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Cine

Un débil abrazo

El tercer largometraje de Ciro Guerra recibió el premio “Art Cinema Award” en la Quincena de Realizadores de la edición 2015 de Cannes. Parte de la gran expectativa que rodea a El abrazo de la serpiente está relacionada con su intención de rescatar la voz de los indígenas de la Amazo-Orinoquía. ¿Cuánto de ello logra cumplirse?

 

©Cortesía de Ciudad Luna

Una expectativa grande y genuina ha causado el próximo estreno de El abrazo de la serpiente. No es para menos: pocas son las películas sobre la Amazonía; menos aquellas sobre nuestra Amazo-Orinoquía (es decir, las que se refieren a esta en concreto y no meramente la filman para ambientar la situación en otro lugar) y excepcionales aquellas que la tratan históricamente. Por demás, ya era hora de arrojar una potente luz y hacer pública la figura de Theodor Koch-Grünberg, ese fascinante etnógrafo alemán que recorrió la zona casi en su integridad a principios del siglo pasado, y cuyos trabajos fueron de una vastedad y una belleza proporcionales a su objeto de estudio. Aún hoy en día la obra de Koch-Grünberg sigue siendo una fuente preciosa e inagotable de información sobre muchas de las sociedades que se asentaron y se asientan en la Amazo-Orinoquía colombiana, brasileña y venezolana –gracias en buena medida a la labor, en distintos momentos, de Michael Kraus, María Mercedes Ortiz y Roberto Pineda Camacho–. El gran Macunaíma de Mário de Andrade, por ejemplo, se inspiró directamente en la mitología pemón, recogida por el tudesco hacia 1912. Y no solo eso: para la historia global de la antropología fue en sí mismo un personaje significativo; uno de los fundadores del trabajo sistemático de campo, así ahora poco se le recuerde en ese sentido.

En contraste, la figura del etnobotánico bostoniano Richard Evans Schultes es más conocida. No solo volvió a ponerse de moda con el bestseller El río de su discípulo Wade Davis (1996) y con la película Apaporis de Antonio Dorado (2010), sino que sus investigaciones sobre los enteógenos han inspirado a varias generaciones de psiconautas. Razón, dicho sea de paso, para que se hayan dejado muy al margen otras consideraciones sobre su travesía por estas latitudes, por ejemplo su rol de facto como espía botánico gringo durante la Segunda Guerra, o su participación en distintos proyectos financiados por el Departamento de Defensa, todos orientados al uso de sustancias que dominaran la voluntad. (En el caso de Koch-Grünberg, suele causar bochorno y pasarse por alto el hecho de que durante sus varias expediciones tuvo que tratar con muchos agentes caucheros, algunos de reputada infamia, y que, aunque se sabe que fue testigo de la esclavitud indígena, volteó la cabeza convenientemente hacia el otro lado.) En El abrazo de la serpiente sus respectivas identidades se esconden bajo los nombres de Theodor von Martius y Evan, lo cual está casi de más, porque la referencia es evidente.

Bienvenida, decía, la idea de hacer un filme sobre ambos, y más aún cuando se le anuncia con esta pretensión, que cito verbatim del material promocional: “Las pocas películas sobre la región amazónica que se han llevado al cine (Fitzcarraldo; Aguirre, la ira de Dios y Holocausto caníbal) están contadas desde el punto de vista de los exploradores, no de los indígenas, a quienes algunas de estas cintas presentaban como salvajes sin ningún tipo de valor”. Pero mi decepción ha sido grande. No me gustó El abrazo de la serpiente y explicaré por qué.

Como cine, aunque me resultó excesivamente larga, no hallé más inconveniente que sus muy regulares actores blancos (Jan Bijvoet hace un buen papel de palúdico, pero no mucho más, y Brionne Davis lleva la flema de Evan al paroxismo), por oposición a los muy logrados actores indígenas. Hoy en día es muy difícil dar con una cinta que no tenga fotografía cuando menos decorosa, y creo que el adjetivo le cuadra a esta película. El sonido es bueno, también, y tiene que celebrarse el uso continuo de nueve lenguas, entre indígenas y occidentales. Su uso, sin embargo, es poco sistemático, de tal suerte que el babélico batiburrillo termina por resultar más pedante que revelador; en cambio sorprende la ausencia del idioma más previsible, la língua geral que desde el siglo XVII hasta la fecha ha servido como lengua franca para toda la región.

