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Música

Colombia en exteriores e interiores

En 1989, Fernando Samalea visitó Bogotá y Medellín junto a Charly García, durante la gira “Cómo conseguir chicas”. Aquellas noches fueron narradas por el baterista, con pelos, líneas y señales, en su libro inédito ¿Qué es un long play? Este fragmento constituye un testimonio vívido de aquellos años, los más intensos del rock en español.

Cubierta del programa de la gira "Cómo conseguir chicas", 1989 • © Alejandro Kuropatwa

 

El 8 de julio de 1989, en la plaza de toros La Santamaría de Bogotá, el músico Charly García tocó por primera vez en Colombia, acompañado por el desaparecido guitarrista Carlos “el Negro” García López, la cantante Hilda Lizarazu, el bajista Fernando Lupano, los teclistas Alfi Martins y Fabián “el Zorrito” Quintiero. Con ellos, el baterista Fernando Samalea. El concierto, apoteósico en todo sentido, tuvo su insólita secuela en Medellín, no sin antes sacudir escenarios capitalinos en una discoteca privada y en el Camarín del Carmen. De aquella experiencia quedó una de las amistades más profundas y divertidas que haya tenido en mi vida.

 

Veintidós años después de nuestro primer encuentro, viajé a Buenos Aires para la celebración de los 60 años de Charly, e invitado por Samalea asistí a los tres conciertos en el teatro Gran Rex. Una tarde, mientras reíamos con recuerdos de Spinetta y de Juan Carlos Onetti, la ninfa que nos acompañaba le preguntó a mi amigo: “Fer, ¿qué es un long play?”. La epifanía estaba dada: había que escribir un libro con semejante frase: nunca nos habíamos sentido tan jóvenes y tan viejos al mismo tiempo. Ese fue el germen. Y lo que pensé que iba a ser una aventura de muchos años no tardó en materializarse. Para mi sorpresa, Fernando Samalea no solo es un gran baterista, un efectivo bandoneonista, un precioso vibrafonista (y un virtuoso de los maniquíes amplificados, tal como lo descubrió Charly en su tour sesentero), sino que, para mi sorpresa, es un maravilloso escritor. Debo confesar que Samalea me propuso que le ayudara a poner en negro sobre blanco sus memorias y me preparé para una labor agotadora. Pero raras veces he trabajado tan poco y he disfrutado tanto: las casi 500 páginas del primer tomo estuvieron listas en un par de años y ya hay material para un segundo tomo. El libro ¿Qué es un long play? se lee de un solo impulso, como un larguísimo solo de batería y revela la incomparable experiencia de su autor, su envidiable memoria y, sobre todo, el inmenso ser humano que se esconde bajo sus líneas.

Este texto, que narra la aventura bogotana de Charly y sus cómplices, forma parte del tercer capítulo de ¿Qué es un long play? (son cuatro largos capítulos en total). El libro, de inminente aparición, recorre las largas jornadas de grabación junto a Charly García y sus trepidantes giras a lo largo de la década de los ochenta, todo ello adobado con íntimas anécdotas y atentas reflexiones del entonces baterista Fernando Samalea.

—Sandro Romero Rey

 

Sin demasiado tiempo para reponernos de las presentaciones en Buenos Aires, volamos hacia Bogotá. La visita frustrada junto a Rod Stewart el semestre anterior aportaba un clima especial a nuestra llegada a Colombia, tanto para el público como para nosotros. Lo habíamos lamentado enormemente cuando se nos comunicó que el concierto compartido no iba a realizarse, ya que los mánagers del cuasi escocés estimaron peligroso el arribo de su estrella, tras un supuesto atentado al aeropuerto bogotano. Era a finales de los años ochenta y, en realidad, la situación en Colombia era más que preocupante, nuestro concierto con Rod Stewart se había cancelado tras la violenta tensión provocada por las mafias del narcotráfico.

–¡Me gustaría un país lleno de Rods! –gritaba García entretenido.

Ni bien aterrizamos en el DC-10, nos fotografiamos con una monja, una tal sor Azulacio, española de nacimiento. De inmediato nos enteramos de la expectativa local, gracias a la primera plana del diario El Siglo.

 –¿Usted es el cantante? –preguntó la anciana, entre cintas de maletas arrastradas por la manga.

