halloween. No hay una ley contra la gente que vende galletas de las niñas exploradoras o contra los testigos de Jehová. Pero el cuerpo negro es sujeto de prejuicio y, como resultado, es puesto en peligro innecesario. Ser negro es soportar la peor parte de la aplicación selectiva de la ley y habitar una inestabilidad psíquica en la que no hay ninguna garantía de seguridad personal. Tú eres, en primer lugar, un cuerpo negro, antes de ser un muchacho caminando calle abajo o un profesor de Harvard que ha perdido sus llaves.

En un ensayo de 1821 titulado “Los malabaristas indios”, William Hazlitt escribió palabras que vienen a mí cuando veo a un gran atleta o bailarín: “Hombre, ¡tú eres un animal maravilloso, y tus caminos inescrutables! ¡Puedes hacer cosas extraordinarias, pero las haces parecer poca cosa! Concebir este esfuerzo de asombrosa destreza distrae la imaginación y deja a la admiración sin aliento”. En presencia de lo admirable, algunos quedan sin aliento, pero no con admiración sino con rabia. Se oponen a la presencia del cuerpo negro (un muchacho desarmado en la calle, un hombre comprando un juguete, un bailarín en el metro, un transeúnte) tanto como se oponen a la presencia de una mente negra. Y junto a esa negación está la interminable acumulación de beneficios provenientes del trabajo negro. A través de la cultura, hay imitaciones de la forma de caminar, el porte y la forma de vestir del cuerpo negro, un vampiresco “todo menos la carga”3, cooptación de la vida negra.

 

***

Leukerbad está rodeado de montañas:

Daubenhorn, Torrenthorn, Rinderhorn. Un paso de alta montaña llamado el Gemmi, 854 metros por encima de la aldea, conecta el cantón del Valais con el Oberland bernés. A través de este paisaje –escarpado, desnudo en algunas partes, frondoso en otras, un ejemplo clásico de lo sublime–, uno se mueve como a través de un sueño. El paso del Gemmi es famoso por una buena razón: allí estuvo Goethe, así como Byron, Twain y Picasso. El paso es mencionado en una de las aventuras de Sherlock Holmes, cuando este lo cruza en su camino a la fatídica reunión con el profesor Moriarty en las Cataratas de Reichenbach. El día que fui había mal clima, lluvia y niebla, pero fue una suerte pues eso significaba que estaba solo en los senderos. Mientras estaba allí, recordé una historia que Lucien Happersberger contó sobre Baldwin haciendo una caminata en estas montañas. Baldwin había perdido el equilibrio durante el ascenso y por un momento su situación fue precaria. Sin embargo Happersberger, quien era un escalador experimentado, le extendió una mano y lo salvó. Fue precisamente de este evento aterrador, un momento conmovedoramente bíblico, que Baldwin tomó el título del libro que tanto había luchado por escribir: Ve a decirlo en la montaña.

Si Leukerbad fue su púlpito en la montaña, los Estados Unidos fueron su audiencia. La remota aldea le dio una visión más nítida de cómo se veían las cosas de vuelta a casa. Él era un extraño en Leukerbad, escribió Baldwin, pero no había posibilidad de que los negros fueran extraños en los Estados Unidos, ni de que los blancos lograran la fantasía de un país totalmente blanco, expurgado de los negros. Esta fantasía sobre la condición desechable de los negros es una constante en la historia norteamericana. Se toma un tiempo entender que esta condición desechable continúa. Les toma un tiempo a los blancos entenderlo; le toma un tiempo entenderlo a la gente de color que no es negra; y también les toma un tiempo entenderlo a algunos negros, ya sea que siempre hayan vivido en los Estados Unidos o que estén recién llegados como yo, desenraizados de otras partes y otras luchas. El racismo norteamericano tiene muchas partes móviles y ha tenido suficientes siglos para evolucionar bajo un camuflaje impresionante. Su malicia se puede acumular con total tranquilidad durante largo tiempo, y entretanto pretender mirar para otro lado. Es como la misoginia, es atmosférico. Uno no lo ve a primera vista, pero el entendimiento viene.

 “Las personas que cierran los ojos a la realidad simplemente invitan a su propia destrucción. Cualquiera que insista en permanecer en estado de inocencia, mucho después de que la inocencia está muerta, se convierte a sí mismo en un monstruo”. La noticia del día (noticia vieja pero cruda, como una herida fresca) es que la vida de los negros estadounidenses es desechable desde el punto de vista de la actuación policial, el sistema judicial, la política económica, y un sinnúmero de formas aterradoras de desprecio. Hay una representación vívida de la inocencia, pero no hay nada de inocente en ello. El saldo moral es, de lejos, tan negativo, que ni siquiera tiene sentido hablar de reparaciones. Baldwin escribió “Un extraño en la aldea” hace más de sesenta años. ¿Ahora qué?

______________________

2. En el original, “a public-policy obsession with cleaning, with cleansing”. La palabra “cleansing” es usada también junto a la palabra “ethnic” (“ethnic cleansing”) como eufemismo de genocidio. “Ethnic cleansing” traduce literalmente “limpieza étnica”. (Nota de la traductora.)
3. Referencia al libro editado por Greg Tate en 2003: Everything but the Burden: What White People Have Taken from Black Culture, “Todo menos la carga: lo que la gente blanca ha tomado de la cultura negra”. (Nota de la traductora.)

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