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Arte

El arte y el recuerdo

La capacidad de recordar algo, aunque no siempre sea lo más evidente, es crucial a la hora de valorar una obra de arte. 

La capacidad de recordar algo, aunque no siempre sea lo más evidente, es crucial a la hora de valorar una obra de arte. Incluso, la emoción que se siente ante ella podría describirse como la intensa anticipación de un recuerdo futuro. ¿Qué es lo que se recuerda? Un rasgo fuerte, un estilo poderoso, un placer intenso, una herida, un odio, una contrariedad no del todo asimilable, un contraste súbito, una personalidad bien definida, o quizá sea más exacto decir: armonías inesperadas y mixtas de todo lo anterior.

Por su parte, las ideas y los conceptos –que son apenas ideas de foco restringido– tienen un prestigio claro por fuera de los contextos artísticos. Ellos en últimas tratan de materias decisivas para la vida de las personas, así a veces el discurso que los alberga no esté ligado en apariencia a la praxis. Para citar un ejemplo, los filósofos de la Ilustración se pasaron la vida usando ideas y conceptos con el fin de decirnos cómo se puede vivir en sociedad sin recurrir a las guerras tribales y a las prácticas absolutistas.

Se deriva de todo esto un corolario problemático para el arte contemporáneo: recordar una obra de arte por los conceptos vinculados a ella es de lo más difícil. Los conceptos, abstractos por definición, pugnan por liberarse del contexto específico en el que nacieron, de modo que cuando alguien intenta soldarlos a ese contexto pierden claridad y se debilitan. No están hechos para vivir en un ambiente eternamente transitorio.

Por eso no debe sorprender que los conceptos desempeñaran un papel muy subordinado en el arte plástico. Pero entonces llegó un humorista genial, Marcel Duchamp, y les abrió la puerta, para luego dedicar el resto de su vida al ajedrez. ¿Cambiaron los conceptos de naturaleza sólo porque él logró hacerlos funcionar temporalmen­te en contra de su naturaleza? Para nada. La obra de Duchamp pronto se volvió un bonito recuerdo y detrás entró la gran industria de los intelectuales del arte, que decidieron acaparar los puestos y los presupuestos disponibles. Dado el golpe de Estado a la poco conceptual tradición artística de la modernidad, los curadores coronaron al emperador desnudo, el Concepto, y se dedicaron a la vida poltrona.

Nada de ello sería tan grave si este arte del concepto por el concepto no tuviera una vocación parasitaria, que asfixia lo que no se le parece, y si no fuera porque muchos de los que no somos cortesanos nos aburrimos. Nos aburrimos sobre todo conceptualmente.

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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