Flashes y cámaras de televisión no se hicieron esperar. Una intensa campaña discográfica, bajo el dudoso eslogan “Llega el padre del rock latino”, obligó a García a aclarar que no era el padre sino el tío, ya que hubo otros que estuvieron antes y sirvieron de modelo. En el aeropuerto, apareció un extraño personaje de grandes bigotes. Portaba un cartel de CBS y dedujimos que se trataría de alguien de la producción. Extendiendo su mano derecha a cada uno de nosotros, apeló a una curiosa ironía:

–Encantado, muchachos, yo soy Ramos, pero mis amigos me dicen “Gramos”.

Comenzamos a sospechar con qué nos encontraríamos, si todo continuaba así en la estadía colombiana. Habría un par de días libres, que aprovecharíamos segundo a segundo, amparados en el lujo del Hotel Bogotá Hilton y sus entretenidos alrededores. Charly ocupaba la suite 802, transformada en centro de permanencia general tan pronto nos registramos en recepción. “El Zorrito”, Fabián Quintiero, filmaba cuanto detalle con una cámara digital de Video8, mientras su ingenio iba dando vida a personajes imaginarios. Fabián, con grandes dotes actorales, desarrolló al llamado Manolo Caballero hasta hacernos descostillar de la risa. El personaje era un supuesto pintor catalán, bisexual, excéntrico y egocéntrico como nadie. ¡De pañuelo en cuello, boina gris y nariz y bigotes de una careta de Groucho Marx! Inspirado en ciertas apariciones reales a lo largo de las giras, le hablaba a García de igual a igual, o incluso dándole consejos como a un novato, con simpático acento español. Odiaba a Dalí, acusándolo de plagiador de su obra, confesaba que su amigo Mick Jagger no podía competirle en cuanto al tamaño de su miembro viril y develaba intimidades de las cuantiosas estrellas que conocía de la farándula internacional. A modo de elogio, su frase recurrente era: “Mira, Charly, es que tú eres tan grande como yo”. Solíamos escucharlo revolcándonos entre almohadones o sofás de turno, sin lograr parar de reír.

En esas novelas imaginarias, el Negro, nuestro guitarrista, era el criado gay y tampoco se quedaba atrás en cuanto a gags desopilantes. Mientras presenciábamos semejantes despliegues, suerte de obras de teatro del ámbito privado, Charly recibió una invitación a participar en una telenovela colombiana para público juvenil, llamada Loca pasión, la cual normalmente incorporaba cameos de grupos musicales o solistas. La situación se presentó graciosa y asentimos de inmediato cuando el propio García propuso que todos, y no solo él, apareciésemos en pantalla. Sería simple, sin tener que aprender ni una línea de texto. Ocuparíamos una mesa del lobby de nuestro hotel, luciendo gafas oscuras y temple distante, portando vasos de whisky y cigarrillos humeantes en nuestras manos, premeditadamente temblorosas. Además, García tocaría un poco en el piano del hall y mantendría una charla bastante improvisada junto a los dos protagonistas, Carlos Vives y Marcela Agudelo.

 –¡Charly! ¿Qué haces por Bogotá? Te hacía en Nueva York.

–¡Qué hacés, hermano! Acá estoy, me vine a tocar con los chicos, vení que te los presento...

Luego de la hilarante escena, por azar, terminé hablando largo rato con la chica de la novela, quien a su vez me presentó a otra persona muy especial con la cual simpaticé ni bien estrechar su mano: Sandro Romero Rey. En apariencia era guionista de televisión, aunque con un enorme y rico mundo detrás: literatura, cine, dramaturgia y teatro. ¡Y un contagioso e irresistible sentido del humor! Los días, de nublado londinense, transcurrieron entre recorridas por locales de salsa, carreras céntricas, la preciosa campiña bogotana plagada por un sinnúmero de verdes y una aventurera incursión a la laguna de Guatavita en el auto de Marcela, a puro pasacasetes con canciones de Lennon y Elton John.