Pero vuelvo a la fotografía, y no por su calidad sino por su intención. No comunica la Amazonía. La historia pudiera casi ocurrir en un fiordo y diera igual. No trascienden el calor, la humedad, los perfumes y los miasmas. En el material promocional, la productora Cristina Gallego se alegra de haber sacado adelante la empresa, a pesar de la lluvia, el calor y los insectos, pero poco de esto cruza la pantalla y toca al espectador. A pesar de que los tres viajes contados estén llenos de angustia y premoniciones de muerte, la influencia del medio parece accesoria. La calva de Evan nunca abandonará su rosa infantil; ni el sol los tuesta ni la humedad los abruma. Y se admira uno de la falta de mosquitos, a pesar de que Theo tiene malaria –o eso diera la impresión– y de que aparece una mujer con leishmaniasis.

Aunque la historia se toma un poco más de dos horas y se siente aún más larga, el suyo no es un tiempo amazónico: dilatado, angustiosamente indolente para el blanco de afuera. Hace casi ochenta años que Germán Arciniegas escribió que quien pisara la selva lo mejor que podría hacer, para integrarse a ella, era botar su reloj al río. De hecho, Evan lo hace, aunque ahí el gesto signifique poco, porque la secuencia narrativa anula su importancia. Werner Herzog supo tomarle mucho mejor el pulso al río en Aguirre y en Fitzcarraldo, y por eso aún en nuestra época –y tal vez sobre todo en esta– ambas obras desconciertan a un público habituado a la futilidad del chat. El ritmo de El abrazo es para ese público. Es una película sobre el Amazonas, pero no una película amazónica.

Y no hay, qué pena decirlo, indios. O mejor dicho, claro que sí los hay, pero cumplen con papeles las más de las veces previsibles y acartonados que para nada se compadecen con esas sociedades, a la par complejísimas en el mundo práctico como en el mental, que justamente tan bien supo entender Koch-Grünberg. El director de arte se fijó en las fotografías de sus libros y lo hizo con rigor; mas no diera la impresión de que hubiera leído la etnografía acompañante y su detallado estudio de la cultura material. Solo hay tres personajes indígenas con relieve (interpretados, insisto, por tres estupendos actores: el cubeo Nilbio Torres, el tikuna Yauenkü Migue y el okaina-uitoto Antonio Bolívar), e incluso aquí sus perfiles son reveladores: Manduca es el fiel sirviente del blanco Von Martius; Karamakate, una suerte de variación sobre el don Juan de Castaneda o el Ino Moxo de César Calvo, con su buen arsenal de aforismos entre retadores y tutelares durante la travesía y la preparación del caapi, ese remedio que como el yagé les traerá conocimiento. Si ya estos tipos resultan sospechosamente coloniales en el presente contexto, ni qué decir de las demás poblaciones que van encontrando a la vera del río y del tiempo: son indios ladrones o bien derrotados por los caucheros, o sometidos por los misioneros, proclives a la manipulación religiosa y al alcoholismo, y por supuesto, dados por naturaleza a ese locus classicus de la mitología occidental que es el de ver detrás de cada explorador a un dios.

La Amazo-Orinoquía es la frontera por antonomasia; política, económica, legal, lingüística, geográfica, cultural, simbólica, mental. Como tiene que pasar con toda frontera auténtica, es el lugar de la paradoja. Así que, vaya paradoja, pareciera ser que las muy colonialistas fantasías de Herzog (varias veces acusado de explotar a los indios para satisfacer sus extravagancias) reflejan mejor a los indios amazónicos que esta película que proclama contar la historia desde la perspectiva indígena. Ni en Aguirre ni en Fitzcarraldo los indios hablan como oráculos o sucumben ante la fascinación predestinada del blanco. Antes bien, lo retan, le resisten, lo ironizan; cuando le ayudan, lo hacen para su propio beneficio o bajo la coacción de la violencia. Y nunca dejan de recordar que la conquista no se ha acabado, porque nunca se han dejado terminar de conquistar. Manuel Cornejo, gran literato e historiador de la Amazonía peruana, no hace mucho me contó su sorpresa al darse cuenta de cómo una proyección de Fitzcarraldo había servido para desatar un genuino ejercicio histórico entre un público de campas, que ubicaban allí al abuelo, al tío, al mayor de ahora, haciendo entonces –y para bien– de ellos mismos. La cinta de Ciro Guerra es en cambio una elegía por un mundo que se da por perdido; descompuesto por el blanco, pero por lo mismo sin indios que sean algo más que la sombra o el chullachaqui de lo que fueron.