 

 Fernando Samalea durante una presentación a finales de los ochenta

 

Imprevistamente, Sandro tuvo que viajar a su Cali natal, para recibir un premio de novela de manos del propio alcalde. Se perdería nuestra actuación principal, pero quedamos en vernos a su regreso al día siguiente. El marco para el concierto se presentó formidable, en la muy bien conservada plaza de toros La Santamaría, cuyos rincones recorrí desde la prueba de sonido: azulejados pasillos circulares con salas de rezos al paso, efigies religiosas, cuadros históricos y columnas de cuidadas terminaciones. Luego, pude ingresar a la zona donde descansan las condenadas bestias taurinas, las observé desde unas pasarelas especiales y percibí el fuerte olor a alfalfa. El concierto fue eufórico y, por momentos, lluvioso. Haciéndole frente al contratiempo meteorológico, Charly lució gafas oscuras y su conocido saco azul de estrellas y constelaciones, con una polera rosa debajo. Nos animamos a versionar a Prince, como si estuviésemos en la intimidad de la sala de Fitzroy, con arrojos de instrumentos y amplificadores volcados. En un rapto a lo Keith Moon, empujé hacia adelante los tambores, reforzando el final de “Demoliendo hoteles”, como el rock dicta. Pero fue tal la mala suerte que el canto del platillo dio de lleno en la ceja izquierda de Hilda y estuve a punto de decapitarla. ¡Aunque demostró su temple guerrero y ni se quejó! La insistente lluvia no estimulaba demasiado, pero el público se mantuvo firme. Algunos, bajo improvisadas sombrillas o bolsas de plástico. No satisfechos con las más de tres horas de show, hicimos otra extensa serie de canciones en una trasnochada jam, en el City Rock Café, copando los instrumentos de una banda de covers, entre margaritas y cervezas. Entrada la mañana, ahora sí satisfechos, regresamos al Hilton.

A regañadientes, García aceptó tocar en una fiesta privada. Era el supuesto cumpleaños de un joven colombiano, quien había decidido festejar a lo grande, alquilando el club Keops de la elegante zona norte y abonando un cachet que duplicaba al normal de un estadio. Se respiraba un tufillo narco, o al menos eso sospechamos. Ni bien bajar de la combi e ingresar a Keops, observamos el panorama. Insólitamente, algunas mesas estaban ocupadas por marines norteamericanos y agentes de la DEA. ¡Los extremos conviven y acuerdan entre sí! Charly, algo contrariado, nos dijo por lo bajo:

 –Ok, chicos, esto no da. Zapemos cualquier cosa veinte minutos y rajemos. –A lo cual agregó, como la orden del general antes de la batalla: –¡¡¡Heavy metal show!!!

Tomándose muy en serio sus dichos, sin prestarle atención a la audiencia, cantó y bailó desaforadamente por todo el escenario, incluso bajando a la pista, sin mirar a nadie. Mientras, abordábamos clásicos de Cream y The Rolling Stones, ante la mirada de asombro de una veintena de amigos de camisas de oficina y pantalones de vestir, que solo pedían “No voy en tren” con insistencia. Me hallaba aporreando el tambor con todas mis fuerzas, cuando advertí que la cabeza de Charly estaba recostada debajo del mismo, a quince centímetros de mi pierna y a casi nada del parche inferior. Estirado sobre la tarima, micrófono inalámbrico en mano, cantaba mirando hacia la vibrante bordona, dentro de ese extraño recoveco de estruendo. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas y cada tanto me sonreía desde el piso, como lo hubiese hecho el mismísimo Satanás. Tras otros momentos caóticos, cumpliendo con exactitud su promesa de tocar veinte minutos, hizo un gesto preciso y abandonamos el lugar a velocidad récord para zambullirnos en los asientos de nuestra ocasional camioneta, esperando ser llevados lo más lejos posible y olvidar la excepcional actuación.

–¡Vamos, vamos, ya está! –le gritó al chofer desde el asiento del medio, entre ademanes, para que arrancase.

Los mánagers iban de aquí para allá. Desde la ventanilla, observábamos las escenas sin saber bien qué estaba ocurriendo. Nos mantuvieron estacionados otros veinte minutos, sin poder salir. Cierta incertidumbre se apoderó de nosotros tras la imprevista llegada de tres enormes camionetas de lujo, que parecían tanques de guerra, en clara maniobra para impedir nuestra salida. Tampoco favoreció notar el excesivo tamaño corporal de sus ocupantes, vistiendo trajes claros, que bajaron al asfalto y comenzaron a moverse lentamente alrededor, mirándonos fijamente con cara de pocos amigos y poniendo en evidencia cuáles serían los resultados en caso de contrariarlos. La aparición de un mánager del otro lado de la ventanilla, blanco como una hoja, fue determinante.

–Gente, hay que tocar un poco más. Sí o sí.

En breves segundos, ocupamos de nuevo el olvidado escenario, haciendo las delicias de la concurrencia, al menos por veinte minutos más. Efectivamente, cerramos la alegre actuación con “No voy en tren”.

El periodista Eduardo Arias me entrevistó para el periódico La Prensa, en una amena nota titulada “El último de la fila”. Comenzaba a conocer gente de lo más interesante en Bogotá y sentí cierto paralelismo cultural con Buenos Aires, en especial en cuanto a teatro o ciclos de cine. Quizá influyese que fuese una ciudad en altura y a la europea, que poco guarda de caribeña por su perenne invierno sin estaciones. Al quedarme afuera por entradas agotadas en un ciclo sobre Bergman, imposibilitado de ver por décima vez Un verano con Mónica, entendí que estas calles tenían lo suyo en serio. Con Sandro nos volvimos inseparables y me llevó a varios antros nocturnos de salsa y rock, junto a su novia, una productora de televisión y la joven actriz de Loca pasión.

Los Enfermeros nos enfrentábamos a otro pequeño inconveniente: por ley de extranjeros, cada artista visitante debía brindar un concierto gratuito o a beneficio. Se ofreció entonces el teatro Camarín del Carmen, con unas trescientas butacas de aforo. Las autoridades, desconocedoras absolutas del tipo de espectáculo, tuvieron la bondad de elegir como beneficiada audiencia a chicos minusválidos, paralíticos y downs. Fuimos a probar sonido y mi amigo Sandro me acompañó en la patriada, aunque a esa hora poco se sabía del paradero de Charly y mucho menos de su estado de ánimo. El rumor más creíble era que “dormía”.

El escenario del Camarín del Carmen tenía un amplio espacio entre su borde y las primeras filas, por lo cual ubicaron tres o cuatro filas más de criaturas en sillas de ruedas, para ganar espacio. La visión era espeluznantemente curiosa y todo parecía indicar que íbamos a encontrarnos con una noche sumamente especial. Tras dudas, comentarios cruzados y rumores de suspensión, llegó finalmente el artista a las instalaciones. De excelente humor, estaba ataviado con lo mínimo: bata levantadora blanca con la inscripción “Hilton Hotel” sobre el bolsillo izquierdo y sin calzoncillos debajo, y sus respectivas pantuflas, también blancas. Sus ansias por comenzar a tocar lo llevaron directamente al escenario a reunirse con nosotros, sin pasar por el camarín. Ya traía colgada su sg marrón, la cual utilizó como improvisado bate de béisbol contra un soporte de micrófono durante los primeros compases de “Necesito tu amor”. El certero golpe transformó al caño de metal en una blandiente guillotina contra la platea. Por fortuna y escasos centímetros, su peso muerto de sable persa no cayó sobre la cabeza de alguno de esos niños down, sino en la leve separación que había entre dos sillas de ruedas estacionadas, lo cual evitó una tragedia. A partir de ahí, si bien el concierto estaba pautado de treinta a cuarenta minutos, sucedieron más de tres horas de feroces versiones e improvisaciones larguísimas, en las cuales fuimos y vinimos por todo tipo de climas, solos de guitarra y una sensación de batalla ganada, incluso contra nosotros mismos. Cerrando la jornada, Charly desarrolló aún más la idea de guitarra-bate de béisbol: tomándola desde el diapasón con ambas manos, arremetió contra teclados, amplificadores y micrófonos, cuyos restos cayeron una vez más como esquirlas sobre la minusválida platea, a modo de grand finale. ¡Qué show! Años después, en su libro Las ceremonias del deseo, Sandro, el de Colombia, reprodujo la historia en su relato titulado: “Charly García: Demoliendo hoteles”.