En ambos filmes, Herzog se tomó toda suerte de libertades con las historias de Lope de Aguirre y de Carlos Fermín Fitzcarrald; porque además Herzog es un genuino mitopoieta. Ojalá los personajes de Theo y de Evan se conviertan en sí mismos en arquetipos de la Amazonía, como el Aguirre y el Fitzcarraldo encarnados por Klaus Kinski, y no viene al caso juzgar bajo esa lente las libertades que también se toma El abrazo, porque bien pudieran ampararse en el mismo principio del director muniqués. Empero, esa no es la versión indígena de la historia y esta, al contrario, poco se respeta. Guerra insiste en que para las sociedades amazónicas “el tiempo no es como lo entendemos en Occidente, una continuidad lineal, sino una serie de cosas pasando simultáneamente en diferentes universos paralelos”. Pero no solo la narración está bastante sujeta el tiempo occidental, sino que ignora la importancia del río, de sus cachiveras, pongos y demás hitos como genuinos lugares de memoria. Al contrario, en esta película los sitios son completamente vagos y ambiguos; La Chorrera aparece en el Vaupés, por ejemplo, a unos cuatrocientos kilómetros de distancia del sitio original. Con la selva y la topografía de por medio, eso es verdaderamente lejos. Y cosa harto importante e imperdonable, bien sabemos cuánto se ha luchado en La Chorrera para volverla un centro del recuerdo del genocidio cauchero. Esa historia indígena también es de lugares específicos.

Tal vez se trate del sino de nuestros tiempos, con esa tan acrítica fascinación por la memoria. Tenemos un gobierno que por un lado gasta portentosas sumas en proyectos de memoria (algunos imprescindibles, otros completamente vacuos), pero al mismo tiempo estimula todas las “locomotoras” que arrasan sin contemplación los lugares de memoria indígena, a lo largo y lo ancho de este país. No digo que Ciro Guerra sea cómplice de tan perversa estrategia; estoy positivamente seguro de que no, y no es ese mi punto. Pero a la postre, el resultado es análogo: en su obra, los lugares se colapsan en un solo delirio, que es el suyo y no el de los indios. Tanto que uno no se explica qué es lo que Karamakate va “recordando” a lo largo del río, si todo está mezclado y difuso. Y hete aquí que esa memoria es importante dejarla clara para indios y para blancos, para el Estado blanco que casi siempre niega la memoria india. Porque, además, desde hace rato los indios en Colombia están haciendo cine: aparte del colectivo Zhigoneshi en la Sierra Nevada (que mancomuna realizadores koguis, ikas, wiwas y kankuamos), grupos de nasa y misak del suroccidente ya han hecho incluso cortometrajes dramatizados. La última muestra de cine indígena, en 2013, contó con muestras de 37 pueblos y 17 grupos de trabajo nacionales, todas hechas por ellos, ahí sí con sus versiones.

 

Y ya que he dicho “delirio”, creo que no soy el único en advertir una clara similitud (tanto más impresionante si no es deliberada) con Apocalypse Now. Ambientada en la Guerra de Vietnam, esta otra película es un viaje en el que cada parada cumple la doble función de ilustración ejemplarizante y de pesadilla, y en el que el río se transmuta en el hilo metafísico del que dependen la vida y la cordura de los personajes. La búsqueda mítica es en pos de un boina verde megalómano y desequilibrado, que es algo así como el doble del héroe que le persigue. Si en algo pecó Coppola fue en la sobredosis de referencias culturales: a La tierra baldía, a La rama dorada, a El héroe de las mil caras, en fin, pero así mismo supo hacer una muy inteligente adaptación de El corazón de las tinieblas de Conrad y un confeso homenaje al Aguirre de Herzog.

En El abrazo, la historia es menos barroca y no necesariamente para mal, aunque la abundante mitología indígena sobre los viajes pudiera haberse aprovechado, justo para demostrar la validez y el vigor de ese “otro tiempo”. Aquí la demanda, como se decía en las novelas de caballerías, es un tanto más simple e instrumental. Se reduce a la búsqueda de una planta. Lo más interesante de los peregrinajes de los modelos originales se alisa o se borra, por no decir que casi, casi, se les exculpa de otros intereses más allá de sus propias ambiciones y sus propios miedos. Pareciera ser que la Amazonía está llena de antropólogos desinteresados y nobles; que los verdaderos “buenos salvajes” son ellos, sobre todo cuando la actuación de ambos blancos es plana como la que más. De hecho, bien visto, no aparece un solo blanco “normal”, si por eso se entiende medianamente equilibrado. Todos están al borde de un ataque de nervios. Y con esto vuelvo a Herzog, quien sí supo dar cuenta de una Amazonía pletórica de tipos raros, pero también de blancos que eran del todo capaces de integrarse a la vida montaraz e indígena, sin creerse dioses o sin salirse de madre. Que aceptaron y aceptan la selva y sus habitantes con humildad, que es lo que este filme no tiene por ninguna parte.