 

Charly García retratado por Hilda Lizarazu, en 1988

 

Temprano (es decir, cuando ya iba a caer la noche del día siguiente), me despertó el teléfono. Charly quería ver a toda costa las filmaciones que el Zorrito venía realizando en los recientes viajes y no había soporte para reproducirlas. Le consulté a Sandro si podría conseguir un reproductor de Video8. Tras su respuesta afirmativa, vino de inmediato con su novia a la suite de García, el punto de encuentro del staff, y nos divertimos largo rato frente al televisor con las crudas imágenes de la intimidad de la banda. En medio del cruce de voces y carcajadas, Sandro me habló por primera vez de Andrés Caicedo, aunque poco pude entender en medio del acalorado estrépito en las conversaciones. Así pasó la tarde, la noche y su respectiva madrugada, así como las botellas de gaseosas y ron. De día, despedí a Sandro y su chica en el hall del Hilton. Nos abrazamos, prometiéndonos un encuentro futuro y cercano. Subí en el ascensor hacia mi habitación, en ese estado sutilmente melancólico, cuando uno ha conocido a personas adorables.

 

***

Al día siguiente, llegamos a Medellín en el medio de locomoción más popular: el helicóptero. Desafiando todo tipo de suspicacias del destino o malos augurios, supimos de antemano que el helipuerto estaba donde antes había funcionado el Aeropuerto Olaya Herrera, tristemente célebre por el trágico accidente de avión que terminó con la vida de Carlos Gardel y sus músicos, en 1935. Nos propusimos declarar a Medellín como la Capital Mundial del Aire Puro, luego de que atravesásemos plantaciones de lo que creímos bananas, aunque podía verse gente armada desde el aire. Alojados en el antiguo Hotel Nutibara, la “presentación de armas” del Cartel de Medellín no se hizo esperar, como de costumbre ante la llegada de artistas extranjeros. Eran tiempos del liderazgo de Pablo Escobar y la ciudad parecía funcionar bajo el antojo del “zar de la cocaína”. El sobre que dejaron en la recepción a nombre de Charly, con ribete dorado, era una invitación formal a visitar la finca del poderoso empresario y narcotraficante, lo cual podía entenderse de lo más suicida o delirante en caso de acceder. Si bien prevaleció cierto sentido común, doy fe de que lo pensamos seriamente. Desde la ventana del séptimo piso, podíamos ver una gran explanada de cemento y observamos la nada amable diversión de unos jóvenes, que no podría llamarse de otra manera que “mareando al ciego”: abordaban a un invidente que viniese caminando, para tomarlo de los brazos y hacerlo girar infinidad de veces hasta desorientarlo por completo. Luego se alejaban, entre risas y gritos, en una macabra situación que no dejaba de recordar el film Los olvidados de Luis Buñuel. El clima político y social estaba “enrarecido” y se nos aconsejaba permanecer en las habitaciones. Repiqueteos de ametralladoras, escuchados a lo lejos varias veces al día, parecían reafirmar la advertencia. Aunque, antes del atardecer, Charly, el Negro y yo traspasamos la pesada puerta giratoria del Nutibara, con rumbo desconocido.

–¡Seguro que varios nenes o pibes te van a reconocer por la calle y te van a decir “papá”, Negrito! –le decía García, en broma–. ¡Hay que conocer los productos típicos! –remató.

Al rato, pautamos regresar al hotel a tomar un baño y volver a salir. Sin duda, queríamos conocer la noche de Medellín. ¡Decían que era explosiva! El Negro llamó a nuestras habitaciones, para apurarnos:

–¡Encontré al chofer de taxi perfecto, que nos va a llevar a conocer las calles como se debe!

Bajamos en el ascensor junto a Charly y ahí lo vimos, esperándonos en el vestíbulo, charlaba con otros choferes. Su desvencijado vehículo ya tenía la puerta trasera abierta, en clara invitación. ¡Era el auténtico taxi-show! Todo terreno, lo apodaban “el Lagarto”. Parecía entrado en años, de poca estatura, calvo, de ojos saltones y exhibía una sonrisa constante, bajo un fino bigote canoso. Subimos sin dudarlo y ocupamos una mesa del primer bar al cual nos llevó, un reducto de nobles bebedores parroquianos. La diversión principal, en apariencia, era la de aceptar el desafío de un hombre con un sistema de electroshock ambulante. Era la típica casita del loro, con una manivela conectada a dos electrodos en forma de embudo de lata. Previo pago de un dólar, conectaba a quien se animase a su tormentoso dínamo. Ni nos dimos cuenta y el Negro ya estaba tomado de las dos barras, esperando la descarga. Pero un sonido de balas nada tranquilizador irrumpió desde la vereda y todo el mundo se puso cuerpo a tierra. Seguimos el consejo del Lagarto y nos refugiamos los cuatro en el baño. ¡Incluso detrás del inodoro! Cuando los ánimos se calmaron, volvimos a ocupar las mesas, entre esa alegre concurrencia nocturna que no emitió siquiera un comentario sobre lo ocurrido, como si se tratase de lo más corriente. El Negro pidió una guitarra, que vio detrás de la barra de bebidas. Ahí mismo, con cubiertos a modo de palillos y platos y botellas como chirriantes instrumentos de percusión, arremetimos con un extenso repertorio. Charly lo interpretó libre, cantando y bailando entre las mesas, brazos abiertos y sonrisa feliz.

–¡Vayamos a otro lado! –ordenó el Lagarto.

Al devolver la guitarra, uno de los empleados le dijo al Negro:

–Está bien, muchacho, pero son cinco dólares por el alquiler.

Nuestro verborrágico taxi-boy nos llevó a cuatro bares más. Saliendo del quinto, en un inusitado rapto de sensatez, desistimos de acompañarlo al cabaret de unos amigos suyos, el que se situaba –dijo– en las afueras de la ciudad.

 –Mmmm. Llevanos al Nutibara, mejor.

El antiguo hotel paisa tenía algo particular: una autopista pasaba extremadamente cerca de las ventanas de nuestras habitaciones. Uno de nuestros técnicos había evidenciado la afición por conocer señoritas con algún tipo de discapacidad. De golpe, observamos detenerse un vehículo en la rampa y al susodicho bajar acompañado por una dama con evidentes problemas motrices, que rengueaba sobre el asfalto. ¡Ingresaron por la ventana, directamente hacia la bañera!

Por esos días visité la estatua de Gardel y me adentré en el barrio y sus cafés lindantes. Era zona habitual en libros de Fernando Vallejo y me intrigó considerablemente. Máxime al trasladarme de un lado a otro con facilidad en esas pequeñas busetas públicas, con vallenatos y cumbias a todo volumen. Tras la breve actuación televisiva en el exitoso programa de un tal Jorge Barón, el 19 de mayo realizamos otro concierto en la plaza de toros La Macarena. Nuevamente, el público colombiano expresó todo su cariño y el marco fue espectacular. Nos hallábamos a puro festejo y excitación postshow en el penthouse ocupado por García, cuando golpearon insistentemente la puerta. Con sorpresa descubrimos que se trataba del famoso Lagarto, quien ni bien ingresar dos pasos propuso todo tipo de planes, en vistas a darle a la noche la festividad merecida.

–Tengo un numerito para llamar a unas chicas con plumas que pueden hacernos una performance aquí mismo–, dijo, para romper el hielo, advirtiendo que nadie estaba demasiado dispuesto a salir.

Los pasillos del hotel parecían arterias colmadas en hora pico. Toda la comitiva iba de una habitación a otra y el ruido de pasos y conversaciones era incesante.

–¡Esta gente desmerece mi imagen! –decía Charly entretenido, mientras las horas y horas seguían su curso, como en otra dimensión. El alegre taxista, continuó:

 –Charly, tengo que confesarte algo: cuando era chico, me gustaba probarme la ropa de mi hermana. ¡Yo soy lesbiano, como vos!

Y como quien estuviese por realizar un acto crucial para el futuro de la Historia de la Humanidad, agregó:

–Voy al baño, me pongo la tanguita y vuelvo.

Nos quedamos perplejos, en silencio, dudando si realmente habíamos entendido bien sus dichos. En breve, corroboramos que el Lagarto era hombre de palabra. Abrió la puerta y exhibió orgulloso una patética desnudez, con los brazos abiertos apoyados en ambos lados del marco y vistiendo una diminuta tanga color verde, que de ninguna manera alcanzaba a cubrir su intimidad y sus testículos asomaban de manera absurda e inimaginable. Pero se lo veía feliz, consumando un acto ansiado, quizá construido desde sus más profundos deseos. ¡¡¡Habíamos llegado a lo más profundo de Medellín!!!

Después de haber vivido

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Fernando Samalea

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