Y así como se parece a Apocalypse Now, El abrazo de la serpiente se parece a Los viajes del viento, que también es la historia de una larga peregrinación en busca de conocimiento y reparación; aunque, más allá de que el texto promocional la presente como una película sobre “dos blancos redimidos por la selva”, pareciera más sobre ese indio “último representante de su raza” (todavía están convencidos de que ser indio es cuestión de “raza”) que halla redención en acompañar al blanco. ¿Habrá ecos, tal vez, de El último de los mohicanos de Cooper, con su célebre coda de que “los caras pálidas son dueños de la tierra y el tiempo de los hombres rojos no ha vuelto aún”?

En muchas sociedades amerindias, a los blancos se les llama, se nos llama, “hijos del viento” por la falta de arraigo, por no ver en la tierra algo más que una unidad económica aprovechable, usufructuable, permutable y desechable. En otras, muchas de estas en la Amazo-Orinoquía, los apelativos son todavía más despectivos: somos “carroñeros”, “quemadores”, seres que arrasan con todo a su paso. Pero en esta cinta, la culpa es siempre de los otros: del cauchero, del misionero, del Mesías, del colono, del gobierno. Al representar a Evan y a Theo como “hombres de ciencia”, sin terminar nunca de reconocer que el envés de su trabajo se urdió con la esclavización, el exterminio, la aculturación forzada y el destierro, El abrazo de la serpiente resulta siendo, otra vez paradójicamente, más sobre “los viajes del viento” que cualquier otra cosa.

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Comentarios a esta entrada

Kevin Jerez

Otra cosa que nos es de extrañar, mientras en el exterior se les aclama y se valora su esfuerzo... En Colombia, nos ahogamos entre la crítica eterna...

Gustavo de la hoz

Que lastima que el profesor Páramo no hace ninguna referencia sobre, El Origen Del Pueblo Tikuna.

francisco gonzalez

Lamentablemente el profesor Paramo quiere ver una pelicula diferente a la que hizo Ciro.Ante tanta erudicion esperariamos la nueva pelicula del profesor Paramo.

Alejandro Mateus

Malo como su rectoría

Alejandro Mateus

Es la respuesta de un académico adolorido

Miguel Casals

Gracias por este comentario sr. Páramo. Vi la película con otros ojos. Mucho más allá que con los ojos del chauvinismo y del complejo colonial que lleva a los foristas a escribir bobadas. Bien Páramo por su análisis agudo. Hacía falta.

Miguel Casals

Gracias por este comentario sr. Páramo. Vi la película con otros ojos. Mucho más allá que con los ojos del chauvinismo y del complejo colonial que lleva a los foristas a escribir bobadas. Bien Páramo por su análisis agudo. Hacía falta.

Miguel Soto

Lo que resulta largo e insoportable es su despliegue de pedantería en este artículo, señor Páramo, en el que no deja de insistir en su propia versión de la película que nos perdimos.

Juan Gonzalez

Un análisis profundo, sustancioso. Muchas gracias por aportar estos elementos de análisis que permiten pensar ampliamente en la pelicula luego de haberla visto.

Juan Gonzalez

Lo peor es que la gente, los foristas, en un resentimiento inexplicable, responden al hecho de hablar y discutir una película con argumentos como "esperamos la nueva pelicula del profesor Páramo"...

Juan Gonzalez

Tristemente a eso se reduce todo en Colombia, así como las simplificaciones de esta pelicula. La discusión publica es necesaria, más aun cuando su autor busca la atención mediatica, con discurso de mesias.

Elessar Palantir

Muchas veces la crítica es un personaje odiado pero necesario cuando esta lleno de argumentos razonables.

Alexander VonHausen

Sr. Páramo, como si usted mismo no fuera un títere pagado por el estado "blanco" al servicio del sistema de control post colonial. Haga el favor de no dar tanta risa. Gracias.

Guillermo Jiménez

Socialicen el artículo que no todos tenemos para pagar esta puta revista.

Su comentario

Carlos Páramo

Es profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia e investigador de la Fonoteca de RTVC.

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